La pobrísima riqueza y la riquísima pobreza

A la miseria material se la combate con la caridad, a la moral y a la espiritual con la misericordia

© Andrew Holbrooke
Comienza el Papa Francisco su mensaje para la Cuaresma de este año recordando la afirmación paulina según la cual, Jesucristo, “siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza” (2 Cor 8, 9). Y se pregunta: ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras?
“Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios”. El “para enriqueceros con su pobreza” no es un juego de palabras ni una expresión para causar sensación, sino “la síntesis de la lógica de Dios”. Porque “Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica”.
Así, explica Francisco, “la pobreza de Cristo es la mayor riqueza”, y Cristo “nos invita a enriquecernos con esta rica pobreza y pobre riqueza suyas”. Es más, “la riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza”.
Por eso mismo, “la miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza”. Distingue así el Papa tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. Si la miseria material es fruto de la injusticia social, la miseria moral es fruto del pecado personal, pero también del pecado social que ha promovido la miseria material.

Y la miseria espiritual -la sustitución de la fe y de la esperanza por la autosuficiencia- es consecuencia a su vez de la miseria moral. A la miseria material se la combate con la caridad y la justicia, a la moral y a la espiritual con la misericordia. Y a las tres no se las combate desde la pobrísima riqueza, sino desde la riquísima pobreza.

La Cuaresma, termina diciéndonos el Papa, “es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele (…) Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele”, nos dice, sin pelos en la lengua, el Papa.

¿Habrá llegado la hora, me pregunto al leer este mensaje, del final de esa mal entendida caridad paternalista de los satisfechos que compartimos sólo lo que les sobra, que pretendemos cubrir la miseria material desde la riqueza, altanería, seguridad, en la que esconder nuestra miseria moral y espiritual?, Por que con ello lo único que hacemos es amortiguar nuestro vergonzoso vacío.

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