La samaritana

DOMINGO III DE CUARESMA

La samaritana

P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

El relato (Jn 4,5-42). Jesús, cansado del camino, se sentó junto al manantial de Jacob. El pozo es hondo y Él no tiene cubo con que sacar el agua. Se acerca una mujer. Podría significar una solución, pero los judíos no se hablan con los samaritanos. ¿Cómo iba un varón judío a pedir un favor a una mujer samaritana? Jesús lo hace, provocando su extrañeza. Se establece un diálogo y Él excava en el corazón de esta mujer que, lentamente, revela lo que lleva dentro, reconociendo su pecado y su insatisfacción. Confiesa que ya ha convivido con seis hombres, pero sigue sedienta de algo que apague el deseo de felicidad que le quema. Finalmente pide con humildad a Jesús: «Dame de tu agua». La liturgia interpreta que Jesús no tiene sed de agua material, sino del alma de esta mujer, de su salvación: «Cristo, al pedir agua a la samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino».

En cierto momento, la mujer se convierte en apóstol y dice a sus paisanos: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será el Mesías?». Rogaron a Jesús que se quedara con ellos y Él aceptó. A los dos días, dijeron a la mujer: «Al principio creímos por lo que tú nos dijiste, pero ahora creemos por lo que hemos visto y oído». En este relato se produce un descubrimiento progresivo de la identidad de Jesús. Se comienza viendo en Él un hombre sediento. Cuando se le escucha, se descubre un maestro. Su doctrina es tan profunda que no puede venir de la tierra, tiene que ser un enviado de Dios. Él mismo confiesa a la mujer que es el Mesías. Se termina afirmando que es el salvador del mundo.

El pozo y la sed. Toda la historia de Israel va unida a la excavación de pozos, de los que extraer el agua para los hombres y sus ganados. Lo hicieron Abrahán (Gn 21,30), Isaac (Gn 24,62) y Jacob (Jn 4,6). Moisés encontró una esposa junto al pozo de Madián (Ex 2,15) e hizo brotar agua en el desierto (Ex 17,6). Mientras que el que bebe del agua de esos pozos, vuelve a tener sed, Jesús ofrece otra de naturaleza distinta, que salta hasta la vida eterna. Ya los salmos hablaban de una sed que no es fisiológica, sino más profunda: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42 [41],3); «Oh Dios, mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti» (Sal 63 [62],2).

San Juan explica que la referencia de Jesús al agua viva, que brotará del corazón de los creyentes, se refería al don del Espíritu Santo (cf. Jn 7,37-38). Con anterioridad, Jesús había dicho a Nicodemo que «hay que nacer del agua y del Espíritu» (Jn 3,5). Estos textos ponen en relación el agua prometida a la samaritana, la sed de Cristo en la cruz y los dones del bautismo y del Espíritu Santo. Ambos prefigurados en el agua que brotará del corazón de Cristo en la cruz (cf. Jn 19,34).

La samaritana. Es una imagen muy lograda de aquellos que buscan la felicidad donde no se encuentra. Como ella, en su búsqueda de la felicidad, muchos ponen el corazón en diferentes proyectos. Dejan uno y toman otro, con el deseo de que el próximo sea algo mejor que el anterior. Pero siguen sedientos y cada vez esperan menos de la vida, ya que sus sueños se van desvaneciendo uno tras otro. Se conforman con un poco de agua que calme momentáneamente sus deseos.

Pero, en cierto momento, Jesús se hace presente a su lado y los hace descubrir su vacío interior. Algunos se sienten incómodos y lo rechazan. Otros asumen la verdad y lo acogen, como hizo la samaritana. Quienes reconocen su debilidad y aceptan su sed, se abren a la obra de Cristo, suplicándole: «Señor, dame de tu agua». Entonces, Él hace brotar de sus corazones «un manantial de agua viva, que salta hasta la vida eterna». El pecado no tiene la última palabra. Si Cristo es acogido, da el perdón y la paz, revela sus misterios, renueva por dentro. Sucedió con la samaritana. Sucede cada vez que un hombre se abre a su gracia.

La Iglesia. Se reconoce en la samaritana. Confiesa con humildad los pecados de sus hijos y pide perdón por ellos: «Señor, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas». Estaba sedienta de felicidad y la ha buscado en aljibes agrietados (cf. Jr 2,13). Pero, después de escuchar la predicación del Señor, resurge en ella el deseo de conversión, por lo que retoma las prácticas cuaresmales con renovado empeño y suplica con humildad: Señor, danos de tu agua, la que brota de tu costado, porque solo en ti está la fuente de la vida.

P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

Teresianum

Piazza San Pancrazio 5/A

00152-ROMA (Italia)

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