TEOLOGÍA DE LA CRUZ VIII Ser para Dios y “ser de Dios” IX “Dios lo hizo pecado por nosotros” X El dolor como privación

TEOLOGÍA DE LA CRUZ

MYSTERIUM SALUTIS

Sobre el amor que todo lo quita y todo lo da

Antonio Boggiano


 

VIII   Ser para Dios y ser de Dios

 

 

150    El hombre no es un ser para la muerte como decía Heidegger. El hombre es un ser para la Cruz. Para participar en la cruz. “Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte” (Conc. Ecum Vat II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes, 22).

 

151    Los no creyentes pueden también ir a la cruz. Porque la realidad fortísima de la Cruz, no depende de la creencia del hombre en ella. Aún quien no tiene fe puede considerar como si fuera verdad la resurrección. Y descubrir luego que hay en ello algo de sentido y quizá pueda llegar a recibir la fe. La fe es connatural al sufrimiento. Quizás pueda querer conocer la vida de los santos. La santidad enciende la fe. Los santos nos sostienen. La poderosa fuerza de su debilidad nos produce una cierta evidencia empírica de la fe de ellos. Y la fe de ellos nos interpela. ¿Qué decimos ante esa fe?¿Cómo la tomamos?

 

152    El problema del mal, el problema del dolor es probablemente la objeción más fuerte que pueda levantarse contra Dios. Hay males morales como v. gr. la tortura de un inocente que hacen preguntar ¿cómo Dios puede permitirlo? También se presentan males externos al actuar humano. Terremotos, epidemias, catástrofes.

 

153    La teología nos enseña que Dios permite el mal como algo necesario para producir un bien mayor o para evitar un mal mayor. Pero sabemos de las dificultades que la filosofía enfrenta para responder a estas objeciones.

 

154    Se suscita esta tesis: la omnipotencia divina está limitada por el libre albedrío del hombre. Dios no podría impedir el libre obrar del mal por el hombre.

 

155    Dios no puede querer positivamente el mal moral. Puede permitirlo, esto es, no impedirlo, pero lo prevé y puede evitarlo.

 

156    Si Dios debiera impedir todo mal, debería estar pendiente para impedir cada mal físico y moral. Si lo hiciera, la libertad del hombre sería mera apariencia, pues él no podría hacer ningún mal porque Dios estaría siempre vigilante para impedírselo. Si fuera así ¿qué mérito podría haber? No podría haber nada realmente valioso y digno. Porque esta misma dignidad supone haberla obtenido, ganado, por mérito. Lo contrario conduciría a un indiferentismo total. A un quietismo o nihilismo tales que ya nada valdría la pena. Qué sacrificio tendría sentido si bastara con esperar la inexorable voluntad de Dios.

 

157    Dios no impide todos los males que pueden ocurrir, los ordena de tal modo que de ellos surja un orden de bien en el cual los males conducen a que resplandezca el valor de la verdad y del bien. Dios está recreando continuamente la creación y depurándola, haciendo de los males que la afectan y tienden a destruirla, mayores bienes. Dios trabaja continuamente. “Mi Padre trabaja siempre y Yo también trabajo”. Trabaja convirtiendo el mal y las privaciones en bienes de Dios. Los bienes de Dios son a veces ocultos al sentido del mundo. Una cosa que la gente llamaría pérdida: de patrimonio, de otros bienes; puede estar preordenadada a un bien. Dios preordena el mundo para la salvación del hombre de un modo misterioso que pasa por la Cruz, y que hacen de aquel modo misterioso el MISTERIUM SALUTIS. La salvación del hombre no es un cálculo matemático que hay que hacer correctamente. Se parece más a echarse en los brazos de la providencia divina, pero remando con todas las fuerzas de nuestro amor para vencer la corriente del mal. Nuestras fuerzas intelectuales no son capaces sino de atisbar, tan sólo, el misterio divino de la salvación del hombre. Dios cuenta con la lucha del hombre contra el mal y por cierto que esa lucha le causa sufrimiento, pero el sufrimiento de la lucha es un bien querido por Dios en su providencial gobierno del universo. El hombre está llamado también a sufrir “heridas absurdas” sin aparente sentido alguno, en la paciencia, en el dolor; pero también en la esperanza de la felicidad última de vivir mirando a Dios cara a cara.

 

158    Si pensamos en la felicidad humana que produce la contemplación del rostro sublime de la persona amada, podríamos barruntar, quizás, en aquella contemplación, un reflejo análogo a la visión beatífica (J. Ratzinger, El Dios de la fe y el Dios de los filósofos, Madrid, 1963, Ch. Journet, El Mal, Madrid, 1965).

159    Sufrir la privación de esta felicidad irremediablemente es el daño o mal irreparables. Es como estar vagando por el mundo desesperadamente sabiendo que no se alcanzará la felicidad que existe y que es inasequible para nosotros.

 

 

IX      “Dios lo hizo pecado por nosotros”

 

 

160    “DIOS LO HIZO PECADO POR NOSOTROS” (2 Cor. 5, 21).

 

161    Jesucristo no fue pecador, pero el Padre lo hizo responsable de todos los pecados cometidos en toda la historia. Por eso dice Pablo: “lo hizo pecado”.

 

162    Podemos entrever lo terrible de estas palabras, “lo hizo pecado”, si contemplamos lo que podría significar cargar con la responsabilidad de todos los pecados del mundo. Nosotros, y me parece asentar una afirmación segura, no podemos ni imaginarnos lo que eso significa. Ahí está el misterio: ¿Dios abandonado por Dios? El Padre “cargó sobre él…” (Is. 53,6). No eran suyos. Eran nuestros. Cargó la responsabilidad de pagar por todos los pecados. Pagar significa cancelar, disolver el vínculo de la obligación, es extinguir la obligación. Esto es Cristo en la Cruz. Cargar todo el mal de volver la espalda a Dios contenido en el pecado (Salvifici Doloris, 18).

 

163    Sufrimiento humanamente inexplicable, la ruptura de Dios con Dios (Ibid). Jamás podremos experimentar ni comprender este misterio de la Cruz.

 

164    Pero es imposible dejar de pensar que el Padre y el Espíritu Santo sufrieron la misma “Pasión del Hijo”. Misteriosamente también, la Trinidad beatísima asumió la terrible carga del pecado del mundo.

 

165    “Pero este parto no se realiza sin nosotros…” Y podemos hacerlo. Podemos sí, reconociendo en cada dolor personal y ajeno una sombra de su infinito dolor, un aspecto, un rostro de él, cada vez que se presenta no lo alejamos de nosotros, sino que lo acogemos en nuestro corazón, como si lo acogiésemos a Él. Y si luego, olvidándonos de nosotros mismos, nos lanzamos a hacer lo que Dios nos pide en ese momento presente, en el prójimo que él nos pone delante, dispuestos sólo a amar. Veremos entonces muy a menudo que el dolor se desvanece como por encanto y que en el alma permanece sólo el amor” (van Thuan, op. cit, 108).

 

166    Al leer este párrafo podemos sentir el temblor ante nosotros del “hombre medio muerto” que el samaritano salvó. Es claro que tenemos que padecer con nuestros sufrimientos por la salvación del prójimo: un rostro de él.

 

167    Acudamos a los brazos amorosos del Padre, a las espinas de Jesús, al fuego del Espíritu y a la ternura de nuestra Madre, para que nos ayuden a poder hacerlo. Ahora vemos claro también que solos no podemos siquiera compadecernos como lo hizo el samaritano.

 

168    Dios quiera hacernos como a van Thuan: “nunca dejé de amar a todos, a nadie excluí de mi corazón” (Ibid).

 

169    Yo conocí a un santo sacerdote que era particularmente experimentado y versado en la cruz. El no sólo exhortaba sino que compelía al sacramento de la penitencia.

 

170    “…quienes habían de amarle, se comportan con él de una manera que va de la desconfianza a la hostilidad, de la sospecha al odio. Le miran con recelo, como a mentiroso…; en cambio, con el ateo y el indiferente…se llenan de amabilidad y de comprensión”. Esta experiencia de San Josemaría Escrivá ha sido sufrida también por nuestro Papa Benedicto XVI (ver nuestro artículo “La privatización de la verdad” publicado en el diario Clarín del martes 14 de abril de 2009.

 

171    En el dolor físico hay el conocimiento de un desorden biológico.

 

172    En el sufrimiento hay una conciencia de separación, de ausencia, de una pérdida. i.e. de una privación física o moral.

 

 

X        El dolor como privación

 

 

173    El dolor y el sufrimiento son formas del mal, por un desorden o una privación.

 

174    El dolor de la privación o el despojo socava el ser interior. La conciencia de ese despojo, al despojarle de lo que tiene, lo repliega sobre lo que él es, y al descubrirle el sentido de lo que ha perdido, le da mucho más. El dolor permite medir el grado de seriedad que somos capaces de dar a la vida (L. Lavelle, Le mal et la souffrance, Paris, 1940, 114).

 

175    Ahora, en realidad no podemos siquiera acercarnos a la inteligencia del dolor y de la muerte si no volvemos los ojos al hombre ¿Cómo fue creado el hombre? Dios lo ha creado en estado de gracia. Dios lo creó ordenado a la gracia y un solo bien de la gracia es superior al bien total de la naturaleza, dice el Doctor Angélico.

 

176    El sufrimiento, que es un mal físico, puede remediar un mal moral aún más grave que el físico. De ahí que el dolor y el sufrimiento siendo males, producen o al menos, son susceptibles de producir bienes.

 

177    El sufrimiento sólo parece inteligible al claroscuro de la luz de la razón sobrenatural: Pero el hombre ha de luchar contra el sufrimiento que es un mal. En principio, es bueno el uso de analgésicos. Como el mal del sufrimiento se hace un bien. Hay que preguntarle a quien lo hace: Dios.

 

178    Dios sustituye el mal por el bien. He aquí el fundamento de todo sufrimiento de lo absurdo y lo cruel del mundo. El sufrimiento produce la paciencia y la esperanza en la salvación.

 

179    Aquella obra de sustitución es una especie de nueva creación, de rectificación, de limpieza y purificación del ser, de perfeccionamiento. Y este perfeccionar es una recreación divina en la que podemos cooperar. La verdad de que Dios hace de un mal un bien es la piedra de toque de toda la filosofía y la teología.

 

180    Advertimos de este modo que es insostenible la tesis de Leibnitz, según la cual este es el mejor de los mundos. No lo es. Dios no está vinculado a crear el mejor de los mundos. No puede haber “el mejor de los mundos” : Porque Dios siempre podría crear uno mejor.

 

181    El mundo es bueno. No el mejor. Y el mal que hay en el mundo tiene una justificación, un sentido, en un bien superior al cual el mismo mal está ordenado por Dios. Dios ordena el mal hacia ese bien. Esta es nuestra esperanza. Necesitamos mucha paciencia y mucha fe en Dios para creer que El hace del mal un bien superior, que “no hay mal que por bien no venga”. Y que Dios hace “nuevas todas las cosas”.

 

182    Sobre todo esto hay libros magníficos. He leído algunos. A los que tengan la posibilidad de leer en otras lenguas me permito hacer algunas sugerencias, con fines muy distintos.

 

183    Para algunos habrá un interés filosófico, para otros teológico, para otros ascético dirigido a la oración. Para mí hay cierta unidad en ellos. Si creemos en Dios, es propio que queramos hablar con Él y preguntarle cosas. Así podremos hablar de Él y de nosotros y de lo creado. Si no creemos, el problema del mal nos enfrenta a las dificultades filosóficas más complejas y aún desde el punto de vista filosófico, conoceremos la doctrina de Dios. Y seremos interpelados por Él. Él llama a todos. A los filósofos también. Y oiremos aquellas terribles palabras del Evangelio: “.. el que crea se salvará, el que no crea se condenará”. Debemos entender con cuidado estas palabras. Pero tenemos que entenderlas. Hay allí un requerimiento absoluto. Hoy, algunos dirían, fundamentalista.

 

184    ¿En qué habrá de creer aquel a quien se pone ante la disyuntiva tan inexorable? “Dios ha amado tanto al mundo que ha entregado a su único Hijo para que quien crea en El no perezca y posea la vida eterna” (Ioh. 3, 6).

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