Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia 5 de 5

Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia
Autor: Horacio Bojorge



Capítulo 5: Tristeza y felicidad en la civilización de la acedia

“Tristeza nâo tem fim, felicidade si”
(Canción del film Orfeo negro)

“No hay tristeza peor que ser feliz”
(Canción Astifino de Alfredo Zitarrosa)

1. La tristeza en el mundo contemporáneo: sus raíces

El psiquiatra y psicólogo social Tony Anatrella, conocido por su obra “El Sexo Olvidado” es también autor de una obra que se titula “La Sociedad depresiva.” La depresión – dice – es no sólo la enfermedad más extendida en nuestra civilización, sino su mal característico. La nuestra es una sociedad deprimente.

Viktor Frankl, el psiquiatra austríaco sobreviviente de Auschwitz, ha impuesto en la ciencia psicológica moderna el reconocimiento de que la depresión se debe a la pérdida del sentido de la vida. El hombre necesita tener un sentido último. Y ese sentido último ha de ser un bien que no se pueda perder. Ahora bien: el así llamado mundo contemporáneo, se edifica voluntariamente bien sea negando en forma teórica, bien sea prescindiendo en forma pragmática, de todo sentido último. Dicho con mayor exactitud: prescindiendo de Dios como sentido último, como el gran para qué, para quién del hombre y del universo. Y esa es la raíz de su tristeza característica.

En efecto, a medida que avanza, la cultura moderna , que se prolonga y se consuma en la post-moderna, al mismo tiempo que ha ido imponiendo el ‘progreso’ a los pueblos, les ha ido quitando las alegrías de las que no carecían los pobres. Mientras que no siempre ni a todos los ha sacado de la pobreza, sí los ha empobrecido humanamente. Los pueblos que nuestra civilización llama primitivos suelen cantar de alegría durante el trabajo, se regocijan cuando comparten sus alimentos, así sean unos mendrugos, se alegran en su matrimonio y con sus hijos y no necesitan vacaciones para repararse del stress.

La actual industria del entretenimiento, en cambio, parece tener un envés de tristeza. No se entendería fuera del contexto de la sociedad depresiva. Sus vestidos de lentejuelas van forrados por las telas negras de la depresión. Se nutre del aburrimiento sin conseguir eliminarlo, o quizás peor: sin querer eliminarlo, puesto que lo necesita para perpetuar su negocio, para que su oferta sea, como lo es, un artículo de primera necesidad en un mundo aburrido por ausencia de los sentidos últimos, y de la creatividad entusiasta que dan los grandes amores.

En eso, el mundo contemporáneo no inventa nada nuevo. El vuelco a la tele y a las salas de musculación o de ritmogym, no honra al mundo contemporáneo; convence de que está padece una gran regresión cultural, de que se está reconvirtiendo a un paganismo semejante al que calcinaba de tedio al mundo imperial romano y provocó su declinar y su fin por haberse alienado en el circo y las termas. La New Age, es menos new de lo que pretende mentirosamente. Si tiene algo de neo, es de neopaganismo.

El mundo contemporáneo es autor de múltiples estafas de este tipo. Ha inventado, entre tantos otros productos ‘light’, además del café sin cafeína, del dulce sin azúcar, de la manteca sin colesterol, del bife y de la leche de soja, una línea más en sus cadenas de producción y en sus redes de distribución: es lo que Enrique Rojas ha llamado acertadamente: un hombre light al que se le propone una felicidad light. Una presunta felicidad que es sólo bienestar, e incluso mera promesa de bienestar: cebo con que encarnan los expertos en marketing el anzuelo del consumo; o espejismo con el que los economistas motivan siempre nuevos sacrificios que han de ofrecer los pueblos en los altares del Dios Mammon. El mundo contemporáneo, pues, ha inventado esta felicidad light cuyos ingredientes son jaranas exteriores, alegrías sin gozo y entretenimientos que no son más que una tregua en el aburrimiento mortal; permisos temporales de salida dominguera para los habitantes de un presidio; meras treguas en el taedium vitae del que son prisioneros.

La industria de la evasión ha invadido el mundo. El homo sapiens, se ha convertido, no por evolución, sino por triste involución, en homo zappiens. Si el primate homínido saltaba de rama en rama, el homo zappiens vive saltando de canal en canal, colgado del TV- Cable. Ya no huye, como pudiera huir un mono, de las fieras, sino de la tristeza existencial que lo persigue. Huye del sin sentido y del aburrimiento. ¿Cuáles son las raíces de esa tristeza? Una es la principal.

Coincidente con Anatrella y Frankl, Héctor Jorge Padrón afirma que la raíz de la tristeza del mundo contemporáneo es la secularización de la vida de los hombres. La secularización – dice Padrón – ha pasado de ser una afirmación teórica y una consigna programática, a convertirse en un proceso histórico, en un hecho sociológicamente observable y comprobable, en una forma de vida, en una cultura. “Pues bien – concluye Padrón – esta situación histórica de la secularización, introduce existencialmente un desgarramiento y una angustia inevitables y directamente proporcionales al desconocimiento de Dios.” Nótese que Padrón dice proporcionales al desconocimiento y no proporcionales a la ignorancia. Se trata de una negación intencionada de Dios. Y no de la negación de la idea de Dios, sino de la negación de su revelación histórica con todos sus signos y concreciones eclesiales y neumáticas.

Pero el hombre que por la secularización de la cultura se liberó de la religión y de la sujeción a Dios, el hombre que se salió de la Iglesia, ha caído en la angustia y la tristeza. La depresión, como vimos, es la enfermedad social moderna. El hombre contemporáneo, que creía haberse liberado de Dios, ha venido a caer en peores dependencias: dependencia del psicólogo y del psiquiatra, dependencia de los psicofármacos, esclavitud de las drogas y otros vicios sociales. El consumo de drogas antidepresivas, de hipnóticos y de drogas crece al mismo galope que el proceso de contemporaneización, entendido como modernización y postmodernización, de los pueblos, sociedades y culturas.

De la tristeza que genera la sociedad depresiva hablan las estadísticas de suicidios y divorcios.

La dependencia televisiva del hombre contemporáneo es una forma de huir de su tristeza oculta. El sin sentido y la desesperanza ha encontrado un refugio doméstico en la teleadicción y el zapping. El hombre depone ante la televisión su capacidad de protagonismo histórico y se convierte en espectador. Después de destronar a Dios, se está destronando a sí mismo. O está siendo destronado por los que antes le quitaron a Dios. Se les prometió ser como dioses y poder desplegar su omnipotencia en la plasmación de su destino. Pero la tele los persuade a que se entreguen a una dulce renuncia. Las fuerzas ocultas que gobiernan el mundo en que viven, son, de todos modos, cada vez menos influenciables y cada vez más inaccesibles. Son dioses ocultos con los que ya no es posible hablar y que no acceden a ninguna súplica. La tele abre pues una ventana para evadirse, olvidarse y morir por un rato; por horas; por entregas. Su torrente de imágenes adormece dulcemente, como una droga, la propia capacidad de imaginar. Esa capacidad que Dios le dio al hombre como herramienta de la acción creadora. El torrente del zapping enjuaga el alma de todo rastro de los propios sueños, aquéllos que individúan al hombre porque son el lenguaje – individual – con que dialogan, dentro del hombre, su alma y su espíritu. La catarata de imágenes televisivas aturde de tal manera, que entontece precisamente aquella facultad imaginativa con la que el hombre podría recibir las comunicaciones divinas. Atrofia el oído para la percepción profética. Ensucia el corazón y le enturbia los ojos para ver a Dios.

La televisión erosiona además gravemente la comunicación y la vida familiar. El otro polo de la individuación: el de los vínculos que identifican y hacen ser.

La familia es el lugar natural de las dichas humanas porque es el lugar de los más profundos y puros afectos y amores. Pues bien, en el mundo contemporáneo, vemos crecer la frustración y la desconformidad en la pareja y el desencuentro de las generaciones. Las nuevas generaciones ven el matrimonio, cada vez menos, como un posible camino de felicidad. Aumentan por un lado los divorcios, disminuye por otro el número de matrimonios formales y se multiplican las parejas temporales, los vínculos transitorios y promiscuos. En la casa del sexo habita el placer, pero la habitación de la felicidad ha quedado vacía y en ella se han instalado la melancolía, la tristeza, la depresión, una frustración que, por no ser de todo consciente, no sólo no es confesada sino ni siquiera puede serlo.

Es verdad que jamás ha tenido el mundo tal disposición de bienes y tal capacidad de multiplicarlos y producirlos. Jamás ha tenido tanta posibilidad de ‘bienestar’ exterior. Pero el hecho de que los bienes y el bienestar, como todo el mundo reconoce, estén mal repartidos y que sean inalcanzables para muchos, siembra tristeza y frustración entre los muchos que son cada vez más. En cuanto a los que tienen el privilegio de acceder a esos bienes, se diría que es precisamente entre ellos donde más se ve crecer la frustración, la angustia, la depresión… En una palabra: el malestar interior. Su privilegio se hace, pues, cada vez más dudoso.

La reducción de la idea de felicidad a la de bienestar, y la reducción del bienestar al consumo, que subyace como principio tácito e indiscuso a nuestra civilización pragmática, está en la raíz de la creciente depresividad social que denuncia Anatrella.

La nuestra es una civilización que ha perdido la cultura de la alegría en la misma medida que ha abandonado y sigue rechazando la cultura cristiana de la caridad: es decir, las verdaderas formas del amor. El término caridad no se ha desprestigiado ni desaparecido del uso por una casualidad, sino por un proceso cultural y por lo tanto intencional. Ha sido proscrito del uso porque no se desea la realidad que designa. Nuestra civilización rechaza la revelación de un Dios que ama al hombre. Consecuentemente se ha liberado del peso de tener que corresponderle amándolo a él y al prójimo. Pero al rechazar ser amado para no tener la obligación de responder con amor, va cayendo del no ser amado en el no ser digno de amor, o sea en el no ser amable, ni para sí ni para nadie. El que rechaza ser amable a los ojos de Dios terminará tarde o temprano siendo odioso a sus propios ojos. ¿Hay mayor calabozo de tristeza que no poder salir de esta prisión del yo que se odia?

La raíz de la tristeza, que Frankl define como “falta de sentido último” puede expresarse más acertadamente como “desamor.” Como lo canta el corrido mexicano con un aye desgarrador: “¡Ay! ¡Corazón por qué no amas?”

El desamor mantiene al hombre desvinculado y solitario, le impide entrar en comunión. El amor a Dios, la caridad, es más que un sentimiento, es más que una disposición interior. Es nada menos que el vínculo que inserta, que vincula, que pone en comunión con el gran NOSOTROS divino-humano que es la Iglesia. Me explico.

Al no creer en la revelación de un Dios que ama al hombre, tampoco hay posibilidad de que el hombre ame a Dios, ni al prójimo por amor a Dios. Con esto queda desintegrado el tejido relacional cristiano. El gran Nosotros divino humano va desapareciendo progresivamente del dominio cultural, social, de la legislación y de la vida pública. Su misma identidad se va desdibujando y esfumando. La vida pública, laicizada, secularizada, se ha ido reduciendo a un nosotros puramente interhumano, del que Dios no es miembro, como, por el contrario, lo es en el tejido relacional cristiano. Ese nosotros puramente humano, exclusivamente interhumano, no logra ser un nosotros universal. La aspiración a ser un NOSOTROS abierto a todos, viene en el sistema relacional cristiano, de que Dios es el miembro principal y fundante del nosotros. Donde se excluye a Dios del tejido de relaciones del Nosotros, el nosotros necesariamente se fragmenta, se particulariza y se contrapone a múltiples grupos de “ellos.” Recaemos en las tribus, los partidos, los nacionalismos, separados entre sí por particularismos y rivalidades.

Pablo había visto muy bien que sólo la Cruz de Cristo había hecho caer los muros de separación entre judíos y paganos, entre libres y esclavos, entre hombre y mujer… El gran NOSOTROS divino humano que funda la Cruz se expresa así: “todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios.” Esa escala de pertenencia, funda un nosotros.

La identidad nos viene de nuestras vinculaciones de pertenencia. El hombre que pierde sus vinculaciones pierde su identidad, o sea: se pierde a sí mismo. Y lo que desvincula al hombre es su desamor. El sistema de parentesco configura la identidad diferenciada del individuo hasta tal punto que la identidad del ego se pone de manifiesto en el modo en el que dos sujetos relacionados con el ego se relacionan entre sí. El divorcio de los padres escinde la identidad del hijo, lo hunde en una crisis de identidad.

La tristeza del hombre contemporáneo viene por lo tanto de su desvinculación, de su desamor a Dios, y por lo tanto de su solitarización. La sociedad en el mundo contemporáneo está formada por solitarios que fundan asociaciones de interés, por convergencia de egoísmos individuales. Esos “nosotros” se asocian necesariamente enfrentando los intereses de “ellos”. Así la vida pública del mundo secularista, laicizada, se ha reducido a una yuxtaposición de pequeños nosotros puramente interhumanos, necesariamente polarizados y fragmentados en múltiples nosotros nacionales o tribales, llamados por vocación al conflicto y a la guerra con tantos otros “ellos.”

Hasta en la formación de las parejas de jóvenes reconocen a menudo los psicólogos el tipo de asociación reactiva, defensiva o de huída del medio familiar enrarecido.

El Nuevo Orden Mundial propone en vano la instalación de la Utopía de la Revolución Francesa, que cantó Beethoven en la Oda a la Alegría: “Alle Menschen werden Brüder.” En lugar de remover los obstáculos que hubieran permitido la realización del ideal cristiano, se prefirió descartarlo y soñar con otra fraternidad puramente filantrópica. Un nosotros del cual Dios ya no era miembro.

Habiendo desaparecido el Padre de la revelación cristiana, que era el único capaz de hermanar a los hombres por encima de todas las diferencias, el sueño de la revolución francesa no pudo realizarse. La próxima revolución, la bolchevique, ya no pudo invocar aquel ideal sino que propuso la unión de los camaradas, ya no la de los hermanos. Pero también dejó de lado la aspiración de la Oda de Beethoven a la fraternidad universal. Ya no se unirían todos los hombres, sino los proletarios para luchar contra los burgueses. Desaparecido Dios del gran NOSOTROS, debía necesariamente fragmentarse y polarizarse en bandos opuestos y enemigos. Una gran tristeza histórica se abatió sobre el mundo en el siglo de las guerras mundiales y de las revoluciones proletarias.

La era revolucionaria de la Humanidad, pasará a la historia como una era triste y sembradora de tristezas. Las revoluciones han partido siempre de un diagnóstico pesimista, triste oscuro y sombrío, negativo y desesperanzado de la realidad. Han partido siempre de una acusación y de una propuesta de destrucción de lo existente, para cambiarla por otra, soñada e ideal. Los revolucionarios han jugado a profetas y la historia demuestra que han sido falsos profetas. Han amontonado escombros irresponsablemente y otros han tenido que reconstruir.

El Nuevo Orden Mundial se nos propone ahora como una gran revolución unificadora de la Humanidad en un gran Nosotros. Pero es un Nosotros del cual, otra vez más, está ausente Dios. Para la creación del gran vínculo universal que unirá a todos los hombres, se propone, de entrada, la necesidad de destruir todos los vínculos de familia, nación y religión. Ya se deja entrever cuánta tristeza agregará a los pobres habitantes del planeta el privarlos de los amores que son la fuente de su identidad y de su felicidad. Se nos propone una humanidad huérfana, apátrida e irreligiosa, aséptica de todos los amores, creados y al Creador, y cuyos miembros, por lo tanto, estarán desvinculados y carecerán de identidad.

Es el embate final contra el gran NOSOTROS divino-humano católico que se realiza en la Iglesia, formada de familias y patrias católicas. Otro intento más de fundar un nosotros de solos hombres, desvinculados de Dios.

La tristeza del mundo contemporáneo nace de este rechazo de Dios, de toda posible relación suya con los hombres, de todo posible protagonismo histórico suyo.

2. La felicidad como asunto profético. Pseudoprofecías de la modernidad

El Secretariado de la Santa Sede para los No Creyentes, centró su Asamblea plenaria anual de 1991 en el tema: “Búsqueda de la Felicidad y Fe cristiana.” Aunque la terminología en que se plantea y se discute el tema con los no creyentes no siempre lo evidencie, el tema toca el corazón del problema de la acedia: tristeza opuesta al gozo de la caridad. Es comprensible que tratándose de un diálogo con no creyentes no fuese adecuado echar mano al lenguaje de la tradición teológica católica, como lo estamos haciendo en esta obra dirigida a creyentes.

La Modernidad se caracteriza por su rupturismo con el pasado católico. Ha presentado un ideal de felicidad humana opuesto al ideal cristiano, con el cual ha roto militantemente. Una reflexión acerca de ambas visiones es iluminadora. Saca a luz las razones últimas de la Civilización de la Acedia así como la naturaleza de las tentaciones a las que somete al creyente que debe vivir en ese mundo, organizado contra, o al margen, sus visiones de fe.

Este capítulo contiene una reflexión acerca de dos preguntas ¿Cómo habla de la felicidad la civilización depresiva? ¿Y por qué habla así?

2.1 Felicidad: tema actual, tema eterno

El cuestionario preparatorio para la discusión en la Asamblea plenaria del Secretariado para no Creyentes decía así:

  • El hombre buscó siempre la felicidad. ¿Qué características presenta hoy esta búsqueda, en qué formas se expresa, qué caminos siguen nuestros contemporáneos para buscar la felicidad en las diversas condiciones y situaciones del mundo actual?
  • Según las mentalidades dominantes hoy en día, las religiones, las creencias, las prácticas religiosas ¿ayudan a conseguir la felicidad o, por el contrario, la impiden, hasta el punto que el hombre se cree obligado a buscarla fuera de toda religión?
  • ¿Cómo perciben hoy los hombres la relación entre el Cristianismo, religión de la “Buena Nueva”, y la felicidad? ¿Cómo aceptan la promesa cristiana de una felicidad eterna con Dios? ¿La consideran como una sustitución ilusoria de la felicidad terrestre o como respuesta auténtica a las aspiraciones a la felicidad, incluso en este mundo?
  • ¿Cómo debería presentar la Iglesia el mensaje evangélico para que sea percibido realmente como una “Buena Nueva” para el hombre de hoy, capaz de darle solamente la felicidad eterna sino también en esta vida, en la medida de lo posible? ¿Cómo habría que anunciar y vivir la fe en Cristo para que Este aparezca ante los ojos de la humanidad como la esperanza suprema del hombre?

    Una respuesta teológica a estas preguntas implica encarar el misterio de la acedia de la Modernidad, tal como la hemos definido, como apercepción o dispercepción del bien

    2.2 Intuición abstractiva

    En ocasión de la consulta del Secretariado de la Santa Sede, ensayamos una respuesta desde el Uruguay, la cual, sin embargo, no por eso carece de validez universal. Parecería, en efecto, que una pregunta general y universal como la del cuestionario, no admitiría una respuesta peculiarizada y emitida desde una situación particular como es la de un país concreto, y menos aún desde uno de los países más pequeños y por lo tanto más insignificantes en el concierto de las naciones. Sin embargo, en el Uruguay ha habido creyentes que se han planteado con profundidad el problema de la felicidad y lo han respondido con originalidad, ofreciendo visiones universalmente válidas. Voy a referirme aquí a Juan Zorrilla de San Martín (1855-1931) y a su pensamiento sobre el tema.

    2.3 Una profecía católica en Uruguay: Juan Zorrilla de San Martín

    Por otra parte, a veces se puede captar en el singular leyes, principios y verdades universalizables: ab uno disce omnes, dice el proverbio latino. Se trata por otra parte del principio que la filosofía del conocimiento llama ‘intuición abstractiva’, por el que se abstrae un concepto universal a partir de un ser individual. Ese es, precisamente, el principio que rige la genial obra de Zorrilla de San Martín El Sermón de la Paz (1924), una meditación que a partir de un hecho en apariencia nimio, sucedido en el jardín del pensador y poeta, remonta vuelo y se convierte en meditación sobre la paz social e internacional.

    Como observa Julián Marías, la felicidad no es un problema que se plantee a nivel de individuos por un extremo y de lo universal por el otro, sino que es posible una reflexión sobre la felicidad a nivel de los pueblos y naciones:

    “Si se comparasen países y épocas, se descubriría que una misma nación pasa por fases enteramente distintas, que acaso ha tenido viva vocación de felicidad y la ha perdido, o se le ha despertado en un momento de su historia. Tal vez coincide la fase de pérdida con un aumento de sus recursos, de sus condiciones objetivas. Es probable que algunos países tengan actualmente las mejores condiciones, pero acaso no tienen la vocación de felicidad que tuvieron en momentos más difíciles. Stendhal sentía cierta antipatía por la Francia de su tiempo, mientras se le iban los ojos tras España y, sobre todo, Italia. Creo que lo que percibía […] en España e Italia era una fuerte vocación de felicidad que no encontraba en Francia, la cual estaba mucho mejor que ellas, en todos sentidos, pero con una vocación más pobre. En Francia veía Stendhal vanidad y ambición; en España e Italia encontraba pasión, (es su palabra predilecta, muy romántica, y es la que le sirve para nombrar, no muy exactamente, la vocación de felicidad.)

    2.4 Felicidad: profecía, promesa, don

    Zorrilla de San Martín, va a referirse a la felicidad de las personas y de las naciones con el bíblico nombre de Paz. Una visión, como se ve, opuesta a la de Stendhal. El pensamiento del autor uruguayo pone al lector sobre la pista que señalamos en nuestro título: que la felicidad es, como la paz bíblica, un don de Dios y por lo tanto, un asunto profético. No el fruto de esfuerzos humanos ni de dinamismos pasionales sino todo lo contrario: gracia. Por lo tanto, en el tratamiento de este asunto, el creyente, iluminado por la revelación, corre con la ventaja de saber mucho más que lo que alcanza la reflexión filosófica eudaimonológica, la cual no logra despegar de las viscosas pistas del esfuerzo humano. Sin embargo, no es ilusorio el peligro de caer en enfoques pelagianos sobre el asunto.

    Por otra parte, bajo la apariencia puramente filosófica y mundana del abordaje al tema de la felicidad, se traicionan a veces promesas y utopías, ilusiones (como las llama Marías) que son también, si bien se las examina, promesas. Y por lo tanto pertenecen al género de la profecía. Por más que sea una profecía laica, de orden económico, político. Detrás de la futurología juegan todos esos mitos de las religiones laicas, émulas de la fe cristiana. Las fes secularistas plagian tanto la revelación, como el profetismo y el mesianismo bíblicos. Aún queriendo tomar distancia de la cultura de la fe, son sus subsidiarias por imitación.

    2.5 Pseudoprofecías de la modernidad

    Las principales tesis que vertebran nuestra exposición, son las siguientes:

    1) La Modernidad ha articulado sus propuestas de felicidad en base al mito pseudo profético del Progreso.

    2) El mito del Progreso tiene dos vertientes principales: una económica y la otra social.

    3) El mito del Progreso, en sus dos vertientes, es una propuesta “profética”.

    4) La propuesta “profética” de la Modernidad, pertenece al género que la tradición bíblica llama pseudo profecía que fue la de los profetas de Baal o la de los falsos profetas, una profecía profesional, mercenaria, cortesana, al servicio del poder político, del rey religiosamente desobediente y por lo tanto antagónica de la profecía inspirada por Dios.

    5) La propuesta pseudo profética de la Modernidad ha sido objeto de la contracrítica o refutación profética de los creyentes: ya sea del Magisterio por medio de su enseñanza; ya sea de los fieles por medio de su vida; ya sea de pensadores y profetas creyentes por medio de su enseñanza y su predicación escrita o hablada.

    6) El mito del Progreso, como propuesta de felicidad pseudo profética, ha estado y sigue estando al servicio de gobiernos y políticas que lo usaron como utopía legitimadora o como ilusión colectiva, con el fin de poder imponer opresiones económicas y sociales en aras de un futuro mejor.

    7) Juan Zorrilla de San Martín, pensador uruguayo que es una cumbre del pensamiento católico creyente latinoamericano, en su obra El Sermón de la Paz, contribuyó desde el Uruguay a la sensibilización del profetismo creyente y coincidió con otros pensadores católicos como, por ejemplo, Christopher Dawson o Romano Guardini, en alertar contra la ambición desmedida del mito moderno del Progreso, y en abogar por una actitud de contento-continencia-contención, como fórmula de paz, es decir de felicidad, personal, social y universal.

    Estas afirmaciones principales, ordenadas aquí en sucesión lógica, se entrelazarán libremente en la exposición que sigue, en un orden (o desorden) de tipo más bien coloquial o ensayístico.

    2.6 El punto de partida uruguayo

    La nación uruguaya, de matriz cultural católica, se ha ido configurando en sus 170 años de vida como país políticamente independiente, según los ideales de felicidad pública propuestos por las ideologías de la Ilustración y de la Modernidad. Desde muy temprano en la existencia de la joven nación, independizada en el lustro 1825-1830, se manifestaron las urgencias modernizadoras. Bajo la antinomia Civilización o Barbarie, y más tarde agitando las banderas del Progreso, las recetas de la felicidad social no se introdujeron, desgraciadamente en un proceso sereno, por asimilación e inculturación tolerante y pacífica, sino, por el contrario, con aires de guerra de religión, en forma polémica y agresiva contra la tradición cultural y religiosa de la sociedad local; incluso con ribetes de persecución racial, con intentos de exterminio, no sólo del indio sino también del elemento criollo mestizo o blanco.

    Los Doctores, rivalizando con los Caudillos, en los que vieron encarnada la odiada Barbarie, impusieron desde su frágiles gobiernos o, cuando fue necesario, por trámite de gobiernos militares, las transformaciones que culminarían con la formación del Uruguay Moderno, cuya definitiva plasmación colocan algunos historiadores entre 1890 y 1920. En esas décadas de entre siglos se acelera la culminación de un largo proceso, una lenta y trabajosa historia de convulsiones político-sociales, guerras civiles, hostigamientos y persecución a la Iglesia. Se terminaba de borrar un país para instalar otro. Con aplauso de unos y dolor de otros, el Uruguay entró en el coro de las felices sociedades modernas.

    Así fue como el uruguayo pasó a compartir los ideales materialistas de la felicidad como bienestar. Para muchos fue su ideal vivir de rentas, sin trabajar y viajando a gastar sus rentas en Europa o incluso radicándose allá. En clases más humildes estuvo vigente el deseo de “dar a mi hijo lo que yo no pude tener”, “que pueda estudiar y ser alguien”. “Ser alguien” era tener una profesión liberal: médico, abogado, arquitecto. Tener acceso al saber que confiere status, poder y dinero. La profesión liberal permitía en aquellos tiempos, además de influencia y poder, independencia y holgura. La profesión era liberal, porque era libre, liberadora de yugos patronales; aseguraba una situación de independencia laboral.

    Luego, en la segunda mitad del siglo XX los mitos se fueron derrumbando: las rentas, la profesión liberal, el auto, la casa en la playa. Las promesas del estado paternal y providente se hicieron insostenibles y resultaron mentirosas. La seguridad social, el cuidado de la salud, la educación gratuita se derrumbaron por pérdida de la calidad. Dioses huidizos, la Seguridad y el Progreso parecen huir más cuanto más ardiente es el culto que se les rinde. Mammon es un dios cruel, mentiroso y cínico.

    Produce extrañeza que a pesar de tener tan graves motivos de desengaño y de desilusión, generación tras generación de uruguayos volvió a creer una y otra vez, con fe renovada, en siempre renovadas profecías y promesas y se muestra no sólo dispuesta sino deseosa de tener promesas y profecías en las que seguir creyendo. La función cultural de nuestros gobernantes es quizás tanto la administración del Estado como la invención de nuevas ilusiones, promesas y profecías mesiánicas.

    Los mitos de la Modernidad son proteicos, cambian de piel y se renuevan prodigiosamente. Las profecías de los baales gozan, además, de mejor recepción que las de Elías. En todos los tiempos. Y en Uruguay también. Lo nuestro es parte de un fenómeno universal.

    2.7 Profetas de Dios y profetas del Rey

    Lo sucedido en el Uruguay es una peripecia particular de aquel gran debate histórico mundial, entablado desde los tiempos bíblicos, entre reyes y profetas, acerca de la felicidad de las naciones y del auténtico bien de la Humanidad. La persecución religiosa con que corrió apareado en Uruguay el proceso progresista y de modernización, fue sólo un epifenómeno de la misma tensión que recorría el mundo europeo, donde el Pontificado, cabeza visible del cuerpo eclesial, vivía en relación conflictiva con casi todas las Cancillerías y Gobiernos, ante los cuales se hacía portavoz de la auténtica felicidad de las naciones.

    El conflicto entre los reinos de este mundo con el Pontificado y con lo mejor del profetismo creyente, parece un episodio más de la historia de los conflictos entre reyes y profetas, que son habituales en el Antiguo Testamento y a lo largo de la vida de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente.

    Las promesas de felicidad que proponen los estados modernos son de carácter “profético.” Ese carácter de profecía nos permite vislumbrar, desde ya, por qué el proceso de modernización fue históricamente adversario del creyente y de los ideales de felicidad que proponen la fe y la Iglesia. Nos permite también cautelarnos ante la principal fuente de problemas y conflictos en el diálogo acerca de la felicidad, entre ateos y creyentes.

    2.8 Para una correcta impostación del diálogo

    Un importante escollo para el diálogo del creyente con el ateo cuando tratan el tema de la felicidad humana, reside, aún antes de los desacuerdos puntuales de contenidos, en los malentendidos formales, del estilo, o más precisamente del género literario, del que cada uno de ellos echa mano al expresarse y del que el otro supone que debería utilizar o de hecho está utilizando al hablar sobre este tema.

    Porque, según presupone el creyente, la felicidad ha de ser, para el ateo, un tema filosófico, ideológico, basado en las ciencias humanas: psicología, sociología, economía, política. Y sin embargo, ni ha sido ni es tan sencillamente así. Las doctrinas modernas y postmodernas sobre la felicidad, aún cuando se levantan sobre pedestales científicos, pertenecen al género de las promesas proféticas, que Occidente hereda de su raíz judeo-cristiana.

    Piensa sin embargo, muy a menudo, por su parte, el desprevenido creyente que para encontrar a su interlocutor en el mismo plano epistemológico, debe y puede dejar de lado los aspectos estrictamente religiosos, y por lo tanto proféticos, de sus convicciones acerca de la felicidad, para descender al nivel filosófico o de la objetividad científica, donde presume que un entendimiento sería posible a partir de los principios y presupuestos racionales comunes a todos los hombres, creyentes o no. A un nivel que se podría llamar: de objetividad científica.

    No advierte quizás el creyente, que la enseñanza de la Modernidad acerca de la felicidad, no sólo es una profecía, sino que es una profecía nacida del rechazo de las promesas que son objeto de las profecías bíblicas y que vive de su negación. Es un caso particular del gran “fraude de la Edad Moderna” denunciado por Guardini: “que consistió en negar de una parte la doctrina y el orden cristiano de la vida, mientras reivindicaba para sí la paternidad de los resultados humano-culturales de esa doctrina y de ese orden […] En todas partes encontraba [el cristiano] ideas y valores cuyo abolengo cristiano era manifiesto, y que, sin embargo, eran presentados como pertenecientes al patrimonio común.” Para oponerse a las promesas y macarismos de la profecía cristiana, echó mano de un género criptoprofético, y propuso sus propias promesas y profecías.

    Naturalmente, el discurso profético – ya sea el del secularismo moderno, ya el del creyente católico – está vinculado a los contenidos de los respectivos credos. La dificultad para advertir las semejanzas de género y las diferencias de contenido, proviene de que el credo del incrédulo no está articulado en la mismo forma clara y explícita que el credo del creyente.

    Para no descaminar el diálogo, conviene no perder de vista que se trata, de hecho, de un diálogo interreligioso, en que se barajan diversas esperanzas con sus respectivas: bendiciones, promesas, signos y garantías de cumplimiento.

    Ni en los tiempos bíblicos, ni ahora ha sido fácil el diálogo entre los profetas de Dios y los pseudoprofetas del Rey. Es que, parte del contenido de la profecía bíblica como interpretación de los hechos, consiste en denunciar la falsedad de los pseudoprofetas, por lo que es ilusorio pensar que pueda darse un diálogo irénico y sin resistencias por parte de los que el diálogo, si no quiere renunciar a ser verídico, no puede menos que desenmascarar.

    2.9 La felicidad: asunto profético para los creyentes

    Explicitemos mejor el sentido de nuestra afirmación de que la felicidad es, para el creyente, asunto de profecía. Con esto, decimos, en primer lugar, que la felicidad es para el creyente, un asunto estricta y esencialmente religioso. No sueña con que sea posible evocar y descifrar sus enigmas por mera vía filosófica, ni puramente científica. La felicidad para el creyente, no es eudaimonía sino macarismo, o sea bienaventuranza, salvación y por lo tanto, es más un asunto de gracia que de eficacia. Es más don de Dios, que logro propio.

    La felicidad del creyente, concebida como bienaventuranza, es asunto de deseo, de bendición y promesa, de esperanza cierta, es asunto de Dios, es asunto profético vinculado:

    1) a los deseos más profundos, más propios y más auténticos del corazón del creyente, por los cuales, el fiel, como hijo de Dios gime con los mismos tres gemidos del Espíritu. (Romanos 8,5.22.23.26)

    2) a las bendiciones con que Dios promete colmar los santos deseos que inspira.

    3) a la esperanza del creyente, que es la certeza de alcanzar el Bien arduo y futuro prometido.

    4) al fundamento de dicha certeza que es la misma Palabra y Promesa divina de alcanzar los dones prometidos.

    5) esos bienes no son otra cosa que Dios mismo: la comunión con Él por la caridad.

    Por lo tanto, para el creyente, hablar de felicidad implica necesariamente entenderla y expresarla religiosamente. A menos de reducir y traicionar su verdadero contenido. San Pedro pide a los cristianos que sepamos dar cuenta de nuestra esperanza a los que no creen y nos piden razón de ella (1 Pedro 3,15). Entender la felicidad religiosamente, quiere decir entenderla relacionalmente, desde la intención beatificante del Dios que busca el hombre y lo introduce en su comunión. La felicidad o bienaventuranza bíblica no es del orden del tener o del ser aislado, sino del orden de estar en relación con Otro. Es la felicidad que viene de amar a Dios y ser amado por Dios.

    Este carácter comunional, intersubjetivo, religioso, es lo que ataca y niega la tesitura naturalista y todas las visiones derivadas de ella, como son la herejía modernista y la gnosis.

    Esta comprensión relacional, intersubjetivista o interpersonalista de la felicidad, se expresa y se entiende en términos bíblicos de salvación, bendición y promesa. Y el uso de esa terminología es insoslayable para un tratamiento integral, fiel y no reduccionista o reducido de la felicidad humana.

    Ahora bien, el mismo hablar de la felicidad, explicarla y dar razón de ella, por ser asunto profético es también oficio profético. Es tarea del profeta más que del filósofo, y cuando el filósofo se aventura en este terreno fácilmente se convierte en falso profeta. Tanto el Magisterio eclesial en virtud de su Orden como el cristiano en virtud de su Bautismo, tienen el oficio profético de explicar el camino de la felicidad.

    2.10 La felicidad: asunto profético para los no-creyentes

    Las profecías de la Modernidad acerca de la felicidad humana, se resumen en el Mito pseudo profético del Progreso, en su doble vertiente: económica y social. El mito del progreso económico promete como bendición el bienestar y profetiza la abundancia. El mito del progreso social promete la bendición de la seguridad, la justicia y la paz social; y profetiza su realización en el advenimiento de la sociedad opulenta o de la sociedad sin clases.

    Desde la Revolución Francesa, las avanzadillas de pseudoprofetas prometieron Libertad, Igualdad, Fraternidad. Y desde entonces hasta los actuales anuncios de la Postmodernidad, los profetas no han dejado de prometer: el paraíso de la libertad o el paraíso de la justicia, la sociedad opulenta o la sociedad justa y sin clases.

    No es difícil reconocer en semejantes profecías, versiones secularizadas de las Promesas y Bendiciones Bíblicas. Tampoco es difícil reconocer su analogía con las Pseudo profecías de los profetas del rey que proclaman: ¡Paz, paz! (Jer 6,14; 8,11).

    Su carácter profético se pone de manifiesto no sólo por su contenido, sino porque ejercen dos funciones propias del profeta:

  • Interpretar la historia.
  • Extraer de esta relectura predicciones de futuro.

    Los filósofos de la Modernidad: Kant, Hegel, Comte, Spencer, Nietzsche y otros – profetas atendidos siempre en alguna corte todos ellos, ya que es sabido el influjo y conocidos los efectos políticos que tuvieron sus ideas – propusieron relecturas proféticas de la realidad y de la historia y escrutaron el futuro con predicciones augurios o promesas.

    2.11 Las profecías modernas son antagónicas de las Profecías creyentes

    Quizás el mayor reproche que pueda hacer el creyente a la Modernidad secularista y a sus mitos sobre la felicidad humana, sea precisamente el de su antagonismo constitutivo, radical y principista, respecto de la felicidad que el creyente espera de Dios; así como la pretensión de configurar un universo cultural que lo excluyera (al creyente y al objeto de su esperanza.) Los mitos del progreso: ¿exigían, como sacrificio fundacional de sus templos, enterrar al creyente en los cimientos de la civilización feliz? Desde su origen las eudaimonías ilustrada, modernista y secularista, tienen en común un rasgo: su intolerancia profética y la fundamentación de sus promesas y certezas sobre la negación.

    2.12 Profecías de corte

    La causa de esa ojeriza constitutiva contra las profecías creyentes, es la voluntad de poder de los soberanos, a los que las profecías seculares están destinadas a servir. Cuando uno advierte los motivos políticos subyacentes a ciertos reclamos de la autonomía de las realidades terrenas, se comprende mejor que el secularismo es una ideología cratolátrica, típica del profetismo cortesano, que funciona como religión laica y que anuncia lo que agrada a los poderosos (bíblicamente: al rey.) Estos profetas de la Corte anuncian paz cuando no hay paz o trastocan, pragmáticamente, el juicio sobre el bien y el mal, según convenga a la praxis del poder. (Isaías 5,20; Miq 3,2) Sirven a la liberación del gobernante de los vínculos de la conciencia cristiana creyente. Triste liberación, porque cuando Ajab se hace autónomo, por consejo de Jezabel, queda libre de las obligaciones de la piedad, prescritas por Dios, para despojar de su viña a Nabot. (1 Reyes 21,1-3)

    En efecto: es característico de las realizaciones políticas del pseudo profetismo de la modernidad secularista, justificar la práctica de la crueldad con los individuos, alegando razones de felicidad pública, o practicar la crueldad en el presente, en aras de una presunta felicidad futura. En este sentido, en la medida en que los profetas prescriben y aconsejan “sacrificios”, se convierten también en profetas del santuario del culto socioeconómico de la modernidad y asumen un rol que los aproxima al de los sacerdotes que entienden de sacrificios agradables a Mammon.

    En nombre del Mito del Progreso se ha operado y se sigue operando la confusión reduccionista que entiende la felicidad humana como bienestar; confusión a la que ha contribuido la sofística de algunos, y que en la práctica – como hemos señalado – se presta para justificar la opresión totalitaria de los individuos por el Estado, o de las minorías – religiosas o étnicas – por las mayorías, o de los débiles por los mejores (Spencer) y a justificar la desaparición de lo que “tiene que morir” en aras de la evolución cósmica (Theillard.)

    A estos mismos fines ha servido también un último abuso: al usar las ciencias en clave profética anticatólica – la polvareda darwinista es un típico ejemplo – la Modernidad secularista no respetó su verdadero estatuto epistemológico ni su autonomía legítima, sino que la sometió al yugo de la apologética anticatólica, o a sus fines de dominación por medios ideológicos.

    Espontáneamente acude aquí el recuerdo de la Prière sur l´Acropole de Ernest Renan, página transida del ímpetu profético moderno y anticatólico que impregna toda su obra: “El mundo se salvará solamente si vuelve a ti (Atenea), repudiando sus bárbaras ataduras (cristianas.)” Por más de un aspecto, estos recuerdos parecen un remedo de las Confesiones de San Agustín. Renan presenta su apostasía como una conversión a una nueva fe de la razón: “¡Tarde te he conocido, belleza perfecta… Los dioses pasan como los hombres, y no sería bueno que fueran eternos. La fe que se alentó una vez no ha de convertirse nunca en cadena. Se ha cumplido con ella cuando se la envuelve cuidadosamente en el sudario de púrpura en que duermen los dioses muertos.”

    ¿No es significativo que la primera traducción castellana del Jesús de Renan haya aparecido en Montevideo en la imprenta de vapor de Vaillant, uno de los progresistas empresarios franceses venidos con la Guerra Grande y rápidamente enriquecidos? Ello habla de la precoz receptividad que tuvieron ciertos elementos de nuestro medio frente a las recetas de éxito material y a las profecías de los sacerdotes y profetas de la burguesía industrial europea.

    2.13 Tentaciones en el diálogo

    Advertíamos la necesidad de tener en cuenta, al entablar el diálogo con el ateo acerca de la felicidad, el género literario que cada uno utiliza y también el plano epistemológico en el que realmente se sitúa (y no puramente aquél en que dice situarse.) Si no se presta atención a esto, puede ser que las partes dialogantes se desencuentren. Porque se allegan a dialogar, por un lado un ateo-en-profeta y por el otro un creyente-en-filósofo demasiado a menudo dispuesto a autocensurarse en lo esencial. Por un lado un hombre no religioso, que se dice no-creyente (y quizás cree sinceramente no serlo) pero que suele tender a imponer, bajo velos científicos y meramente racionales, una fe.

    Por otro lado, un hombre creyente y religioso, pero que, por gentileza dialogal o por complejo inducido por reflejos culturales condicionados, se comporta como si no lo fuera, e incurre a veces en una ´apostasía funcional´, más o menos momentánea, con fines de diálogo.

    Es obvio que para entenderse con un no creyente, hay que prescindir de los principios revelados, como hace Santo Tomás en el Adversus Gentiles. Pero no hay que ser ciego para todo lo que hay de irracional detrás de las pseudorreligiones se dicentes científicas y racionales, de que consta el neopaganismo ilustrado, moderno y postmoderno.

    La tentación de Elías, arquetipo de los profetas creyentes, fue oponer la violencia contra la violencia de los pseudoprofetas de Baal. Esa tentación acecha perennemente al hombre de fe en su fervor apologético. Pero no es la única tentación que lo amenaza. También está la inversa: el opuesto irenismo, en el que nos preguntamos si no incurren alguna vez algunos católicos, y no de desdeñable categoría intelectual.

    Afortunadamente, el diálogo de la Iglesia con la Modernidad y con su herencia postmoderna acerca de la felicidad humana, no se inicia hoy. No sólo somos herederos de un caudal de respuestas sino que hemos conquistado un estilo para responder. Están entre nosotros los modelos a imitar.

    2.14 Las respuestas católicas

    Cuando la Constitución Gaudium et Spes o el Papa Juan Pablo II en la Sollicitudo Rei Socialis, la Centessimus Annus y otros documentos de su magisterio, critican, corrigen o puntualizan en lo referente a los caminos por los que los gobernantes del mundo actual van buscando la felicidad pública; cuando hacen la crítica de ciertas concepciones del desarrollo humano; cuando echan una mirada de conjunto sobre la situación de la Humanidad y diagnostican sus luces y sombras; están asumiendo un rol profético. El Magisterio tanto el Pontificio como el Conciliar, tanto por sus contenidos como por su estilo, es una forma autorizada del profetismo católico. Por eso, no es de extrañar que sea resistido por los pseudoprofetas del poder, como lo fueron los profetas bíblicos por los profetas de Baal y los profetas del rey impío. El lugar orgánico de la acedia contra el Magisterio, particularmente el del Papa, dentro del misterio de la acedia, se hace así lógico y trasparente.

    El caudal del río del magisterio, recoge innumerables hilos de agua: la vida santa de los fieles sencillos, guiados por la sabiduría del Espíritu Santo que les enseña todas las cosas; la doctrina y la benignidad de los pensadores católicos. Pensamos en la enseñanza y la mansedumbre impertérrita de un Romano Guardini; en la erudición histórica de un Christopher Dawson; en el humor penetrante y paradójico de un Chesterton; en las visiones de la Europa cristiana de un Hillaire Belloc. Si bien, por un enrarecimiento editorial, sus obras van siendo difíciles de encontrar reeditadas, sin embargo, aún está vigente el valor de su magisterio intelectual para las nuevas generaciones católicas que deseen aprender a distinguir entre los cantos de sirena y el canto de los ángeles.

    He nombrado una serie de autores. Siempre que se dan nombres se incurre en omisiones injustas o se confiesa simplemente la ignorancia o la falta de memoria. El cuestionario del Secretariado para No Creyentes, del cual partimos para esta reflexión, nos ha servido para refrescar la memoria de algunos maestros del pensamiento católico que han pensado sobre la felicidad humana. Uruguay cuenta con uno de esos hombres proféticos que desearíamos fuese más conocido fuera de nuestras fronteras uruguayas e incluso americanas.

    2.15 Juan Zorrilla de San Martín (1855-1931)

    La obra El Sermón de la Paz, del pensador y poeta de la patria, debería figurar en toda lista de los clásicos católicos sobre el tema de la felicidad humana: individual, social, política, nacional e internacionalmente considerada. Y por ser la suya una obra auténticamente profética no puede considerarse caduca ni anticuada. Mantiene absoluta vigencia, porque habla de lo eterno en el hombre. Pero El Sermón de la Paz es una de esas obras que, lamentablemente, ya no se reeditan.

    Difícilmente podemos dibujar rápidamente el perfil de Dn. Juan Zorrilla de San Martín, pero lo intentaremos aquí para quienes no lo conocen.

    Su poema La Leyenda Patria le mereció, de joven, el título de Poeta de la Patria. Su largo poema épico-lírico Tabaré, lo consagró en las letras latinoamericanas con un descenso al inconsciente colectivo del hombre latinoamericano, que, por vía onírica y poética, alcanza una verdad teológica y contiene una revelación profética, -que pocos han sabido entrever-, de la culpa original y de la gracia bautismal del continente hispanoamericano. En el Tabaré, Zorrilla explica cómo y por qué, donde abundó el pecado entre nosotros, allí mismo también, sobreabundó la gracia. El Tabaré es un canto a lo que el pecado hizo imposible pero el bautismo pudo y puede aún reparar.

    La tercera gran obra de Zorrilla es La Epopeya de Artigas. En esta obra, Zorrilla restaura la figura del prócer rioplatense, protector de los pueblos libres hasta Córdoba y Corrientes, y lo repone en la galería de los próceres y prohombres de la emancipación latinoamericana. También esta obra es una obra profética, visionaria, épica. En ella la relectura histórica se eleva espiritualmente con un aliento continental a una visión trascendental del prócer, quien desde su fracaso, dejó sin embargo signado el terruño patrio para un destino de libertad, de nación libre. Esta obra magna en cinco volúmenes recoge las conferencias con las que Zorrilla quiso explicar quién había sido Artigas, a los escultores convocados por el gobierno uruguayo para fundir una estatua que inmortalizara al prócer. Obra profética porque interpreta el sentido de una historia y de un hombre, y de los demás actores de un pueblo. La Epopeya de Artigas, es, en el fondo, un vaticinio sobre el Uruguay. Es una profecía geopolítica.

    Este poeta de la Patria chica es también poeta de la Patria Grande latinoamericana, idea de la que es adelantado en nuestro continente, como puede verse en el discurso que, como embajador uruguayo en España y por encargo del cuerpo diplomático latinoamericano, pronunció en 1902 en el Monasterio de la Rábida para celebrar el 12 de Octubre, fecha del descubrimiento. Ese discurso, que es una joya de la elocuencia en nuestra lengua, termina así:

    “Además de ese mensaje-aclamación de todos y cada uno de los pueblos libres americanos, al pueblo que los precedió en la gloria de la raza y los evocó a la vida, queda el otro, señores, el más grande, el más solemne: es el coro litúrgico que, como enorme nube de incienso iluminada por el sol, alza toda el alma española de ambos mundos al grande espíritu hispánico del pasado, del presente, del porvenir, al arcángel tutelar de nuestra raza, que flota bajo este cielo; al Dios omnipotente, sobre todo, al Dios que vive en ese cielo y más allá de ese cielo; al que enciende el fuego sacro del genio en la mente humana, bien sea en Colón, el navegante del mar, bien sea en Pasteur, el navegante de una gota de agua: ambos descubren mundos; al que, según el libro de Job; el profeta enorme del desierto, pesa la fuerza de los vientos, y mide las aguas del abismo, da leyes a la lluvia y marca a las tempestades su camino; al que envía el rayo, y el rayo va, y vuelve para decirle ¡aquí estoy!; al que da inteligencia a los meteoros del cielo; al que envolvió en tinieblas la tierra recién nacida, como se envuelve un niño en sus pañales… Señores: ese es el único grito digno de la raza hispánica en este momento perdurable; el sólo digno del momento, el sólo digno de la raza cristiana: ¡Gloria a Dios!”

    Es este mismo poeta, pensador y profeta de la patria uruguaya y americana, adelantado en Latinoamérica de la idea de patria grande, periodista de la causa católica perseguida, hombre de Iglesia y también hombre público, amigo hasta de sus adversarios de ideas como Don José Batlle y Ordóñez, embajador, docente de estética en la Universidad, el que escribe El Sermón de la Paz, obra que nos interesa, por tratar del tema de la felicidad y porque traza un retrato espiritual de la acedia a todos los niveles, desde la vecinal a la internacional.

    El Sermón de la Paz publicado en 1924, contiene el precipitado de la experiencia del Zorrilla maduro, sexagenario, y sus reflexiones ante la primera guerra mundial, ante la fiebre modernizadora y anticatólica de la sociedad mercantilista, de la entente liberal-socialista del momento, que tras décadas de lucha, acababa de consagrar la apostasía del Estado uruguayo en la Constitución de 1919, creyendo haber alcanzado así una condición esencial para la felicidad pública de los orientales. En la opinión de una clase dirigente ilusionada, embriagada, apasionada con fervores religiosos por el progreso, se ha vencido, al desligarse de su socio eclesial, uno de los principales escollos para dejar atrás, de una vez por todas, la barbarie; y se ha abierto, a su parecer, el camino expedito para que el país marche por el rumbo cierto de la civilización, hacia los más prometedores destinos.

    2.16 “La felicidad es contento o continencia, alegría, quietud, reposo, caridad”

    Es a ese Uruguay que comulga con la ambición y la euforia del mundo; al Uruguay que no ha aprendido con el horror de la guerra reciente y que no da señales de arrepentirse de sus errores ni de abjurar de sus mitos, que Zorrilla le escribe, le predica, su Sermón de la Paz, cuya tesis central puede expresarse así: “Vivir contento es vivir contenido.” Zorrilla prevé que si Uruguay entra por el camino de las naciones ambiciosas, que por su insatisfacción han arrastrado al mundo a una guerra, estará comprometiendo su paz y su felicidad:

    “El diablo es el ángel triste… eternamente triste; inextinguible envidia [=acedia]. Él se entretiene en trazar las rayas negras entre las cosas. La felicidad es contento o continencia, alegría, quietud, reposo, caridad […] Ferrero… si bien imputa a Alemania el ser la causa del desastre [de la primera guerra mundial] considera sus ambiciones como causa sólo inmediata, actual. No podemos buscar otras, si bien se mira, en resumidas cuentas, para fundar las sentencias de la historia. A medida que las causas son más remotas, aparece mayor el número de culpables; llegaríamos al pecado original, de que todos participamos, y al primer homicidio. Pero aún dentro de las causas inmediatas, la del actual desastre no ha sido, para Ferrero, la ambición alemana, sino la civilización moderna, la revolución francesa, mejor dicho. Eso pudiera ser aceptado en mi concepto, si esa tendencia a la riqueza, al poder, a la dominación, que el historiador italiano atribuye a Alemania, fuera característica de la edad que comienza con la revolución contemporánea, y si ésta no hubiera tenido por causas otras incontinencias (cursiva nuestra) de los grandes; pero nadie sabe mejor que él, él, que nos ha hecho meditar sobre la Grandeza y Decadencia de Roma, que no es ese el hecho. El hambre dantesca ha asediado siempre a las naciones muy grandes, lo mismo a las modernas que a las antiguas.”

    “Entre tus necesidades ¡oh hombre! está la de una patria a quien amar y servir. Disminuir tus necesidades es llenar tu bolsa. Cuanto más limites materialmente y más concretes y te hagas sensible el objeto de ese amor, tanto mejor podrás satisfacerlo. Y será más puro y generoso. Pon tu boya accesible, ¡oh nadador que nadas en el tiempo hacia la eternidad! Es bien recordemos aquí, ante todo y sobre todo, que la ambición colectiva, vicio del alma nacional, es, en resumidas cuentas, la resultante y acción recíproca de las soberbias individuales. El nadador hombre ha de tener una meta en la vida, y ella no es otra que la muerte, la última boya; tener ésta a la vista, y hallar en ella el objeto o término del esfuerzo, es la fuente suprema de energías. Si la muerte es lo infinito en sentido de ‘Nada’ o infinito negativo, el hombre nadador está perdido; si lo es en el sentido de ‘Todo’ o infinito esencial, sustancial, afirmativo, el nadador es más grande y más fuerte que el mar; éste se achica a medida que aquel punto se agranda.

    “También son nadadores las naciones, y han de tener una meta, una boya, es decir, una cosa fuera de sí mismas a que dirigir su esfuerzo. Si la tienen dentro de sí mismas, como lo supone Hegel, por ejemplo, el dios-estado, ese nadador sin punto de llegada se hundirá en su propia extensión oscura, en su descontento e incontinencia (cursiva nuestra). Si, por el contrario, tienen como meta o boya la felicidad del hombre, como es razón, entonces el estado, la Patria terrena, que no es inmortal, que vive en el tiempo, participa de la inmortalidad del hombre; es grande y noble como un hombre. No puede serlo más. La dignidad de la Patria no es otra cosa que la virtud de sus hijos; la felicidad de éstos, uno por uno, es su felicidad, su objeto.

    “Así sólo se concibe que el hombre muera por la vida de la Patria: porque la Patria vive en él y por él… La seguridad y la dignidad de las naciones, la paz, está también en eso: en la igualdad de especie y de destino; en tener como objeto de sus funciones la felicidad del hombre en concreto; no el aumento de poder y de riqueza del conjunto como entidad abstracta, que deja de ser benéfica, al dejar de ser humana, sin ser divina; al ser el núcleo de rotación de esos egoísmos colectivos que de todo tienen menos de sentimiento patrio. Este ha de ser, para ser virtud, amor al hombre que nos acompaña, por amor de Dios. Si no; si el amor a la Patria no es amor al compatriota, ¿qué es?”

    2.17 Una civilización del amor ¿o una del Progreso ilimitado?

    Ante los “cerrados horizontes en torno del naufragio de Europa”, Zorrilla adelanta la respuesta de una civilización del amor: “No veo, por mi parte, más camino de salvación que encauzar la política internacional por la vía cristiana del amor.” Y observando el fenómeno de la guerra señala su causa: “los hombres y los pueblos incontentos o incontinentes”, “los que quieren ser, no sólo fuertes, sino más fuertes que alguno.”

    Zorrilla recoge el pensamiento de Lloyd George respecto del amor entre los pueblos y eso le da ocasión para repasar los gestos de amor y de perdón entre los pueblos latinoamericanos. Ya hemos visto sus coincidencias con el historiador italiano Guillermo Ferrero, del cual hace suya también la crítica a la moderna doctrina del progreso:

    “Este italiano Guillermo Ferrero, gran escritor por cierto, que leo en estos momentos a la sombra de mis ombúes, dice lo que yo ahora pienso y quiero decir, precisamente, como epílogo de este mi sermón de paz. y no hay por qué me esfuerce por expresarlo en forma distinta de la suya, pues no lo diría mejor, ni tan bien.

    “La civilización del siglo XIX suprimió todos esos puntos fijos (metas limitadas, boyas de referencia para el nadador) diciendo que eran otras tantas trabas para la libertad del hombre, y puso frente a éste lo infinito. En efecto: ¿Qué es la doctrina moderna del progreso interpretado como el aumento indefinido de la riqueza y del poder, sino una marcha hacia lo infinito, en la que no hay una meta definitiva, ni más límite que el alcance de las fuerzas propias? No hay riqueza ni poder tan grandes que no permitan imaginar una riqueza y un poder mayores. Si el ideal y deber consisten en crear riquezas y poderes cada vez más grandes, nunca se llegará al término de esa escala. Se puede comprender así por qué los hombres modernos están siempre descontentos (cursiva nuestra)… Cuanto más tienen, más desean… La civilización moderna es una civilización insaciable, que, como la loba de Dante, después de comer tiene más hambre. La inmensa catástrofe actual es la consecuencia de ese descontento (cursiva nuestra.) Y su iniciativa tenía que partir del pueblo que, en los últimos treinta años, se había mostrado siempre el más exigente de todos, justamente porque era el más favorecido de la suerte.”

    Zorrilla coincide y cita largamente el pensamiento de Ferrero acerca de la ambición desmedida como causa de la guerra y establece la escala: “Descontento… incontento… incontinencia… inquietud… tristeza… guerra.” Por el contrario: “la felicidad es contento o continencia, alegría, quietud, reposo, caridad.”

    2.18 La mística del amor a la Patria y a Dios

    Zorrilla ha visto muy bien que el problema de la felicidad privada y el de la felicidad pública obedecen a las mismas leyes espirituales y dependen de las mismas ideas y actitudes. Reconoce que “la ambición colectiva, vicio del alma nacional, es, en resumidas cuentas, la resultante y acción recíproca de las soberbias individuales.” Zorrilla exhorta a vivir contento, a vivir contenido, amando lo que nos es dado, amando nuestros límites.

    “Con ese objeto he escrito yo estas páginas, que, como las golondrinas de las torres, han salido de mi casa dada de cal y con su tejado rojo español; con ese fin he hecho conocer mi tierra de colinas melodiosas, y ofrecido en ella la más grande de las patrias, porque es la sola del tamaño de mi corazón. Es mi boya anclada en el horizonte, entre el cielo y la tierra. Nado hacia ella, hacia la gloria y felicidad de este pedazo de planeta que Dios me ha dado para servir, es decir, para servirlo a El y a mis semejantes en la tierra. No tengo ni deseo otra cosa; siento que hay en ella bastante para satisfacer mi necesidad de llegar a un punto fijo en que descanse: el que ha de sobrevivirme en la tierra que será la de mis nietos. No es necesario, para ello, ni es parte integrante del patriotismo, el creer que todo es grande y bueno en la tierra que Dios nos dio con tal objeto. Se puede ser buen patriota, sin tener las flaquezas de la Patria, como ser buen hijo, sin las enfermedades de la madre. ¡Oh, el amor a la madre enferma! ¡Ser sano para ella!

    “No dejo de advertir, cuando esto digo, que acaso pudiera ser notado de místico en este mi discurso o sermón; lo suelen ser, muy a menudo, las meditaciones de esta índole. No es cosa que me contraríe, a la verdad; antes me sirve y da ocasión de entrar en mis moradas interiores. Pero no está demás fijar el recto sentido de este vocablo: misticismo. Para el hombre puramente material, si tal hombre existe, que no lo creo, todo aquel que rinde culto ostensible a Dios es un místico; lo es el que cuenta con su Providencia y lo invoca. Pero desde ese primer acto de religión natural hasta el amor, no sólo reverencial sino pasional, a la Belleza Personal de Dios, que es lo que se llama propiamente misticismo; desde el simple buen cristiano hasta Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, los grados intermedios no tienen cuento.

    “En alguno de ellos pudieran caber, efectivamente, estas lecturas, y tener, por lo tanto, algo de místicas, es decir, de inspiradas en un ideal de belleza y perfección, cual no puede concebirse más alto; en una pasión que aniquile todas las facultades y potencias, y que concentre en un solo objeto, de fuerza atractiva irresistible, todas las humanas energías. Eso puede llamarse también idealismo, poesía, belleza esencial, vida espiritual… ¡qué sé yo! No sé si tiene un nombre. También pudiera llamarse fe, es decir, ciencia en el más puro, y neto, y práctico de sus sentidos. La ciencia busca la verdad, pero sólo la fe la posee. Es la ciencia experimental de Dios.”

    2.19 Desde el jardín se comprende el mundo

    Zorrilla termina su obra relatando un incidente, nimio en apariencia, sucedido una tarde cualquiera, mientras trabajaba en el jardín de su casa de Punta Carretas pero en el cual descubrió, con intuición profética, el mensaje, también profético, que expresa en el Sermón de la Paz.

    En ese incidente dialogan, en la persona de Zorrilla y de un amigo que lo aborda, dos tipos de hombres, dos actitudes, dos civilizaciones: la cristiana, la mística, y la moderna, pragmática y mercantil.

    La hermosa página de Zorrilla traza el retrato paradigmático de dos tipos humanos, de dos actitudes ante la realidad y ante la vida. En la pequeñez del jardín y en un diálogo al parecer intrascendente, sostenido, según lo imaginamos por encima del cerco que los separa, símbolo de otra separación interior, a Zorrilla se le descubre, como con una revelación profética, la profunda ley del comportamiento humano, válida para los individuos pero también para las naciones, que conduce a unos hombres a la paz y a otros a la guerra, a unos al gozo y a la satisfacción y a otros a la acedia, la tristeza y la perpetua insatisfacción.

    Por otros caminos y de otra manera, otro pensador católico, Romano Guardini, ha caracterizado también estos dos tipos de hombre, estas dos civilizaciones y culturas, cuando en sus críticas al tipo de hombre engendrado por la Edad Moderna, advierte cómo ésta, habiendo exaltado, por su certeza, al saber matemático, y por haber cultivado unilateralmente las formas del conocimiento humano que llevan al dominio de la realidad, ha puesto en peligro su capacidad de encontrarse con ella, su capacidad de comunión con la realidad, con Dios y entre los hombres.

    En el jardín de Zorrilla veremos al hombre que lo mide todo por metros y por su valor venal, frente al hombre que es un ser de encuentro. Veremos la ambición frente al contento, la inquietud de la codicia frente a la paz que da el amor de los propios límites, la contención que da el contento.

    Nos asombra y nos conforta la coincidencia. Desde el jardín de Punta Carretas o desde el lago de Como, dos profetas católicos, sin conocerse, aprehenden la misma situación espiritual, que cada uno expresará según sus propios públicos y sus propios medios expresivos, por distintos caminos.

    Desde un pequeño jardín o desde un pequeño país, no importa, puede percibirse, en lo pequeño, a veces por eso mismo con mayor transparencia, las leyes que gobiernan el mundo. He aquí la página de Zorrilla, un suceso histórico nimio convertido en Parábola, con la que queremos terminar estas meditaciones:

    2.20 Puesta de sol

    a) El escenario

    “El paisaje que estoy mirando en este momento desde mi casona de Punta Brava, y en el que creo ver concentrado el universo (cursiva nuestra), está bañado de la luz de esa divina ley. Una gaviota blanca, adorante, que aparece inmensa, se acerca por el aire y me abre las alas sin recelo. Ese buen pájaro no ve en mí, como en los muchachos que le tiran piedras, un enemigo fuerte; casi estoy por creer que se da cuenta de que soy su compatriota. Es el espíritu, que, como las golondrinas de las torres, brota del río, cual si éste echara a volar. ¡Amable pájaro simbólico, dios del aire, divino Ibis!…

    “No es esto decir que esta paisaje sea invariable, por supuesto, y que todos mis día de Punta Brava (por algo así se llama) sean tibios y apacibles; los suele haber de viento y de frío, y de chubascos. Los vientos del Sur, que vienen de lejos, del Cabo de Hornos quizá, persiguiendo hasta la costa el rebaño, presa de pánico, de las grandes olas, son a veces implacables; andan por el aire gritando, como dioses norsos conquistadores. Y cuando da en soplar el Pampero, viento del Oeste que nos llega a ras del Plata, desde las Pampas o llanuras andinas, el tiempo no es apacible; pierden las gaviotas su equilibrio o divina euritmia, y los pájaros dispersos buscan abrigo en los aleros, callados o dando chirridos; los árboles pasan sus largas horas de desamparo, y yo pienso en ellos, cuando despierto de noche, y oigo el huracán, remoto o próximo, que anda en el aire.

    “Pero, sobre ser el caso poco frecuente, esos mismos vientos pamperos, como los que conocemos desde niños, son menos desaforados para nosotros que para los extraños; están en su casa, y hasta tienen algo de los amigos importunos o pesados, que se echan de menos cuando dejamos de verlos algún tiempo; son nuestros pamperos. Ellos nos sirven, por otra parte, para apreciar mejor, y gozar con mayor gratitud, de las mañanas y tardes de bendición, llamémosles místicas, que son allí constantes: los aguaceros seguidos de sol, con su Arco-Iris del uno al otro horizonte; los ponientes gloriosos, con sus nubes en forma de lagarto o de palomas dispersas, sus procesiones de arcángeles dorados, y sus remotas ciudades caminantes, llenas de cúpulas, en el divino silencio.

    b) La acción

    “Una de esas tardes era la de ayer, precisamente, y mejor no pudo elegirla, para visitarme en mi rústica heredad, un buen amigo mío, hombre de bien a carta cabal, persona acaudalada, y de más que mediano entendimiento. Me encontró solo, trabajando a más trabajar con el rastrillo. Los árboles estaban alegres, y las enredaderas no habían cerrado los ojos azules todavía entre las hojas; mi torre parecía de mármol, y el río de esmalte azul; la cúpula del cielo estaba recién dorada por los artistas diáfanos.

    “Mostraba yo envanecido todo lo mío, todas aquellas cosas, a mi amigo; mis árboles, mi pedazo de mar, la última porción de sol de aquel día, que me quedaba en las paredes de la torre. Y él, después de mirar a su alrededor, a lo lejos, hacia arriba, me miró a mí, como si hubiera descubierto un secreto que yo guardaba, el de mi caudal; me miró riendo, con aire de parabienes. ´¡Cómo habrán subido ahora de precio estos terrenos!´ me dijo, por fin; ´éste es ya un buen lote. Pero es preciso adquirir ese solar de al lado, para tener mayor frente sobre la rambla… ¿Cuánto vale ahora el metro por acá?´

    “¡El metro! ¿Pero acaso esto tiene metros, Dios mío? ¿Es esto realmente un lote, que haya de completarse quitando el suyo al vecino? Nada de todo esto es mío, pues, desde que tiene precio; nada de esto; lo mío no tiene precio… Aquel ingrato amigo no había estado observando, como yo lo creía, ni el ombú que estaba a su lado, con el último toque de sol gratuito, ni el horizonte de cobre enrojecido, ni siquiera el mar; había advertido que por allí se había hecho, no por culpa mía, ciertamente, una rambla o avenida alquitranada, por la que corría, a todo correr, un carruaje automóvil, entre una nube de bencina. Y que no tenía más objeto que el de adelantarse a otro carruaje, que, a su vez, sólo corría por correr, desaforado.

    “Y allí, junto a nosotros, tocándonos la cara con las ramas, estaba un peral lleno de peras maduras, en forma de campana, que parecían naranjas, por la luz del sol poniente. El árbol, plantado por mí, uno de mis predilectos, me miró con la expresión de un inofensivo animal salvaje acabado de atrapar; me miró como si hubiera oído un disparo. Que también los árboles sienten el pánico, si los observamos. En poco estuvo no lo experimentara yo mismo; sentí, cuando menos, algo como el efecto de una amenaza a mis ombúes sin valor, a mi casa de poco precio, guardada sólo por un perro compañero de mis nietos, a la puerta de mis abuelos, de débil cerradura. Hubiera querido esconder todo aquello, ponerlo a salvo en otra parte, en otro rincón de mi tierra, con sus horizontes y sus gaviotas.

    “¡Oh las naciones grandes, las confederaciones fuertes, hijas del dios Pan, el que infunde los pánicos!
    “También las grandes fortunas de los hombres se forman así: por la conglomeración de las chicas aniquiladas. Y así se amasan los patrimonios suntuosos, donde no se pone el sol, y donde no se goza de la noche estrellada. Y así nacen las grandes ciudades, con sus palacios impersonales, que desalojan a las bellas torrecillas dadas de cal, en que viven las alegrías, y anidan las caridades, las continencias, la resignación y la paz (cursiva nuestra.)

    “Y los hombres se enorgullecen de las ciudades, de las patrias armipotentes, grandes lotes de muchos metros, de mucho valor venal, y de mucho humo de bencina y de pólvora.

    “No hay paz para el soberbio, dice el libro santo. La paz es una entidad del orden moral, superior al jurídico. La quietud, el descanso, el silencio, la riqueza, el placer, son cosas del orden material. No está en ellos la paz. No te basta con tenderte en la cama para estar en paz; ni siquiera en el sepulcro. El descanso, el silencio, el mismo sueño, el último inclusive, serán enemigos que te inquietarán. La paz es una actividad. Si quieres ser feliz (cursiva nuestra), procura ser hoy un poco mejor que ayer; aprende a estar contento, alegre; goza sólo de aquello que estés seguro que te viene de la mano de Dios, y así hallarás el goce, aún en el dolor. Y hallarás paz en el soñar de la vida, y en el de la muerte.

    “Yo tuve que recibir, sin embargo, los parabienes de mi buen amigo, porque eran bien intencionados. Este libro ha nacido de su visita (cursiva nuestra). Y, como suele salir un pájaro cantando de entre las yedras que envuelven un viejo muro, el niño de sesenta años que tengo en el corazón, y que en este libro ha pensado, o cantado, o dicho místicas ingenuidades, salió de entre las hojas… Sí, contesté a mi amigo tristemente, mirando el mar; efectivamente, deben de haber subido mucho de precio estos terrenos… ¡qué le hemos de hacer!… Y el mar me miraba… Y yo miraba largamente el mar, y sentía el silencio de mis mares interiores.”

    2.21 Colofón

    Releyendo estas páginas de Juan Zorrilla de San Martín, mi corazón acompaña su lectura con un amén agradecido y perenne. Ellas son proféticas, porque confortan el corazón creyente con la verdad de Dios.

    Pero también acompaña la lectura un sentimiento semejante al del Poeta de la Patria, porque tan hermosas razones y estas páginas en que tan bellamente se dicen, -¡oh universales síntomas de una misma enfermedad de acedia que aqueja hoy también a los creyentes- hayan caído en el olvido. No tiene buena prensa nuestro Zorrilla. No tienen hoy mucha aceptación, entre algunos, las verdades que tan místicamente percibió y poéticamente supo expresar. A pesar de la protesta profética de Zorrilla, es la óptica de Piria la que ha dominado a la sociedad uruguaya, que no es excepción en el concierto de las naciones. Sin embargo, por una especie de milagro, la única casa que se conserva en medio de las torres que ocuparon la rambla, como profetizó Zorrilla, es la suya, convertida en Museo. ¿Una atención del Señor con su amigo? ¿Un signo de que la caridad no pasa más, y confiere también permanencia, figura de la eternidad, a las obras que de ella nacen?

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