Las tres tensiones del amor

Las tres tensiones del amor

 

Autor: Miguel Ángel Fuentes

“No es nuestra intención ocultar las dificultades, a veces graves, inherentes a la vida de los cónyuges cristianos; para ellos, como para todos, la puerta es estrecha y angosta la senda que lleva a la vida” (HV, 25).
Todo matrimonio tiene que saber que a lo largo de su vida matrimonial tendrá que enfrentar conflictos de una manera u otra y en algún momento u otro. Estos conflictos o dificultades son intrínsecos al matrimonio porque nacen de la misma naturaleza del ser humano. Conocerlos y saber solucionarlos es el secreto para conducir al matrimonio y a la familia hacia la felicidad prometida por Jesucristo.
Son fundamentalmente tres: la batalla entre las exigencias del cuerpo y las del alma; la lucha entre el interés personal y el de la especie; y el combate entre el hambre de amor infinito y la finitud del amor humano 245.

1) La primera tensión

La tensión entre el cuerpo y el alma.
En el amor de dos seres humanos, como son el hombre y la mujer, tiene lugar una aparente contradicción. Es un amor de seres compuestos de alma y cuerpo, y el amor los lleva a unirse no sólo en el alma sino también en el cuerpo, al punto de que el acto por el cual se consuma el matrimonio es un acto en que se unen físicamente. Jesús lo expresó diciendo: serán una sola carne.
Esto irá bien mientras se tenga en cuenta una verdad esencial de la psicología humana: la carne (el cuerpo) sólo une a dos personas cuando va unida al alma; porque considerada en sí misma es en realidad un obstáculo, ya que la materia es impenetrable (un bloque de mármol no puede hacerse uno con otro bloque de mármol sin que se pierda la identidad de uno y otro). En cambio lo espiritual es un lazo de unidad (dos personas pueden aprender la misma poesía sin que una quite a la otra su conocimiento: la poesía se vuelve como un lazo de unidad).
Por eso, el cuerpo une mientras está unido a un alma en una persona viviente.
De aquí que cuando el amor no nace e incluye el alma, pierde capacidad unitiva. Cuando el espíritu se va, lo que queda no es amor sino dos cuerpos que viven uno cerca del otro, a los cuales esta cercanía física termina por aburrir y fatigar.

Cuando dos jóvenes se enamoran sienten el deseo de “intimar”: de vivir una profunda unidad e intimidad. Por eso precisamente se casan.
El problema surge cuando olvidan de que la intimidad y la unidad no podrá alcanzar completamente su perfección en el orden físico, ni con el acto sexual que representa la mayor unidad física de un hombre y una mujer, pues después de este acto permanecen las dos personas separadas, cada una con su misterio individual.

Tenemos aquí una paradoja: las almas de los amantes aspiran a la unidad, pero el cuerpo solo, a pesar de ser momentáneamente símbolo de esa unidad, la excluye. La carne es impenetrable a esa clase de unidad que es la única que puede satisfacer el espíritu. Ningún matrimonio está libre de esta tensión; y ésta se hace más aguda cuando el cuerpo se deja arrastrar por los instintos del amor sin el alma, y disminuye y alivia cuando el alma ama a través del cuerpo.

Las experiencias sexuales fuera del matrimonio (fornicación y adulterio) son fuente de enormes tensiones psicológicas porque en ellas la distancia entre el cuerpo y el alma se siente más fuerte. El acto sexual entre dos esposos legítimos es un acto a la vez de amor y de justicia (el “pago de un débito”: cf. 1Co 7, 14), y es una síntesis de las relaciones entre el cuerpo y el alma y por eso alimenta al mismo tiempo el cuerpo y el alma. El adulterio y la fornicación (o sea los actos de los que no están casados entre sí) son una derrota del alma que ha sido vencida por el cuerpo; es un amor en que prima el cuerpo sobre el alma, y por tanto, prima en realidad lo que separa (carne) sobre lo que une (espíritu); ésta es la razón por la que deja una sensación de vacío y predispone para el aborrecimiento.
Por esto los psicólogos que piensan que los problemas matrimoniales son simplemente problemas de armonía sexual, parten del presupuesto de que el hombre y la mujer no se diferencian en nada de los animales salvajes. La diferencia entre el hombre y el animal está en la estructura ontológica de la creatura humana, que es un ser que sabe que tiene alas para volar al cielo pero aún debe caminar en la tierra.

Todo esto se soluciona con dos remedios. El primero es que los esposos usen su cuerpo (su acto sexual) como un canal y un puente para la comunión espiritual. En ese momento el matrimonio se santifica y se hace ocasión de mérito, y el mutuo amor del esposo y la esposa refleja la unión de Cristo y la Iglesia.
El segundo es la procreación, es decir, la venida del hijo o de los hijos. El hijo compensa esta “contradicción” entre el deseo por la unidad permanente y perfecta que se da en los esposos y el fracaso por lograr tal unidad permanente y perfecta: el hijo (cada hijo) es un “lazo” entre el esposo y la esposa, o sea: algo que los une, y como es una realidad permanente, logra aquello a lo que aspiraba su corazón. Esto vale igualmente para los esposos que sufren de esterilidad, en quienes la unidad que representa en los fecundos el hijo natural, se concreta en los hijos adoptados o en las obras caritativas que deciden emprender de mutuo acuerdo.

2) La segunda tensión 

La segunda tensión se establece entre el interés personal y el interés de la especie humana.
En el amor matrimonial se da una segunda aparente contradicción: por un lado es un deseo de intimidad, une a dos personas a punto tal que cada una de ellas abandona a su familia para formar una nueva familia con la persona que ama (como dice el Génesis: “Abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer”); por esta razón este amor rechaza toda intromisión, se vive en lo secreto, es celoso (es decir, el amante no quiere que nadie se meta o lo separe de aquel/aquella a quien ama).
Pero junto a esta dimensión el amor cumple una función social: está ordenado por Dios a poblar la tierra y el cielo con hijos de Dios. En esto se diferencia de otras funciones humanas; tenemos algunas funciones que son solamente individuales (como ver, oír o comer: sólo las puedo hacer yo y sólo me benefician a mí); en cambio el amor conyugal es al mismo tiempo una función personal y una función social: no sólo se ordena a unir al esposo con la esposa sino también a propagar la especie humana.
Únicamente el amor auténtico de los esposos resuelve esta tensión haciendo que el amor sea al mismo tiempo algo personal y algo social. Esto ocurre cuando el amor queda abierto a la vida, cuando se realiza de tal modo que puede traer a este mundo un hijo. Todo hijo es un “servicio” que presta el matrimonio a la especie humana: si los matrimonios no tuviesen hijos, nuestra especie se extinguiría. ¿Pero no dijimos que el amor no quiere intromisiones en la intimidad de los esposos? Es que el hijo no es un entrometido sino “parte” del amor conyugal. Esto se ve en que los esposos lo ven como una “extensión” de su amor; por eso hablan de “mi hijo” o “mi hija”. Lo dijo muy bien el poeta:

¡Hijo de mi alma y mi carne!
¡Vida nueva, arroyo claro,
capullo de mi rosal!
Toma en tus días que llegan,
estos días que se van…
Volveré por ti a ser rico,
cuando estaba pobre ya…
Yo soy aquél que soñaba
eternizarse y triunfar
con no sé qué pobres cosas,
henchidas de vanidad:
versos, palabras, rumores,
olas que vienen y van…
¡Y ahora tengo en un capullo
cifrada mi eternidad! (José María Pemán).

El matrimonio verdadero soluciona, pues, esta tensión. En cambio fuera del matrimonio el amor, que no es verdadero sino falsificado, no puede solucionarla y se queda con una sola de las funciones. Por un lado tenemos las relaciones prematrimoniales, los adulterios, las pasiones egoístas… todos estos fenómenos tienen algo en común: ven a los hijos como intrusos, y por eso reducen el “amor” sólo a su aspecto personal: la unión de dos personas (el hombre y la mujer) que no quieren ser “molestados” por la llegada de un hijo del que hay que hacerse responsable… Por otro lado tenemos a los que buscan un hijo a pesar del amor, y a costa del amor… los que buscan un hijo ¡aunque lo tenga que engendrar otro! Esto es lo que ocurre en nuestros días con algunos modos de fecundación artificial y con la fecundación “in vitro” en la que frecuentemente se recurre a “donantes” (de esperma, de óvulos, o prestamistas de útero)… Estos quieren un hijo aunque uno de ellos (o ninguno de los dos) jamás lo pueda llamar “mío”, y nunca puedan hablar sinceramente diciendo “nuestro” hijo…

3) La tercera tensión

Es la lucha entre el hambre de amor infinito y la finitud del amor humano. Es decir, la contradicción que se da entre el deseo de eternidad (de eterna duración) que todo amante quiere darle a su amor y el poco tiempo que duran los momentos de felicidad que todo hombre puede encontrar en una mujer, y viceversa.
Es indudable que ningún corazón humano quiere amar por un par de minutos ni por un par de años, sino por siempre. No hay nada tan a-temporal como el amor. Por eso los novios y los recién casados usan el lenguaje de la eternidad, de la divinidad y del cielo: “mi cielo”, “eres un ángel”, “eres divina”. Sin embargo, ese “cielo”, ese “ángel” y esa “diosa” sólo es capaz de dar al hombre una felicidad en cierto modo apagada y gris.
En el fondo el matrimonio empieza como un baile de máscaras en que cada uno parece dulce, perfecto y romántico, pero luego viene la crisis en que se quitan las máscaras y los caracteres se ven como son. Como dijo otro poeta (Thomas Moore):

“Yes” I answered you last night
“No” I say to you today;
Colors seen by candle light
Do not look the same by day.

“Sí”, ayer noche te clamaba;
“No” esta mañana corregía:
los colores que la vela iluminaba
brillan distintos a la luz del día.

Esto se manifiesta peculiarmente en el acto matrimonial: los esposos se desean ardientemente y por eso se unen; pero en el momento en que el acto matrimonial se consuma se produce en cada uno de los cónyuges como una especie de empacho (como la sensación de quien comió demasiado y no quiere ver más comida). Se da así como un balanceo: cuando surge la pasión el “otro” es todo y ocupa el centro de los deseos; cuando viene la saciedad, el “otro” desaparece y se siente como un cierto vacío.
¿Qué significa este misterio? Algo simple: el corazón humano ha sido hecho para amar el Corazón Divino, y nadie fuera de Dios puede satisfacerlo. Los que están llamados al matrimonio no dejan por eso de desear el infinito. Cuando los esposos se olvidan de esto buscan el consuelo infinito en un ser limitado: su esposo o su esposa; y en ese momento están pidiendo que sustituya al Infinito que es Dios. El hombre se une a su mujer buscando en ella la satisfacción del deseo infinito de felicidad, y la mujer hace lo mismo al unirse a su esposo… pero al descubrir que lo que encuentran es algo que se esfuma en un golpe, se sienten defraudados, engañados…
Y al ser el deseo de felicidad un deseo real de Dios, incluso los que niegan a Dios lo experimentan. La necesidad de Dios nunca desaparece. Como quienes niegan la existencia del agua igualmente sienten sed, quienes niegan a Dios igualmente lo desean en su anhelo de Belleza y Amor y Paz, todo lo cual sólo se encuentra de modo infinito en Él.
La solución es darle al amor matrimonial su propio lugar: los esposos deben amarse sabiendo al mismo tiempo que su amor humano no va a ser la respuesta definitiva a su deseo infinito de felicidad. Con esos actos de amor, haciéndolos como Dios manda, ellos deben ir encaminándose hacia Dios que hará felices a los dos.

Los esposos deben tener esto en claro: el deseo más ardiente que experimenta todo ser humano es un deseo que nace del alma y apunta a Dios, no a otro ser creado. Engloba también nuestro cuerpo, y esto de modo particular en el amor conyugal en que los esposos deben unirse físicamente; pero no termina en el acto sexual. El materialismo del siglo XX ha engañado a muchos haciéndoles creer que el amor es una cuestión de sexo, y por eso ha predicado como profeta falso que el sexo puede satisfacer las aspiraciones infinitas del alma. En el fondo, ha logrado únicamente crear inestabilidades, matrimonios tormentosos y divorcios. ¿Por qué el sexo no puede satisfacer los deseos de felicidad del ser humano? Porque el hombre y la mujer desean una felicidad que empiece y no termine… y el sexo sólo produce un momento de placer efímero que es como un fósforo: se enciende de repente y se apaga en pocos segundos; por eso, debe repetirse una y otra vez… No es eterno; a lo sumo intenta parodiar la eternidad con una monótona repetición. Es como cambiar la luz del sol por una caja de fósforos. Nunca nos cansamos del sol; pero nos cansamos de encender fósforos.

¿Significa esto que la vida sexual no es importante en el matrimonio? No. Solamente que en el matrimonio se entrecruzan dos deseos: el de la carne y el del alma; de unión sexual y de amor espiritual; y en el fondo de ambos late el deseo de un Amor sobrenatural, divino e infinito.
El recto orden pone el amor carnal al servicio del amor espiritual y abre el amor espiritual al amor divino.

Cuando no se respeta el orden divino y el amor carnal no se convierte en “embrión” del amor divino sucede lo que contemplamos en el fracaso de tantos matrimonios modernos que miran el amor no como una apertura al cielo sino como una inclinación hacia lo carnal. Cuando el matrimonio está desprovisto de religión (lo único que puede sugerir que el amor carnal es prefacio del amor espiritual) entonces se pide al otro cónyuge lo que sólo puede dar Dios. Y ésta es la esencia de la idolatría: el reemplazo de la Realidad divina por algo que no es más que una creatura. Ahora bien, cuando el otro cónyuge se convierte en un ídolo y en el objeto de la adoración, el amor carnal o egoísta se vuelve en contra de quienes abusan de él. Cada uno de los esposos comienza a experimentar la torturante contradicción entre el deseo infinito del Amor Divino que él siente y la pobre realización que toma en el amor humano. El amor humano repite de esta manera la tentación del paraíso: “seréis como dioses”. Pero se vuelve contra el hombre porque la furia se desata cuando el otro muestra en sus pobres gestos que no es Dios, ni llega ni siquiera a la altura de un ángel (a pesar de los versos inspirados de Bufano: Y estando a solas con mi amor, medito / si algún ángel será, puro y bendito / que en formas de mujer Dios me ha mandado): cuando uno no puede dar todo lo que el otro espera, éste se siente decepcionado y sombrío.
De ahí que cada vez que la creatura humana intenta tomar el lugar de Dios, el amor se transforma en desprecio y en resentimiento; cuando el éxtasis que se esperaba hallar en el amor de modo definitivo, no se continúa perpetuamente, el otro cónyuge es considerado un charlatán y un ladrón y finalmente se desemboca en el divorcio aduciendo como argumento que son “incompatibles”, cuando en realidad no se casaron por ser compatibles sino complementarios.

Estas tres tensiones o conflictos se solucionan cuando la familia y el matrimonio da lugar a Dios en el corazón de los cónyuges (y de los hijos). En tal caso el amor matrimonial se abre al Amor divino, lleva a amar más a Dios, y a dar lugar para que el esposo, la esposa y los hijos encuentren a Dios. Por eso decía Mons. Fulton Sheen que el verdadero amor de los esposos, el amor que alcanza la verdadera felicidad en esta vida, es en realidad no un amor de dos personas sino de tres: el esposo, la esposa y Dios. Y nuestro poeta lo expresó con estos versos:

Para tu amor, el mío;
para mi amor, tu amor;
para nuestra pequeña,
tu amor, el mío y el de nuestro Dios (Alfredo Bufano).

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