En medio del peligro, en la soledad… abrazarse a Dios

En medio del peligro, en la soledad… abrazarse a Dios

No vivimos sin miedo, pero el miedo siempre podemos dárselo a Dios para que Él nos libere

 Padre Carlos Padilla
© DR
En la vida la generosidad implica siempre renuncia. Renuncia al propio deseo, a la posesión, a tenerlo todo, a la paz constante, al descanso permanente, a mis planes. Amar es renunciar. El amor que no renuncia se envilece, se seca, se muere.

El amor que crece desde la muerte al propio yo es un amor fecundo, grande, es propio de un corazón que se ha dilatado, que se ha hecho enorme en el camino. Un corazón capaz de entregar la vida en el silencio. Sin aspavientos, sin buscar el aplauso ni el reconocimiento. Un corazón así es el que queremos. Un corazón libre y pleno.

El Padre José Kentenich, el 20 de enero de 1942, se encontraba preso en la cárcel de Coblenza. Existía la posibilidad real de ser llevado al campo de concentración. En sus manos estaba la posibilidad de pedir un informe médico que lo liberara de ser mandado a una muerte casi segura. De nacimiento tenía problemas en un pulmón. Esa posibilidad era real y lícita.

Sin embargo, esa noche del 20 de enero, el Padre Kentenich tomó una decisión trascendental para él y para toda la Familia de Schoenstatt. Hay decisiones en las vidas de los hombres de Dios que no siempre son fáciles de comprender.

El Padre Kentenich siempre pedía a sus seguidores que fueran capaces de buscar el querer de Dios, descubrirlo y poner todo de su parte para que se hiciera realidad. Nada sin la ayuda de Dios y de María, nada sin nuestra propia colaboración. Es por eso que en los momentos difíciles invitaba a rezar y a poner los medios humanos posibles para lograr el fin deseado.

La decisión de ese día no siguió ese camino. La tomó en lo más hondo de su corazón y por eso a veces nos cuesta entenderla. Los que le rodeaban, Padres y Hermanas, que deseaban su liberación y pusieron medios humanos que facilitaran su liberación, estaban desconcertados.

Sabían que el campo de concentración podía ser una sentencia de muerte para el Padre fundador y eso traería consigo la dispersión del Movimiento por él fundado, Schoenstatt. No querían perderlo en esos momentos tan duros. Por eso les resultó tan difícil comprender que el Padre renunciara a aquel informe.

En su corazón tuvo lugar ese diálogo profundo con Dios. Dio un salto de confianza en sus manos de Padre. Se abandonó en su corazón. No quiso hacer nada que obstaculizara sus planes. En su interior soñaba y confiaba en su pronta liberación. Pero quería que fuera Dios el que lo hiciera posible.

Inscribió su corazón en el de Cristo, se unió a Él en la cruz. Es lo que luego vamos a conocer como la Inscriptio o inscripción de nuestro corazón en el de Cristo. Es lo que San Agustín llama Inscriptio cordis in cor, (inscripción del corazón en el corazón de Jesús).

Lo explica San Ignacio con la oración: «Toma, Señor, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad y todo mi corazón. Todo me lo has dado Tú, te lo devuelvo sin reservas, haz con ello lo que Tú quieras».

En nuestro corazón tienen lugar las decisiones más importantes y nadie puede asomarse a ellas. Decisiones en las que nos entregamos y abandonamos totalmente. Allí, en la soledad del alma, nos abrazamos a Dios. Allí donde nadie más puede abismarse, porque es nuestra intimidad más honda y más cálida.

Por eso decía el Padre Kentenich: «No hay ningún lugar tan hermoso en el mundo como el corazón de un hombre noble y lleno de Dios. Cuidad que el corazón llegue a ser cada vez más puro, noble, fuerte y lleno de Dios, entonces le preparáis a Dios un verdadero hogar»[1].

Así quisiéramos que fuera nuestro corazón. Un hogar para Cristo. En ese hogar de paz podríamos descubrir su querer y estar dispuestos así a darlo todo renunciando.

Ante lo desconocido, ante lo que no controlamos, tenemos que mirar a Dios, confiar en Él, abandonarnos en sus manos sabiendo que Él nos conduce a puerto seguro.

En realidad nuestra santidad repercute en los que nos rodean. Somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. El bien que hacemos es un bien para los otros. El mal que provocamos es una ausencia de bien.

Nuestro amor ha de ayudar a muchos a amar más, a amar mejor, a amar más santamente: «Es verdadero amor el que no dice ‘es bastante’. La medida del amor es sin medida. Nuestra relación mutua debe sumergirnos cada vez más profundamente en esta medida sin medida, en lo eterno, en el Dios infinito»[6].

Una vida que ama y es capaz de no decir nunca que es bastante es la vida a la que aspiramos. Una vida entregada en las manos de Dios. Escribe Nietzsche sobre lo que el Padre Kentenich llama Inscriptio secularizada: «Construid vuestras casas en el Vesubio, entonces creedme: la fecundidad más grande y el gozo más grande del hombre consiste en vivir en peligro».

Es el abandono en medio del peligro. Cuando no todo está asegurado, cuando nuestra vida no está totalmente controlada. Es cierto que lo natural es tener miedo al futuro, a la muerte, a la cruz. No es natural vivir sin miedo.

Nadie vive sin miedo si no es por una gracia especial, por un don sobrenatural, por una unión profunda de su corazón con el corazón de Cristo que pende herido en la cruz. Los mártires soportaron el martirio no porque no tuvieran miedo, sino porque recibieron una gracia especial de Dios.

No vivimos sin miedo, pero el miedo siempre podemos entregarlo. Podemos dárselo a Dios para que Él nos libere. Este domingo repetimos en el salmo: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?». Sal 26, 1. 4. 13-14. El miedo está en el alma y nos puede impedir avanzar.

Hoy somos conscientes de nuestros miedos. Sabemos cuántas cosas hay en nuestra vida que nos inquietan. El futuro, la crisis, el miedo a la enfermedad. Todo se lo entregamos a Dios. Para que Él sostenga nuestra vida y nos dé su paz en medio de la tormenta.

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