El Sacramento Vivo: El Matrimonio

El Sacramento Vivo:

El Matrimonio

El sacramento es el signo visible de una realidad invisible. El Matrimonio es un sacramento y por ello es un signo ante el mundo de Dios invisible viviendo entre nosotros, Dios vivo que da fruto en dos personas. Ellos son un continuo signo de su poder en el mundo. Existe una gracia y un poder especiales en cada pareja que Dios ha unido, cada cosa que hacen individualmente o juntos es una actualización de su sacramento. Cosas tan simples como lavar la vajilla, pasar el trapeador, manejar al trabajo, luchar por forjar una vida, ganar un pequeño salario para afrontar mayores gastos –sí, estas cosas y todas las demás facetas de su vida juntos– tienen un poder escondido en ellas para santificarlos. La vida matrimonial es un campo de santidad, donde el amor es la semilla plantada por Dios. En dicha vida en común, sus agonías y gozos, dolores y sacrificios, frustraciones y tensiones, sus momentos de júbilo y desesperación son como la lluvia y el sol, como el rayo y el trueno sobre un joven retoño.

Las faltas y debilidades de cada uno son compensadas por sus propias virtudes. Cada cual posee lo que al otro le falta, y esto resulta en una amorosa dependencia entre ellos para su mutuo crecimiento y transformación. Si marido y mujer pueden hacerse el hábito de mirarse sacramentalmente, viendo la belleza de Dios en el alma de cada uno, tratando de aumentar esa belleza edificándose, creciendo unidos a imagen de Jesús, entonces este sacramento del Matrimonio porta el sello de Dios Vivo.

Los temperamentos que pueden ser ocasión de problemas son vistos como escalones de piedra hacia la santidad, como herramientas en sus manos que pueden quitar la autosuficiencia, la susceptibilidad, la ira, los celos y la intemperancia. Cuando el crecimiento personal en el propio conocimiento los conduce a revestirse de Jesús, entonces la vida matrimonial se convierte en el propósito para el cual fue creada.

Cuando la conformación con Jesús es el principal fin de una joven pareja, las faltas e imperfecciones que tan rápido empiezan a oprimirnos son tomadas con las manos y usadas para construir y no para destruir. Si uno de ellos es gentil y el otro de temperamento fuerte, es obvio que uno posee lo que al otro le falta. Por ejemplo, si uno de lo dos tiene mal carácter, en frente tiene el ejemplo de la amabilidad de Jesús, y si dicha amabilidad es vista como un fruto bueno para obtener, entonces, cada uno ayudará al otro en su camino hacia Dios. Las diferencias de temperamento pueden ser una causa de incompatibilidad en una corte de divorcios, pero ante Dios, estas diferencias son instrumentos que ajustan y reajustan sus almas a la imagen de Dios.

La vida en Familia es la columna vertebral de la humanidad y depende de la mutua entrega, del mutuo compartir y dar del otro, implica el uso adecuado de los éxitos y fracasos del otro para la recíproca edificación. Los ladrillos y la mezcla de un edificio no son hermosos, pero sin ellos no hay construcción que pueda permanecer en pie; las tablas de madera y los clavos son un lejano remedo del hermoso estante ya concluido, pero son esas tablas de madera el estante mismo, son esos ladrillos unidos el edificio mismo. Lo mismo ocurre en una pareja de esposos: los reveses de cada día, los frustrantes errores, las preocupaciones y tensiones, los éxitos y fracasos, todos ellos forjan y construyen el hermoso edificio de la vida familiar. Aunque todo parezca infructuoso e inútil, aunque día a día el sufrimiento tenga éxito en hundirnos más en una vida rutinaria, aunque la acedía tome posesión de nuestros corazones con sus gélidas manos, la providencia de Dios cuenta cada lágrima, recoge cada riña y purifica todo error. Podemos pensar que todo está perdido, o que hemos fracasado, pero si pudiéramos vernos con sus ojos, veríamos la sabiduría de su voluntad. Si cooperáramos con Él y tratáramos de extraer el bien de todo mal, veríamos con mayor atención como nuestra alma cambia, como nuestra fe crece más firme, nuestra esperanza más segura y nuestro amor más profundo. Veríamos al Espíritu trabajando en todas las circunstancias de la vida, aunque sean éstas tan dolorosas.

Este sacramento vivo debiera ser considerado con devoción, devoción hacia la pareja y devoción hacia el sacramento mismo. Las parejas casadas debieran tener la posibilidad de recurrir al poder de su propio Sacramento cuando las dificultades surgen. Todo sacerdote sabe que su Ordenación le ha conferido diversos poderes para sanar y ser sanado, para desatar y atar, para consagrar y ofrecer sacrificios. No importa que dificultades puedan aparecer, estos carismas le pertenecen y mientras más consciente sea de estos poderes dados por Dios, su fe crecerá porque Dios estará trabajando en él. Él es el sacramento vivo de la ordenación. Todo lo que realiza moldea la imagen de Jesús en su alma, es un instrumento de Dios, su embajador en la tierra. Lo mismo ocurre con el matrimonio, hay escondido en este sacramento de la vida diaria, un poder especial. Este poder hace a dos personas capaces de vivir juntas en el amor, para traer al mundo otros seres humanos hechos a imagen y semejanza de Dios. Como el sacerdote, por el poder de su ordenación, ofrece un pedazo de pan y dice “este es mi cuerpo”, así los esposos, por el poder de su Sacramento Vivo, contemplan este niño, fruto de su amor, y dicen “este es nuestro cuerpo, este es Su templo”.

En la vida de cada pareja de esposos debe darse una continua edificación del Sacramento. Ya que cada sacramento nos trae la presencia de Dios de una manera especial, esta Presencia en el Matrimonio debiera ser una continua experiencia de vida. Los esposos debieran situarse en Su maravillosa Presencia diariamente poniendo sus vidas frente a Dios en un encuentro necesario de amor. Si un matrimonio empezara su día de la mano, se pusiera silenciosamente en la presencia de Dios, si fuera consciente de dicha presencia a su alrededor y en ellos, si tomaran de Dios las hermosas cualidades que les hicieran falta, si buscaran su bendición cada nuevo día, ese día empezaría inmerso en el amor de Dios, y ese Amor, más fuerte que la muerte, los mantendría unidos pase lo que pase.

La oración y la presencia de Dios son necesarias en cualquier estado de vida, pero cuanto más importantes en aquellos estados que son en sí mismos un sacramento. Cuando empezamos a vivir bajo la sombra de nuestra propia presencia, nuestro mundo se empequeñece, nuestra mirada se estrecha, y nuestras actitudes se centran cada vez con mayor intensidad en nosotros mismos. Las cosas y personas que nos rodean crispan nuestros nervios y nos ponen al borde del colapso, y no siempre es así porque vivir sería imposible, pero debido a que nuestras actitudes ya nuestro egoísmo estrechan nuestro campo de conciencia, nuestro dolor se concentra en la pequeña área de nuestra vida privada. Con esa misma intensidad, la vida se hace insoportable, el futuro se muestra incierto y el pasado es un fracaso total. Unos esposos con esas actitudes no pueden ver el bien en las cosas que les ocurren, y mucho menos algo bueno en su pareja. Las excusas para el rencor, el adulterio, la frialdad y la indiferencia abundan y son racionalizadas porque la miseria que sienten les parece demasiado real e inevitable. Ciertamente es real, pero constituye algo que puede ser usado como un peldaño en la escalera a la santidad.

Una vez que tomamos conciencia de que las flaquezas humanas son oportunidades en las que podemos elegir actuar como nosotros mismos o como Jesús, en cualquier situación que se dé, comenzamos a entender la necesidad de responder con amor en vez de reaccionar con ira incontrolable.

Las virtudes de la paciencia, el amor, la amabilidad, la fortaleza, la fidelidad, la confianza y el señorío de uno mismo, no son fáciles de adquirir sin el poder del Espíritu que habita en nosotros. Son virtudes de elección, producto de nuestra voluntad que decide actuar en contra de los malos impulsos que emanan de nuestro interior. Cuando luchamos contra estas malas tendencias en nosotros todos los días, nuestras almas empiezan a sentir fatiga, nuestra voluntad retrocede y nuestra determinación se tambalea. La perseverancia se vuelve difícil y la realidad de una lucha que se prolonga por años paraliza nuestra alma y la vuelve espiritualmente inerte.

¿Cómo puede un alma alcanzar la paz, la alegría y todo lo que anhela sin asentarse en aquella presencia que la rodea y penetra todo su ser? Ser inconscientes de dicha presencia es ser como cubos de hielo en medio del fuego. Una vez que el alma se rinde ante ella, como alguien que lo necesita todo, empieza a empaparse de las hermosas cualidades que provienen de esta Presencia Divina. Las faltas, las debilidades y los conflictos de carácter empiezan a diluirse, las raíces de los problemas salen a la luz y son cortadas, se da lugar a un nuevo y vigoroso crecimiento.

En todo sacramento se halla la presencia de Dios. Este Sacramento Vivo del Matrimonio debe encontrar su fundamento en la fuente de Agua Viva, la Presencia Divina, si quiere manifestar dicha presencia al mundo. Un matrimonio, en Cristo, es un testigo real del poder de Dios en medio de nosotros, es un ejemplo concreto de la vida de la Trinidad.

Como el Padre Eterno, el hombre es la cabeza de la familia unida. Es el protector y proveedor de la familia, tiene en sí la semilla de la vida. Sus obligaciones para con su familia requieren que de y reciba. Cooperando con el Padre, ejerce el poder que posee de traer una nueva vida al mundo, asume los valores espirituales de dicha vida y la guía con sus palabras y sus obras de nuevo hacia el Padre de todas las cosas. Debe ser compasivo, misericordioso y comprensivo, las vidas bajo su cuidado deben ser conducidas, no empujadas al Reino. Su protección debe ser aquilatada por el discernimiento de tal modo que aquellos bajo su providencia puedan madurar lentamente y enriquecerse de la levadura de la santidad. Debe corregir con gentileza, midiendo la reprimenda con la vara de la compasión y no con la de su propia cólera. Sus actitudes hacia su pareja deben ser las de un compañero. El libro del Génesis nos relata como Dios había dicho que no era bueno para el hombre permanecer solo y que por ello le daría una compañera –alguien en quien podría confiar–, alguien que lo podría ayudar a tomar decisiones, que lo consolaría, que lo amaría y sería como una sola persona con él. No hay ninguna aclaración acerca de la superioridad de uno y la inferioridad del otro, es la armonía de dos individuos viviendo como uno solo y desarrollando sus diversos roles como uno solo. Estas tareas se complementan y realizan plenamente solo cuando ambos son fieles a la parte que les ha sido dada a cada uno por Dios. Estos roles no pueden ser intercambiados, porque ninguno posee las cualidades, disposiciones, poderes o el carácter del otro. Cada uno posee unas cualidades especiales dadas por Dios para que realice su rol específico en la mutua edificación de ese único Templo del cual Dios es el Soberano.

La mujer es el lazo amable y amoroso que fortalece, consuela, construye, reconcilia y hace todas las cosas nuevas y excitantes. La mujer es la fortaleza en tiempos de sufrimiento, el coraje en las caídas, la intuición cuando se avecinan peligros. La mujer es ingeniosa cuando todo falla, creativa en tiempos de necesidad y finalmente una verdadera compañera para el hombre.

El hombre es corporalmente fuerte, agudo para pensar, práctico y capaz, es paternal y confortador, lleno de seguridad, confianza y conocimiento personal, cuenta con la habilidad necesaria para sostener y cuidar a su familia. El hombre necesita alguien que aprecie su capacidad, que lo escuche y lo atienda. Qué solo estaría sin aquellos dones tan especiales que su compañera, la mujer, le ofrece.

Podemos ver entonces que, dado que Dios ha designado al matrimonio como un sacramento, aquellos que han sido unidos por él, poseen una serie de cualidades personales únicas que deberían compartir y ayudar al otro a que las eleven a un nivel sobrenatural. Esa presencia invisible que los une debe hacerse visible por el amor que se tienen, por su vida en familia, por su crecimiento en santidad, por su preocupación por las necesidades de los demás, por su fidelidad y por su perseverancia día a día en el bien.

La Trinidad, que hace posible que su amor crezca, empieza a manifestar a cada una de sus Personas en la familia unida. El Padre Eterno se manifiesta cuando las virtudes de la compasión y la misericordia crecen en el hombre, que suavemente va empapándose de las virtudes de amabilidad y comprensión de su mujer. Jesús se hace manifiesto cuando la humildad y la modestia afloran en la mujer, que suavemente se va empapando de la fortaleza y el señorío de sí de su esposo. El creciente amor del uno al otro da frutos en sus hijos, imágenes de ellos mimos, y esto completa el círculo familiar, el signo visible de la Invisible Santísima Trinidad.

En la Trinidad el conocimiento que el Padre Eterno tiene de sí mismo es el Hijo y el amor que procede de ambos es el Espíritu Santo. De la misma forma en la familia unida, el hombre refleja las cualidades del Padre y la mujer las cualidades de Jesús. Los niños, que proceden del amor, son la manifestación del Espíritu. Todos son distintos aunque también son uno. Cada uno posee ciertas cualidades que el otro necesita, cada uno comparte estas cualidades con el otro y así, se transforman más y más en su modelo: la Eterna Trinidad.

Aunque aquellos que viven este sacramento caen con frecuencia, son siempre conscientes del peso de su vocación, del llamado a la santidad y de lo designios del Padre que los ha unido y ha hecho de ellos una sola carne.

Los hijos de una pareja así se convierten en una fuente de amor y plenitud. Tienen el poder de sacar del padre y de la madre cualidades escondidas que nunca se harían manifiestas sino fuese por ellos. Los padres ejercen su labor en un grado excelso cuando forman, educan y enseñan a sus hijos. La compasión y la comprensión del padre crecen en grado y en calidad con cada nueva circunstancia que se presenta. La mujer se vuelve un lazo de unidad y un medio de reconciliación, empieza a practicar aquellas cualidades interiores de bondad y amor nunca antes reveladas, un nuevo espíritu de sacrificio se desarrolla en ella a la par que su misión en la familia se va engrandeciendo. En la entrega que hacen de ellos mismos al fruto de su amor, el amor entre los padres crece. El amor crece cuando el dolor y el sacrificio, aceptados alegremente, son llevados con fe y esperanza. Cualquier tipo de egoísmo en este punto de la vida de una pareja, dañaría su matrimonio, debilitaría su amor y generaría tensiones. Cuando el poseer y el placer toman el lugar de los niños, el fuego del amor se torna frío. El amor engendra amor y cuando a éste se le niega la donación de sí, la naturaleza humana cae en la resignación y la vida se vuelve una prueba de resistencia, una cacería salvaje detrás de efímeros placeres, placeres que solo los distraen de las obligaciones y deberes de su estado de vida.

Dado que el Matrimonio es un sacramento por el que la pareja recibe a la verdadera fuente del amor, a Dios, no podrá ser un sacramento vivo si el amor es deliberadamente echado fuera. Solo sobreviviría el aspecto vinculante del sacramento y un matrimonio así tarde o temprano empezaría a sentir la aguda presión de aquellas cadenas indestructibles. La opción consciente por el egoísmo en cualquier estado de vida, sea este el de casado, soltero, o religioso, trae caos. Aunque la vida célibe y la vida religiosa en común no son sacramentos en sí mismos, aquellos que viven en dichos estados reciben otros sacramentos y los principios de vida aplicados al matrimonio se aplican también a sus vidas.

Nuestra vida entera fue creada por Amor. Por eso, debemos optar por ser amados. La fe y la esperanza generan amor pero si dejamos que estas virtudes sean empequeñecidas por nuestras opciones egoístas, nos alejamos de la fuente de todo calor, bondad, compasión y alegría. En vez de ver la mano de Dios en nuestro presente, vemos solo gente y cosas, y la fe se empobrece. En vez de observar a Dios sacando bien de todos nuestros dolores, frustraciones y descorazonamientos, solo vemos malas intenciones y perdemos la esperanza y la alegría. En este tipo de atmósfera es muy difícil, si no imposible, que crezca el amor.

Para asegurar este crecimiento, la frecuente recepción de la Eucaristía –presencia real del Amor– y del sacramento curativo de la Reconciliación es indispensable. Sin Él no podemos elevarnos a las alturas de la santidad, sin el bálsamo sanativo de la absolución no podemos mantener un combate consistente por la virtud y el bien.

Si estos dos sacramentos, la Eucaristía y la Reconciliación, son un parte integrante de la vida de una pareja de casados, el sacramento del Matrimonio que poseen hará de ellos una hostia –un cuerpo unido a Su Cuerpo, un amor unido a Su Amor– una en el mutuo perdón al ser ellos recipientes de Su Misericordia. Su Sacramento será vivificado y alimentado en la fuente inagotable de amor: Dios.

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