Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia 3

Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia
Autor: Horacio Bojorge

Capítulo 3: Acedia a la luz de las Sagradas Escrituras

1. La acedia: Espíritu impuro

La acedia no se explica por causas exclusivamente psicológicas. Es un fenómeno espiritual, demoníaco. Si el Espíritu Santo aparece en los evangelios como el agente de la fe y de la comunión con Jesús y a través de él con el Padre y el Espíritu Santo, el espíritu impuro se presenta como operando exactamente lo contrario: impidiendo la comunión, en formas opuestas al amor: indiferencia, miedo, ciencia sin caridad. Estas son las características del naturalismo que se han visto en el capítulo primero.

Vamos a comprobarlo a la luz de escenas evangélicas en que Jesús exorciza a los demonios. Principalmente en dos: la del endemoniado de la Sinagoga de Cafarnaúm, al comienzo del Evangelio de Marcos y otra la del endemoniado geraseno.

Lo que gritan los demonios en ambas ocasiones constituye un retrato espiritual del mal espíritu que nos permite conocerlo como un espíritu de acedia: un espíritu que se opone a la comunión, declara malo al bueno y conoce a Jesús pero no lo ama. Eso es lo que siempre y en toda época, pero particularmente en la modernidad ilustrada, obra en el espíritu de los hombres el espíritu impuro.

El evangelio llama a los demonios ‘espíritus impuros’ y los define por su acción más que por su naturaleza. Son, es cierto ángeles. Pero lo definitorio es que obran lo contrario al Espíritu Santo: impiden entrar en comunión con Jesús por la fe, apartan de él como de alguien extraño a la enseñanza tradicional rabínica; con el que no hay nada en común; que se presenta como una amenaza destructora y a quien se conoce pero no se ama. Si en Cafarnaúm Jesús se presenta como amenazador por su modo de enseñar, en Genesaret es considerado perjudicial para los intereses por la muerte de la piara de cerdos.

Recordemos esas voces de los demonios, que podrán escucharse y reconocerse en más de un diálogo pastoral o en más de una clase de religión:

1.1 Vehemente indiferencia

“¿Qué [hay de común] para nosotros y para ti, Jesús nazareno?” (1,24); “¿Qué para mí y para ti, Jesús Hijo del Dios Altísimo? (5,7)

Piénsese en las veces que hemos oído frases como ésta: ¿Qué tiene que ver la fe con la vida? “Hay un divorcio entre la Iglesia y la sociedad” ¿Acaso Dios se va a interesar por nosotros? ¿Dios no me oye? Me aburro (en la Misa, la oración o la lectura). Dios se presenta como algo ajeno a la vida, como extraño a la tradición en que uno ha sido educado, o a las expectativas propias, o como inútil. El director de un colegio secundario de religiosas que me aconsejaba tratar en las clases de religión solamente “temas que interesaran” a los alumnos: relaciones prematrimoniales, la amistad, la justicia en el mundo. Hablarle de Cristo les resultaría pesado y la religiosa que había tratado de enseñar antes que yo había entrado en crisis de fe por el desinterés y la agresividad de los alumnos hacia la enseñanza de la fe. En los primeros días de clase se levantó un joven hablando en plural, como si fuera el representante de todos sus compañeros, para decir lo mismo que el espíritu impuro de Cafarnaúm: “¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros?” La página evangélica comenzó a iluminárseme a raíz de esa experiencia docente con jóvenes.

Muchos adultos creyentes, con buena voluntad pero mal tino y peor discernimiento, suelen condescender con la indiferencia infantil o de adolescentes, concediendo que sólo han de ir a Misa dominical ‘si lo sienten’. Su deber sería explicarles lo peligrosa que puede ser esa insensibilidad espiritual en que están, -que a menudo es más un fastidio positivo que una neutra indiferencia-, y lo ofensiva que es para Dios, a quien, por otra parte deben darle gloria en justicia.

Recuérdese que la indiferencia se enumera entre los pecados contra la caridad, es decir contra el amor a Dios: indiferencia, ingratitud, tibieza, acedia y odio a Dios. Es en realidad una forma de acedia.

Lo que mediante estas frases niegan los espíritus impuros es cualquier forma de comunión. En la escena de Cafarnaúm, esas expresiones dicen en voz alta e interpretan el sentido negativo que tiene la extrañeza del auditorio de la sinagoga, asombrado porque Jesús no enseña como sus rabinos.

Si se juzga sólo el contenido, las frases expresan indiferencia. “No tenemos nada en común contigo”, “No hay nada entre nosotros”, “No tenemos nada que ver tú y yo”. Pero que no se trata de verdadera indiferencia lo demuestra el hecho de que los demonios lo dicen gritando. El verdadero indiferente no se toma esa molestia. Su indiferencia consiste precisamente en que el objeto lo deja impasible, inalterado, no lo conmueve emocionalmente. La indiferencia vehemente, es decir la pseudo indiferencia, es una de las formas de la acedia.

El Espíritu de indiferencia se concretó históricamente en el fenómeno de la indiferencia religiosa, que sigue extendiéndose en nuestra civilización. Es por lo tanto importantísimo conocerlo para saber cómo enfrentarlo pastoralmente. Jesús envió a sus discípulos a predicar con poder de expulsar demonios. No debe correr los riesgos de la predicación, que siempre levanta la resistencia del espíritu opuesto al Santo, quien no conoce su nombre y su acción, quien no sabe distinguirlo del hombre a través del cual habla o grita, y a quien en ocasiones agita. Si no se conoce el demonio que domina a los indiferentes se puede entrar en tentación de fe. Como decía Don Celedonio Nin y Silva, un célebre racionalista uruguayo: Si esta es la verdad ¿por qué no la aceptan todos? Y abandonó la fe.

1.2 Eres malo, nos dañas, te tememos

“¿Has venido a destruirnos? (1,24) le pregunta el espíritu impuro en la Sinagoga por boca del hombre; “No me atormentes” (5,8) le suplica por boca del habitante de los sepulcros.

Debajo de la indiferencia hay miedo a Dios. Se lo declara malo, temible, destructor. Son los slogans que repite la civilización apóstata: la fe hace inmaduros, o: no permite que el hombre se realice; la Iglesia es enemiga del placer; el voto de castidad imposibilita la autorrealización; la fe es incompatible con la razón y con la ciencia, es la madre de todas las represiones; la Iglesia es opuesta al progreso; la Inquisición, las Cruzadas, Galileo; la Iglesia tiene que recuperar la imaginación; las fórmulas dogmáticas no se han aggiornado con los cambios de la fe.

Si se rasca un poco bajo la proclamada indiferencia aparece el miedo a Dios, propio del naturalismo. Mi alumno que se hacía diputado de la clase para manifestar el común desinterés por Cristo, me confesó en una charla amable que el Señor me concedió mantener con él, que cuando su padre agonizaba y él le pidió a Dios que lo salvara, no lo oyó. Desde entonces le guardaba rencor y no creía que fuese bueno. El diputado de la indiferencia ocultaba, en realidad, un corazón herido, irreconciliado con Dios.

Víctor Frankl relata el caso de un paciente suyo cuya neurosis obsesiva consistía en el temor de que tales o cuales actos suyos podrían ser la causa de que su difunta madre y su hermana se condenaran. Este paciente se declaraba incrédulo con la razón: “no creo en nada sino en un determinismo sometido a las leyes naturales, y no en un Dios que premia y castiga”. Pero poco antes había dicho: “me vino la obsesión de que Dios podría vengarse de mí”. Hay en este paciente un juicio oculto que funda su actitud de miedo a Dios, como un ser arbitrario y dañoso, que existe a pesar de la razón, que cela y amenaza a su madre y su hermana, a sus seres queridos y a sus verdaderos intereses personales. Por encima de esa angustia frente al Dios malvado e irracional se tiende el velo encubridor de un juicio de indiferencia o incredulidad.

Eso le pasa al mundo naturalista. No quiere comunión con Dios porque teme por su autonomía, por la autonomía de las realidades temporales, por la libertad. ¿Cómo temer que le quite al hombre la libertad el Creador que lo creó libre? Pero el ofuscamiento de las potencias intelectuales es la cadena con que el espíritu impuro puede encadenar al hombre para impedirle la fe y el amor a Dios, persuadiéndolo de que es malo.

1.3 Conocimiento de Dios sin caridad

“Sabemos quién eres: el santo de Dios” (1,24); “Jesús, Hijo del Dios Altísimo” (5,7). Es el conocimiento sin amor. Los demonios creen pero tiemblan, dirá Santiago.

Los alumnos desinteresados alegaban saber ya todo el catecismo. El paciente de Frankl, que se decía ser librepensador y conocedor de las teorías científicas más avanzadas, afirmaba conocer su catecismo “como el criminal conoce las leyes” o sea que conocía la religión sin confesarla ni profesarla de manera alguna. Preguntado si se consideraba incrédulo, respondió que lo era con la razón, pero su sentimiento creía de todos modos, pero siempre temiendo a Dios.

Conocimiento sin amor es la filosofía de la modernidad de la que se ocupa Martin Buber en su Eclipse de Dios. Buber señala precisamente que la filosofía ha levantado un saber sobre Dios que se ha separado del diálogo con Dios, y que el hombre que tiene esa estructura espiritual habla sobre Dios pero no con Dios. He ahí la ciencia que los evangelios consideran propia del espíritu impuro.

Nos ha parecido muy conveniente examinar estos pasajes evangélicos porque instruyen acerca de la significación y el signo espiritual del naturalismo, la gnosis, el secularismo y otros fenómenos espirituales que entristecen también a los creyentes sobre los que esos demonios consiguen dominio espiritual. Podemos llamarlos demonios de nuestra civilización

¿Cómo exorcizarlos? “La caridad perfecta echa afuera el temor.” Estos demonios no se expulsan en discusiones sino en oración y ayuno. En la paz de la comunión con Dios y en la libertad ante el mundo y la carne. Jesús no entró en discusiones. Los distinguió del hombre tras el que se ocultaban y nos enseñó a distinguirlos. Porque nuestra lucha no es contra la carne. Les ordenó silencio y no discutió con ellos. Los desenmascaró, encarándolo en singular cuando fingía ser muchos y se arrogaba una falsa representatividad; o en plural cuando fingían ser uno y les obligó a confesar que eran legión.

Con Jesús se cumple la profecía: “¡Tú arrojarás nuestros pecados al fondo del mar!” La escena de los cerdos que se arrojan desde el acantilado muestra la realización de esta profecía.

2. Amar nuestros límites

“Dame a conocer mi fin para que comprenda lo caduco que soy y tenga un corazón sensato” (Sal 38,5)

“He visto el límite de todo lo perfecto: Tu mandato se derrama sin límite” (Sal 118,96)
“Llega el día de reconstruir tus muros y de ensanchar tus fronteras” (Miq 7,11)

Solemos entristecernos por nuestras limitaciones. A veces con razón. Sobre todo si somos culpables de ellas. Pero no siempre es así. Y no suele serlo en los que se esfuerzan por avanzar en el camino del amor de Dios. Es bueno examinar si no se esconde, en el rechazo de los límites puestos por Dios, una tentación de acedia. De ahí que me ha parecido conveniente exponer algunas consideraciones.
Pueden servir para aplicarlas a nivel personal y/o comunitario-eclesial.

2.1 Amar nuestros límites para que el Señor nos dilate

El dicho de Jesús: “el que se humilla será exaltado” es una promesa. Anuda en sí dos virtudes: la humildad con la esperanza. La esperanza, de alguna manera funda y posibilita la humildad. Lo que sigue quiere ser sólo una exploración de esa misteriosa conexión y gemelazgo entre humildad y esperanza.

Defino aquí la Humildad como “amar los propios límites.” Amarlos es no sólo aceptarlos resignadamente. Es afirmar positivamente su bondad: “Bonum mihi Domine, quia humiliasti me.” “Me ha tocado en suerte un lotecito de delicias,me encanta mi heredad.” Así como soy: soy “la obra de tus manos.”

La Esperanza se funda en la bondad del que nos crea limitados con bondad ilimitada. El Señor ama ilimitadamente mi limitación. Nos engrandece por la vía del amor de nuestra pequeñez. Nos engrandece en la aceptación gozosa de nuestros límites. Y esto sucede principalmente de dos maneras: en nuestra obediencia y en nuestra paciencia.

2.2 Obediencia: límite de la propia voluntad

Los mandamientos son un límite. Manifiestan la voluntad de Dios y marcan en ella el límite de la mía. Los mandamientos marcan un límite a nuestro obrar. Señalan un molde donde ha de volcarse nuestro querer, para adquirir la forma del amor divino. Así que precisamente por allí por donde se nos pone un límite, se nos ofrece – por l camino de la obediencia a Dios – la dilatación de nuestro corazón estrecho “Corrí por el camino de tus mandamientos, cuando dilataste mi corazón” (Sal 118,32). Los elogios de la Ley en el Antiguo Testamento, muestran a los mandamientos como límites amables, que no recortan la libertad, sino que nos hacen libres.

Si no sabe el hombre a dónde ir ¿de qué le sirve poder tomar cualquier camino?

Pero si lo que quiere es ir a Dios, ¿para qué quiere otro?: la senda de los mandamientos, le ensancha el corazón. Los mandamientos son límites amables. No nos empequeñecen, nos engrandecen. La voluntad que obedece por amor, se agiganta en el amor todo lo que se achica en la obediencia. Se da a sí misma todo lo que se niega a sí misma. Poniendo un límite a mi voluntad, dilataste mi voluntad. Amo Tu voluntad ilimitada, y así, la mía, se dilata en la Tuya. Por eso, Tú, al crearla limitada y libre para autolimitarse por amor a Ti y ser dilatada en la abnegación, viste que “Era muy buena.” (Génesis 1, 31)

2.3 La negación del límite: la soberbia y la envidia

Eva no aceptó la limitación que Tú ponías a su libertad prohibiéndoles un fruto. El tentador la indujo a razonar contra ese límite a su apetito. Ella vio que el fruto era agradable a los ojos y bueno para comer y comió y dio a su esposo para que comiera. Desdichada Eva ¿limitas tu voluntad a tu apetito? ¿excluyes de tu juicio acerca de lo bueno la voluntad de Dios? ¿No quieres límite a tu querer y piensas dilatarlo para que sea como el de Dios?

A eso la inducía la anti-promesa satánica: “Seréis como dioses”. A la que ya era imagen y semejanza se le prometía la igualdad. A la que en su limitación espejaba la perfección sin límites de Dios, se le mentía una posibilidad de ilimitación. Y así incurre Eva en la soberbia y en la envidia. Soberbia es no querer tener límite al querer propio. Envidia es invidencia: perder de vista el bien de los propios límites y considerarlo un mal; ver como bueno el fruto malo y como malo al Dios bueno.

2.4 Dioses con contorno

Como consecuencia del rechazo del límite interior, del límite espiritual que la voluntad de Dios ponía a la libertad del hombre; como consecuencia de dejar de amar y comenzar a aborrecer la limitación constituyente de su querer creado, el corazón de la primera pareja, levantado en soberbia, herido de invidencia, comenzó a rechazar todo límite. A la vez descubrió y repudió todos los demás límites de su ser creado, contingente, material, compuesto, frontera de alma y cuerpo, de espíritu y materia. Vio y repudió el límite corporal, el contorno que recubre su piel, sus límites físicos. La promesa de ser como dioses, les abrió los ojos a la realidad frustrante de su pequeñez física. Los candidatos al infinito se terminan en su piel. Por eso los aspirantes a dioses se avergüenzan de ella.

Se avergonzaron de verse desnudos no porque descubrieran la virtud del pudor, sino porque nunca antes habían rechazado avergonzados sus límites físicos. Desde ahora, verse el uno al otro les recordaba que no eran dioses, sino todo lo contrario de seres ilimitados. Sus ojos soberbios se herían en la visión de un ser finito, prisionero de un contorno de piel. Dejaron de amarse a sí mismos tal como habían sido y eran, obras de las manos divinas, amasadas del barro, pero con un soplo de Dios en las narices. Olvidados del soplo, se avergonzaron de lo común con los animales: un cuerpo hasta ahí no más, y sin pelos siquiera para esfumar la rotundez del límite corpóreo. Parecidos en eso a cualquier objeto. Avergonzados de ser “como cualquier cosa” se fueron a ocultar, confundiéndose (la confusión es otro nombre de la vergüenza) entre los vegetales. He ahí otra consecuencia de la soberbia y la invidencia: no querer ser visto tal como uno es y no acepta ser: dioses lampiños.

2.5 Dios crea limitando

¿Qué razón hay para amar los propios límites? Que Dios los creó y halló que eran buenos. Dios los ama. Los seres creados, los que no somos Dios, somos nuestra limitación. Y Dios la encuentra buena y la bendice ¿por qué no yo? A esa rara mezcla que soy, de ser hasta ahí pudiendo no haber sido, los filósofos le llaman contingencia: la no necesidad, el poder no ser, ser hasta ahí no más.

Soy hasta ahí. En el tiempo y en el espacio. Desde el seno al sepulcro; hasta mi piel, hasta donde mi brazo alcanza, hasta donde llego paso a paso. Soy hasta donde entiendo. Y ni siquiera entiendo bien hasta dónde soy. Soy consciente, pero mi conciencia, como una sábana corta, nunca alcanza a cubrir todo lo que soy.

Dios todo lo creó separando y poniendo límites: entre luz y tinieblas, entre aguas de arriba y de abajo del firmamento, entre mares y tierra, entre hierbas y árboles de fruto, entre especie y especie de animales y plantas, entre día y día, semana y semana, tiempos y fiestas. El Dios de los Ejércitos, creó todas sus Divisiones. Y vio que todo era muy bueno.

Dios es también, aunque por otros misteriosos motivos, autor de la separación de las lenguas y de las fronteras de los pueblos. Y a cada tribu del pueblo de Israel le asignó un territorio, que Josué les sorteó y en cuyo libro encontramos descritas, con fruición minuciosa y extensa, sus fronteras.

Dios ama los límites de sus criaturas. Las amasa con límites. ¿No reside la forma en los límites de los cuerpos? ¿Y no está en la forma la belleza? Resulta que la belleza está en los límites y que ellos son los que hacen que algo sea hermoso. Apenas creados, Dios los mira, los aprecia y los declara buenos… y hermosos. En sus límites.

2.6 ¿Y la muerte? ¿Límite amable?

¿Amar también la muerte? Límite último. San Francisco la llamó hermana. Es ese también un límite que el Señor dilata con sus promesas de vida eterna. Aquí la esperanza viene en ayuda de la humildad. ¿Cómo no amarla si es umbral? Ignacio de Antioquía uno de muchos, corrió a ella.

El que era igual a Dios, se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado. Es decir que se hizo obediente. Hasta la muerte y muerte de Cruz. Aceptó pues el límite por obediencia. “Si es posible pase de mí este cáliz, pero no se haga como yo quiero sino como quieres Tú”. Su Pasión voluntariamente aceptada: “Mi vida nadie me la quita, yo la doy voluntariamente”. Voluntariamente se sometía a la violencia de los hombres por obediencia al Padre. Era necesario que el Nuevo Adán aceptara de una vez por todas el límite a la propia voluntad que el hombre ya no podía aceptar. Era necesario que delimitara nuevamente a la soberbia humana irreversiblemente extralimitada y exorbitada: “Sacrificio ni holocausto, no quisiste. He aquí que vengo como está escrito de mí, para hacer tu voluntad”.”Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre”. Por eso el memorial de su muerte podrá ser comida para nosotros.

2.7 Los límites del Paraíso

¿Hasta el Paraíso tenía límites? Sí Señor. El Señor plantó un jardín. El Gan-Edén, jardín de Edén o parque deleitoso, era, como lo sugiere la raíz hebrea ganán, un lugar cercado. Lugar de comunión del Hombre con Dios. Por eso los templos, para imitar un paraíso, querrán tener sus precintos y sus muros. Por eso habrá lugares sagrados delimitados, para que se pueda hablar de “adentros” y de “afueras” referentes al hombre en relación a Dios.

Si amar es “elegir”, elegir es separar. Y entonces amar es delimitar. Se dice “mi dilecto amigo”, “mi predilecto”, “mi distinguido”. Y Dios dice de su Hijo, “Este es mi Hijo muy amado, mi predilecto en quien se complace mi alma”. Y Jesús a los suyos: “no me elegisteis vosotros a mí, yo os elegí a vosotros”. Amar es elegir, separar y poner límites, entre el afuera y el adentro del amor. Amar es envolver los límites del otro en un Amén, en un abrazo de la voluntad que afirma su ser y lo envuelve protegiéndolo.

Por eso en el Cantar de los Cantares, la amada es “Fuente cerrada y Jardín cercado”. Encanto limitado. Encanto de los límites amados: Yo soy para mi amado y mi amado para mí. Es la voluntad cautivada, la que en estos vínculos, conoce los límites del amor. Una voluntad que se limita a sí misma. Libertad que se ata en la fidelidad. El amor es cerco para sí mismo ¿con qué podría acotarse la libertad, que no fuera violencia, sino con un cerco de libertad? Si alguien quisiera comprar el amor se haría despreciable. Y si alguien quisiera encerrarlo en un coto que no fuera de amor, también.

Por eso, el Paraíso, es un cerco de amor que confina consigo mismo. Donde el límite amado es la fidelidad al propio amor. También esto es humildad, y también esta humildad vive de esperanza. El que se entrega todo por los tres votos, sólo se queda con la esperanza del don de permanecer fiel a esa entrega.

2.8 El Todo es mi Parte. Todo El es mi Parte

El Salmo 15 nos muestra un caso de extralimitación por limitación, de exaltación por humillación. El salmista es allí un levita. Todas las tribus de Israel habían recibido en suerte un territorio, una parte de la Tierra Prometida. El territorio de cada tribu, su herencia, su porción en la Promesa a los Patriarcas, es objeto de un inventario geográfico amoroso. En el Libro de Josué, la Geografía se exalta a nivel de una Liturgia, de una Liturgia celeste, donde la Tierra se hace por un momento imagen del Cielo. Cada monte, torrente, pueblo, campo, le cae en suerte – y en la suerte está la mano de Dios – a alguna de las tribus.

Sólo los levitas no tienen parte en este reparto. Su parte, su heredad, es el Señor mismo, es el altar, el templo, el culto de Dios: “El Señor es mi heredad y mi copa; mi suerte (la piedrecita del sorteo y el territorio sorteado) está en tu mano; me ha tocado un lotecito delicioso (edénico), me encanta mi heredad (la parte de mi herencia)” (Salmo 15,5-6). Dios ha dilatado las fronteras del levita. Le ha dado como parte, no una tierra, sino que, limitando su “derecho a una tierra”, ha hecho de ese límite el privilegio de tener su parte en el Todo. En primer lugar porque su parte es un diezmo de todo lo que fructifica toda la Tierra Santa. Pero sobre todo porque su parte es el Señor, su parte es el Todo. Todo es la parte del que no tiene nada.

En la vocación del levita se prefigura la del sacerdocio y de la vida religiosa. Y nosotros podemos apropiarnos las palabras del levita. Amar nuestra vocación religiosa, es amar nuestra herencia. Los límites que nos imponemos con los votos, expresan nuestro anhelo de la ilimitación del amor. O mejor dicho, nuestro deseo de que Dios dilate nuestro corazón y nuestro amor: Dilatasti cor meum. Ya no sólo para “correr por el camino de tus mandamientos” (Salmo 118,32) sino para “correr detrás de su perfume” (Cantar 1,3).

El Salmo 15 contiene una promesa de esperanza respecto de la resurrección de los muertos. Es el célebre: “no me entregarás a la muerte; no dejarás que tu fiel conozca la corrupción” (v.10). El que no tiene parte en esta tierra por amor del Cielo, no puede concluir su camino en una fosa de esta tierra. En su humildad lee con esperanza inscrita la promesa: “Me enseñarás el camino que va a la vida; me saciarás de gozo en tu presencia; de alegría perpetua a tu derecha” El que se humilla será exaltado. Los levitas no tienen parte en esta tierra y por eso son establecidos por testigos del Cielo. De nuevo aquí, la humildad es sostenida por la esperanza. La desposesión terrena alimenta la esperanza de una posesión eterna.

2.9 Jesús manso y humilde

El modelo de amor a los límites de la condición humana es Jesús. Él es el maestro que nos enseña a amarnos según verdad y por los motivos que nos hacen amables a Dios. El camino de una humildad libre de masoquismos o insanias morbosas. Libre de los lazos de la soberbia.

Jesús, como lo canta el himno de Pablo: “no se aferró a su condición divina…sino que se anonadó, se vació…se despojó de su gloria…tomando forma de siervo”. En griego se lee “sjema”, forma, o también “vestido”. Sjema era el vestido que caracterizaba a un personaje en la escena. Es el vestido que singulariza, individualiza, distingue y aparta, para un rol y no otro, y que en el anfiteatro griego permitía distinguir desde lejos a los actores. Vestido de esclavo.

Jesús, verdadero hombre, asumió un destino humano, asumió límites. Dejó la gloria divina de la ilimitación y se revistió por amor (ilimitado) de nuestra condición limitada. Sometió su libertad humana al límite de la voluntad divina, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz.

Por eso, Dios lo exaltó. Porque Jesús se limitó, Dios lo dilató y le dio un nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos y en la tierra y en los infiernos y toda lengua proclame que Cristo Jesús es Señor (Filipenses 2,9-11).

Jesús recibe una gloria eterna y sin límites porque abrazó sus límites. Y todos los seres, sin limitaciones, proclamarán su nombre y “se declararán chiquitos” ante él. No otra cosa es doblar la rodilla que achicarse voluntariamente: confesarse pequeño y estar dispuesto a disminuirse más aún. En el decir de Juan Bautista; conviene que él crezca y que yo disminuya. Por eso no hay otro mayor que el Bautista entre los nacidos de mujer. El que se humilla será exaltado. Quien ama sus límites será dilatado.

2.10 Paciencia

Dijimos al comienzo que la humildad se muestra, en la obediencia y en la paciencia, como aceptación y amor de los límites. Jesús fue obediente y paciente: obediente hasta la muerte y muerte de Cruz.

Si correr por el camino de los mandamientos ensancha y dilata el corazón, como dice el Salmo 118,32, también aceptar la tribulación y el sufrimiento nos dilata. Esa es también una forma de aceptar y amar nuestros límites.

Así lo enseña el salmista cuando dice: “En el aprieto me diste anchura” (Salmo 4,2). Como dice la Vulgata: “in tribulatione dilatasti mihi”: me dilataste en la tribulación. Es la misma doctrina de la exaltación en la Cruz, del Verbo humillado, que canta Pablo en el himno de Filipenses 2.

Es el camino “estrecho” que Jesús ofrece a sus seguidores. Nuestro corazón dice: “por tus caminos correremos”. Jesús enseña: “el que quiera venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Negarse a sí mismo es negar el propio querer, el propio apetito o concupiscencia. Imponer límites a ese querer de la carne contrario al del Espíritu. Ponerle al querer, límites de amor.

“Me estuvo bien sufrir – dice el sabio salmista – porque así aprendí tus mandamientos” (Salmo 118,71). La tribulación lo introdujo en la sabiduría de los mandamientos: el sabor de la voluntad de Dios. Así el sufrimiento es pedagógico, enseña. Juan Pablo II lo ha enseñado magistralmente en esa joya de la literatura universal sobre el dolor que es su encíclica Salvifici Doloris (El Dolor Salvífico): “El sentido del sufrimiento – dice el Papa – es la manifestación del amor”. In tribulatione dilatasti mihi. En el límite te encontré a Ti. “Gustad y mirad la bondad del Señor; dichoso el fuerte que se refugia en Él.” (Salmo 33,9) David gustaba la bondad del Señor cuando su vigor ya no le servía de nada: en el pozo de la tribulación, en la última cueva del desierto, asilado en la tienda de su peor enemigo, perseguido por su propio hijo, maldecido por un hombre ruin. Desde su límite clamaba al Señor y gustaba la dulzura de la bondad divina auxiliadora y fiel.

2.11 La humildad esperanzada de San Ignacio de Loyola

“Piense cada uno, – dice San Ignacio – que tanto se aprovechará en todas cosas espirituales, cuanto saliere de su propio amor, querer e interés.” (E 189) Al que se humilla Dios lo exalta.

Las tres maneras de humildad de San Ignacio, comienzan por la obediencia hasta el martirio (la primera), siguen por la indiferencia heroica y terminan en la chifladura por Cristo: loco por Cristo (E 165-167) si igual o mayor servicio y alabanza fuere a la su divina Majestad. El camino de Jesús va por la humillación de sí mismo, por pasión de la gloria, servicio y alabanza de Dios. De nuevo, como con el Bautista, conviene que El crezca y que yo disminuya, porque mi gloria es su Mayor Gloria.

En una carta al Duque de Gandía, canonizado después como San Francisco de Borja, San Ignacio muestra a la vez su experiencia de la limitación a la vez que una ilimitada confianza en la gracia:

“Yo para mí me persuado que antes y después (de concedida una gracia de Dios) soy todo impedimento; y de esto siento mayor contentamiento y gozo espiritual en el Señor nuestro, por no poder atribuir a mí cosa alguna que buena parezca; sintiendo una cosa (si los que más entienden, otra cosa mejor no sienten), que hay pocos en esta vida, y más echo, que ninguno, que en todo pueda determinar, o juzgar, cuánto impide de su parte, y cuánto desayuda a lo que el Señor nuestro quiere en su ánima obrar.” (Fines de 1545; Ep I, 339-342; OC 26a. p. 702)

Cuanto más convencido está Ignacio por experiencia espiritual de su insuficiencia y limitación para toda eficacia espiritual, y cuanto más acepta esa limitación, tanto más espera en la gracia, de la que todo le vino, todo le viene y todo le ha de venir, no obstando para ello que él sea “todo impedimento”: limitación-limitante, diríamos.

Para conseguir el fin de la Compañía que es ayudar a las almas para que consigan su fin último y sobrenatural, San Ignacio recomienda los medios que juntan el instrumento con Dios y le disponen para que se rija bien de su divina mano, (Ignacio considera que estos son más eficaces que los que lo disponen para con los hombres) como son los medios de bondad y virtud, y especialmente la caridad y pura intención del divino servicio y familiaridad con Dios. Por eso Ignacio recomienda que en la Compañía debe procurarse que todos se den a las virtudes sólidas y perfectas y a las cosas espirituales, y se haga de ellas más caudal que de las letras y otros dones naturales y humanos. Porque aquellos interiores son los que han de dar eficacia a estos exteriores para el fin que se pretende. (Constituciones, Parte X, 813)

También en el espíritu de San Ignacio, la esperanza es sostén de la humildad. San Ignacio reconoce no sólo la limitación propia y de los medios humanos, sino que sabe por experiencia que son capaces de impedir y limitar la eficacia divina. Pero ni esa limitación-limitante es capaz de desanimarlo o de hacerlo pesimista respecto de las letras y los dones naturales y humanos. Reconociéndoles sus límites San Ignacio liberó a los jesuitas para la esperanza.

Los Ejercicios son escuela donde se enseña a ofrecer a Dios el propio querer y libertad, para que así de su persona, como de todo lo que tiene, se sirva conforme a su santísima voluntad (EE 5; 234).

Ofrecerse a sí mismo enteramente, con todos sus límites, para ser dilatado por Dios. Este abandonarse en las manos de Dios humilde y confiadamente se hace posible por la esperanza:

“El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.” (Salmo 137,8)

3. Ungido contra Ungido.

“Era necesario que el Mesías padeciera estas cosas” (Lucas 24,26) “El Oficio de Consolar que Cristo trae” (EE 224 y 303)

El drama de la acedia es un misterio que se encuentra a lo largo de toda la historia de la salvación. Ese drama ilumina particularmente las situaciones de acedia eclesial. Por eso me pareció oportuno reproducir aquí este estudio que se ocupa de la acedia ante la Cruz, de la rivalidad entre miembros de un mismo pueblo de Dios, y de los remedios que Dios mismo quiso poner a este mal.

3.1 El escándalo de la Cruz

La muerte de Nuestro Señor Jesucristo les resultaba a los discípulos de Emaús particularmente incomprensible porque había sucedio por sentencia de “nuestros sumos sacerdotes y magistrados”. Lo que les resultaba más desconsolador y escandaloso era que hubiese muerto así. Se trata del hecho doloroso e incomprensible de la muerte de un ungido a manos de otro ungido. De “un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo” a manos de “nuestros sacerdotes y magistrados”, o sea del pueblo elegido de Dios representado por sus autoridades.

El término ungido lo usamos, en esta exposición, unas veces en su sentido estricto y propio de Mesías-Cristo y otras veces en un sentido más amplio, de: elegido, amado, predilecto. En el vocabulario del amor, los términos latinos diligere-dilectus-dilectio y sus derivados castellanos dilección-dilecto-elegido-electo denotan que el amor implica siempre una elección.

El drama arquetípico de Caín-Abel lo desata el hecho de que Dios prefirió la ofrenda de Abel. Nos llevaría demasiado lejos y por caminos intelectuales ajenos a nuestra finalidad espiritual, entrar en las profundidades de este tema por vía filosófica o teológica. Pero el drama evangélico, por sus propios caminos, – que son los de Jesús y el pueblo elegido, sus príncipes y sus magistrados -, nos sumerge en él. El arquetipo bíblico del Ungido contra ungido, que queremos bosquejar aquí, tiene un valor de test exploratorio de nuestro corazón. Nos ayuda a darnos cuenta de que, quizás, tampoco nosotros tenemos paz con el hecho de que Dios tenga preferencias. Esa cutirreacción del alma, cuando da positivo, muestra que, en donde estos relatos sacan roncha, existe el virus de la acedia y la envidia.

El arquetipo bíblico arroja luz sobre conflictos familiares, entre hermanos, esposos, padres e hijos; en las comunidades parroquiales, religiosas; en el seno de movimientos laicales. En general, puede iluminar la significación espiritual de la existencia de conflictos en la Iglesia, que implican a personas que quieren servir a Dios y sin duda son amadas todas ellas por Él.

Siempre en el caso de conflicto entre el superior y el súbdito – y cuando la tentación de éste es “debajo de especie de bien” – no es un despropósito pensar que el superior ceda, como lo hizo, en un caso, San Ignacio con Rodrigues, pues dice: “… no favoreciendo tanto como él quisiera a las muchas mociones para aprovechar las ánimas en tierras de infieles; con todo, pienso yo, según que ha más de diez años que este espíritu le sigue, y a nosotros mismos nos escribe, que será menester condescender a sus deseos, esperando que, si son de Dios Nuestro Señor, todo redundará a su mayor gloria y honor; y si son de otro, siendo su voluntad sana y buena intención, el mismo Señor le hará vencedor y le dará victoria sobre todo, a mayor gloria suya.” (Epp 2,307)

3.2 La consolación de las Escrituras en los Ejercicios Espirituales

Jesús resucitado les sale al paso en el camino a los discípulos de Emaús, escandalizados por el conflicto entre ungidos. Jesús los consuela mediante la explicación de las Sagradas Escrituras, demostrándoles que, según ellas: “Era necesario que el Ungido padeciera esto y entrara así en su gloria.” (Lc 24,26-27.44-48) Es este un primer ejemplo magistral y ejemplar, dado por Jesús mismo, de lo que en la tradición cristiana se conocerá como “el consuelo que dan las Escrituras”: “en efecto – dice San Pablo – todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza.” (Romanos 15,4)

San Ignacio de Loyola, en la cuarta semana de sus Ejercicios Espirituales, invita al ejercitante que contempla los misterios de la resurrección del Señor, a que se detenga a contemplar “el oficio de consolar que Cristo Nuestro Señor trae.” (EE 224 y 303) Creo que el argumento del Ungido contra ungido, pertenece a la esencia de aquella consolación pascual de los de Emaús y alimentaba el fuego que sentían arder en sus corazones mientras Jesús les explicaba este misterio en las Escrituras.

Pretendo aventurarme a reconstruir aquí el posible contenido de aquella argumentación escriturística de Jesús resucitado, quien los consuela explicándoles lo que había en todas las Escrituras referente a sí mismol, y mostrándoles que, en ellas, se habla de la necesidad de que el justo no solamente padeciera, sino que padeciera estas cosas, algo así.

En esta “ley del sufrimiento” que va a transformarse en “evangelio del sufrimiento”, hay dos facetas que merecen ser señaladas a la atención del ejercitante, pero también de todo cristiano: una es la purificación de los justos por medio de los sufrimientos, y el valor pedagógico de las pruebas y tribulaciones. Otra es una forma particular y específica de la tribulación: la persecución de un elegido a manos de otro elegido, el sufrimiento que un ungido infiere a otro ungido.

Vamos a ocuparnos en estas páginas, de exponer ambos aspectos.

3.3 El sufrimiento como pedagogía purificadora de los justos

– 3.3.a El Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento conoce ya el tema de la purificación del justo por los sufrimientos: “Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba… porque en el fuego se purifica el oro y los adeptos de Dios en el horno de la humillación.” (Eclo 2,1-5) “Debemos dar gracias al Señor Nuestro Dios que ha querido probarnos como a nuestros Padres. Recordad lo que hizo con Abraham, las pruebas que hizo pasar a Isaac, lo que aconteció a Jacob en Mesopotamia de Siria, cuando pastoreaba el rebaño de Labán, el hermano de su madre. Cómo les puso a ellos en el crisol para sondear sus corazones, así el Señor nos hiere a nosotros, los que nos acercamos a Él, no para castigarnos, sino para amonestarnos.” (Judit 8,25.27)

Así se arroja nueva luz sobre el misterio del sufrimiento de los justos, que no es castigo por los pecados. A los malos Dios los corrige con castigos saludables, para tratar de despertarlos de sus pecados: “para que aprendan que por allí mismo por donde uno peca por allí es castigado” (Sabiduría 16,1). De esta manera Dios les revela: “que el juicio de Dios les es hostil” (Sab 16,18). En cambio, a los justos, como a Job, el Señor los introduce en su misterio a través de sufrimientos: “meditaba yo para entenderlo, pero me resultaba muy difícil: hasta que entré en el misterio de Dios…” (Salmo 72,16-17)

Con esta doctrina sapiencial que explica el motivo de los sufrimientos y pruebas del justo, los sabios del Antiguo Testamento salieron al encuentro de ese gran escándalo, que se ventila especialmente en el libro de Job y que matiza la aplicación de su doctrina sobre la retribución. Es también el argumento que agitan los salmos 36 y 72. Sólo que estos tratan otro aspecto problemático de la realidad de la vida, que debe reconciliarse con la doctrina sapiencial sobre la retribución: el éxito irritante y la bienandanza escandalosa de los malvados.

La doctrina del justo sufriente en al Antiguo Testamento no es sólo un tema de la doctrina de los sabios, mero objeto de meditación sapiencial. Es también una cumbre acerca de la salvación mesiánica, en la figura del Siervo sufriente. (Isaías 53) Es con esta figura mesiánica del siervo sufriente que va a enlazar la predicación de Jesús.

– 3.3.b El Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento recogerá explícitamente esta doctrina del valor pedagógico y salvador de los sufrimientos del justo. Así por ejemplo, leemos en la Carta a los Hebreos: “Sufrís para vuestra corrección.” En los sufrimientos de los creyentes se muestra el amor de Dios Padre: “a quien ama, el Señor le corrige y azota a todos los hijos que acoge… como a hijos os trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? (Hebreos 12,5-8)

El valor salvífico del sufrimiento es también un tema importante en el Nuevo Testamento: “necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido.” (Hebreos 10,36) En las pruebas se han de demostrar las virtudes; más aún, las pruebas las producen y aumentan: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia.” (Colosenses 1,24) Pablo sabe y enseña que la paciencia en las tribulaciones es el camino propio del discípulo: “la tribulación engendra la paciencia; la paciencia engendra la virtud probada; la virtud probada la esperanza, y la esperanza no falla… ” (Romanos 5,3-4) Y la misma enseñanza se repite en las Cartas de Pedro y de Santiago: “Alegráos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo.” (1ª Pedro 4,13) “Considerad como un gran gozo, hermanos míos, elestar rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento, pero la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas.” (Santiago 1,3)

En la tribulación se ejercita la paciencia: una ciencia cristiana del sufrimiento, una sabiduría que Dios enseña a los suyos mediante pruebas pedagógicas y santificantes. Hay pues una pedagogía de la tribulación, por la que el discípulo se congigura con su Maestro. Jesús lo enseña claramente: “el que quiera ser mi discípulo, que tome su cruz y me siga.” (Marcos 8,34) “Es necesario que pasemos por muchas persecuciones para entrar en el Reino de Dios.” (Hechos 14,22)

– 3.3.c Los Santos Padres

En la tradición patrística se continúa profundizando en este “evangelio del sufrimiento.”

Véase por ejemplo cómo reexpone el tema una autor antiguo: “Él – Jesucristo – es quien sufría tantas penalidades en la persona de muchos otros: Él es quien fue muerto en la persona de Abel y atado en la persona de Isaac, Él anduvo peregrino en la persona de Jacob y fue vendido en la persona de José, él fue expósito en la persona de Moisés, degollado en el cordero pascual, perseguido en la persona de David y vilipendiado en la persona de los profetas.”

En los sufrimientos de Cristo se ha manifestado, por lo tanto, un Misterio que estaba sucediendo y preparándose desde siglos y generaciones en los sufrimientos de los justos anteriores a El y que se manifiesta ahora en los santos (Colosenses 1,26). Ese mismo misterio, manifestado en Cristo, ilumina ahora el sentido de los padecimientos de los creyentes. Es Cristo quien padece en ellos: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9,4-5). Es Cristo quien sigue sufriendo en nosotros, que somos su cuerpo, como antes sufría en la persona de los justos del Antiguo Testamento. La comunión de los santos es también una comunión en los padecimientos (Filipenses 3,10). Los de Cristo son de todos; los de los discípulos son de Cristo: “El que a vosotros desprecia a mí me desprecia” (Lucas 6,16); “lo que hicísteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicísteis” (Mateo 25.40.45). Cuando Pedro hace tropezar a Jesús, nos hace tropezar a todos, y por eso Jesús lo corrige mirando a los discípulos (Mateo 16,23). El que hace tropezar en el camino del seguimiento a un pequeño, es como quien hace tropezar a Cristo. (Mateo 18,6; Marcos 9,42)

– 3.3.d El Magisterio

Para referirnos sólo al Magisterio más reciente, recordemos que el Papa Juan Pablo II, ha vuelto a proponernos en su carta encíclica Salvifici Doloris, sobre el valor salvífico del sufrimiento, la enseñanza cristiana sobre el sufrimiento humano y en particular del cristiano:”El sufrimiento – enseña el Papa – está en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo”. En este amor enseñado por el sufrimiento y aprendido en él, se realiza totalmente y alcanza su dimensión definitiva el significado salvífico del sufrimiento. El sufrimiento es pues una escuela de amor y una fuente de amor. (Salvifici Doloris Nº 30)

El Papa alude a dos formas del sufrimiento: 1) con Cristo y 2) por Cristo. Con Cristo, porque, como hemos visto, los sufrimientos de los justos antes de Cristo y de los discípulos después de El, son comunión y participación en el sufrimiento salvador de Cristo. Es Él quien sufre en todos ellos. Junto con Cristo, verdadero hombre, los cristianos aprenden mediante la pedagogía del sufrimiento: “y aprendió sufriendo a obedecer.” (Hebreos 5,8) Obedecer es un sinónimo bíblico de amar. Cristo aprendió sufriendo a amar a Dios, obedeciéndolo y sirviéndolo con sus obras, abrazando su voluntad y cumpliéndola. Por eso Jesús: “habiendo sido probado en el sufrimiento puede ayudar a los que se ven probados.” (Hebreos 2,18)

Sufrir por Cristo como se anuncia en las bienaventuranzas: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.” (Mateo 5,11) Aún cuando promete el ciento por uno a los que lo sigan, dejando algo por él, Jesús no esconde que esto sucederá con persecuciones. (Marcos 10,30)

Por Cristo y con Él, tendrán que sufrir sus discípulos lo que Él y como Él. Esto nos lleva pues a considerar, a continuación, un aspecto específico del sufrimiento de Cristo: “Convenía que el Mesías padeciera ‘esto’ para entrar ‘así’ en su gloria.”

Muchos son los dolores de la Pasión, y a quien los medita y considera atentamente le parece que agotan el repertorio de los posibles sufrimientos humanos, morales y físicos. Pero cuando el Resucitado explica a los de Emaús que el Mesías debía padecer estas cosas para entrar así en su gloria, ¿se refiere al conjunto de los sufrimientos padecidos? ¿A alguno en particular? ¿A qué aspecto de la pasión se refiere? Se refiere, a mi parecer, al principal motivo del escándalo de los de Emaús. A responder a estas preguntas apunta lo que sigue.

3.4 La persecución de un Elegido por Otro

– 3.4.a La Piedra de escándalo de los de Emaús.

Lo que escandalizaba a los de Emaús no eran solamente los horrores de la Pasión globalmente considerados, sino el hecho de que Jesús de Nazareth, que para ellos era un hombre de Dios en quien habían cifrado sus esperanzas de salvación, había muerto a manos de “nuestro sumos sacerdotes y magistrados.” (Lucas 24,19-21)

He aquí el camino escandaloso por donde el Mesías debía entrar en su gloria: El Mesías, el Ungido, el Elegido de Dios, tenía que morir a manos de otro Ungido, su Pueblo, el pueblo elegido por Dios, como pueblo de su predilección, entre todas las naciones. No es que fuera todo el pueblo, pero sí sus autoridades, que eran lo más selecto, lo más elegido entre lo elegido. Los príncipes y magistrados, eran, a falta de rey ungido, los ungidos del pueblo ungido.

El mismo hecho lo señala San Juan cuando dice: “Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron.” (Juan 1,11) Ungido contra ungido. Es el drama de Cristo. Y sin embargo es un aspecto que no suele señalarse a pesar de su importancia y sobre el que, por eso mismo, hemos querido llamar la atención mediante estas páginas.

– 3.4.b Ungido contra Ungido

El sufrimiento de un ungido a manos de otro, las más de las veces en forma de prsecución motivada por celos o por envidia, es un hecho frecuente en las páginas del Antiguo Testamento y, como veremos, continuará sucediendo en la historia de la Iglesia, desde su comienzo en el Colegio Apostólico. Me inclino a afirmar que pertenece a las estructuras constituyentes de la historia de la salvación, desde que, por acedia del diablo, entró la muerte en el mundo. Y entró, también en el arquetipo del Paraíso, para destrucción de ungido por ungido, ruina original brindada a Adán por mano de Eva y a ambos por una criatura enemiga.

Lo que se juega en el fondo del rechazo o la oposición de un Ungido contra otro, es la desobediencia a Dios, el rechazo a Dios. Caín se amarga contra Abel a causa de un sacrificio grato a Dios. En la raíz de su ceguera y envidia por el bien de suhermano, está su ceguera y envidia por la alegría de Dios, por el agrado de Dios en la ofrenda de su hermano.

Casi siempre hay una raíz irreligiosa en los rechazos que relata la Escritura: en las murmuraciones y el intento de apedrear a Moisés; en el rechazo de los Jueces, en particular de Samuel; más tarde, en el rechazo de los profetas. “no es a ti a quien rechazan sino a mi, para que no reine sobre ellos.” (1 Samuel 8,7) En el fondo del drama del Ungido contra ungido, está el rechazo de la unción y del que unge: Dios. Lo que no se acepta es la elección, o sea la gracia: “Yo hago gracia a quien hago gracia y tengo misericordia de quien tengo misericordia.”(Éxodo 33,19)

Jerusalén, la ciudad de donde debe salir la luz para las naciones (Isaías 2,3; 60,1) es la que mata a los profetas y a los que le son enviados. (Mateo 23,37; Lucas 13,34) Pero es el dueño de la viña al que rechazan (Marcos 12,1-12) cuando rechazan a Jesús y a los suyos. (Marcos 9,37.41)

La misma idea rige el gran discurso final de Mateo 25 a la que subyace el principio de identificación entre Cristo y sus discípulos en el sufrimiento; y la caridad o envidia respecto de ellos, como unción interior, aunque ignorada, que hace de los gentiles seres probos o réprobos, según su actitud ante los ungidos.

3.5 Galería de ungidos contra ungidos

El texto de Melitón de Sardes citado más arriba, enumera una galería de figuras bíblicas. A Melitón le interesa mostrar que son justos sufrientes y enseñar que en ellos era Cristo quien padecía. A nosotros, en cambio, nos interesa observar aquí que en dichos ejemplos se trata de parejas de elegidos, en las que uno sufre a manos del otro: Abel-Caín, Isaac-Abraham; Jacob-Labán; Jacob-Esaú; José-sus hermanos; David-Saúl; Moisés-su pueblo; los profetas-los reyes impíos: los profetas-los profetas del rey, los sacerdotes, el pueblo rebelde.
Consideremos dos eslabones de esta cadena de ejemplos: Moisés y David.

– 3.5.a Moisés

Moisés merece especial atención porque aparece en conflicto con el pueblo elegido, al que Dios le encomienda para que lo guíe hacia la salvación. La oposición proviene a veces de todo el pueblo, otras veces de individuos que como en el caso de Arón y María son hermanos de Moisés.

Cuando Moisés mata al egipcio que maltrataba a un israelita, es un homicida pra la ley egipcia, pero según las tradiciones patriarcales hebreas, está cumpliendo con un deber de piedad familiar, hacia su propio pueblo. Sin embargo, algunos de los suyos, no le reconocen el mérito de la buena obra y lo increpan. (Exodo 2,11-15) Las murmuraciones contra Moisés y contra el Señor fueron frecuentes durante la travesía del pueblo de Dios por el desierto y le merecieron la fama de pueblo de dura cerviz. Numerosos textos relatan las rebeldías del pueblo contra Moisés. Este pueblo recalcitrante prefigura el alma que resiste a la gracia y se irrita contra los hombres de Dios.

Pero mucho más prójimos de Moisés eran Arón y María, sus hermanos, que se le oponen y murmuran contra él por causa de la esposa extranjera de Moisés (Números 12,1-3). También esta oposición la sobrelleva Moisés con paciencia, a pesar de que debió serle tanto más dolorosa cuanto que venía de personas más próximas por la sangre y por su posición religiosa. Por eso la Escritura elogiará a Moisés como “el hombre más humilde de la tierra.” (Números 12,3)

Moisés se vio incluso en trance de ser apedreado por el pueblo. (Números 14,10) Estas situaciones de martirio, hacen de él un justo paciente que prefigura a Jesús, y le merece estar junto a él sobre el monte de la Transfiguración.

El pueblo ungido descargaba sobre el Moisés ungido su rebeldía contra Dios. Dios le da a su ungido Moisés entrañas de misericordia para interceder por el pueblo rebelde a pesar de sus rebeldías. Toda la travesía del desierto está pautada por una pendularidad conflictual, que opone al pueblo elegido con el líder elegido. Ungido contra ungido.

– 3.5.b David

El drama Saúl versus David abarca muchos capítulos del primer libro de Samuel, va del capítulo 18 al 31. Es quizás el ejemplo más extensamente elaborado de conflicto de un ungido contra otro ungido. Está expuesto con detalle de peripecias históricas, así como matices de fina observación psicológica y espiritual.

Saúl, ungido rey por Samuel, despues de sucumbir a la desobediencia (1 Sam 15,22-23) concibe celos contra David. Se cree amenazado y puesto en peligro por David, quien, en realidad es un fiel vasallo y un valiente guerrero, que contribuye al bien de su reino y del pueblo elegido. Sin embargo, en su funesta acedia, Saúl se cree amenazado y puesto en peligro por él. LLeno de autocompasión Saúl se pone a perseguir a muerte a David, persuadido de que sólo se está defendiendo. Esa autocompasión tiene algo de negación de la propia culpa y rechazo del juicio divino que le profeta Samuel le ha comunicado. Saúl no acepta ni la sentencia ni la corrección divina y se hace un desacatado irreductible, arquetipo del ungido (0 elegido) duro de cabez y desobediente, que expresa su rebeldía persiguiendo al elegido obediente y manso.

Este complejo mecanismo espiritual de la envidia como invidencia, que trastoca la percepción del mal y del bien, lo ha expresado bien el libro de la Sabiduría de Salomón, acuñando la frase con que el malvado se mueve a perseguir al justo: “es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible.” (Sab 2,14, Cfr vv. 10-20)

Sin embargo, Saúl el perseguidor, recibirá la gracia de la conversión por medio del David inocente. De manera análoga a lo que sucede con los hijos de los patriarcas, salvados por su odiado hermano José, o como sucede con el pueblo rebelde, salvado por Moisés. Saúl abrirá de pronto sus ojos, cuando el David a quien él ha perseguido y acorralado hasta la última cueva del desierto, le perdone la vida. La mansedumbre invicta del perseguido salvará de su pecado al perseguidor (1 Sam 24,17-22), mostrando así que el bien es más fuerte que el mal y la gracia más fuerte que el pecado. Cuando parecería que Dios ha entregado al justo David en las manos de Saúl, es, por el contrario, Saúl quien le es entregado por Dios a David. Pero no para la espada sino para el perdón magnánimo y para la conversión consiguiente. Por el perdón del perseguido se convierte el perseguidor y reconoce y llora su error.

Se entrevé aquí la prefiguración del arquetipo salvífico del perdón; la prefiguración del drama Cristo-Israel: Ungido contra Ungido. Es el mismo arquetipo que reluce en la conversión de Saulo y su transformación en Pablo. La carta a los Hebreos, sensible a esta analogía, la ha dejado señalada (Hebreos 10,1-8) anudando la obediencia y el sacrificio de Cristo con la desobediencia de Saúl (1 Sam 15,22), a través de la cita del Salmo 39,7-9.

– 3.5.c El reproche de Esteban

No es necesario agotar aquí el recorrido por las Sagradas Escrituras para comprender que la enérgica diatriba del mártir Esteban era bien fundada. Tras recorrer la historia de la salvación en su discurso (Hechos 7,1-50) Esteban concluye con un reproche a los elegidos, que habiendo recibido la Ley por mano de ángeles, no la han guardado, han perseguido y dado muerte a los profetas que anunciaban al Justo, al cual, por fin, también traicionaron y asesinaron. Esteban les reprocha: “Duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos; vosotros siempre resistís al Espíritu Santo.(Hech. 7,51-53) Con este reproche, Esteban se refiere al Espíritu que ungía a los hombres de Dios y al que resistían los miembros del pueblo elegido: ungido contra ungido. El pueblo, en efecto, era un “reino de sacerdotes y una nación santa” (Éxodo 19,6). El pueblo, ungido en ocasión de la alianza, se opone sin embargo a sus ungidos. Esa es la substancia del reproche del mártir Esteban.

– 3.5.d Amor no correspondido

En el drama del Ungido contra Ungido, se revela la incapacidad de devolver a Dios el amor con que ama; la incapacidad de responder a la elección de la que se es objeto. Pero también se revela en el Ungido que es objeto de la agresión injusta (y que no responde con violencia a la violencia, con injuria a la injuria, sino con paciencia, humildad y hasta perdón) el misterio del amor invencible de Dios, aún cuando no es correspondido por el hombre.

– 3.5.e Cristo-Judas

El drama Cristo-Judas pone de manifiesto ese mismo misterioso arquetipo salvífico. Es uno de los elegidos por el Elegido (Mc 3,19); es uno de los que el Padre le dió al Hijo (Jn 17,12); el amigo en quien Jesús confiaba (Salmo 40,10); a quien Jesús mismo le da su pan en el festín mesiánico; uno que mete la mano en el mismo plato, y al cual el Anfitrión llama amigo. Judas no se vuelve contra otro elegido cualquiera (como si se hubiese vuelto contra otro apóstol), sino que se vuelve contra el Elegido que lo eligió. En su caso se pone claramente de manifiesto que es a Dios a quien apunta en último término el rechazo de un Ungido por otro.

– 3.5.f Rivalidades entre los Apóstoles

El colegio apostólico, la comunidad de los doce que Jesús había elegido en oración (Lucas 6,12-13), estaba interiormente trabajada por la tentación de los celos y por las rivalidades entre los elegidos.

Los relatos de vocación que nos conservan los evangelios no son ajenos a la intención de documentar el orden de antigüedad en que fueron llamados. Primero Pedro y Andrés, después Santiago y Juan (marcos 1,16-19; Mateo 4,18-22; Lucas 5,1-11). O bien, siguiendo el orden del evangelio según San Juan: Andrés, Simón Pedro, Felipe, Natanael. También las listas de nombres de los doce tienen que ver con la jerarquía o jerarquización. (Marcos 3,13-19; Mateo 10,1-14, Lucas 6,12-16)

Mientras Jesús se encamina a padecer en Jerusalén, los discípulos discuten entre sí quién es el mayor. (Marcos 9,33-34) Santiago y Juan aspiran a estar a la izquierda y la derecha de Jesús en su Reino, o sea en los puestos de honor. (Marcos 10,35) Y ya sea movida por su ambición materna, ya sea accediendo a una maniobra política de sus hijos, la madre de los zebedeos se mezcla en esta trama de ambiciones (Mateo 20,20-23). Los demás discípulos tomaron muy a mal esta pretensión y estos reclamos y “empezaron a indignarse contra Santiago y Juan.” (Marcos 10,33.45) Jesús reconoce y señala, en esta contienda por el poder, modos humanos y carnales de proceder, que El considera impropios de sus discípulos: “no ha de ser así entre vosotros.” (Marcos 10,43)

Juan no renunciará jamás al título de “discípulo a quien Jesús amaba.” (Juan 13,23; 19,26; 20,2; 21,7.20) Pero Pedro no parece querer ser menos. Y es Juan, quien con grandeza nos refiere la triple confesión de amor de Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? (Juan 21,15) Este hecho parece expresar el surgimiento de una cultura cristiana de la superación de la rivalidad y de los celos. Es interesante observar de qué manera intenta remediar Jesús esos gérmenes de rivalidad carnal entre elegidos dentro de la comunidad de sus discípulos. Por un lado, Jesús remite a sus discípulos al rol del Servidor sufriente del Hijo del Hombre. Es decir, los remite a su pasión a la luz de Isaías (53,4.5.11.12): “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10,45). Por otro lado: en el antes citado capítulo 21 del evangelio según San Juan, Jesús resuelve la rivalidad entre el discípulo más amado por Jesús y el discípulo que más ama a Jesús, confiándole al que más ama el cuidado del más amado: confía a Juan al cuidado de Pedro.

La tentación de rivalidad entre los discípulos de Cristo es perenne y amenaza siempre la ruptura de la koinonía (comunión.) La teología de Juan, atenta a la comunión y sus rupturas, enfatiza los aspectos de la enseñanza de Jesús que apuntan a conjurar este peligro. Pone los orígenes de la actitud espiritual cristiana (que sabe renunciar al propio interés en aras de un interés mejor, que es el de Cristo) ya en los comienzos del evangelio: en el corazón de Juan el Bautista. Es preciso que él -Jesucristo – crezca y que yo disminuya.” (Juan 3,30)

Pablo lamenta la situación de una Iglesia donde todos buscan sus propios intereses y no los de Cristo (Filipenses 2,21) y son pocos los que, como Pablo y Timoteo, se preocupan del rebaño y velan por él aún a costa de sí mismos.

3.6 Unción para servir

A la ruptura de la comunión por envidia y rivalidad entre sus elegidos, el Señor resucitado quiere sutituirle una circulación de amor y de gracia que una a todos con todos. La Caridad es la virtud contraria de la envidia: no busca su propio interés. (1 Corintios 13,5) Puestos a servir y a promover el bien de los demás, se inclinarán a alegrarse de ese bien. La circulación del amor y la gracia sólo es posible por el camino del Siervo. Y no aceptar ese camino es -otra vez más- equivalente al rechazo del Ungido por excelencia: Cristo y su camino del amor sufriente.

Pedro merece el nombre de piedra de escándalo y Jesús lo llama duramente Satanás cuando se opone – ungido contra Ungido – al anuncio de la Cruz (Mateo 16,23). Pablo llorará a causa de los enemigos de la Cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, su Dios el vientre, su gloria su vergüenza y no piensan más que en las cosas de la tierra (Filipenses 3,18-19). En otras palabras, confunden el bien con el mal y el mal con el bien. (Isaías 5,20-23)

Para quien, como los de Emaús, no comprende el misterio de la envidia de un ungido por otro, o no advierte que está en situación de prueba bienaventurada, la acción consoladora de Cristo (en griego: paraklesis) se hace reconvención por la dureza del corazón. Así reconviene a los de Emaús (Lucas 24,25) y al Tomás incrédulo. (Juan 20,27) Imitando al Resucitado, también Pablo confortará a sus comunidades con frecuentes reconvenciones de las que son claros ejemplos Romanos 14 y 15 y casi toda la 2ª a los Corintios y la 2ª a Timoteo.

– 3.6.a “No serviré”

La rebeldía originaria de Luzbel, el Ágel rebelde, consiste en su negativa de servir a Dios, sirviendo al Hombre, creatura suya.

Dice San Juan: “Quien comete pecado es del Diablo, pues el Diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo” (1ª Juan 3,8). Esto es: para remediar la rebeldía del que se negaba a servir, el Hijo de Dios viene hecho servidor. Para restañar la rebeldía, viene a obedecer.

San Juan se remonta al arquetipo primitivo y capital del rechazo de un elegido por otro, de un amado por otro. El pecado del Diablo es precisamente ese: “Por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen” (Sabiduría 2,24) ¿Envidia contrá qué y por qué?: “Porque Dios creó al hombre incorruptible y le hizo imagen de su misma naturaleza” (Sabiduría 2,23). Al Ángel malo le entristece la bondad de Dios: llama malo al Sumo Bien. No puede destruirlo. Pero sí puede y quiere destruir su imagen y semejanza creada: el hombre.

El ataque de la serpiente a la primera pareja es un ataque a la imagen de Dios según la cual fueron creados; imagen de Dios creada que entristece al espíritu enemigo de Dios.

La Obra del Hijo es la contraria. Él, sabiduría eterna del Padre, tiene sus delicias en estar con los Hijos de los Hombres (Proverbios 8,31); es un Espíritu: bienhechor y amigo del hombre (Sabiduría 7,32). El Hijo de Dios se hace Servidor, obediente, para restaurar la imagen de Dios perdida por obra de Satanás y por el pecado: “Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos los unos a los otros. No como Caín, que siendo del Maligno, mató a su hermano…” (1 Juan 3,12). De nuevo encontramos aquí, subyacente, la dramática oposición de Ungido contra ungido: Diablo contra Hijo(s) de Dios; Caín contra Abel; mundo contra discípulos; hermano contra hermano… Todo este capítulo de la Primera carta de Juan se construye sobre esa paridad de gracia que puede ser disparidad según el arquetipo del malvado. La obra del Diablo es odiar al Hombre, que merece entre todas las criaturas el nombre de Elegido. En efecto, fue elegido para ser imagen y semejanza de Dios y por eso para ser Señor de la Creación. Fue plasmado con las mismas manos del Creador mediante un contacto semejante al de la unción (Génesis 2,7). Recibió la inspiración del soplo divino.

Si odiar al hombre es la obra del Diablo, amar al Hombre es la obra del Hijo que viene a deshacerla. Y en amara la Hombre como imagen de Dios y en afirmar de la bondad divina, hecha visible en su fiel reflejo, ha de consistir la caridad, o sea el modo específico de amar que debe caracterizar y diferenciar a los discípulos del Verbo de Dios hecho hombre. Una forma muy específica de Amor al Hombre, que no se ha de reducir ni confundir con ninguna afabilidad, gentileza, trato educado, buenas costumbres, human relations ni filantropía, que pueden también ser patrimonio de otras culturas no cristianas.

Si la obra del Diablo -por fin- es odiar al elegido, la del Hijo es amar hasta al que lo odia y lo rechaza.

– 3.6.b La caridad es servicial

Así queda descrito el modo específicamente cristiano de amar y por lo tanto el modo específicamente anticristiano de envidiar, o sea de entristecerse por el bien de los creyentes.

La definición de agapé (el amor cristiano, que también se conoce por el nombre específico de caridad) es: amar a Dios y a al prójimo por amor a Dios. Pero donde el amor se manifiesta y en lo que propiamente consiste, es en la obediencia, el servicio y la entrega total. Contra lo que los extravíos románticos del lenguaje han divulgado, hay que recuperar el sentido bíblico primero y después cristiano de la palabra amor, es decir, retornar al uso de la palabra caridad. El romanticismo ha hecho del amor una cuestión de pasión y sentimiento. Y algunos desvíos indiscretos de la religión y de la fe, han podido convencer a muchos de que creer es sentir; que en lo religioso sólo es sincero y auténtico lo que se siente: hay que ir a Misa cuando lo siento, se ha dicho y enseñado, confundiendo el sentimiento con la fe.

Paralelamente otros han vivido un divorcio entre obligación y devoción, o más bien, entre obligaciones y devociones. Para remediar estas indiscreciones es que se acuñó el conocido proverbio que nos trasmitieron nuestras abuelas: primero la obligación y después la devoción. Pero aunque este refrán sea prudente, a esta prudencia le falta algo para hacernos del todo sabios. El amor de Dios, en la escuela de Cristo invita a encontrar la devoción en la obediencia: “mi comida es hacer la voluntad de mi Padre” (Juan 4,34). El mandamiento nuevo, la voluntad del Padre que Jesús viene a realizar, deshaciendo las obras del Diablo, y que nos propone, es éste: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos, si os tenéis amor los unos a los otros.” (Juan 13,34-35)

Este servicio del amor, lo expresa Jesús en el gesto del Siervo que lava los pies de los elegidos. (Juan 13,1-20) Reluce aquí la sabiduría de la receta divina contra la envidia que opone a Ungido contra Ungido: la caridad como servicio al bien del otro; la caridad como ministerio y servicio.

El Señor exorciza las rivalidades entre elegidos haciendo de los potenciales dominadores y rivales, buenos servidores. La rivalidad se canaliza en forma de servicio. La inclinación a negar el ser del otro, se cambia por la de afirmar su ser y la de servirlo hasta con el sacrificio de sí mismo: “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15,13). Si alguien quiere aplicarse la entrega de Jesús, debe cumplir con la condición que Jesús pone para admitir al círculo de su amistad, y esa condición es el amar y servir, en primer lugar, a los hermanos en la fe: “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.” (juan 15,14)

– 3.6.c “Y los ángeles le servían”

Esta ley del servicio, ley de la caridad opuesta a la acedia-envidia que contrapone a Ungido contra Ungido, brilla también en la providencia o disposicón divina (que los Santos Padres suelen llamar economía) por la cual Dios pone a los Ángeles al servicio de los hombres.

Hay algo inesperado y asombroso en el hecho de que Dios constituya a los Ángeles como custodios, guardianes y servidores del hombre. Uno conoce a los Ángeles como seres espirituales muy superiores a los hombres en inteligencia, en amor a Dios y en poder espiritual, mucho más cercanos a Dios como servidores de su trono celeste, como testigos de su gloria y de su grandeza y como enviados con misiones divinas. Dios pone así lo más perfecto al servicio de lo menos perfecto, y lo más digno al servicio de lo menos digno. Ya en el paraíso, dice la tradición judeocristiana, Adán era alimentado y servido por los Ángeles con pan del cielo, a semejanza del pueblo en el desierto: “Pan de Ángeles comió el hombre” (Salmo 77,25) “Yo haré llover sobre vosotros pan del cielo.” (Éxodo 16,4)

El Salmista se asombra de que el Señor haya exaltado tanto al hombre hasta el punto de hacerlo imagen suya, poco inferior a Él: “lo hiciste un poco inferior a un Dios” (Salmo 8,6); y colocándolo como señor de todas sus obras. La visión del salmo 8 se concreta, según la carta a los Hebreos, en Jesús: “sentado a la derecha de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los Ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado” (Hebreos 1,4). Para el autor de la carta a los Hebreos, es evidente que los Ángeles son servidores (amorosos y no obligados a regañadientes) de los cristianos: “¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que heredan la salvación?” (Hebreos 1,14)

San Marcos ve el comienzo de este servicio angélico en las tentaciones de Jesús en el desierto, donde “siendo tentado por Satanás, estaba entre las fieras del campo y los Ángeles le servían.” (Marcos 1,13) También a nosotros, que estamos en esa situación de ser tentados, nos sirven los ángeles. Y la Iglesia ha celebrado la Eucaristía como Panis Angelorum, Panis Angelicum (Pan de los Ángeles, Pan Angelical) y Panis viatorum. (Pan de los peregrinos)

Por haber rehusado, Ungido contra Ungido, este servicio al Verbo encarnado y a los suyos, cayó de su altura el Ángel de Luz.

– 3.6.d Por envidia… Ungido contra Ungido

En la intención de Dios, la elección por la cual alguien es amado, está al servicio del amor universal que abraza a todos. Dios elige a uno en bien de todos. sus elegidos tienen una misión de servicio. Como los ángeles. La envidia del Diablo es negación de servir, negación a la caridad. Dios lo abraza y abarca todo en su amor. Su Espíritu es un espíritu de comunión. La Unción, la elección, está siempre destinada a la comunión.

Por eso, la envidia, contraria a la caridad, se opone directamente a la intención de Dios, cuyos pensamientos son pensamientos de paz y no de discordia. (Jeremías 29,11)

3.7 Conclusión

He partido de las palabras de Jesús a los de Emaús y he tratado de reconstruir los que pudieron ser los cauces de su argumentación escriturística. Jesús, recorriendo las Sagradas Escrituras les demostró con una evidencia espiritual que encendía sus corazones, que el Mesías (el Ungido, el Elegido) debía necesariamente padecer estas cosas (griego: tauta) para entrar así en su gloria. Hemos querido mostrar a qué se refiere ese tauta: estas cosas. Es la contradicción por parte de otros ungidos, elegidos y amados de Dios: los suyos no lo recibieron. Este clásico camino bíblico del rechazo de un elegido por otro, es el que debía recorrer Jesús para corregirlo. Y en esto mismo estaba el título que lo hace acreedor a su gloria. En eso está la manifestación de lo más íntimo de su grandeza propia, humana y divina.

He apuntado que, de este modo, Jesús ejerce su officio de consolar, al decir de San Ignacio. (EE 224) Cosa que hace de modo principalísimo mediante la consolación de las Escrituras, al decir de San Pablo. (Romanos 15,1-6 y 2 Timoteo 3,14-16)

Pienso que el tema de la persecución de un ungido por otro – y no solamente el tema del sufrimiento del justo paciente en general -, ocupó el puesto central en aquella Lectio de Sacra Pagina, con la que el Resucitado confortó a sus amigos; reprendiéndolos, pero también iluminándolos. Creyendo en la palabra del Peregrino, la fe encendió de nuevo la esperanza en sus corazones embotados y ateridos.

Es inevitable – como jesuita – referir este asunto a los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y al ejercitante. Dentro de la – llamémosle así – mecánica espiritual de los Ejercicios, esta consideración puede ser uno de los puntos que elejercitante de cuarta semana, puede agregar a los propuestos por San Ignacio (EE 222-224, 228). Si meditando en la Pasión no había advertido este aspecto de los sufrimientos de Crisot, cosa que es pasada por alto e inadvertida con frecuencia, éste será el lugar de no irse de los ejercicios sin comprender todo lo que incluyen las oblaciones hechas: desde el Rey (EE 98) y Dos Banderas (EE 147, 157, 167-168) en adelante, hasta la Contemplación para alcanzar Amor. Es algo que un discípulo de Cristo que quiere serlo a fondo, no puede ignorar, para responder con el don de sí mismo a un Dios que se le da a Sí mismo en esta forma.

Pero además, esta consideración puede ayudar al ejercitante a comprender mejor una razón estructurante de las Reglas para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener (EE 352-370). La vida de la Iglesia, desde el colegio apostólico hasta hoy, está sometida al combate entre los apetitos contrarios, de la carne y del Espíritu. (Galatas 5,17) De ahí que, aunque en la Iglesia la rivalidad, los celos y la envidia no sean vicio exclusivo de clérigos, ssean los suyos los que se han hecho particularmente escandalosos y han sido convertidos en proverbio: invidia clericalis. La cual no se refiere exclusiva ni principalmente a la emulación por las dignidades eclesiásticas, cuanto a la triste posibilidad de que se miren con malos ojos los bienes de santidad y las obras de Dios; que se juzguen malos ciertos usos, actitudes y costumbres de los fieles, que no lo son; que terminen los clérigos convirtiéndose en perseguidores de la piedad.

Por eso, es necesario aprender a obrar como Jesús, con la libertad interior que da la verdad y que será necesaria para hablar u obrar alguna cosa dentro de la Iglesia, que sea dentro de la inteligencia de nuestros mayores (EE 351).

Haber asimilado espiritualmente este argumento, ayudará a comprender y a asumir las contradicciones de la vida de la Iglesia. Allí es inevitable tener que entristecer alguna vez a alguien (2 Corintios 7,8); o verse en la necesidad de exhortar a Evodia y de rogar a Síntique, para que tengan un mismo sentir en el Señor.

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