La grandeza y la megalomanía: ¿esposos indisolubles? – Una distinción a hacer

La grandeza y la megalomanía: ¿esposos indisolubles? – Una distinción a hacer

Cuando se recorren las vidas de grandes hombres, el lector -a veces desprevenido- se depara con todo, con grandísimas virtudes y también con horrorosas miserias, con hechos insignes y también con mezquindades y pequeñeces que no se esperaban encontrar.

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Busto de Carlomagno en Aquisgrán, Alemania

Entretanto -por lo menos para quien estas líneas escribe, y sé que para muchos también- el escarbar en las apergaminadas páginas de la Historia sobre la vida de estos personajes trae el gaudio y el aliciente no de lo oscuro sino de lo luminoso: “sí, nos decimos, el ser humano puede llegar a esas alturas, puede alcanzar esos pináculos, de ello hay testigos, es testigo la Historia”. Y acerca de las miserias, pues bien… esas son más fáciles de encontrar, son más comunes, no es sino mirar bien cerca de uno, o tal vez dentro de uno mismo.

Lo que sorprende es la miseria al lado de la grandeza, pero lo que verdaderamente impresiona es la grandeza, a la cual gustaríamos de ver impoluta de cualquier miseria.

Por ejemplo en la maravillosa historia del Rey David.

Un relato sublime, que difícilmente habría salido de la imaginación del mejor de los creadores narrativos, y que entretanto fue realidad: un simple pastor, el menor de sus hermanos, y sin embargo escogido por Dios y ungido por un gran profeta para ser elevado a la realeza del pueblo del Mesías. Perseguido por el Rey que admiraba, que a su vez era el padre del amigo del alma, conoció y lloró la muerte de ese rey y de ese amigo. Siendo ya monarca, reunificó con lucha bajo su cetro el reino, y vio como en su persona se iban cumpliendo las profecías, pero que a la vez se hacía profeta.

No obstante, llegó la miseria, esa que acompaña y cuantas veces esclaviza al hombre desde el momento en que Adán probó del rojo fruto prohibido: el pastor ya Rey-profeta ve una mujer a la que no tenía derecho, esposa ella de uno de sus más fieles súbditos y generales, y prefiere mancharse inicuamente las manos con la noble sangre a ceder en el absurdo capricho infame. Y después de la miseria, la grandeza del profeta que es enviado de parte de Dios para acusarlo, y luego la grandeza del arrepentimiento del Rey compungido, del ‘mea culpa’ del Rey penitente, pero también la grandeza del castigo de Dios que no le fue ahorrado: Dios siente al Rey arrepentido indigno de construirle su templo, el hijo del Rey, Absalón -el favorito, el de la entraña, el querido por el pueblo-, se le rebela, lo persigue, lo combate. Una historia magnífica, grandiosa, en definitiva sagrada.

Sin embargo, es desde hace tiempo que en cierto tipo de historiadores hace curso la idea de que la grandeza es hija legítima del orgullo, o esposa indisoluble de la arrogancia, de la jactancia, de la inmodestia y hasta de la maldad.

Miremos por ejemplo como lo dice el harto leído Simon Sebag Montefiore: “El genio político y artístico aun de los más admirables de todos ellos exige ambición, insensibilidad, egocentrismo, crueldad y hasta locura en igual medida que decoro y coraje. (…) Dicho de otro modo: las cualidades necesarias para la grandeza y perversidad, para el heroísmo y la monstruosidad, para la filantropía brillante y respetable y para el homicidio brutal, opuesto de medio a medio a la utopía, no distan tanto entre sí”. 1

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Vitral de San Luis Rey, en la Catedral de Blois, Francia

A primera vista la afirmación parecería tener base en la realidad: Ramsés II, Nabucodonosor, Alejandro Magno, Julio César, Gengis Kan, Federico el Grande, Catalina la Grande… no fueron ellos propiamente hermanas de la caridad y no obstante no se les puede discutir sus logros y su grandeza.

Sin embargo, sumar la miseria a la grandeza para ocasionar la grandeza… hay algo que no cuadra, por lo menos no para una mentalidad cristiana. Y tal vez la solución al dilema sea más bien fácil.

Primero hay que reconocer que sí, que somos conmovidos por la grandeza, y pensamos que fundamentalmente es porque ella nos habla más poderosamente de Aquel por el Cuál suspiran nuestras almas, incluso aunque no queramos reconocerlo: nos habla de Dios. A medida que las criaturas son más perfectas, más se asemejan a Dios. Las capacidades oratoria, o militar, u organizativas o de escritor de Cayo Julio César, inclusive aunque a veces mal empleadas, son un reflejo del Creador.

Y creemos que vamos encontrando el hilo de la madeja cuando decimos que lo que nos conmueve de estos grandes hombres no es que hayan sido sólo sanguinarios, o promiscuos, o fríos como el témpano y sin entrañas: de esos hay muchos rufianes, hoy por hoy y en todos los tiempos, y pasan por el Libro de la Vida con más pena que gloria y en el más merecido anonimato. Lo que atrae de ellos es justamente cuando sus vidas son lo contrario de la miseria banal que abunda por doquier, que es cuando brillan en sí los reflejos del Creador.

Hemos citado a unos grandes con muchos rasgos de maldad. Pero al lado de ellos podríamos haber mencionado a otros donde mucho brilla es la bondad (sin que deje de estar presente -porque ahí él siempre va- el pecado original): Carlomagno, Godofredo de Bouillon, San Luis Rey, Santa Juana de Arco, Isabel la Católica, Charette y muchos de los héroes de La Vendée, etcétera… Son también grandes, muy grandes y no eran ni locos megalómanos, ni adictos de la sangre injustamente derramada.

Entretanto, hay un asunto que se nos queda en el tintero, pero que con ayuda del más Grande de todos, Jesucristo el Redentor, trataremos en próxima ocasión: la seguridad en sí mismos, en el alma de los grandes, y el supuesto egocentrismo y orgullo que comportaría.

Por Saúl Castiblanco

Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/55248#ixzz2reiZrzb8
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