El lenguaje de Santa María de Guadalupe

El lenguaje de Santa María de Guadalupe

Ana Teresa López de Llergo
Virgen de Guadalupe
El lenguaje y su función

El lenguaje es el sistema de señales propio de una comunidad (Diccionario de la Lengua Española). El lenguaje materno es aquel sistema que aprendemos en nuestra infancia y nos   vincula a la familia y al grupo social más cercano, influye de tal modo que da un sello imperceptible pero real sobre el modo de estructurar nuestras ideas y expresarlas, por eso, el lenguaje forma parte de las raíces de un pueblo.

En toda cultura, el lenguaje es un recurso sumamente importante para lograr la cohesión de los habitantes, es un instrumento de intercambio, participación, influencia, y sobre, todo de seguridad  pues se cuenta con ese medio para compartir y expresar todo aquello que impacta a las personas.

El lenguaje oral es inmediato a la génesis de las ideas y facilita el adecuado logro de las necesidades, el lenguaje escrito elimina lo efímero y transitorio de la expresión verbal, y sobre todo, cuando los mensajes son importantes, pueden conservarse para la posteridad. Esto nos hace ver que la inventiva humana no solamente crea sonidos sino también signos: surge la escritura y la representación icónica.

Para comprender el texto es necesario situarlo: su autor, las circunstancias, el propósito, el modo de usar el lenguaje en tal época, los destinatarios. También hay que considerar la forma propia y la impropia. La propia es cuando las palabras expresan su significación, en la impropia se adoptan algunas formas literarias: poesía, ejemplificaciones variadas… Como no resulta fácil comprender los modos de decir del pasado, resulta útil investigar el modo como se entiende el escrito cuando aparece.

Si los mensajes tienen una trascendencia sobrenatural, aunque se entiendan de inmediato, el transcurso del tiempo deja ver nuevos sentidos que estaban implícitos pero eran difíciles de descubrir dada la imposibilidad de advertir el futuro. Este es el caso del diálogo de la Santísima Virgen de Guadalupe con San Juan Diego.

El diálogo en el Tepeyac

El mensaje primero es oral, Juan Diego lo relata a quien le indica la Virgen: a Juan de Zumárraga. Luego aparece el mensaje icónico tal cual lo conservamos hasta ahora: la impresión de Nuestra Señora sobre la tilma. Un poco más adelante, además de la ininterrumpida transmisión oral, el escrito del hecho en el “Nican Mopohua”, alrededor del año de 1545, por Antonio Valeriano, estudiante y luego maestro del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. La Santísima Virgen habla en náhuatl y el primer relato escrito es en esa misma lengua, luego se traduce al español.

La primera aparición, el sábado 9 de diciembre de 1531, sucede en lo alto del cerro, al oriente, y con trinos de pájaros preciosos, más bellos que los bellos conocidos por Juan Diego. Cesan y se hace el silencio para luego escuchar la voz que le llama: “Juanito, Juan Dieguito”. Es la forma suave, coloquial, en diminutivos, propia de los naturales. María se introduce, se hace parte de la familia, muestra lo que ya era: la Madre, por eso, la identidad de todo mexicano, lo reconozca o no, parte de la maternidad de Ella.

Después de preguntarle a dónde va, Ella se identifica como Madre de Dios y de nosotros, y le pide un lugar para encontrarnos con Ella: “Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo que se me erija un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores”.

Sabemos cómo esa misma tarde regresa a informar a la Señora que cumplió el mandato, pero no fue escuchado por su humilde condición. La Virgen no lo discrimina y mantiene la solicitud con ese emisario: “Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumple mi voluntad”.

Si la Santa Señora hubiera aceptado la propuesta de Juan Diego de enviar a un principal, no tendríamos ahora en los altares a este santo indígena. Con el paso de los siglos entendemos los resultados de unas acciones que en su tiempo fueron dificultosas pero debían ser así. La relación de los hechos recuerda unas palabras de San Josemaría Escrivá: “No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios”.

En el diálogo del día 12 la Santísima Virgen le dice: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿no soy yo tu salud? ¿no estás por ventura en mi regazo? ¿qué más has menester?” Y le indica a Juan Diego suba al cerro a cortar flores para llevarlas como la prueba que le pide fray Juan.

Ante Zumárraga y los que le acompañan, despliega la tilma donde lleva las flores, aparece la preciosa imagen de la dulce Señora que viene del cielo. Los códices eran un modo narrativo de los pobladores, pictogramas para relatar acontecimientos sobresalientes e importantes para la memoria del pueblo, documentos a los que los naturales estaban acostumbrados. Y, eso aparece: un códice con un mensaje extraordinario.

La pintura románica solía representar a Jesucristo sentado en un trono dentro de una aureola almendrada –mandorla- del arco iris y con los cuatro símbolos de tres de los evangelistas, según describe San Juan en el Apocalipsis. La Santísima Virgen de Guadalupe enmarcada por los rayos del sol se asemeja a la mandorla, por eso, su imagen resultaba familiar a los europeos, era la Madre de Dios. Y así se explica el carácter apocalíptico con el que se califica esta representación.

Para los naturales, que entre sus dioses estaba el sol y la luna, la Señora que tapa al sol y se posa sobre la luna resulta ser alguien de mayor jerarquía. El manto de color azul verdoso indica provenir del séptimo cielo, sólo los más altos jerarcas usaban ese color en sus vestidos. Además, la distribución de las estrellas reproduce el solsticio de invierno de 1531 que tuvo lugar a las 10.40 del martes 12 de diciembre, hora local. Para los indígenas, expertos en el conocimiento del cielo, esto fue una prueba más de credibilidad.

El color rosado del vestido y la superpuesta finísima túnica de hilos dorados significan realeza. Los arabescos de la túnica representan flores cerro que dibujan la geografía del lugar. Solamente hay una única flor, la flor solar, a la altura de la matriz, de allí sale la luz que ilumina la figura de la Señora, ésta es la parte más luminosa, pues el papel de la Virgen es mostrar la luz de su divino Hijo, como la Luna que no tiene luz propia pero refleja la del Sol. La Santísima Virgen está encinta, es la advocación de la Buena Esperanza.

El rostro de la Señora es el de una joven mestiza de aproximadamente 14 o 15 años, el color de su piel como el de los naturales y en su ropa adopta las usanzas de entonces, para personas de alto rango. Las doncellas usaban un broche de obsidiana, la Virgen abotona el vestido con un prendedor con la insignia de la Cruz. Lleva en la cintura, una cinta de dos dedos de ancho, morada, casi negra, como la portaban las mujeres embarazadas. También debajo de las mangas del vestido se deja ver el borde de una camisa de armiño, propia de quienes gozan de alcurnia.

Consecuencias

En el cerro del Tepeyac donde se aparece Nuestra Señora, se daba culto a una diosa: Teotenantzin o madre de los dioses, también llamada Toci o nuestra abuela, de esta manera el antiguo culto pasa al del verdadero Dios, por medio de la Madre. El sábado de la primera aparición, Juan Diego escucha trinos, de manera semejante a como los pastores de Belén escucharon otros antes del anuncio del nacimiento del Redentor.

En todos los países la evangelización ha sido por santos misioneros, así inició también en la Nueva España, pero muy pronto recibe el impulso definitivo de Nuestra Madre, así se logra la profunda conversión de los indígenas quienes acuden por miles a recibir el Bautismo. Para entonces estaban los 12 franciscanos y los dominicos llegados en 1526. Las crónicas señalan que hubo necesidad de sostener los brazos de los misioneros para que pudieran seguir bautizando. Hasta 1533 llegaron los agustinos y luego las demás órdenes.

El diálogo entre la Virgen y Juan Diego tiene consecuencias inmediatas y mediatas. Las inmediatas aparecen con el impulso al culto a la Santísima Virgen y a la erección de una ermita, pero sobre todo nos da raíces porque se muestra Madre, Ella misma lo dice, por lo tanto no es una conclusión de su trato con nosotros, sino de antemano nos ubica en la filiación y nos hermana con los habitantes de este territorio. De allí surge la más honda raíz de nuestra identidad mexicana.

Las consecuencias mediatas cada vez son más ricas pues muestran el flujo de personas que se benefician con su protección maternal en la Basílica –lugar donde siempre está para nosotros y nos consigue dones-. Desde que contamos con su imagen, hay testimonios de milagros, gracias debidas a su intercesión y, con el paso de los años, prosiguen las evidencias en innumerables ex votos. Luego viene la difusión de esta advocación, en América como Emperatriz, y en el mundo entero.

La Virgen de Guadalupe da valor a las raíces del pueblo mexicano fruto del intercambio sociocultural durante los años de la Colonia. Una prueba evidente de esta realidad es palpable cuando en el levantamiento de Hidalgo para movilizar al pueblo a la independencia, en el año de 1810, el estandarte lleva la imagen de la Virgen. En septiembre de 1814, Morelos incluye en la Constitución la fiesta del 12 de diciembre en todos los pueblos. Años después, Benito Juárez suprime fiestas religiosas pero conserva vigente la del 12 de diciembre. En México la fiesta del día de las madres es muy importante, y así es el de nuestra Madre de Guadalupe. Estos ejemplos dan testimonio de los sentimientos nacionales.

Un auténtico mexicano nunca queda huérfano y un buen hijo agradece los cuidados maternales.

Mucho se le canta a la Santísima Virgen, aquí reproducimos una muestra, la canción de Monseñor Jesús Guizar V. publicada en http//spin.com.mx./msalazar/12.html

Hermosa tu piel morena,
moreno tu rostro lindo,
y tu alma, Señora buena,
vestida con alma de indio.

Estás presente, amorosa,
en tu nuevo Paraíso,
plantado en el Tepeyac
con tu sonrisa de lirio.

Trajiste el cielo a la tierra
para nosotros tus hijos
y Tú, la llena de gracia,
nos llenas de tu cariño.

Bibliografía

Cabrera, M. (1975) “Evaluación de la tilma, 27 de septiembre de 1756”, en “El eco Guadalupano; Segunda Época, Año 4, Número 19.

Casla Francisco, J. (1992) “La Virgen de Guadalupe”, Castilnovo, S.A., Segovia, España.

Escrivá de Balaguer, J. (2001) “Cristo presente en los cristianos”, homilía en “Es Cristo que pasa” n. 106, Editorial Minos S.A. de C.V., México.

Estrada de Torres, Ma. C. (2000) “México, ayate de la Virgen de Guadalupe”, Obra Nacional de la Buena Prensa A.C., México.

“Felicidad de México” (2001) Edición facsimilar hecha por la Archicofradía Universal de Santa María de Guadalupe, México.

López de Llergo, A.T. (2000) “La evangelización de Santa María de Guadalupe”, en “Dos mil años de evangelización. Los grandes ciclos evangelizadores.”, XXI Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra, p. 615 y ss.

Pijoan, J. (1972) “Historia del Arte, Tomo 3, Salvat Editores de México, S.A., p. 245

Valeriano, A. “Nican Mopohua”, Obra Nacional de la Buena Prensa A.C., México.

@yoinfluyo

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