VIVIMOS UNA CULTURA DE VIOLENCIA

VIVIMOS UNA CULTURA DE VIOLENCIA

Felipe Arizmendi Esquivel.

 

1.- ¿Qué es la violencia?

Es el recurso a la agresión, a la ofensa, al insulto, a los golpes, a las armas, etc., con el fin de vencer al otro, rebajarlo y, si es posible, destruirlo y eliminarlo.

Es el uso de la fuerza para imponerse a los demás.

Es la ansiedad de adquirir poder y de aparecer como dominador sobre personas, grupos o naciones.

2.- Diferentes clases de violencia.

Violencia verbal: Cuando se insulta a los otros se les ofende, se les dicen palabras hirientes, se les, calumnia, se les presiona; cuando se hacen públicas cosas que debieran permanecer ocultas.

Violencia física: Cuando se usan golpes y torturas; cuando se priva a alguien de comer, beber y vestir; cuando se arroja de casa al más débil; cuando se hace un secuestro o se asesina.

Violencia armada: Cuando se acude a armas de todo tipo, desde blancas hasta atómicas y nucleares; cuando el terrorismo parece ser la única solución a los problemas.

Violencia social: Cuando se usan influencias o presiones para lograr ciertos resultados; cuando alguien se atraviesa en nuestro camino y respondemos con un empujón o un sonido ofensivo del claxon; cuando se discrimina a alguien por su ropa y presentación externa.

Violencia política: Cuando el partido impone sus normas y ¡pobre de aquel que no las siga!; cuando no se respetan los votos populares y son impuestos quienes no fueron legítimamente elegidos.

Violencia psicológica: Cuando se manipula y presiona, incluso más allá de la conciencia del sujeto; cuando se encasilla o etiqueta a una persona en determinada categoría; cuando a fuerza se le quiere hacer sentir mal.

Violencia deportiva: Cuando se quiere ganar lesionando o destruyendo al adversario, en vez de reconocer la superioridad del otro y la incapacidad personal.

Violencia callejera: Cuando las pandillas imponen sus leyes, atracan a los transeúntes, destruyen lo que encuentran, pintarrajean paredes, roban automóviles, secuestran camiones…

Violencia escolar: Cuando el maestro pone o quita calificaciones a su arbitrio; cuando se usan represalias o castigos injustos; cuando los alumnos resisten con pasividad o quitan a los maestros que les exigen lo justo.

Violencia religiosa: Cuando la vivencia cristiana se reduce al miedo por los castigos divinos; cuando la predicación está sobrecargada de amenazas de condenación, cuando la autoridad eclesiástica o los grupos religiosos se quieran imponer por la fuerza.

Violencia familiar: Cuando la educación de los hijos se reduce a golpes, insultos y castigos; cuando se exige una obediencia más allá de lo justo y razonable cuando los esposos ya no se aman y sólo se ofenden; cuando los hijos no colaboran y sólo exigen y hacen caprichos.

Violencia institucionalizada: Cuando se atropella la dignidad humana, hasta en sus derechos más fundamentales. Esta violencia puede ser subversiva o represiva (Cfr. Documento Puebla 1259 y 509).

Violencia evangélica: Es la lucha por establecer el Reino de Dios, tanto en sí mismo como en la sociedad, a pesar de todos los obstáculos: Mt. 11, 12; Cfr. Lc. 16,16. Es la defensa de los derechos de Dios y de los demás, aún sufriendo la persecución y la muerte por hacerlo: Me.11,15-18. Es vencer al mal con el bien: Rom. 12,14-21. Y podríamos seguir describiendo más formas de violencia.

3.- Raíces de la violencia.

El orgullo y la envidia. Si no admito que los demás son mejores que yo, o que tienen la razón que yo no poseo, trataré de destruirlos. Su superioridad es un reproche a mi mediocridad, y el Caín que llevamos dentro hace que matemos al inocente Abel.

La ambición del poder. Quien quiere imponer su ley y sobresalir, someter a los demás y dominar, no dudará en recurrir a cualquier medio, con tal de lograrlo.

La deseducación en el hogar. Cuando el niño siempre ve y oye gritos e insultos; cuando se le aconseja que no se deje, cuando se le compran juguetes de armas y guerras; cuando comprueba que gana quien es más agresivo, etc., es el hogar donde se preparan las nuevas generaciones de violentos.

La contaminación social. Si las conversaciones y consejos que escuchamos están muy marcados por la violencia; si los medios de comunicación insisten morbosamente en las notas rojas; si los programas de cine y televisión, incluso las caricaturas, están saturados de crímenes, asaltos y suspenso, será muy difícil sustraerse a este medio ambiente de violencia.

La Imitación y el deseo de sobresalir. Si en otros países o regiones hay pandillas de adolescentes y jóvenes; si se les da tanta publicidad a los terroristas y guerrilleros; si las películas presentan tan detalladamente la forma de robar y matar, cómo no sentir el atractivo de hacer algo semejante, aunque sea para salir del anonimato y llamar la atención.

Las Ideologías de odio. Cuántos maestros hacen gala de filosofías nihilistas y defienden sistemas que sostienen la violencia como único camino para conseguir el poder y la transformación social. Si a los jóvenes se les imparten sólo estas ideas, por qué extrañarnos de que después sean violentos… Y tan violenta es la ideología marxista como la capitalista.

La saturación de bienes materiales. Cuando a un niño se le da todo (a veces, como compensación por no darle cariño y no dedicarle tiempo); cuando a un joven se le facilitan todos los recursos económicos para que haga lo que quiera, es muy fácil que se tornen exigentes y violentos; que no se conformen con nada y destruyan las cosas; al fin que a ellos no les han costado.

El deseo de tener sin trabajar. Pobres y ricos quieren tener más y adquirir lo que la publicidad aconseja. Muchos no se contentan con tener lo necesario, como fruto de un trabajo honesto y constante. Quieren presumir y disfrutar, pero sin trabajar. Para ello, asaltan, roban, secuestran y destruyen a quien se les opone.

La Injusticia social. Cuando se ven tantos contrastes entre quienes tienen mucho y quienes carecen de todo; cuando los lujos de los poderosos son un insulto y una ofensa a los marginados; cuando los miserables observan los derroches de los juniors; cuando no todos tenemos las mismas oportunidades, es una tentación hacer uso de la violencia, bien como un resentimiento social, bien como una compensación de frustraciones.

La rebeldía contra el “orden establecido”. Si un padre de familia es autoritario e injusto, es explicable que el hijo quiera defenderse como pueda. Si los gobernantes y las clases dirigentes solo piensan en sus intereses y los defienden con el ejército y la fuerza, no es de extrañar que los oprimidos recurran a la violencia, porque a veces aparece como el único camino para luchar por el cambio y por la defensa de sus legítimos derechos.

La vagancia y la búsqueda de sensaciones nuevas. Cuando los niños y los jóvenes reciben todo y no son educados para colaborar en el trabajo de la familia, sólo están ideando qué hacer. Y como algunos ya han pasado por las experiencias del sexo, del alcohol e incluso de la droga, buscan algo nuevo y excitante, como es robar, destruir y hasta matar.

La ausencia de Dios. Cuando se prescinde de Dios; cuando se ignoran o se desprecian sus criterios y valores; cuando los padres son los primeros en no seguir los caminos del Evangelio; cuando las escuelas atacan todo lo que huela a religión, el ser humano se constituye en absoluto y destruye todo cuanto se oponga a sus instintos.

La violencia, pues, está dentro de nosotros mismos; está en la familia y en la escuela; está en el medio ambiente y en todo. Y es tan fuerte su influencia, que sólo con la fuerza de Jesús y de su Evangelio se puede contrarrestar.

4.- Criterios ante la violencia.

Desde el principio, Dios se manifiesta totalmente contrario a la violencia: “Yahvé dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Contestó: No sé. ¿Soy acaso, el guardián de mi hermano? Replicó Yahvé: ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien, maldito seas” (Gén.4,9-1 l).

El diluvio es provocado por la cantidad de violencias que existen en la humanidad: “La tierra estaba corrompida en la presencia de Dios; la tierra se llenó de violencias. Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido acabar con toda carne, porque la tierra está llena de violencias por culpa de ellos. (Gén. 6,11-13).

En el Antiguo Testamento, es muy frecuente el recurso a la fuerza, cuando se trata de defender al pueblo de Dios: “Te sacó de Egipto, manifestando su presencia y su poder; desalojó ante tí a naciones más numerosas y más fuertes que tú; te introdujo en su país y te lo dio en herencia” (Deut.4,37-38). “Hirió en sus primogénitos a Egipto; sacó a Israel de entre ellos, con mano fuerte y brazo poderoso” (Sal. 1 36,10-12).

Sin embargo, Jesús rechaza toda clase de fuerza armada y violenta: “Echaron mano a Jesús y lo prendieron. En esto, uno de los que estaban con Jesús echó mano a su espada, la sacó e hiriendo al siervo del Sumo Sacerdote, le cortó la oreja . Le dijo entonces Jesús: Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñan la espada, a espada perecerán … Y tocando la oreja, le curó” (Mt.26,50-52;Lc.22,51).

Aún más: Jesús enseña a responder con amor y bondad a quienes nos causan daño: Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo que no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra.Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen” (Mt.5,38-48; Cfr.Rom.12, 14-21).

La Iglesia, en su Magisterio, es consecuente con esta indicación de Jesús y nos invita a no acudir “a ninguna clase de violencia ni a la dialéctica de la lucha de clases” (Documento Puebla 486).

Así lo dice Pablo VI en Evangelii Nuntiandi: “La Iglesia no puede aceptar la violencia, sobre todo la fuerza de las armas incontrolable cuando se desata- ni la muerte de quien quiera que sea, como camino de liberación, porque sabe que la violencia engendra inexorablemente nuevas formas de opresión y de esclavitud, a veces más graves que aquellas de las que se pretende liberar. Os exhortaras decíamos ya durante nuestro viaje a Colombia a no poner vuestra confianza en la violencia ni en la revolución; esta actitud es contraria al espíritu cristiano e incluso puede retardar, en vez de favorecer, la elevación social a la que legítimamente aspiráis. Debemos decir y reafirmar que la violencia no es ni cristiana ni evangélica y que los cambios bruscos o violentos de las estructuras serán engañosos, ineficaces en sí mismos y ciertamente no conformes con la dignidad del pueblo” (No.37).

De la misma forma se expresa la III Conferencia General del Episcopado latinoamericano: “La tortura física y psicológica, los secuestros, la persecución de disidentes políticos o de sospechosos y la exclusión de la vida pública por causa de las ideas, son siempre condenables“.

Con igual decisión, la Iglesia rechaza la violencia terrorista y guerrillera, cruel e incontrolable cuando se desata. De ningún modo se justifica el crimen como camino de liberación. La violencia engendra inexorablemente nuevas formas de opresión. Pero, sobre todo, es un atentado contra la vida, que sólo depende del Creador. Debemos recalcar también que cuando una ideología apela a la violencia, reconoce con ello su propia insuficiencia y debilidad.

Nuestra responsabilidad de cristianos es promover de todas maneras los medios no violentos para restablecer la justicia en las relaciones sociopolíticas y económicas, según la enseñanza del Concilio que vale tanto para la vida nacional como para la vida internacional:” No podemos dejar de alabar a aquellos que, renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de defensa que, por otra parte, están al alcance incluso de los más débiles, con tal de que esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones de otros y de la sociedad” (Documento Puebla 531-533; GaudiumSpes 78).

Es lo mismo que, en diferentes ocasiones, ha sostenido Juan Pablo II. Recordemos lo que dijo a los obreros en Brasil: “El bien común de la sociedad, que será siempre el nuevo nombre de la justicia, no puede conseguirse por medio de la violencia, porque ésta destruye lo que pretende crear, tanto cuando trata de mantener los privilegios de algunos, como cuando intenta imponer las transformaciones necesarias.

Los cambios exigidos por un orden social justo, deben efectuarse por medio de una acción constante, muchas veces gradual y progresiva, pero siempre eficaz, siguiendo el camino de las reformas pacíficas.

Toda sociedad, si no quiere ser destruida desde su propio seno, debe establecer un orden justo. Este llamamiento no es una justificación de la lucha de clases, por,que la lucha de clases está destinada a la esterilidad y a la destrucción, sino un llamamiento a la lucha noble a favor de la justicia social en toda la sociedad. Rechazad la violencia como medio para resolver los problemas de la sociedad, porque la violencia está contra la vida, destruye al hombre”.

5.- ¿Qué hacer ante la violencia?

-Los niños son violentos, porque es violencia lo que viven y respiran en sus hogares.

-Los adolescentes y los jóvenes son violentos, porque violenta es la sociedad que les hemos construido los adultos.

-Los estudiantes son violentos, porque esos son los criterios y actitudes que observan en sus maestros.

Para contrarrestar la violencia, urge salvar a la niñez y a la juventud, a partir de la familia, la escuela, la Iglesia, los medios de comunicación y la sociedad en general:

-Urge que cada uno revisemos y cambiemos nuestras actitudes diarias de violencia: en la casa, en la calle, en el trabajo, en el deporte, en la escuela, etc.

-Urge que aprendamos a reaccionar con serenidad, paciencia, perdón y amor ante quien nos ofende o nos hace daño; que no a la fuerza queramos imponer nuestros “derechos”.

-Urge que no busquemos prevalecer sobre los otros, utilizando medios violentos y destructivos.

-Urge que se elaboren nuevas leyes sobre adquisición y uso de armas; sobre la violencia en los medios de comunicación.

-Urge que se valore el trabajo del campesino, para que éste no huya a la ciudad, aumentado el número de los desempleados, ya que en estos casos la tentación de la violencia se presenta como única alternativa de sobrevivencia.

-Urge que los ricos sepan compartir lo que tienen; que paguen lo justo a sus trabajadores y no cometan injusticias; que no ambicionen tanto ni derrochen tan escandalosamente.

-Urge influir en escuelas y universidades, para que no se siga predicando la violencia como único medio de transformación social.

-Urge que los padres de familia respeten los derechos de sus hijos y no provoquen, con su injusticia, reacciones violentas.

-Urge que a los niños ya no se les deje tantas horas ante la televisión, ni se les incite a pelear, diciéndoles: “No te dejes…”

-Urge que le hagamos caso a los caminos de Jesús: “Tengan amor por sus enemigos…”

Todo esto parece imposible. Pero aprendamos a practicarlo. Veremos cómo cambian la sociedad, las familias, las escuelas, los centros de trabajo y la vida en general.

Reeduquémonos todos. Convirtámonos de raíz.

Sólo así superaremos la cultura de la violencia en que vivimos y construiremos la “nueva civilización del amor”.  

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