Orar y Trabajar

Orar y Trabajar

El rey Eduardo VII era un entusiasta del trabajo hasta el extremo de que, ya enfermo de muerte, reprendió a uno de sus ministros por haberle dicho que ya era hora de descansar un poco.

“No quiero descansar. Quiero seguir gozando hasta el último momento de lo mejor de la vida: el trabajo”.

Hay muchos que padecen la enfermedad del trabajo; pocos son los que sufren por orar demasiado.

“Ora y trabaja”, esta es la consigna que dejó san Benito a sus monjes. Dos actividades o actitudes que todos tratamos de hacer, aunque, en general, somos más trabajadores que orantes.

No se trata de hacer una cosa u otra. Oración y trabajo, acción y contemplación se pueden compaginar perfectamente. Podemos ser contemplativos en la acción, Dios no debe estar lejos de nuestro mundo del trabajo.

En el Evangelio de san Lucas, (10, 38-42) nos narra lo que sucedió en la visita de Jesús a la casa de Marta y María. Dos hermanas amigas y seguidoras de Jesús, con diferentes actitudes. María es tranquila, Marta se afana; María trata de ver qué puede recibir del Señor, Marta le interesa darle. María, sentada a los pies de Jesús, “escuchaba su Palabra” (v. 39). Marta, en cambio, ajetreada con las labores domésticas para que no le falte nada al Señor, se lo hace notar a Jesús: ¿No te preocupa que mi hermana me deje sola para serviros? Dile que me ayude (v. 40).

Jesús responde: Marta, Marta: Te preocupas y te agitas por muchas cosas; pero una sola es necesaria. María ha escogido la “mejor parte” y no le será quitada” (vv 41-42).

El deber principal es escuchar al Señor, buscar su Reino.

Tenemos el mandato de orar para no caer en la tentación, pero no podemos vivir sin trabajar. La Biblia nos lo recuerda en alguno de sus textos:

“Sed fecundos y multiplicaos” (Gn 1, 22).

“Con el sudor de tu frente comerás el pan” (Gn 3, 19).

“No rehuyas el trabajo penoso ni la labor del campo” (Si 7, 15).

“¿Hasta cuándo estarás perezoso acostado?” (Pr 6, 6).

“Parábola de los talentos” (Mt 25, 15).

“Parábola de los trabajadores contratados” (Mt 20, 1).

“El que no quiera trabajar que tampoco coma” (1 Ts 3, 7).

Dios nos invita a construir, a perfeccionar el mundo. “Creado el ser humano a imagen y semejanza de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo con justicia y santidad sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo. Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva” (GS, 34).

El trabajo no nos debe alejar de Dios, tiene que ser un medio excelente de santificación. “Por el trabajo, la acción, me adhiero al poder creador de Dios; coincido con él; me convierto no sólo en su instrumento, sino en su prolongación viviente.

No me parece que exagere al afirmar que por las nueve décimas partes de los cristianos practicantes, el trabajo humano no pasa de ser un “estorbo espiritual”. A pesar de la práctica de la intención recta y de la jornada a Dios ofrecida cotidianamente, la masa de los fieles abriga oscuramente la idea de que el tiempo pasado en la oficina, en los estudios, en los campos o en la fábrica es tiempo sustraído a la adoración” (T. de Chardin).

Admitimos que no todas las personas trabajan con gusto o amor. Lo que hacen, más que trabajar por vocación o por amor, es porque es un medio obligatorio de sustento. El trabajo hecho con amor, dice K. Gibran:

– Es tejer la tela con hilos sacados de vuestro propio corazón, como si vuestro ser amado fuera a usar esa tela.

– Es construir una casa con cariño, como si vuestro ser amado fuera a habitar esa casa.

– Es sembrar semillas con ternura y recoger la cosecha con alegría, como si vuestro ser amado fuera a comer el fruto.

– Es poner estilo en todas las cosas con un hálito de vuestro propio espíritu. El trabajo es el amor hecho presencia.

Debemos, pues, orar y trabajar. Tenemos que hacer de nuestro trabajo un lugar de encuentro con Dios. Sabemos que necesitamos momentos fuertes de oración, a solas con Dios, para reconocer a Dios en nuestra vida y para comprometernos con el Reino. A mayor trabajo, debemos orar más. San Juan de la Cruz deja un buen consejo: “Adviertan los muy activos, que piensan abarcar el mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejando aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración…aunque no la tuviesen muy perfecta” (CB 29, 3).

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