Escuchar a Dios en el ruido y la limitación cotidiana

Escuchar a Dios en el ruido y la limitación cotidiana

En todo lo que nos rodea está escrito nuestro nombre, pronunciado por Jesús

Andrew Brannan
Es difícil escuchar la voz de Dios en nuestro corazón y descubrir sus deseos, la misión que nos tiene encomendada.
 El Espíritu Santo habla en el silencio y nosotros no lo escuchamos, hay demasiados ruidos.
 
Hay un cuento que habla de una leyenda de un monje y un templo sobre una isla. Le dijeron que las campanas más hermosas se escuchaban en esa isla: «El templo había estado sobre una isla, dos millas mar adentro. Tenía un millar de campanas. Grandes y pequeñas campanas, labradas por los mejores artesanos del mundo. Cuando soplaba el viento o arreciaba la tormenta, todas las campanas del templo repicaban al unísono, produciendo una sinfonía que arrebataba a cuantos la escuchaban. Pero, al cabo de los siglos, la isla se había hundido en el mar y, con ella, el templo y sus campanas. Una antigua tradición afirmaba que las campanas seguían repicando sin cesar y que cualquiera que escuchara atentamente podría oírlas».
 
Lo único que deseaba era escuchar un día todas esas campanas. Una vez allí trataba de oír las campanas haciendo silencio, se abstraía de todos los ruidos que le rodeaban. Todo era muy hermoso, el mar era precioso: «Estuvo sentado durante días en la orilla, frente al lugar en el que en otro tiempo se había alzado el templo, y escuchó, y escuchó con toda atención. Pero lo único que oía era el ruido de las olas al romper contra la orilla. Hizo todos los esfuerzos posibles por alejar de sí el ruido de las olas, al objeto de poder oír las campanas. Pero todo fue en vano; el ruido del mar parecía inundar el universo».
 
Un día, desanimado, desistió de su idea: «Tal vez él no estaba destinado a ser uno de aquellos seres afortunados a quienes les era dado oír las campanas. O tal vez no fuera cierta la leyenda. Regresaría a su casa y reconocería su fracaso. Era su último día en el lugar y decidió acudir una última vez a su observatorio. Se tendió en la arena, contemplando el cielo y escuchando el sonido del mar. Aquel día no opuso resistencia a dicho sonido, sino que, por el contrario, se entregó a él y descubrió que el bramido de las olas era un sonido realmente dulce y agradable. Pronto quedó tan absorto en aquel sonido que apenas era consciente de sí mismo. Tan profundo era el silencio que producía en su corazón. ¡Y en medio de aquel silencio lo oyó! El tañido de una campanilla, seguido por el de otra, y otra, y otra. Y en seguida todas y cada una de las mil campanas del templo repicaban en una gloriosa armonía, y su corazón se vio transportado de asombro y de alegría».
 

Soñamos con oír la voz de Dios. Buscamos el silencio y nos retiramos del mundo. No lo encontramos. Nos molestan los ruidos de la vida y los queremos evitar. Queremos hacer silencio pero no lo logramos, siguen los ruidos, las voces, los gritos. En nuestro interior y en el mundo que nos rodea no hay silencio.
 
Soñamos con retirarnos a un desierto sin voces y sin hombres para escuchar a Dios. Y justificamos el silencio de Dios al pensar en tantos ruidos que nos molestan cada día. Quisiéramos que hubiera un profundo silencio en nuestra vida para poder oír las campanas del alma.
 
La historia de las campanas del monasterio nos enseña a rezar mirando el mundo que nos rodea, sin despreciarlo, sin querer huir de él. Cuando aprendemos a escuchar nuestra propia alma llena de ruidos, las olas de nuestro interior, el mar de los que están a nuestro lado, la vida con su falta de paz, ese día lleno de actividades, logramos escuchar las campanas de Dios.
 
Sin embargo, ¡cuántas veces, es verdad, no vemos a Dios en lo cotidiano! No sabemos dónde está, ni qué quiere de nosotros. Dónde está en ese dolor que sentimos, en la rutina, en medio de nuestra familia o en la tormenta de nuestro corazón. Ante una decisión difícil, una pérdida, un fracaso.
 
A todos nos gustaría que se abriese el cielo y nos dijese Dios: «Soy Yo, aquí estoy». En realidad, si hacemos silencio, si nos retiramos a orar en lo hondo de nuestra alma, esa voz de Dios que abre el cielo, que abre las puertas cerradas de nuestro interior, la podemos llegar a oír. Es un susurro a veces. Está tapada por muchos ruidos de mi vida, actividades, algunas incluso religiosas, por los ruidos de mi corazón.
 
Al detenernos a mirar nuestra vida con los ojos de Dios, descubrimos el mejor camino para oírle.

A veces son los demás esa voz de Dios. Alguien nos dice algo que desgarra el velo y sí sentimos que Dios nos ha tocado.
 
Ahí escuchamos a Dios. No pasando de puntillas sobre la vida, sino tomándola entre las manos. No queriendo abstraernos de todos los ruidos del mundo sino poniendo nuestro corazón allí, en la realidad donde Dios nos habla.
 
En medio de nuestros ruidos, es posible escuchar la voz de Dios pronunciando nuestro propio nombre, diciéndonos cuánto nos quiere: «Mi silencio tiene tu nombre. Mi vida. Mi misterio. Mi camino. Mi mar. Mi orilla. Mis preguntas. Jesús. Mis sueños tienen tu nombre. Mi corazón. Mi herida. Mi barca. Mi hogar. Mis manos. Mi profesión. Jesús. Mi renuncia tiene tu nombre. Mi mirada. Mi jardín. Mi desierto. Mi historia. Mi hoy. Mi futuro. Jesús. Mi cruz tiene tu nombre. Mi amor. Mi ideal. Mi niñez. Mi don. Mi fragilidad. Mi sonrisa. Jesús».
 
Sí, en todo lo que nos rodea está escrito nuestro nombre, pronunciado por Jesús. En todo lo que nos rodea está inscrito el nombre de Jesús y nosotros lo pronunciamos tímidamente. Amando el mundo en el que Cristo se hizo carne. Allí mismo, entre los hombres, en la falta de amor y de paz. Allí nace lo eterno. Allí comienza la frontera de la eternidad. Allí entendemos el sentido de nuestra vida y las campanas de Dios en el alma empiezan a sonar. Su voz es dulce y clara. Escuchemos a Dios que nos habla cada día y nos muestra el camino.

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