LA PAZ, TRABAJAR Y ORAR POR ELLA

LA PAZ, TRABAJAR Y ORAR POR ELLA

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant


Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. (Mateo 5,9)

La paz es un don Dios, la paz viene de Dios,  es allí donde debemos buscarla, y en su morada favorita, en el corazón de los hombres, en ese lugar debe nacer el concierto o buena disposición en todo orden de las cosas entre sí o de las partes que forman un todo en la armonía de la vida en tranquilidad y buena convivencia, construir la paz, requiere una gran dosis de amor por la vida, y una gran conciencia de que se debe vivir en una situación y estado de legalidad normal en los que los ciudadanos respetan y cumplen sin protestar lo establecido por las autoridades cuando estas benefician la convivencia, pero en conciencia no lo hacen por una determinada autoridad designada por los hombres, sino porque amamos a Dios, creador de los hombres, por tanto cuidamos de sus criaturas, y los hermanos en Cristo que es paz, sin olvidar que; “El Señor  bendice a su pueblo con la paz”.  (Salmos 29,11)

En Dios, la paz  tiene su origen, y nosotros contribuimos a ella, lo hacemos con justicia, con natural inclinación a dar y reconocer a cada uno lo que le corresponde, con la facultad natural de las personas para elegir como llegar a ella en forma adecuada, pero con obligación a buscar todos los recursos para conseguirla,  especialmente con el diálogo, con apertura de oído, para saber escuchar, pero básicamente por medio de una promesa y en definitiva unión con Dios, fuente primordial de la paz auténtica. San Pablo a los Filipenses: “Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tengámoslo en cuenta. Todo cuanto hemos aprendido y recibido y oído y visto en mí, (San Pablo) pongámoslo por obra y el Dios de la paz estará con nosotros. (Cfr. Filipenses 4, 7-9)

“Ten confianza en el Señor  y obra el bien, vive en la tierra y crece en paz”. (Salmos 37,3).Dirijamos nuestras oraciones a Dios, en voz alta o mentalmente, oremos todos a Dios por la paz en el mundo, no hacerlo es evadir nuestra responsabilidad en nuestra historia, es huir de del amor por los hombres, todos hijos de Dios, sepamos afrontar esta necesidad, oremos porque no es bueno afrontar esta realidad solo, porque es maravilloso contar con la fuerza que procede de lo alto de los cielos, es magnífico contar con la fuerza de la verdad, y del amor del Señor, porque con El contaremos siempre para enfrentar cualquier dificultad, de El viene la absoluta voluntad del bien.

Oremos por la paz, con el convencimiento como verdaderos cristianos de que la justicia y la paz son dos bienes absolutamente inseparables, producto de los corazones justos y de conciencia de camino en rectitud, pero al mismo tiempo, seamos consecuente en lo que oremos y en lo que hacemos, promoviendo la convivencia pacífica en nuestras autoridades, a fin de que ellas además, a través de la educación y del buen comportamiento moral, y por sobre todo con un obrar de justicia, mantengan siempre un clima social con sincero respeto a la verdad y a la libertad, sin pisotear ninguno de los derechos que Dios le ha otorgado a sus hijos en la tierra.

Mucho hablamos de las actitudes de la buena convivencia y disposición de vivir en armonía y paz y que estas nacen en las conciencias rectas, que es la expresión de un corazón que se ha dispuesto a ser morada de Dios, pero también callamos la vergüenza de estar profundamente heridos por el pecado de la permisividad y la irreverencia, disponiéndonos a actuar débilmente frente al mal, y siempre nos disculpamos con motivos muchas veces insignificantes, para no asumir la responsabilidad que nos cabe en la falta de paz en la sociedad. “No siempre hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero”, nos dice San Pablo hablando de la condición moral del hombre (Rom 7, 19).

Es por eso que necesitamos la ayuda de Dios, para que nos entregue fuerza para no ceder ni rendirnos a ninguna presión externa, para no fallar en la observancia de los propios principios o normas de conducta de la moral que nos enseñó a través de los Evangelios nuestro Señor Jesucristo, con una voluntad recta fundada en los principios de la verdad que con tanto amor y dedicación nos instruyó, en el profundo respeto a los mandamientos de Dios y en el amor al prójimo.

¡He aquí por los montes los pies del mensajero de buenas nuevas, el que anuncia la paz!  (Nahúm 2, 1). Si aún no hemos comenzado trabajar y a orar por la paz, hagámoslo ya, para que hagamos mucha fuerza para acabar con el terrorismo en nuestra tierra, por el fin de las guerras, por el término de la opresión y por abrir las puertas a la paz, pidamos sin cesar a Dios que nos conceda este bien tan necesario.

Los acontecimientos de los cuales estamos siendo a diario testigo, el atentado a las torres gemelas, el atentado a los ferrocarriles españoles, la muerte a los inocentes de Siria, los ambientes tensos de Afganistán y el Irak, a los corazones heridos de Palestina e Israel, y tanto otros acontecimientos que amenazan la convivencia en el mundo, nos obligan a insistir en esta petición de paz. También, la debemos pedir por nuestros hermanos que sufren por resistirse a las ideologías contrarias al pensamiento cristiano, tanto en occidente como en oriente. Nuestro mundo no deja de estar amenazado por el terrorismo, y hoy lloramos con amargura los crueles momento de los inocentes hijos de Dios que mueren por la irracionalidad del hombre cruel, todo esto creando perturbaciones a la convivencia de amor en los hombres, donde por lo general se atropellan los derechos de los más débiles, haciéndolos pasar por situaciones horrorosas.

Nosotros lo cristianos, no podemos dejar de pasar por alto y no tener conciencia del sufrimiento de las personas que viven amenazadas por estos horrores de la guerra o del terrorismo, y desde este sentimiento que nos embarga, no dejemos de trabajar y orar por nuestros hombres a los cuales se le ha entregado la responsabilidad  de buscar dentro de los imperativos de la justicia y de la legalidad, la tarea de poner fin a las actividades del terrorismo y establecer un orden justo y pacífico.

Pero nada se puede hacer sin la ayuda de Dios para que todos nuestros planes de paz y justicia, se hagan con acierto y esta ayuda la conseguimos con la oración, y luego no olvidar la ayuda de la sociedad toda, a los dirigentes y gobernantes para que no pierdan ni la fuerza ni el compromiso de trabajar por la paz. Todo esto con el convencimiento que sólo de Dios nos puede venir la necesaria sabiduría, prudencia, la fortaleza y la iluminación para que los corazones comprometidos en la búsqueda de la paz, sepan contagiar a los corazones de los enemigos de esta, y que para todos, incluso los terroristas sientan la necesidad de ella.

No dejemos de pedir a Dios: “Pedid y se les dará; busquen y hallaran; llamen y se les abrirá”.  (Mateo 7,7), y no dejemos de tener una gran confianza en Dios y la fuerza de la oración, a quien sabemos lo mucho que nos ama, a pesar de lo que somos y de la equivocada forma de buscar la paz entre nuestros hermanos, “pues, si vosotros, (todos nosotros) siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!” (Mateo 7,11)

Nuestro Señor, es Dios de la paz, organicemos nuestro trabajo y las oraciones por ella, pidamos a diario por la paz y por el término del terrorismo. Oremos a Jesús, él nos trajo la paz de Dios a los hombres y es el Príncipe de la paz. “La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío”.  (Juan 20,21) Cristo es nuestra paz, los cristianos expresamos nuestro convencimiento de que sólo Cristo es “nuestra paz” (Ef 2, 14), reafirmando así que Él mismo es un don de paz el Padre a toda la humanidad. Destruyendo el pecado y el odio, y llamando a todos a la concordia y a la fraternidad, vino a unir lo que estaba dividido; por eso, Él es el principio y el ejemplo de la humanidad renovada, llena de amor fraterno, de sinceridad y de espíritu de paz, a la que todos aspiran.

Es así, como no dejemos de alentar a las comunidades cristianas, que con su vida y su acción hacen presente a Jesucristo, a que acrecienten su unión con Él, intensificando la oración confiada y perseverante por la paz. “Porque él es nuestra paz”  (Efesios 2,14) Nuestras súplicas harán de cada uno de nosotros instrumentos de paz, sembradores de concordia, artífices del perdón. En una sociedad marcada por fuertes tensiones, las iglesias particulares de los territorios que desgraciadamente padecen con tanta frecuencia la herida del terrorismo, tienen la misión de promover la unidad y la reconciliación, rechazando todo tipo de violencia, de terror y de chantaje, pues con estas triste situaciones de las cuales estamos siendo testigo a diario, es el mundo el que sufre.

Por encima de cualquier cosa, es necesario no ser tibio y levantar, una vez más, la voz en favor del valor de la vida, de la seguridad, de la integridad física, de la libertad. En efecto, la vida humana no puede ser considerada como un objeto del cual disponer arbitrariamente, sino como la realidad más sagrada e intangible que está presente en el escenario del mundo. No puede haber paz cuando falta la defensa de este bien fundamental. No se puede invocar la paz y despreciar la vida”.

Todos los cristianos, debemos privilegiar el compromiso generoso con la paz auténtica, contribuyendo a remover obstáculos, a derribar muros, a favorecer iniciativas y proyectos en colaboración y diálogo social con tantas personas y grupos interesados en alcanzarla.

Esta es una tarea que nos compete a todos y no podemos no tenerla presente, es de los hombre y la mujeres, de los jóvenes y de los ancianos, de las escuelas y universidades, de la cultura, del deporte, de todas las fuerzas laborales, de civiles y militares, de todas las iglesias, es de competencia ecuménica, paz dentro y fuera, paz en todo y con todos.

El Señor no bendiga, te muestre su rostro y te conceda la paz.  (Números 6,26)

     Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

Los textos bíblicos, están extraídos de la Biblia de Jerusalén

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