Vivir en tinieblas y en sombras de muerte

Vivir en tinieblas y en sombras de muerte

Desgraciadamente son muchas las personas…, que viven y también mueren en este estado. Solo nos cabe pensar que la misericordia del Señor, ofrezca a estas almas un rayo de luz que les haga comprender y se arrepientan de no haber amado a Dios a su debido tiempo. Es este un tema, que muchos teólogos se han planteado acerca de si se salvan todos y precisamente con este mismo título de: ¿Se salvan todos? el teólogo dominico Antonio Royo Marín, discípulo del gran teólogo también dominico de Reginald Lagrange del Angelicum de Roma, escribió un interesante libro, en el que se constataba que desgraciadamente no todo el mundo se salva. Satanás sabe comerle el coco muy bien, sobre todo al que se cree muy listo, y cree que lo importante es vivir esta vida a tope.

Zacarías, era un sacerdote del Templo de Jerusalén, casado Santa Isabel prima de la Virgen que era estéril. Un día en el Templo estando en el Santo santorum, que era el lugar más reservado del Templo donde se encontraba el Arca de la Alianza, se la apareció un ángel, anunciándole que su mujer tendría un hijo. Zacarías dudo de lo que las palabras del ángel y este lo dejó mudo hasta el nacimiento del hijo que era San Juan Bautista. Cuando nació recobró el habla y explosionó con un himno de amor y alegría que se conoce con el nombre de Benedictus, por ser la primera palabra de este himno una bendición al Señor.

Aquellos que diariamente realizan el Oficio divino u oran con el Breviario, también llamado la Liturgia de la Horas, y no me refiero a las personas consagradas que a partir del diaconado están obligadas a realizarlo diariamente, sino a esos seglares que voluntariamente impulsados por su amor al Señor, cumplimentan esta obligación. Pues bien, el himno de la primera hora del día llamada Laudes, antes de la salmodia, es precisamente el Benedictus, el himno de Zacarías, donde realiza un canto de alabanza y amor a Dios, hace una mención a la tarea de su hijo Juan el Bautista, llamado para abrir los caminos al Salvador y por ello dice.

76 Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues tú irás delante del Señor para preparar sus caminos,

77 para dar a conocer la salvación a su pueblo con la remisión de sus pecados,

y casi al final hay una bellas estrofa, en las que se nos dice que:

78 por las entrañas misericordiosas de nuestro Dios, en las que nos visitará el sol que sale de lo alto,

79 para iluminar a los que están sentados en tinieblas y sombras de muerte, para enderezar nuestros pies por el camino de la paz.

Vivir en tinieblas y en sombras de muerte, es como hemos dicho ya, donde viven gran parte de las personas que nos rodean, conocidos, amigos y familiares. Quienes viven en tinieblas y sombras de muerte, no son las personas sino las almas de estas personas, porque una vez acabada la vida de la persona, su alma que es eterna se desprende del cuerpo al que nunca volverá a ver. No son los cuerpos los que viven en tinieblas y en sombras de muerte y esas tinieblas y sombras de muerte va referida al alma que se condena, porque aunque perviva eternamente, lo será en las tinieblas, en la maldad y en el odio que son las tres antítesis de lo que está en el cielo, que es la Luz de la Verdad, el Sumo bien, y sobre todo el amor, porque Dios es amor y solo amor.

¡Vive Dios! Que satanás es astuto y mucho más inteligente que nosotros, es hábil y su intervención en nuestras vidas es constante. Es un perro de presa que cuando muerde, jamás suelta su presa y la presa somos todos, porque de una forma o de otra, con distintas intensidades a todos nos tiene cogidos.

El demonio, ha sido, es y sigue siendo, con más saña aún de la que podamos imaginar, nuestro principal enemigo, la raíz de todos los males que nos aquejan y el gran tentador e instigador de nuestras ofensas al Señor. Y lo es, desde los primeros momentos de la vida de la humanidad. Fue en el Paraíso, donde tentó a nuestros primeros padres y consiguió por medio del pecado de estos, que naciésemos todos con una naturaleza corrompida, pues una vez cometido el pecado, este corrompió la naturaleza de Adán y la de Eva, y por pura lógica, nadie da lo que no tiene, y nuestros primeros padres nunca nos pudieron transmitir, la naturaleza impoluta que antes tenían.

Esto es válido para poder contestar a la pregunta que muchos se hacen de: ¿Pero qué tengo yo que ver, con la cuenta de los errores de Adán y Eva? Pensemos que hay nietos que han tenido una abuelo muy rico, pero su padre se ha gastado todo el dinero de la herencia de su abuelo, y el nieto se ha quedado a la luna de Valencia. ¿Acaso tiene Dios la culpa de esto?

En el libro de la Sabiduría se puede leer: “Por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo, y los que pertenecen a él tienen que padecerla” (Sb 1,24).             Como consecuencia de la caída de Adán y Eva, el demonio adquirió un cierto poder sobre el hombre, del que sólo la Redención de Cristo nos puede liberar. En su epístola a los colosenses, San Pablo les escribió: “Porque Él nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados” (Col 1,13-14).

Menciono el término un cierto poder, ya que este poder del demonio sobre nosotros, no es omnímodo, él solo puede llegar, hasta donde el Señor se lo autoriza, Él le impide una libre actuación demoniaca sobre nosotros. Dios nunca le permite al demonio que nos tiente por encima de nuestras posibilidades de defensa, que son las gracias divinas que el Señor nos proporciona. El Señor quiere que luchemos, y siempre tenemos armas más que suficientes, para triunfar en esa lucha. A este respecto, San Juan en su primera epístola nos dice: “18 Sabemos que el que ha nacido de Dios no peca, pues lo protege lo que en él ha nacido de Dios, y el maligno no puede tocarlo. 19 Sabemos que somos de Dios, mientras el mundo entero está bajo el poder del Maligno. 20 Sabemos también que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al que es Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo; ahí tienen el Dios verdadero y la Vida eterna”. (1Jn 5,18-20).

Tenemos la ventaja de luchar contra un enemigo que tiene las manos atadas y así y todo, hay veces que nos puede ¡Que sería de nosotros! si el demonio no tuviese las manos atadas. Si del demonio no dependiera del Señor, es decir, si tuviese las “manos libres”, él nos destruiría espiritualmente y también materialmente hablando, si lo desease hacer. Ya lo intenta por todos sus medios, él hace a cada uno de nosotros todo el daño que puede. Es falso pensar: que si le dejamos en paz, también él nos dejará en paz; jamás nos dejará de acosar. Él es una criatura superior a nosotros, en cuanto que es un ser espiritual puro, pero no deja de ser una criatura creada por el Señor, caída por su soberbia a una eterna condenación, y a la que le resultará siempre imposible impedir la construcción del Reino de Dios, tal como por odio, sería su deseo.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Juan del Carmelo

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