Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia 2

Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia
Autor: Horacio Bojorge


Capítulo 2: Acedia en la Vida Religiosa

1. Un caso de acedia en la vida religiosa activa

Entre los numerosos testimonios biográficos de acedia que me han hecho llegar amables lectores y amigos, con la autorización de la persona interesada, selecciono uno que me parece particularmente ilustrativo del mal, tal como suele presentarse hoy en la vida religiosa activa.

En la vida monástica la acedia se observaba en condiciones de laboratorio. Por eso, la descripción que nos han dejado de ella los padres del desierto no siempre es útil, actualmente, para laicos o religiosos de vida activa, estados de vida donde la acedia adopta formas mutantes.

En efecto, como la acedia no es tentación exclusiva de religiosos contemplativos y monjes de clausura, puede observarse, aunque con rasgos diferenciales, que no se encontrarán en las descripciones que nos legaron los Padres del desierto, en la vida de todos los creyentes. Pero la tentación de acedia se presenta mucho más intensa y violentamente cuando, como en el caso de los religiosos, que aspiran a alcanzar la perfección de la caridad, un alma se propone avanzar por el camino de la Caridad.

1.1 Acedia en los religiosos de vida activa

En los religiosos de vida activa la tentación de acedia no se presenta como en los monjes, sino que se disimula bajo las mismas formas de su actividad apostólica, la cual, extremada y transformada en activismo, conduce al abandono de la oración y a una efusión pelagiana en la acción, como si de ella fuese a provenir el fruto espiritual.

Las virtudes teologales pueden languidecer en el alma del apóstol, cuando éste se pone a sí mismo o se busca a sí mismo en la acción apostólica, olvidándose de la gracia-eficaz para confiar en la eficacia de su acción propia; o lo que es más grave, desviando la acción apostólica de sus fines últimos hacia sus propios fines.

En la acción apostólica se puede buscar uno a sí mismo. Puede buscar el éxito en las propias tareas apostólicas, la consideración, el reconocimiento y el respeto, en una palabra, no tanto ni en primer lugar la gloria y santificación del Nombre del Padre cuanto el propio buen nombre y prestigio. Por algo Jesús advertía a sus apóstoles del peligro de la levadura de los escribas y fariseos, que buscaban gloria y lucro en las cosas de Dios.

Entre los religiosos de vida activa, donde la acción es importante, puede buscarse la dominación y es más fácil aspirar al mando bajo apariencia de bien, ilusionándose en que bajo el propio mando se hará más bien y mejor.

Por fin, como las obras apostólicas implican muchas veces el uso de cuantiosos bienes económicos y materiales, puede cobijarse de este modo, fácil e inadvertidamente, la codicia y el deseo del lucro en el corazón de los religiosos activos. Y esto, no sólo en individuos aislados, sino incluso a nivel congregacional.

Por todas estas puertas, los religiosos de vida activa pueden volver a instalarse en el mundo que habían dejado. Así, lo mundano se reencuentra y se reinstala en el ámbito congregacional, y es ahora allí donde se busca el lucro, el vano honor y el poder. En ese mundo que conserva una apariencia eclesiástica, se sigue usando las etiquetas de la piedad para encubrir la búsqueda de sí mismos y los negociados de los propios intereses en vez de los de Cristo, pero en él ha desaparecido el gozo de la gracia. Prospera allí la acedia que se ensombrece ante los gozos auténticos de la caridad, como ante un reproche a su falsía. Unos fervores y unos entusiasmos pelagianos, en la realización de los propios planes y propósitos, son los sucedáneos del consuelo de la gracia.

Y cuando se extinguen hasta estos fuegos fatuos de fervores humanos entre las últimas cenizas del amor divino que ya no quema el corazón, y dado que éste necesita algún calor, se le proporciona el de las emociones – que ojalá sean siempre inocentes – de la industria del entretenimiento. Da pena ver a religiosos llamados a ser agentes de la Civilización del Amor, convertidos en espectadores pasivos, absortos en la contemplación del espectáculo de este Mundo, en éxtasis ante la televisión como ante un sagrario.

1.2 Un ejemplo actual

“A los dos años de haber profesado, me llegó el primer traslado. Destino: Capital Federal. Ciudad que nunca me gustó por la aglomeración de gente, por la misma idiosincrasia de sus habitantes, y porque estando en medio de una multitud, uno puede llegar a sentirse angustiosamente solo, tal es la indiferencia para con los que pasan al lado.

Creo que, inconscientemente, trasladé ese rechazo al plano espiritual, de tal manera que para mi sensibilidad, uno era el Jesús provinciano, y otro el capitalino. Para poder rezar, necesitaba cerrar los ojos, “viajar” a la Capilla de nuestra Casa Madre, y olvidarme del Jesús “porteño, cancherito y sobrador” que me imaginaba tener delante.

Cada vez se me fue haciendo más difícil la oración. El sagrario era simplemente una caja, vacía de contenido y significado, ante la que perdía una hora diaria sólo porque mis formadoras habían insistido siempre en que no abandonara esa hora por nada del mundo. En realidad, lo que me empujaba a perder la hora, era más la fe en ellas, que no la fe en Dios y en su Presencia. No pasó mucho hasta que este vaciamiento alcanzara también a la celebración eucarística y demás actos de piedad. Me resultaba ridículo ese hombre que, todos los días, se disfrazaba con tanto trapo, para hacer siempre lo mismo, decir siempre lo mismo, y en definitiva, nada útil. Me acercaba a comulgar porque recordaba haber estado en mi sano juicio cuando lo hacía con fervor, y que si realmente había algo de cierto en lo que entonces había creído, llegaría el momento en que todo volvería a ser como antes. El Sacramento de la Reconciliación, era una obligación más, y no la más grata por cierto, pero al que en ningún momento logré ver como mi tabla de salvación. El Rosario, rezado en comunidad, era lo más monótono y enfermante del día. Es cierto que lo rezábamos demasiado ligero pero, como a todo lo demás, veía ridículo hacerlo de ese modo. Sin embargo, si por alguna razón debía rezarlo sola, no aprovechaba para hacerlo lenta y devotamente, sino que lo más frecuente era que, directamente, lo suprimiera. Lo mismo con la Liturgia de las Horas.

Creo que todo esto despertó en mí el deseo de huir de alguna manera. Y así terminé dejando mi tendencia natural al silencio y a la lectura, supliéndola con largas mateadas con las chicas del interior que vivían con nosotras, sumándome a cuanta salida hubiera que hacer a la calle -aunque volviera aturdida con la ciudad- y, lógicamente, el televisor…

En cuanto al apostolado, llegué a temer las horas de Catequesis con el Secundario. Iba tensa y volvía deshecha. No podía entregar lo que no tenía. Y con las alumnas estaba a la defensiva: temía que hicieran preguntas, que emitieran opiniones y me mataran lo poco o nada que me sostenía.

No sabría decir exactamente, cuánto tiempo estuve así, pero sí que fue la mayor parte del año. Los Ejercicios anuales no pasaron de ser un respiro, en el que, por muy corto tiempo, todo volvía a tener algún sentido. No tardé mucho en volver a caer en el mismo cuadro.

Estando así, llegó el tiempo de presentar la solicitud de la renovación de votos. Tuve fuertes tentaciones de no hacerla, pero una y otra vez me venía a la memoria la frase que un sacerdote -el que me había bautizado- me dijera antes de ingresar en la Congregación: “El Señor es el menos interesado en que te equivoques. Si buscas sincera y honestamente cumplir su voluntad, ésta se te manifestará en tus Superiores”. Finalmente tomé coraje y la presenté, convencida en mi interior de que no me aceptarían. ¿Cuál no sería mi sorpresa cuando, después de dos meses o más, se me notificaba que había sido aceptada!

A partir de ese momento “algo” se liberó en mí. Me sentí más liviana y como un rayito de luz que entraba de a poco en mi mente y en mi corazón, y me permitía ver que el mismo Dios que me había elegido seis años atrás, volvía a elegirme ahora. Y comencé el camino de retorno a El.”

1.3 Análisis del caso

Este ejemplo presenta un proceso de ingreso en, y de salida de un estado de acedia, por lo que nos interesa doblemente examinarlo.

El punto de partida parece ser un cambio de destino, resistido, o por lo menos no vivido con motivaciones sobrenaturales, por lo cual el espíritu de la joven religiosa queda a merced de prejuicios, sentimientos y razones puramente humanas que bloquean las perspectivas espirituales y apostólicas del Reino.

Los sentimientos provincialistas y antiporteños pertenecen al género carnal de los sentimientos nacionalistas; son sentimientos mundanos, contrarios a la caridad universal y bloquean en el corazón de la joven religiosa el surgir de los gozos de la caridad que pudieran provenir de su nueva situación. Queda inhibida así su creatividad espiritual y se inicia un proceso de involución mundanizante.

Dar auténticas motivaciones sobrenaturales de todo cambio de destino, y hacerlo en forma personalizada, sobre todo a religiosas jóvenes, es cosa que las superioras no deberían descuidar. Pero a veces, a nivel congregacional, son cosas que se dan, erróneamente, por supuestas o se imparten de manera puramente formal y exterior.

Nótese la capacidad creadora de lenguaje despectivo, propia de la acedia, que expresa, en forma burlesca y agresiva, un interno despecho y encono frente a los bienes de los que se nutría antes la piedad.

En este caso, esta religiosa manifestaba, aunque raramente, esas expresiones y ellas eran invento y creación suya. Pero cuando abundan los casos en una comunidad, o cuando uno de sus miembros hace proselitismo de su acedia, el lenguaje puede socializarse y las expresiones burlescas se enseñan y se aprenden de otros.

Recuerdo el caso de un joven sacerdote que, muy celebrado por sus compañeros, zahería la liturgia tradicional diciendo: “Y levantando los ojos al cielo… ¿qué vio?: ¡las vigas del techo!…” Así, las expresiones despectivas y burlonas, se convierten en modo de hablar, en cultura de la acedia dentro de la vida religiosa. Y pueden llegar a intimidar a los que quieren vivir fervorosamente. La vida entera de la comunidad y hasta de la congregación se amolda al estilo de los acidiosos, que imponen su estilo desterrando las formas de la piedad u obligándolas a la clandestinidad.

En nuestro ejemplo, tanto la dolencia espiritual como su verdadera entidad de mal de acedia, pasaron inadvertidas, tanto a la misma religiosa como a su superiora y hermanas. No estaban preparadas doctrinalmente para reconocer el mal y buscarle remedios. Esta impreparación, es responsable de muchas “pérdidas de vocaciones”. En las encuestas y análisis sobre los motivos del abandono de la vida sacerdotal y religiosa, los encuestadores, por la misma ignorancia, se van detrás de pistas secundarias o falsas.

A falta de auxilios exteriores, en el caso de esta religiosa, el remedio le viene desde dentro, por la acción del Espíritu y la gracia. Se ha de notar el papel que tiene la memoria en ese proceso. Memoria de pasadas comuniones y de tiempos de gracia vividos en su historia. Memoria del dicho de un sacerdote, hombre de Dios que motiva la interpretación espiritual de la concesión de los votos.

1.4 Otro ejemplo

Veamos un ejemplo que muestra cómo desde un estado de auténtica consolación puede pasarse insensiblemente a otro, falso, que termina en el disgusto. Relata una religiosa:

“A terminar de despegarme del mundo había contribuido la visita de diez días que hice a mi casa al terminar el postulantado y antes de ingresar al Noviciado. Durante todo el año del postulantado había extrañado mi casa, mi ciudad, mis amigos. Fui pensando que diez días iban a ser pocos para reencontrarme con todos y con todo. Sin embargo, una vez en casa, tres o cuatro días fueron suficientes para sentirme como pez fuera del agua: me molestaba el televisor prendido todo el día, el equipo de música de mis hermanas, la trivialidad de mis amigos, y por sobre todo, la ausencia del Santísimo para quedarme un rato con El, a cualquier hora del día. Aquellos diez días se me hicieron eternos y volví al Noviciado con grandes deseos: `con grande ánimo y liberalidad´, después de haber padecido la ‘eternidad’ de diez días en casa de mis padres.

“Durante un tiempo todo fue hermoso. Los Ejercicios previos al ingreso a la nueva etapa de formación me habían encendido en fervor, y no había cosa que no fuera para mí motivo de gozo. Sentía que ‘en El era, me movía y existía’. Sin embargo, poco a poco, sin saber cómo ni cuándo comenzó, empecé a sentir que su Presencia me asfixiaba. Ese estar en El que tanto gozo me había causado, de pronto se transformó en cárcel. Mirara donde mirara, hiciera lo que hiciera, en todo estaba Dios. Era como un aire enrarecido que, a la vez, me cerraba las puertas para ‘otros aires’. Era demasiado Dios. Me sentí saturada de El. En ningún momento sentí un rechazo abierto hacia su Presencia, sólo quería un poco menos”.

La acedia se presenta a menudo así: como un ‘espíritu’ que inspira aversión a la comunión, a la oración, en mayor o menor grado. Pero no sólo respecto de la relación con Dios, sino también de otras relaciones interpersonales. Si el ‘malestar’ doméstico de la postulante se explica como una gracia de extrañamiento del mundo que le facilita reconocer su vocación y que su lugar no está allí sino en la vida religiosa, una vez vuelta al noviciado, aparece la acedia de una compañera, ahora ante la visita de los familiares. Y esa acedia tiene un poder contagioso, capaz de cambiar el gozo en tristeza. Ese es un misterioso pero reconocido mecanismo espiritual, por el cual el envidioso es capaz de destruir la felicidad ajena y hacer que los demás se sientan culpables de sus bienes, sea espirituales, morales o materiales.

Véase un ejemplo de cómo sucede eso: “En esa misma época, una de mis compañeras comenzó a demostrarme, cada vez más manifiestamente, el desagrado y dolor que le provocaba la visita de mi familia, sobre todo de mi madre… siendo ya mayor, ella había decidido ingresar a pesar de la oposición de su mamá, y no podía soportar que la mía hubiese aceptado y aún compartiera tardes enteras conmigo los días de visita (una vez al mes). Al principio no le dí importancia, pero finalmente empecé a sentirme culpable de su tristeza y desconsuelo, hasta el punto que el día de visita se me convirtió en un día de martirio. Sólo impidió que yo alejara mi familia, el pensar que ellos no tenían la culpa y yo no tenía derecho de provocarles un dolor gratuito”

2. Acedia en Ejercicios de Mes

Durante el Mes de Ejercicios no es raro que – aparte de las desolaciones comunes y por eso más fácilmente reconocibles – sobrevengan mociones de acedia que a veces no se sabe reconocer como tales. Durante estos Ejercicios de Mes se alcanza un grado de concentración y atención espiritual muy grande, que permite advertir y reconocer movimientos interiores que pasarían inadvertidos en la vida cotidiana.

He aquí dos ejemplos más de movimientos de acedia advertidos en Ejercicios de Mes y reconocidos como tales por el ejercitante.

Primer ejemplo: “Estaba rezando la Liturgia de las Horas. Al leer la segunda lectura del Oficio de Lecturas, que era un texto de San Agustín, me sobrevino un marcado sentimiento de fastidio cuando Agustín confiesa haberse abrazado al único Mediador Jesús, y haber encontrado en Él el medio para acercarse a la Luz y al Alimento que veía tan inalcanzables. Rechacé ese sentimiento por reconocerlo como tentación, oponiéndole una segunda lectura del pasaje, animada con sentimientos de alegría y gratitud”.

Segundo ejemplo: “Durante el día me vino al pensamiento la pregunta acerca de si María había podido tener tentaciones. Hablándolo con el director, éste me dijo que no necesariamente la Virgen María hubiese debido tener tentaciones. Más tarde, en ese día, mientras rezaba el Rosario, se me vino a la mente lo conversado con el Padre director de Ejercicios. En un momento dado, no fue un pensamiento, tampoco un sentimiento, ni siquiera una frase interior: fue como una mirada que me invitaba a mirar despectivamente a María Virgen (mirada “acidiosa”), con un despecho mezcla de envidia (“¿por qué Ella?”) y de desvalorización (“¡así cualquiera!). Cuando me percaté de ello, miré a María con todo el amor, gratitud y admiración que pude encontrar en mi corazón, y los alimenté el tiempo que quedaba del Rosario, terminándolo con un canto en su honor”.
En conclusión: a la luz de estos ejemplos se reconocerá qué frecuentes y qué poco advertidos son los movimientos de acedia que se producen en el alma de los consagrados. Y qué daños individuales y comunitarios, no sólo como pérdida del fervor sino hasta de la fe, pueden producir si no se los advierte y rechaza con prontitud y decisión. Aún cuando, por inadvertencia, la tentación no se convierta en pecado, tiene igualmente efectos devastadores para las gracias recibidas. Bien dice San Ignacio que “la desolación es contraria a la desolación” y procura destruirla. Se comprende también cuánto bien se impide en la Iglesia por el desconocimiento de este mal.

3. La acedia en la vocación religiosa docente

Intento presentar aquí la que llamaré acedia escolar, docente o colegial. Es una tentación propia de religiosos docentes. Me refiero a los que enseñan, por carisma congregacional, en colegios, escuelas y otras instituciones de enseñanza.

Como he recordado en el Cap 7º de En mi sed me dieron vinagre, la acedia nace de los apetitos de la carne mortificados por los del espíritu. Así la acedia monástica nace con motivo de los ayunos, el aislamiento, la soledad, el silencio y la renuncia de los consuelos de este mundo, propios de la vida monacal.

Pero la vida docente en colegios y en comunidad religiosa, no es menos ardua y exigente. Aunque los motivos sean otros, también la vida docente mortifica la carne, exige la renuncia de sí mismo y se presta, por eso, para engendrar acedia hacia la vida y las actividades propias de esa vocación.

Esos motivos de acedia escolar, algunos de los cuales voy a enumerar a continuación, han de ser superados cultivando la mística de la vocación docente, una fuerte espiritualidad y un encendido fervor apostólico-docente. Para ello uno ha de estar alerta acerca de los motivos y embates de la acedia y se ha de remotivar permanentemente en el carisma propio.

Si no se reconocen los casos individuales de acedia y si no se los trata a tiempo, la acedia escolar puede convertirse en epidemia y afectar a toda una congregación. Puede llegar a institucionalizarse y a racionalizar sus motivos, declarando irracionales los derroches y los sacrificios del amor docente.

3.1 Motivos clásicos de la acedia escolar

Siempre ha sido tarea ardua enseñar en un colegio. No todos, ni en toda circunstancia, han sido capaces de vivir alegre y entusiastamente las renuncias que exige la disciplina escolar: la servidumbre escolar: el cepo de los horarios escolares durante todo un año lectivo; la fatiga escolar: que se acumula y se hace aplastante hacia fin de año; la claustrofobia escolar: la monotonía de las horas, días y semanas entre los muros del colegio, que pueden llegar a experimentarse como un horizonte estrecho y hasta como el encierro de una prisión; el esfuerzo escolar: las fatigas del aula; la preparación de clases y la corrección de los deberes y ejercicios de los alumnos; la formación pedagógica permanente que exige estudio y continua actualización de los conocimientos; la ascesis escolar: la abnegación necesaria para superar serenamente los problemas y conflictos de disciplina que se plantean incesantemente en el ámbito colegial; la neurosis escolar: la depresión o la sensación de sin sentido después del fin de cursos, cuando el colegio queda vacío…

Todos esos han sido siempre motivos de acedia escolar. En todos los tiempos hubo docentes amargados por alguno de semejantes motivos, y los recuerdan siempre sus alumnos.

3.2 Más motivos, actuales, de acedia escolar

Pero en las circunstancias del mundo actual los motivos de la acedia escolar tienden a agudizarse y diversificarse. Diríamos que la acedia aggiorna sus motivos, amplía y diversifica su repertorio. A ello contribuyen muchos factores.

La disolución familiar multiplica los niños – problema. Éstos, que eran antes excepción, ahora son en algunos lugares tan numerosos que parecen ir rumbo a convertirse en desalentadora mayoría. Los nuevos “huérfanos de padres vivos”, como los ha llamado Juan Pablo II en su Carta a las Familias, se hacen a veces tan difíciles de manejar como las tunas. Estos “abandónicos” (vulgo guachos, proverbialmente mal agradecidos) se cobran a menudo de la autoridad docente las deudas que sienten que les debe la autoridad paterno-materna; y con la característica injusticia y crueldad infantil, suelen desahogar en sus maestros los rencores que abrigan contra sus padres. Son las antípodas del alumno agradecido que hace tan gratificante el ejercicio de la vocación docente. Bastan unos poquitos, a veces uno, para arruinar con su inconducta la atmósfera del aula.

A esas actitudes hostiles, a los problemas de conducta con que se expresa esa hostilidad y a los consiguientes cortocircuitos disciplinares, se suma la creciente desmotivación infanto-juvenil para el aprendizaje. Algunos hablan de un ´derrumbe espectacular´ de los niveles tanto del interés por, como de la capacidad para aprender. Según me confiaba afligido un viejo maestro: “El rendimiento intelectual no ha dejado de descender por décadas y no se sabe cuándo tocará fondo”.

Pero el desinterés de los jóvenes es particularmente doloroso para los religiosos cuando se lo encuentran, redoblado si es posible, en las clases de religión o catequesis; precisamente allí donde ellos aspirarían a comunicar a las nuevas generaciones los misterios que les son más entrañables y que constituyen los motivos últimos de su consagración religiosa. Cierta vez me llamaron a tomar las clases que había dejado una religiosa, la cual había entrado en crisis de fe debido a la indiferencia de sus alumnos de catequesis.

En este caldo cultural proliferan problemas aún más graves que los de disciplina en el aula, el deterioro del clima docente, el desinterés y el bajo rendimiento intelectual. Me refiero a las relaciones afectivas y emocionales prematuras, de las que fácil e insensiblemente se pasa a la disolución moral. Los “abandónicos” (insatisfechos-afectivos-crónicos), se convierten en esos adolescentes que vemos “arreglarse” precozmente, y que a falta del amor de sus mayores, buscan ávidamente el de sus semejantes. Cuanto mayor ha sido el abandono paterno-materno más precoz parece ser el desquite afectivo que se procuran estos casi preadolescentes, con la captación de una parejita. Dentro de ese contexto tienen lugar las relaciones sexuales prematuras y los igualmente prematuros y catastróficos embarazos precoces.

Junto con la insatisfacción afectiva, entra también el sin sentido en el corazón de los jóvenes y los arrastra en forma creciente a la droga y en ocasiones también al suicidio.

¿Puede imaginarse el ambiente de un aula donde, a la distracción crónica que introduce la preparación del viaje de fin de año, se suma el bombazo de una compañera embarazada por un compañero, o el escándalo de ribetes policiales que provoca un condiscípulo cuando se descubre que se drogaba y pasaba droga? ¿Qué paz tienen esos corazones adolescentes para interesarse por las materias curriculares?

Evidentemente, estamos en otros tiempos. En la institución escolar de nuestros días se plantean, debido a estos nuevos hechos, situaciones para las que nadie estaba preparado. Ni a nivel de la misma institución colegial, ni muy a menudo a nivel de las instancias de conducción o gobierno escolar: civiles y/o congregacionales. Se genera así una incómoda y frustrante sensación de impreparación o incapacidad ante situaciones que parecen desbordar a todos. Una ola contracultural parece arrasar todos los diques escolares y ponerlos en evidencia como insuficientes, ineptos y anticuados. ¿Para qué seguir gastando el tiempo y la vida en esta tarea frustrante y en apariencia cada vez más ineficaz e inútil?

Los problemas que venimos enumerando son potencialmente aún más conflictivos porque, habiéndose resquebrajado la unanimidad de los juicios, no sólo morales sino también psico-pedagógicos, las medidas que toman ante ellos las autoridades del colegio pueden y suelen ser criticadas y condenadas por los padres, por docentes, y a veces, ni siquiera gozan de la unánime conformidad de la comunidad religiosa. La demagogia de muchos docentes los impulsa a condescender y a ceder sin límites ante los desbordes juveniles y los jaques culturales. Eso no facilita las cosas a los pocos que sienten que deben resistir y mantener ciertas exigencias aún a costa de ser impopulares. ¿Habrá que seguir luchando con molinos de viento?

Las cosas se complican aún más, cuando, en ocasión de los flirteos con la marihuana o de la drogadicción de algunos alumnos, se entra en terrenos donde se puede incurrir en delito o en riesgoso contacto con la corrupción de autoridades o funcionarios policiales y hasta judiciales. ¿Qué hacer con esos forasteros que rondan las puertas del colegio pasando droga y de los que se desentiende todo el mundo, hasta la policía?

Súmense los conflictos con padres que transfieren al colegio la culpa por la educación que no supieron dar ellos mismos a sus hijos. También de parte de estos padres “abandonadores”, le llegan al docente reproches en vez de agradecimientos.

Dentro del mismo cuerpo docente no faltan los conflictos y motivos de acedia. Los religiosos están en una delicada situación de colegas con sus codocentes laicos. En el colegio repercuten las medidas de paros sindicales, que exigen cada vez negociaciones y acuerdos. Suele haber también situaciones difíciles en ocasión de despedir docentes, de redistribuir horas dejadas por un docente que se retira, de incorporar a alguien nuevo en su lugar, de nombrar o ascender personal a cargos de dirección.

Por si todo esto fuera poco, ha venido a sumarse la creciente complejidad de la legislación y reglamentación escolar. La responsabilidad legal y hasta penal que puede derivar de accidentes ocurridos dentro de la escuela, hace que aún incidentes nimios hayan de ser tratados cautelarmente como graves.

La Ley Federal de Educación ha significado en la Argentina un jaque a todos los niveles: desde el edilicio, pasando por el ingente papeleo burocrático, hasta la sobrecarga que exige el estudio de los mismos y/o la asistencia a los cursos de capacitación o reciclaje. Esta nueva Ley ha trasmitido algunos metamensajes negativos, aptos para sembrar desánimo entre docentes y directivos. Uno de ellos es la implícita evaluación negativa de todo lo que se sabía y trasmitía durante años. Otro, la obsolescencia e inutilización por vía legal, de la capacitación de algunos docentes. En algunos de ellos, especialmente los más antiguos, al desánimo por tener que reemprender a su edad un reciclaje profesional exigente, se suma el hecho de que ven amenazadas sus fuentes de ingresos para la supervivencia familiar, a la que ya estaban atendiendo con una máxima carga horaria.

Otra fuente de preocupación: en algunas provincias las autoridades recortan, retacean, mezquinan o retrasan los pagos de aportes del gobierno. O los vinculan a tales condiciones que de hecho lesionan el principio de libertad de enseñanza. Se practica una cierta extorsión administrativa sobre la enseñanza eclesial. Estas vejaciones económicas agregan un factor más de preocupación administrativa a los religiosos, a la vez que de irritación a su personal docente laico – por más fiel y adicto que sea a la institución escolar -, cuando ve retrasado el pago de sus haberes. También estos malestares refluyen sobre el ánimo de los religiosos.

A veces, los cambios de legislación y reglamentaciones, se convierten en un verdadero jaqueo legislativo que mantiene continuamente en vilo a los responsables y obliga a movilizaciones desgastantes y fatigosas a la larga. Desde el Congreso sobre la Educación parecería que no ha cesado ese jaque educativo en la Argentina.

Una religiosa de una congregación docente, que había sido alejada por un tiempo de las aulas para encargarle otra misión, resumía el alivio de ese descanso temporal en estos términos: “Es un descanso enorme el no tener mayores obligaciones horarias, tiempo de sobra para lo personal y haberme olvidado de la DGI, las Planillas, Bancos, Cheques, Balances, Ministerios, Cursos de Capacitación, Reforma Educativa, Obligaciones Administrativas, Pedagógicas, Personal a cargo, circulares, desafíos miles que me agotaban, y SOBRE TODO estar lejos de adolescentes rebeldes, problemáticos por la soledad en que viven, cautivos de hoy y de tanta manipulación como los ataca, junto a una Familia desorientada, muchas veces destruida que nos presiona, y No ver el fruto de nuestros trabajos, entrega, sufrimientos…”

Sin embargo, tomando perspectiva desde la distancia del puesto escolar y reencontrando desde la libertad el amor de su vocación docente, concluía: “Sin embargo, este providencial tiempo en el desierto ya me ha hecho saber, sentir y agradecer los 37 años de docencia, que me cansaron ciertamente pero que han llenado mi vida y me han marcado a fuego, sin saber hacer otra cosa que no sea el desarrollo de mi vocación docente”.

3.3 El frente interno

Por fin, aunque no sea lo menos importante, están los motivos comunitarios y congregacionales que preocupan o entristecen. En los colegios o comunidades docentes el número de religiosas/os que componen la comunidad, lejos de crecer va disminuyendo, a veces drásticamente; donde amenaza seguir disminuyendo a falta de relevos en el horizonte, la sobrecarga de trabajo llega a ser agobiante y esa falta de perspectiva de relevos desmoraliza y causa desesperanza. Cada vez más tareas y problemas recaen sobre las espaldas de cada vez menos hermanas. La fatiga de las hermanas que llevan el peso de los colegios se agrava en el caso de hermanas jóvenes que, además de una carga horaria docente respetable, están realizando paralelamente cursos de capacitación; o en el de hermanas directoras ocupadas en cursos de reciclaje para adaptarse a la nueva Ley y en la presentación de proyectos educativos que van y vuelven con observaciones y nuevas exigencias.

Pongamos por fin las dificultades para cultivar el espíritu y la mística de la propia vocación. No es fácil encontrar directores espirituales o confesores ni animadores espirituales en localidades pequeñas y alejadas; ni el tiempo para nutrirse con buenas lecturas que alimenten luego la oración. Esto despierta en los religiosos más responsables y celosos por su vida de piedad, sentimientos de culpa por el déficit en los ejercicios espirituales; la sensación de propia imperfección y la insatisfacción consigo mismo al no lograr superar los propios problemas espirituales y aún morales. Al frente de lucha de los motivos exteriores se suma este otro frente interior de motivos de acedia, que impiden o destruyen la consolación y el gozo de la caridad. En estas situaciones prolifera fácilmente la desesperanza, la tibieza real o sentida, la instalación en estados permanentes de desolación que son potencialmente destructores y peligrosos para la vocación de las más jóvenes y para la alegría en su vocación de las mayores.

Sobre estas situaciones se instala fácilmente la acedia, la tristeza en vez del gozo por su vocación y su tarea docente.

3.4 Algunos rasgos de acedia docente

La enumeración de los motivos ya permite imaginar muchos rasgos posibles de la acedia docente. He aquí algunos, espigados entre las “muestras” recibidas.

Hemos llamado la atención en otro lugar (Un caso de Acedia) sobre la capacidad creadora de lenguaje despectivo de la acedia. Cuando se pierde la devoción fácilmente se moteja y se hace burla de los demás y pulla de lo que la alimenta. Así, la acedia escolar, entre otros motes ha creado el de: conventillo escolar, para referirse a la institución y sus conflictos. Es un ejemplo, al que sin duda los familiarizados con el ambiente podrán agregar un montón.

Alguien sentirá que está “fuera de foco” y que no coinciden sus intereses personales con el mundo escolar. No consigue apropiarse la misión docente. O sentirá rechazo por la comunidad escolar motejándola de diversas maneras. No verá ni estará dispuesto a reconocer intereses o motivaciones nobles y verdaderas en los demás, juzgando cualquier tipo de comentario o consulta como chusmerío docente.

Se atormentará con los juegos de prestigio y poder que se juegan en las instituciones humanas y también en las docentes. Y si es directivo tendrá que tomar decisiones a pesar de su fastidio y sus temores; incluso previendo, con juicios temerarios de por medio, las reacciones de fulano y mengano.

Se tomará la falta de madurez propia de los adolescentes como maldad, casi se diría que ontológica, contra la que no se puede luchar.

Experimentará deseos de huir de esa realidad escolar. Le resultará imposible verla como un campo idóneo para un trabajo apostólico y misionero. No logrará ver la obra de Dios presente, sin embargo, en algunos miembros por lo menos, de su comunidad educativa.

En fin, y en pocas palabras, tendrá más ojo para los males que para los bienes de la obra apostólica docente. Y cuando a pesar de todo, vea algún bien, no encontrará gozo en él, pues es posible que lo perciba como ´logro de los demás´, que pone en evidencia el propio fracaso. Ya no le alegrarán los triunfos de la propia ´camiseta´. Podrá cobrar tirria a las entregas de premios, etc.

No es de extrañar que de aquí pueda surgir una ´doctrina´ bastante bien articulada que racionalice la inutilidad de los colegios y la necesidad o la conveniencia de dejarlos. O por lo menos se exprese dubitativa y cuestionadoramente sobre estos asuntos.

3.5 Tentaciones de fuga con apariencia de bien

Si nuestro lector está familiarizado con el ambiente de un colegio gestionado por una comunidad religiosa docente, estos hechos no le serán desconocidos y podrá sin duda completar el elenco. Los he enumerado, hasta la saciedad, para señalar que la sumatoria de todos ellos, hace hoy de la vocación docente una situación tanto o más propicia a la acedia que la de un monje estilita en la peor canícula del peor desierto.

Y así como entre los monjes la acedia producía la tentación de fuga, las tentaciones de fuga individuales o colectivas son numerosas y diversas en la vida docente. Para reconocerlas como tentaciones, puesto que son todas nobles y buenas, racionalmente inobjetables, basta con fijarse en un solo signo: no van ni llevan hacia el colegio, sino que sacan y “salvan” de él.

Una forma de la tentación de fuga que llega a caballo de la acedia podrá ser la vida contemplativa. Otra podrá ser la reorientación hacia un concepto más amplio de educación. Otra, todavía, la opción por los más pobres y el dejar los colegios para ir a insertarse en las Villas o en parroquias suburbanas, para atender un dispensario o tomar algunas horas de catequesis. Estos son los casos más nobles y los más peligrosos, porque como tentaciones bajo especie de bien, llegan fácilmente a insitucionalizarse.

En los demás casos, se asiste al repliegue liso y llano sobre los propios intereses. Se obtiene algún título que permita salir e insertarse en el mundo laboral. Algunas veces, ¡oh ironía del destino! en algún colegio de la congregación que se abandonó.

3.6 Un ejemplo

He aquí el testimonio de una religiosa: “Mi breve relato pudo ser una grave historia, si no hubiese mediado el amor que el Padre me tiene, que me alcanzó con el Hijo y me iluminó con el Espíritu. He padecido una grave tentación, que ahora veo como una seducción del maligno, por el lado más hermoso: conocer a Dios y gustarlo en la vida monástica-ermitaña, en silencio, soledad y fraternidad. La consolación que me producía esta idea era muy grande. Mi trato regular con personas de un instituto contemplativo me hacía muy feliz. Pero yo olvidaba el primer amor, mi ser consagrado con ya cuarenta años de hábito, en una congregación apostólica de vida activa y carisma docente. Inicialmente este deseo parecía un más loable, pero, a pesar de mis esfuerzos no lo alcanzaba. Busqué de todos modos alcanzarlo. Desoí consejos y enseñanzas. ¡Yo estaba como enamorada de ese sueño tan consolador! Sin descuidar mis obligaciones religiosas y pastorales, éstas se me iban haciendo cada vez más pesadas. Fui tiñendo mis obligaciones religiosas de aires monásticos. Progresivamente comencé a caer en omisiones. O no hacía lo bueno (sin hacer nada malo) o lo bueno lo hacía a medias, incompleto, sin entusiasmos. Como otras hermanas mías, a las que me unía una fraterna comunión, habían pasado a la vida contemplativa, comencé a codiciar su bien. Crecieron en mí celos y envidias, tensiones, enojos que afectaban la caridad en mi vida fraterna. Insistía en dar crédito a esta falsa consolación y porfiaba por alcanzar esa plenitud. Cuando me advertían: ‘¡estás soñando!’ yo reaccionaba irritada y con orgullo.

“Entre tanto, había perdido la alegría de mi vocación y la felicidad real se alejaba cada vez más. Subsistía en mí, por pura gracia de Dios y protección de mi Madre, María Santísima, un profundo amor a mi Congregación, que me impedía poner el pie afuera. Dios me regaló la gracia de no querer hacer nada que no tuviese el visto bueno de su voluntad. Y era ésto lo que no llegaba. Hacía débiles y esporádicos intentos por cortar la ilusión, los sueños. Ahora sé que todo era tentación del maligno. Finalmente, en el retiro anual, ‘intuí desde adentro’, como si me quitaran una venda de los ojos que todo eso había sido un engaño y una ilusión. Intuí que el predicador del retiro me podría ayudar y se me daba una disposición confiada para abrir mi alma y dócil para aceptar lo que tantas veces había rechazado. Sabía que sufriría y el ánimo se me encogía, pero se me daba una firmeza que apoyaba mi decisión para el bien. No fue fácil renunciar de golpe a la dulzura engañosa y dañina de mis ilusiones. Hablé, pedí luz, recé, medité, instando mucho en pedir, me confesé pidiendo la gracia del sacramento. El Señor me sostenía y me confirmaba. El embrujo de la tentación se disipaba rápidamente como una bruma que se lleva el viento. Sentía la obra liberadora de mi Esposo, Cristo Redentor.

“Estoy en paz. Sé que podrán volver luchas. Pero ahora conozco al enemigo y sé dónde está mi debilidad y mi fortaleza. Por cierto que descubrirse no ha sido fácil ni bonito, pero es una gracia de salvación. Lo comparto con afecto para con todos aquellos que, como yo, puedan estar corriendo tras un sueño maligno, teñido de ‘falsa perfección’”

3.7 Acedia escolar congregacional

En la obra anterior llamábamos la atención sobre las formas sociales y culturales de la acedia. Particularmente grave es la situación cuando la tentación de acedia escolar, deja de ser asunto privado, de un religioso en particular, y se congregacionaliza. Es decir, cuando ya no es un individuo sino una comunidad y hasta toda una congregación, la que está afectada, sin advertirlo, por una forma socializada e institucionalizada de acedia escolar. Entonces, la institución, no sólo ya no ayudará a los individuos a discernir y vencer la tentación, sino que la sembrará activamente en sus miembros, desalentará a los fervorosos, culpabilizará a los que aún quieran cultivar la mística de su carisma y llegará incluso a convertir su tentación en doctrina; racionalizará sus deserciones y terminará dejando los colegios, convencida de que está prestando un servicio a su congregación y a la Iglesia. Nada significará para ellas que, desde el obispo hasta el último fiel, todos manifiesten su dolor por el cierre del colegio. ¿No es bien posible que en muchos casos de abandono de instituciones escolares y de crisis de congregaciones educativas ocurridos en las últimas décadas, haya intervenido la tentación que tratamos de señalar aquí?

Está muy amenazada hoy la alegría de la vocación docente en un colegio de una congregación religiosa. Las religiosas del colegio tienen que presenciar a menudo que, habiendo alcanzado la acedia a superioras y formadoras, éstas no quieren que sus jóvenes “sufran lo que yo sufrí en aquél colegio”; por lo que las envían a alguna pequeña comunidad inserta en medios populares; tratan de reorientar desde la formación el futuro de la congregación hacia otros rumbos y se desentienden de los reclamos de las que aún creen en los colegios que quiso el fundador.

En algunas congregaciones, donde la acedia docente institucionalizada ha ganado a superioras mayores y formadoras, las hermanas que llevan el peso de los colegios tienen que mirar con hambre y desde lejos a un puñadito de hermanas jóvenes que están en formación… para otra cosa. El metamensaje es claro e hiriente.

La acedia institucionalizada formula profecías contra los colegios y su futuro, o mejor dicho, profetiza que no tienen futuro. Y pone todos los medios para realizar esas profecías, aplastando toda resistencia que pudiera demostrarlas falsas. Los que en medio de todo esto aún encuentran el gozo de la caridad en su vocación docente, están hoy en un huerto de los olivos.

3.8 Conclusión

He tratado de describir los motivos y formas del tipo de acedia que ataca a la vocación docente de religiosos y congregaciones religiosas. He mostrado cómo los motivos de acedia se agigantan debido a la lucha contracultural moderna y postmoderna y cómo logran su objetivo desanimando y entristeciendo a educadores y congregaciones educativas católicas. La sumatoria de esos motivos constituye una presión muy fuerte que ha empujado y de hecho amenaza con seguir empujando a la acedia escolar a muchos religiosos docentes. Conforma una cierta atmósfera de acedia escolar que puede contagiar a enteras congregaciones enseñantes y puede escalar hasta sus gobiernos congregacionales.

Sobre esa tentación de acedia llegan cabalgando diversas tentaciones, individuales o colectivas, que cohonestan la fuga y la deserción del frente de lucha docente: la vida contemplativa, el concepto amplio (el otro es tácitamente calificado de estrecho) de educación, la opción por los pobres y la inserción en los medios populares, etc. etc.

Es necesario advertir el fenómeno espiritual y combatirlo con medios espirituales. En lugar de desertar el frente de lucha, hay que concentrar las fuerzas y hacer un esfuerzo doblemente lúcido y creativo para poner sobre nuevas bases las obras docentes y asegurar su libertad docente frente a los intentos de sojuzgamiento o liquidación que provienen de la cultura dominante.

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