ESPERAMOS LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA ETERNA

ESPERAMOS LA RESURRECCIÓN
Y LA VIDA ETERNA



INTRODUCCIÓN

“¿Cómo dicen algunos que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. (…) Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido. (…) Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.” (1 Cor 15, 12-13. 17. 19-20).

1. Sentimos la urgencia y el gozo de recordar hoy a los cristianos de nuestros pueblos y ciudades -como el apóstol Pablo a los de Corinto- la luminosa esperanza que brota de la fe en Jesucristo resucitado. Si esta esperanza se oscureciera o se disipara, ya no podríamos llamarnos de verdad cristianos; y perderíamos el sabor que nos convierte en sal para una tierra amenazada de insipidez y de falta de sentido verdaderamente humano para vivir (cf. Mt 5, 5-13).

Al proclamar y explicar de nuevo que creemos, con la Iglesia de ayer y de hoy, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna, ofrecemos también a todos motivos fundamentales para la renovación de la vida personal y para la regeneración de la convivencia social. Porque “el don supremo de sí mismo al hombre por parte de Dios, pleno y definitivo, en la vida eterna, es lo que da su justo valor a la vida presente, jerarquiza todos los bienes de la tierra y evita que alguno de estos bienes pase a ocupar el lugar de Dios, como realidad última y bien supremo.”1

Comenzaremos describiendo algunos fenómenos del momento actual que suponen una amenaza para la esperanza (I); luego recordaremos las razones de la esperanza cristiana, que se apoyan en el acontecimiento glorioso de la resurrección del Señor Jesús (II); y, por fin, mostraremos cómo la fe cristiana en la resurrección y la vida eterna asume y responde cumplidamente a algunos desafíos que le son planteados por el modo de vida de hoy (III).

I
LA ESPERANZA AMENAZADA

a.- Se “cree” en Dios y no se espera la vida eterna

2. A pesar de la mayor extensión que diversas formas de indiferencia religiosa han ido adquiriendo en los últimos tiempos, nuestro pueblo sigue siendo, gracias a Dios, muy mayoritariamente religioso y católico, como es fácil constatar y como se recoge también en diversas encuestas realizadas últimamente. Pero llama la atención que no pocos de los que se declaran católicos, al tiempo que confiesan creer en Dios, afirman que no esperan que la vida tenga continuidad alguna más allá de la muerte.

¿Qué Dios es ése en el que dicen creer quienes piensan que no ha vencido a la muerte y que es ella la que tiene la última palabra sobre la vida del ser humano? No es, ciertamente, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Dios vivo y verdadero. No puede ser el Dios personal y cercano a sus criaturas, en especial a los seres humanos, a quienes ha creado a su imagen para establecer con ellos una relación mucho más fiel aún que la que nosotros anudamos con nuestros seres queridos.

La desconexión entre la fe en Dios y la esperanza en la vida eterna no sólo pone de manifiesto una cierta crisis de esta esperanza, sino también de la fe en Dios. La fe en la resurrección y en la vida eterna va íntimamente unida a la verdadera fe en Dios. Proclamar de nuevo nuestra fe pascual2 en que nuestras vidas, junto con la creación entera, “libre ya del pecado y de la muerte”3, serán definitivamente asumidas en la vida de Dios es alabar y reconocer de verdad al Señor del cielo y de la tierra.

b.- Anunciar la esperanza de la vida eterna con toda su riqueza

3. La predicación, la catequesis y la enseñanza de la religión católica, si quieren ser alimento sano de una fe íntegra y viva, han de proponer con toda su riqueza la esperanza cristiana en la vida eterna. Es cierto que para hacerlo con la precisión teológica necesaria hay que familiarizarse con el pensamiento cristiano madurado en el surco trazado por el Concilio Vaticano II. Es verdad también que hay que acabar de superar ciertas modas de interpretación del cristianismo en clave inmanentista, es decir, tendentes a reducir la fe cristiana a una simple estrategia para organizar mejor la vida en este mundo. Pero ninguna de estas dificultades justifica el que se silencie o el que se deforme la fe de la Iglesia en la vida eterna. El Credo concluye solemnemente con esta proclamación de esperanza, tan unida a la fe en Dios. Si no se habla de ella, o si se habla de un modo inapropiado, el corazón mismo de la fe en Jesucristo resultará negativamente afectado.

Como pastores que desean la salud y el vigor de la fe, nos interesa mucho que sea anunciada en toda su integridad y armonía; que se evite presentar la posibilidad de la muerte eterna de un modo desproporcionadamente amenazador; pero, ante todo, que no se deje de anunciar a los fieles el destino glorioso que la Iglesia espera. El anuncio de la gloria, al que se unirá prudentemente la seria advertencia de su posible frustración a causa del pecado, servirá tanto de aliento insustituíble de la esperanza como de necesario estímulo de la responsabilidad. Descuidar este aspecto del mensaje evangélico tendría, entre otras, la grave consecuencia de que los fieles, carentes del alimento sólido de la fe, que viene a saciar con creces el hambre de amor perenne que experimenta la naturaleza humana, se sientan tentados de dar oídos a supersticiones o ideologías incompatibles con la dignidad de quienes son hijos de Dios en Cristo.

c. La crisis de la moderna ideología del progreso

4. El mundo en el que nos toca vivir hoy presenta unas características peculiares, que ejercen su influencia en el modo en el que los creyentes entendemos y vivimos nuestra fe pascual y, también, en la manera en la que nuestros contemporáneos se acercan o se alejan de ella. El llamado “hombre adulto” de la modernidad se ha entendido a sí mismo como el constructor prometeico4 de su futuro, de un porvenir siempre mejor, según lo diseñado en diversos programas utópicos que florecieron en los humanismos laicos que elaboraron un modelo de esperanza secularista o de “trascendencia” reducida a este mundo.

No es seguro que esa visión ilusoria del progreso histórico como única meta de la vida humana haya sido realmente superada. Al menos entre nosotros, palabras como “modernización”, “progreso”, etc. siguen siendo utilizadas como señuelos con los que atraer todas las energías de las gentes al servicio de determinados programas. El caso es, sin embargo, que son cada vez más los que, aleccionados por el derrumbamiento de grandes utopías (o “grandes relatos”) y alarmados por las consecuencias indeseables del “progreso” (en términos ecológicos o de justicia social), han empezado a dudar de que el futuro vaya a poder traer nada bueno. Se habla del “fin de la historia”, no en un sentido apocalíptico o escatológico5, sino para decir que se perciben como agotados los grandes programas y que ya no se cuenta con un hacia dónde, con una meta que confiera finalidad y sentido al camino de la humanidad.

5. Uno de los resultados de esta “crisis de la modernidad” o incluso, según algunos, del “fin del proyecto moderno” es la difusión de una cierta desesperanza. Ahora se trata de orientar todos los deseos del hombre al modesto horizonte de lo cotidiano, a la serena y lúcida instalación en la fugacidad, con la convicción de que, incluso en su obvia precariedad, sólo el presente cuenta verdaderamente.

Desde una visión cristiana del ser humano, no tenemos por qué valorar esta situación de un modo puramente negativo. No es malo que se tome realmente conciencia de que el poder que la ciencia y la técnica han conferido a la humanidad no garantiza por sí solo un futuro más digno del ser humano. No es malo que, abandonadas las grandes palabras, basadas en una concepción ilusoria de lo que el hombre puede darse a sí mismo, se valoren las mil pequeñas cosas que la vida nos presenta y se disfruten como bienes que el Creador nos ofrece: desde el paseo por la montaña hasta el encuentro con el amigo. No es mala una esperanza humilde y hasta escondida en lo cotidiano6.

En cambio, es preocupante que vaya tomando cierta carta de naturaleza la pura y simple desesperanza. No es extraño que la cultura descreída, que había juzgado incompatibles el reino de Dios y el reino del hombre, tienda a revelarse hoy como una cultura desesperanzada. No nos sorprende, ya que es la fe en el Dios de la vida y de la promesa (cf. Mc 12, 27 par.) la que, en realidad, hace posible la esperanza fundada, la apertura confiada hacia el futuro. Pero nos preocupan las consecuencias que se derivan de la falta de esperanza para la vida personal y social.

d.- Vuelven formas ancestrales de esperanza

6. Ahí está, en primer lugar, el fenómeno del retorno de lo que podríamos llamar nuevas formas primitivas de esperanza. El ser humano necesita el futuro, no puede vivir sin proyectarse hacia el porvenir. En lugar de caminar sereno bajo la guía providente de Dios, Señor de la historia, intenta conocer y dominar lo que le espera de cualquier modo. Una vez que las utopías modernas han entrado en crisis, la cultura descreída echa mano con frecuencia de creencias ancestrales o de supersticiones para tratar de responder a la inevitable demanda de esperanza. Y paradójicamente, junto a la ciencia y la técnica más avanzadas, florecen con cierto vigor la astrología, los horóscopos, la quiromancia, etc. Al mismo tiempo, se recuperan, más o menos adaptadas, diversas formas de antiguas creencias sobre la supervivencia del hombre, tales como la de la reencarnación, que implican en realidad una visión de la vida humana muy distinta de la que, arraigada en la fe cristiana, ha hecho posible concebir al ser humano como persona libre.

En segundo lugar, junto a estas “nuevas” formas de falsa religiosidad, y a veces en estrecha convivencia con ellas, se encuentra el fenómeno del culto más o menos cínico al propio provecho, como única meta de la vida. Si no hay ya ni siquiera una “causa histórica” en la que creer y por la que luchar; si, además, “todo está escrito en los astros” o en las leyes del destino; si lo que cuenta y lo único seguro es sacar partido a la situación en la que la vida nos ha puesto hoy, no hay que extrañarse demasiado de que abunden las conductas insolidarias, antisociales y corruptas. Y -lo que es más grave- no hay que extrañarse de que no sea fácil vislumbrar la existencia de un terreno firme sobre el que construir el edificio ético que dé cobijo a la vida social.

e. Jesucristo, esperanza para una humanidad nueva

7. Por todo ello queremos anunciar de nuevo en medio de nuestro mundo la esperanza hecha carne: Jesucristo crucificado y resucitado. Queremos subrayar algunos rasgos de esta esperanza de la Iglesia, para que la alegría de los que ya la comparten con nosotros sea completa (cf. 1 Jn 1, 4); y para que, de este modo, podamos ser realmente la sal que dé sabor a la humanidad y evite su corrupción. Porque el ser humano sólo se encuentra realmente consigo mismo cuando acoge a Jesucristo crucificado y resucitado: en él halla un motivo real para no vivir sin esperanza, aprisionado por el presente puramente vegetativo del comer y el beber, y para seguir luchando contra los poderes que hoy esclavizan al hombre.

II
LA RAZÓN DE LA ESPERANZA CRISTIANA

a. Quien cree en Dios espera la vida eterna

8. El Credo de la Iglesia se abre con la confesión de la fe en Dios Padre, Creador de todo, y se cierra con la proclamación de la esperanza en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. Entre ambos artículos del Credo, el primero y el último, se da una estrecha correspondencia. El primero contiene ya implícitamente el último; en éste se expresa lo que en aquél se sugiere. De modo que no es posible afirmar uno y negar otro, pues ambos están esencialmente relacionados.

El Dios creador, del que nos habla el primer artículo, es el Ser paternal y personal que, siendo el Viviente por excelencia, da el ser a las creaturas por puro amor. El amor es generador de vida; Dios, que crea por ser él mismo el Amor (cf. 1 Jn 4, 8b), crea para la vida; para una vida eterna, porque la vida surgida de ese Amor creador, que Dios es, conlleva una promesa de perennidad.

b. El antiguo testamento se abre a la resurrección

9. El hecho amargo y contundente de la muerte oscureció durante un tiempo, a causa del pecado, la comprensión plena de las consecuencias últimas de la fe en el Creador. Pero la reflexión creyente sobre la muerte, hecha por Israel a la luz de su elección por Dios, acabó clarificando la relación del Creador con sus fieles más allá de la muerte. Las promesas de Yahvé a Abraham se cumplirán en plenitud después de su muerte, pues la alianza establecida con él es inquebrantable (Cf. Gn 17, 6ss; Rom 11, 29). De la experiencia liberadora del Éxodo Israel aprende que cada vez que es amenazado en su existencia, puede siempre acudir a Dios, que no le olvida. Job comprende ya que la comunión con Dios es más fuerte que la corrupción de la carne (Jb 19, 25-27). Por eso, cuando Israel se plantea la cuestión de la suerte personal de los que respetan la alianza incluso a costa de la entrega de la propia vida en el martirio, no le resulta difícil creer que el Dios de la vida y de la alianza no se deja ganar en fidelidad por aquellos que le han sido fieles hasta el final: “El rey del mundo nos resucitará para una vida eterna a nosotros que hemos muerto por sus Leyes” (2 Mac 7, 9; cf. Dn 12). La esperanza de los hombres de la Antigua Alianza incluye, pues, la espera confiada en una vida eterna junto a Dios para aquellos que le han sido fieles; una vida en la que, por la resurrección, es la misma persona, con su identidad psicosomática, la que disfruta de esa nueva existencia con Dios y los suyos.

c.- La base de nuestra fe en la resurrección y en la vida eterna

10. Llegada la plenitud de los tiempos, el Dios de la creación y de la alianza manifiesta plenamente su identidad como el Amor creador al resucitar a Jesús de Nazaret, el Crucificado, de entre los muertos. El anuncio de su resurrección es el acta pública del nacimiento de la fe cristiana, como se ve en las palabras de Pedro el día de pentecostés: “A ese Jesús lo resucitó Dios, cosa de la que todos nosotros somos testigos. Así pues, una vez que ha sido elevado a la derecha de Dios y ha recibido del Padre la Promesa (el Espíritu Santo), lo ha derramado, que es lo que vosotros véis y oís” (Hech 2, 32-33). Es lo mismo que Pablo les recuerda también a los de Corinto, sumándose a la multitud de los testigos de la resurrección, base de toda su empresa apostólica (Cf. 1 Cor 15, 1-11). La novedad absoluta de que aquel Crucificado “se haya dejado ver” (ibid.) vivo ya en nuestra historia, como el Señor resucitado y glorioso, es la confirmación por el Padre de su misión divina -acreditada en la obediencia martirial hasta la cruz- y de su identidad con el Logos eterno de Dios7. El Hijo de Dios, igual que entregó libremente su vida, tuvo el “poder para recobrarla de nuevo” (Jn 10, 17-18)8.

11. La resurrección de Jesucristo tiene, por tanto, un lugar central en el Credo, es como su corazón, situado justo en medio, entre los artículos primero y último. Tanto aquél como éste han de ser entendidos desde esa clave de bóveda de la muerte y resurrección del Señor, es decir, cristológicamente. El Dios creador, el que nos ha dado el ser y la vida, es el Dios resucitador, el que no quiere que nada de lo que ha hecho se pierda, muy en especial, la vida de sus fieles, con los que ha sellado, en la sangre de Jesucristo resucitado, una alianza eterna. La plenitud de la vida nueva del Resucitado es la garantía de una vida que vence a la muerte y que, gracias al Espíritu vivificador -a quien confiesa toda la última parte del Credo- se comunica a cuantos viven en Cristo por la fe en él: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3, 36. cf. Rom 8, 11).

Somos cristianos porque, en efecto, insertados “por el agua y el Espíritu” en el Cuerpo de Cristo, participamos ya de su vida resucitada: “Habéis resucitado con Cristo” (Col 3, 1); “vivo yo, más no yo; es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). Por eso, “Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder” (1 Cor 6, 14). Como decía San Agustín: “Cristo ha realizado lo que nosotros esperamos todavía. Lo que esperamos no lo vemos. Pero somos el cuerpo de la Cabeza en la que ya es realidad lo que esperamos”9. Así pues, sobre el cristiano, como sobre Cristo, la muerte no tiene la última palabra; el que vive en Cristo no muere para quedar muerto; muere para resucitar a una vida nueva y eterna.

d.- “Estaremos siempre con el Señor”

12. La vida humana tiene, pues, un hacia dónde, un destino que no se identifica con la oscuridad de la muerte. Hay una patria futura para todos nosotros, la casa del Padre, a la que llamamos cielo. La inmensidad de los cielos estrellados que observamos “allá arriba”, desde la tierra, puede sugerir, a modo de imagen, la inmensa felicidad que supone para el ser humano su encuentro definitivo y pleno con Dios. Este encuentro es el cielo del que nos habla la Sagrada Escritura con parábolas y símbolos como los de la fiesta de las bodas, la luz y la vida.

“Lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni mente humana concibió” es “lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Cor 2, 9). No podemos, por eso, pretender una descripción del cielo. Pero nos basta con saber que es el estado de completa comunión con el Amor mismo, el Dios trino y creador, con todos los miembros del cuerpo de Cristo, nuestros hermanos (singularmente con nuestros seres queridos), y con toda la creación glorificada. De esa comunión goza plenamente ya quien muere en amistad con Dios, aunque a la espera misteriosa del “último día” (Jn 6, 40), cuando el Señor “venga con gloria” y, junto con la resurrección de la carne, acontezca la transformación gloriosa de toda la creación en el Reino de Dios consumado (cf. Rom 8, 19-23; 1 Cor 15, 23; Tit 2,13; LG 48-51).

13. Conviene no olvidar que la vida nueva y eterna no es, en rigor, simplemente otra vida; es también esta vida en el mundo. Quien se abre por la fe y el amor a la vida del Espíritu de Cristo, está compartiendo ya ahora, aunque de forma todavía imperfecta, la vida del Resucitado: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3). El Papa Juan Pablo II, al proponer en su carta encíclica Evangelium vitae la integridad del gozoso mensaje de la fe sobre la vida humana, recuerda que ésta encuentra su “pleno significado” en “aquella vida ‘nueva’ y ‘eterna’, que consiste en la comunión con el Padre” (EV 1). “La vida que Dios da al hombre es mucho más que un existir en el tiempo” (EV 34). “La vida que Jesús promete y da” es eterna “porque es participación plena de la vida del Eterno” (EV 37). Al mismo tiempo, el Papa no deja de señalar que la vida eterna, siendo “la vida misma de Dios y a la vez la vida de los hijos de Dios” (EV 38), “no se refiere sólo a una perspectiva supratemporal”, pues el ser humano “ya desde ahora se abre a la vida eterna por la participación en la vida divina” (EV 37). Todo esto tiene inevitables consecuencias para la relación entre escatología y ética, entre vida en plenitud y vida en el bien, relación sobre la que hablaremos más adelante.

e.- El ansia de inmortalidad

14. Nuestra espera de la resurrección y de la vida eterna no se apoya, en última instancia, en ninguna especulación de la mente ni en ningún deseo del corazón del hombre. La resurrección y el cielo son inimaginables e inalcanzables para el ser humano de por sí. Su único fundamento fiable es el acontecimiento de Jesucristo, en quien Dios mismo nos abre la posibilidad de una vida resucitada como la suya. Pero esta esperanza no llega a nosotros como un lenguaje extraño que no pudiéramos entender; no es algo que nos venga puramente de fuera. Al contrario, la esperanza cristiana responde de modo insospechado a la naturaleza propia del ser humano.

En efecto, al hombre le es consustancial la apertura confiada a un futuro mejor y mayor. Late en él una tenaz tendencia hacia esa plenitud de ser y de sentido que llamamos felicidad. Nunca se encuentra el ser humano perfectamente instalado en su finitud: si pretendiera dar por saciado su apetito de verdad, de belleza y de bien, habría sofocado todo aliento de humanidad. Por eso ha podido decirse de él que es, por naturaleza, un “ser proyectado hacia el futuro” o “abierto”. Dum spiro, spero; o lo que es lo mismo: “mientras hay vida hay esperanza”. Lo que significa, a la inversa, que allí donde se deja de esperar, se comienza a dejar de vivir.

15. La historia de las religiones atestigua el hondo arraigo de esta dimensión esperante en los hombres de todas las épocas y de todas las culturas, pues, sabiéndose mortales, los seres humanos no han aceptado que la muerte fuera su último destino; habiendo experimentado muchas veces la precariedad de sus proyectos, nunca han dejado de planear y esperar un futuro mejor; conscientes de su finitud y relatividad, jamás han dejado de aspirar a ser tratados no como cosas, sino como fines absolutos. Esta paradójica polaridad de la conciencia y del ser del hombre condujo a los griegos a verle como trágicamente escindido entre una existencia terrena y un destino celeste, y a las grandes religiones orientales, a subsumirle en el seno de los procesos recurrentes de la naturaleza.

16. Con el cristianismo, la encarnación del Verbo ha esclarecido el misterio del ser humano: la fragilidad e incluso la maldad de los logros de los hombres no es impedimento para que Dios haga venir a esta historia su Reino; la finitud y relatividad propia de todo lo humano, es transcendida al ser habitada por el Dios infinito que se comunica libremente a sí mismo en la misma carne de los mortales. Los Padres de la Iglesia hablaron de la “divinización” del ser humano como don de Dios, el cual, en Jesucristo, le hace partícipe de su misma vida divina10.

Siendo, pues, connatural al hombre el esperar siempre algo, incluso más allá de la muerte, y el no desesperar nunca del todo, la esperanza cristiana es afín a ese modo de ser básico de la condición humana, que recibe de ella un esclarecimiento definitivo. Por eso, al dar razón de nuestra esperanza (cf. 1 Pe 3, 15), desvelamos para todos nuestros hermanos los hombres una oferta de sentido y un horizonte último de expectación que colma, en medida insospechada, el dinamismo de deseo y de esperanza alojado en lo más íntimo del ser humano.

III
ALGUNOS DESAFÍOS A LOS QUE SE ENFRENTA HOY
LA ESPERANZA CRISTIANA

a. La reencarnación es incompatible con la fe en la resurrección

17. Queremos fijar ahora nuestra atención en algunos fenómenos particulares de nuestro tiempo que afectan a determinados contenidos concretos de la esperanza cristiana: el nuevo atractivo que parece presentar la idea de la reencarnación, opuesta en cuestiones fundamentales a la fe en la resurrección y en la vida eterna; los fenómenos del prometeísmo y del cinismo ético, que tienden a cegar en algunos de nuestros contemporáneos las verdaderas fuentes de la esperanza; el miedo a la libertad, que amenaza con despojar a la vida humana de su verdadero carácter de suprema decisión entre salvación y perdición; y la tendencia a ocultar o ignorar la muerte, que aparta la mirada de las gentes de su condición y destino últimos.

18. Las encuestas sobre opiniones y creencias vigentes hoy en las sociedades occidentales coinciden en señalar el retorno de la idea de la reencarnación. Aparece con diversas variantes y adaptada a la mentalidad evolucionista moderna, pero, en todo caso, con la pretensión de ofrecer una respuesta más racional y válida que la fe cristiana en la resurrección o que cualquier otra forma de esperanza en la victoria sobre la muerte.

Esta vuelta de antiquísimas ideas sobre la vida y el destino del hombre, rechazadas por la Iglesia como contrarias a su fe y a su esperanza11, no deja también de ser ocasión para hacernos recapacitar.

– Las ideas reencarnacionistas y la sed de eternidad

19. Ante todo, hemos de pensar que si algunos de nuestros contemporáneos parecen dispuestos a aceptar de nuevo antiguas ideas que parecían ya superadas, es porque, hoy igual que ayer, el ser humano sigue estando necesitado de una respuesta a su pregunta por la brevedad y la precariedad de esta vida. La sed de eternidad, la convicción de que esta etapa mortal de la vida no puede ser la definitiva, está tan arraigada en el ser humano que, cuando las personas no se encuentran en la fe con Jesucristo, en quien la naturaleza humana ha sido realmente asumida en la vida eterna de Dios, se entregan a las promesas y a las propuestas con las que las modas pretenden saciar aquella sed. Por eso, el cultivo y el anuncio de nuestra fe en Jesucristo resucitado y en la vida eterna es una gozosa responsabilidad de cada uno de nosotros y de toda la Iglesia, que responde perfectamente -como acabamos de recordar- a la demanda de esperanza que se expresa también en el equivocado recurso de algunos de nuestros contemporáneos a la idea de la reencarnación.

20. Además, también hay un elemento de verdad en la insistencia de ciertas ideas reencarnacionistas en que la brevedad de esta vida exige, a veces, una etapa ulterior de reparación o purificación. Es cierto que, en algunas corrientes neognósticas12 contemporáneas, las etapas y ciclos de la vida humana en diversos cuerpos son postuladas desde una mentalidad prometeica que apunta a una salvación autónoma del ser humano, entendida como un proceso, para cuyo desarrollo pleno no bastaría la unicidad improrrogable de una existencia temporal. No cabe duda de la incompatibilidad de esta mentalidad con la fe cristiana, pues en ella no hay lugar ni para la única mediación salvífica de Cristo, ni para la gracia que nos salva, ni para el peso real de eternidad que tienen las decisiones libres de los hombres.

Sin embargo, estos mismos errores pueden ayudarnos a recapacitar sobre el lugar que ocupa en nuestro cultivo y anuncio de la fe en la vida eterna la doctrina de la Iglesia sobre la purificación posterior a la muerte, o del purgatorio. La existencia de una “eventual purificación previa a la visión de Dios”13 presupone, en efecto, que el curso de la vida mortal puede llegar a su término sin que sea posible alcanzar inmediatamente la plena comunión con Él. El justo experimenta entonces una purificación pasiva. No es él quien sigue activamente recomponiéndose en otra vida reencarnada, como piensan equivocadamente los modernos gnosticismos. Es la misma potencia del amor de Dios la que, al presentársele de una manera definitiva y suprema como “llama de amor viva”14, purifica a quien ha muerto en amistad con Él de todas las imperfecciones procedentes todavía del pecado15.

– La reencarnación contradice el ser personal

21. Las modernas ideas reencarnacionistas no dejan lugar para la gracia de Dios, la única capaz de redimir al pecador y de purificar al justo, porque son incompatibles de raíz con la fe en que el mundo y el hombre son creación de Dios en Cristo. El ser humano, en efecto, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por eso ni una ni mil “reencarnaciones” bastarían de por sí para conducirle a su plenitud. No es el esfuerzo por salvarse a sí mismo lo que plenifica al ser humano. Pues es Dios mismo, su vida eterna gratuitamente compartida con sus criaturas capaces de diálogo personal con él, la que constituye la verdadera plenitud del hombre.

Y Dios llama a la comunión de vida con él no sólo a “una parte” del hombre, sino a su criatura entera, en su unidad indivisible. No es compatible con la antropología cristiana pensar que el ser humano consista propiamente en un alma migratoria que peregrina de cuerpo en cuerpo, llamada ella sola a la plenitud. Esta concepción comporta un desprecio de la realidad corporal creada por Dios en el espacio y en el tiempo: está lastrada por antiguas visiones dualistas del mundo que la Iglesia ha rechazado por comprometer la bondad de la única creación del único Dios16. El ser humano existe más bien como “uno en cuerpo y alma”17, con un alma creada directamente por Dios, la cual es la forma sustancial y única de un cuerpo también creado bueno por Dios18. En esta unidad creatural el hombre es imagen de Dios, interlocutor suyo para siempre, partícipe de su misma vida y libertad, y, por eso, persona.

22. También la Iglesia habla del “alma” inmortal19, para expresar que después de la muerte de cada hombre “subsiste el mismo ‘yo’ humano, aun careciendo por el momento del complemento de su cuerpo”20. Pero este lenguaje, “indispensable para sostener la fe de los cristianos”21, no debe ser entendido nunca de manera dualista; ha de ir siempre unido a la proclamación de la fe en la resurrección de la carne, en la que se expresa en su plenitud la esperanza cristiana: todos “resucitarán con los propios cuerpos que ahora tienen”22. El cuerpo, la carne, es decir, la dimensión de la persona en el tiempo y el espacio que la relaciona con su entorno, con su mundo natural y social, también es creación de Dios, y también será transformado (cf. 1 Cor 15, 42-44) y asumido en la vida eterna de Dios (cf. 1 Cor 15, 53)23. Será “en el último día”, cuando Dios lo sea todo en todos (cf. 1 Cor 15, 28). Cada ser humano, muerto en el Señor, aguarda de manera misteriosa, pero participando con su propio “yo” de la vida de Dios, ese momento de la glorificación de la creación entera en el Reino de Dios consumado (cf. Rom 8, 21ss)24. Esta dimensión comunitaria y cósmica de la esperanza escatológica cristiana, que va unida a la fe en la resurrección de la carne, está también ausente del esquema de pensamiento reencarnacionista.

b.- Ciudadano del cielo que construyen la ciudad terrena

23. La comunión de vida con el Cristo resucitado, ya realmente incoada en el creyente por la fe y los sacramentos, es el fundamento de la esperanza cristiana en la resurrección de la carne y la vida eterna. A su vez esa comunión y esa esperanza son el fundamento del modo nuevo de vivir propio de los cristianos, es decir, tanto de su visión del mundo y de la historia, como del aliento ético de una existencia comprometida en el ejercicio de la caridad y de la justicia.

24. En cambio, los humanismos laicistas del siglo XIX sostuvieron que “la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo” para la liberación económica y social, “porque al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal”25. Así recoge el Concilio, en su Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, una objeción a la que fue muy sensible y a la que dio respuesta repetida y cumplida26. Que “la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar la preocupación por perfeccionar esta tierra”27, es algo que tal vez vuelva a resultar más comprensible a nuestros contemporáneos.

Hoy, en efecto, la fuerza de los hechos ha ido haciendo perder virulencia a aquellas visiones reductivas del hombre y de la historia que dejaban altaneramente “el cielo para los gorriones” y reservaban la tierra para una humanidad concebida como única dueña y señora de sus destinos. Las utopías que pretendieron construir la ciudad terrena sin el cielo, o incluso contra él, han dado paso a una extendida desesperanza: son cada vez menos los que confían con ingenua certeza que el futuro que la humanidad pueda construir, con denodado esfuerzo prometeico, vaya a ser indefectiblemente mejor que lo construido hasta hoy entre injusticias, violencias y fracasos de todo tipo. Las grandes utopías inmanentistas han entrado en crisis dejando tras de sí un amplio campo a la desesperanza; y, con la desesperanza, al cinismo ético, que establece, consciente o inconscientemente, el provecho propio de los individuos y de los grupos como criterio último de la conducta humana.

Es el momento de recordar que no es posible una cimentación sólida de la moralidad cuando se marginan y olvidan aspectos centrales de la verdad sobre el hombre, como es su dimensión escatológica. No cabe duda de que todo hombre es capaz de distinguir el bien del mal gracias a la luz de la razón28. Pero “una ética altruista es difícilmente sostenible, de manera general y permanente, sin la fe en el Dios de Jesucristo, que es Amor. En cambio, una ética del servicio incondicional a los hermanos es la forma normal de realización moral cristiana. Porque Alguien ha muerto por nosotros y de esa muerte ha brotado vida nueva, nosotros podemos vivir y morir con nuestros hermanos y por ellos.”29

25. La conexión indisoluble entre escatología y ética, entre finalidad última y razón del ser y del deber ser de la vida humana, está abundantemente testimoniada en el Nuevo Testamento (cf. 1 Cor 7, 29ss; Flp 3, 13ss; 1 Pe 4, 7ss; 2 Pe 3, 11ss) y en la tradición patrística y teológica30. No puede ser de otro modo: quien no vive esclavo de la muerte, porque su vida goza de una dimensión de eternidad, es capaz de empeñar la existencia confiado en el futuro, pues sabe que “ni la muerte ni la vida (…) ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8, 38-39).

Con su esperanza escatológica, el cristiano está habilitado para percibir los valores morales en un horizonte de ultimidad: es capaz de ir haciendo entrega diaria de su vida al servicio de esos valores, sin excluir ni siquiera una entrega hasta la sangre, martirial. Y lo hace lleno de profundo gozo, asumiendo las variadas experiencias de éxito y de fracaso en las que se va tejiendo su proceso de conformación con Cristo; siendo consciente de que, igual que a su Señor crucificado, no le serán ahorrados ni el sufrimiento ni las negatividades de la existencia. No profesa, por eso, ningún vacuo optimismo histórico, pues conoce las limitaciones de todo proyecto intramundano. Pero está también muy lejos de ignorar que esta historia nuestra es el crisol en el que se fragua un destino eterno; en medio de sus lados oscuros e ingratos, la realidad se le ofrece como digna de crédito no precisamente en virtud de los meros poderes humanos, sino del Amor providente, creador, redentor y consumador de este mundo.

26. La regeneración de la vida social no puede hacerse sin una adecuada constitución del sujeto moral. Es necesario que cada persona abra su existencia a la dimensión última de su vida, que es la vida en comunión con Dios, para que todas sus potencialidades morales entren realmente en ejercicio. Es verdad que hay que distinguir entre el ámbito de la fe y el de la vida pública. La confusión de estas dos realidades lleva a soluciones integristas en la organización de la vida social que son incompatibles con la verdadera tradición cristiana31. Pero no es correcto establecer una separación tal entre el ámbito de lo público y el de la conciencia personal que se llegue a suponer que las normas que rigen la vida social son de un orden totalmente diverso de las que rigen la vida personal. El bien común, norma suprema de la vida social, es el bien de las personas que componen el cuerpo social. Dicho bien común no podrá ser, pues, realmente tal si no responde, al menos en lo que toca a los derechos fundamentales, a la verdad integral de las personas. Y, a la inversa, no será fácil buscar eficazmente el bien común, si las personas se cierran a alguna de sus dimensiones fundamentales, como es la de su esperanza en Dios y en la vida eterna32.

c.- La libertad humana

27. No se puede entender el régimen de gracia querido por Dios para su creación si no se toma realmente en serio el misterio de la libertad. La oferta de salvación contenida en el mensaje evangélico supone la respuesta libre de sus destinatarios; sin esta respuesta, dicha oferta caería en el vacío. El ser humano tiene, pues, la capacidad de acoger libremente la oferta de comunión de vida con Dios. Pero ello significa, a la vez, que está capacitado también para rechazarla. Lo cual quiere decir que es necesario contar con la posibilidad real de la perdición eterna. Tal posibilidad no reposa, pues, sobre la voluntad de Dios, que “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim 2, 4), sino sobre la libertad del hombre.

28. El hombre moderno ha valorado tanto la libertad que ha llegado a caer en la absurda exageración de pretender hacer de ella un absoluto, erradicándola de “su relación esencial y constitutiva con la verdad.”33 Pero, “paralelamente a la exaltación de la libertad, y paradójicamente en contraste con ella, la cultura moderna pone radicalmente en duda esta misma libertad”34. El escepticismo frente a la real capacidad humana para la libertad se debe tanto a una valoración exagerada de los descubrimientos de las ciencias humanas sobre los condicionamientos de todo tipo en los que se desarrolla la vida del hombre, como a un curioso fenómeno de reacción frente a la absolutización de la libertad que se manifiesta en el llamado “miedo a la libertad”. No son pocos hoy quienes no creen en el libre albedrío del ser humano o quienes consideran que las opciones y decisiones por él tomadas son en realidad insignificantes. De aquí que la doctrina de la Iglesia referente a la posible frustración total de la vida en virtud de un mal uso de la libertad resulte para algunos especialmente difícil de comprender y de aceptar.

29. Sin embargo, la existencia de esa real posibilidad de perdición, es decir, del infierno, nunca ha sido puesta en duda por la Iglesia35. También el Concilio Vaticano II exhorta a la vigilancia para que podamos llegar a participar de la gloria de Dios y no “ir, como siervos malos y perezosos (cf. Mt 25, 26), al fuego eterno (Mt 25, 41), a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes (Mt 22, 13 y 25, 30).”36 Estas serias advertencias del Señor, y otras que el Concilio no recoge aquí, han movido siempre a la Iglesia a rechazar una supuesta certeza de la salvación final de todos. Tal certeza implicaría, en efecto, introducir un automatismo en la esperanza de la salvación que desposeería al ser humano, interlocutor libre de Dios, de su genuina responsabilidad. Lo que es un diálogo de dos libertades, diversas, pero reales (la divina y la humana) quedaría de ese modo convertido en el monólogo de una única libertad: la divina.

Pero aunque sea temeraria la certeza, es segura, en cambio, la esperanza. Confiados en la sobreabundacia de la gracia salvadora de Cristo (cf. Rom 5, 15-21), los cristianos no sólo podemos, sino que debemos esperar la salvación de todos y orar por ella. De hecho el Magisterio de la Iglesia, al tiempo que enseña inequívocamente la doctrina del infierno, y que confirma la participación de algunos de nuestros hermanos en la gloria -los santos-, nunca ha declarado que alguien se haya condenado. Lo cual no nos da derecho a pensar que no pueda darse en absoluto la condenación, disolviendo la realidad de una posible respuesta negativa del hombre al amor de Dios. Por eso, no nos ayudan especulaciones como la teoría de la apocatástasis37 o la de la aniquilación38. El mensaje de la fe nos invita más bien a la vigilancia seria y a la esperanza gozosa.

“El que me rechaza y no sigue mis palabras, ya tiene quien lo condene: la palabra que yo he hablado, ésa le condenará en el último día” (/Jn/12/47-48). El juicio divino condenatorio no lo decide Aquel que ha venido a salvar, no a condenar (cf. Jn 12, 47); lo decide una posible repulsa humana a la oferta salvífica39. La antropología cristiana afirma, pues, vigorosamente el carácter personal del hombre y su condición de interlocutor libre de Dios, cosas ambas que resultan insostenibles allí donde se ignora o trivializa la capacidad de quien es imagen de Dios para optar libremente incluso por la negación del Amor creador.

d. “¿Dónde queda, muerte, tu victoria?”

30. La muerte es ciertamente el “último” enemigo del hombre (cf. 1 Cor 15, 26). Aguarda siempre en el horizonte de la vida e introduce en ella una dimensión de incertidumbre y, al mismo tiempo, de gravedad. No es extraño que cuando no se puede ver en la muerte más que el final de nuestra existencia, su presencia resulte inquietante e incluso desesperante. De hecho, nuestra sociedad tiende a ocultar, a convertir en tabú el hecho de la muerte.

La fe nos ofrece una inestimable ayuda para afrontar con realismo y esperanza nuestro destino mortal. La piedad cristiana no ha tenido nunca dificultad incluso en proponer la meditación de la muerte (“acuérdate que has de morir”) como un medio de maduración en la libertad. “La realidad de la muerte exige que nos decidamos en cada momento. A la luz de la muerte el creyente descubre el sentido de la vida.”40 Saber entregar confiadamente la vida en manos de Dios es el acto supremo de la libertad humana.

Pero el arte de morir presupone que se ha vivido ejercitándose en la sabiduría cristiana de la esperanza. “Toda nuestra ciencia consiste en saber esperar.”41 Así expresa un joven místico de nuestros días el secreto de la vida cristiana: saber esperar el encuentro con el Amor vencedor de la muerte. Eso es lo que nos permite vivir con verdadera libertad y fraternidad la vida y la muerte.

IV
CONCLUSIÓN:
ANUNCIEMOS CON LA VIDA AL VENCEDOR DE LA MUERTE

31. Hemos querido volver a exponer los fundamentos de la esperanza cristiana en la resurrección y en la vida eterna, junto con las respuestas que desde ella se obtienen para algunos problemas de nuestro tiempo. No podemos dejar languidecer la esperanza. Es urgente que aprendamos de nuevo esta “ciencia” fundamental del esperar. Nuestras comunidades cristianas serán de este modo verdadera sal de la tierra en medio de una sociedad muy deseseperanzada y desmoralizada.

Tenemos entre nosotros a los verdaderos expertos en la ciencia de la esperanza: son los santos. La vocación cristiana es vocación a la santidad. Y la santidad es la realización y el disfrute anticipado de los bienes futuros. Los santos son la transparencia de la vida eterna; su vida proyecta ya en este tiempo de nuestra vida en la historia la eternidad todavía no alcanzada. Ellos nos ayudan a recordar que nuestra existencia cristiana es una existencia escatológica, abierta hacia lo alto. Quien ha hecho en verdad la experiencia de la vida nueva de Cristo resucitado puede también hacer suyas -como los santos- las palabras del Apóstol: “estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son nada comparados con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rom 8, 18).

32. En nuestro caminar hacia la patria del cielo contamos especialmente con la presencia maternal de María. Ella, “la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 Pe 3, 10), brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo.”42 Por eso la invocamos como “madre de la esperanza” y “causa de nuestra alegría”.

La presencia de María adquiere una particular significación en el tiempo litúrgico del Adviento, en el que la Iglesia revive con ella la espera gozosa del Salvador. Además, el Papa ha comparado estos años que quedan de siglo con el tiempo del Adviento, un tiempo de arrepentimiento y de esperanza, en el que nos disponemos, ya desde ahora, para el Gran Jubileo del año 2000, que ha de ser un encuentro renovado con “Aquel que era, que es y que viene constantemente” (Ap 4, 8). 43

Por medio de María, pedimos al Señor de la gloria que nuestra vida, junto con nuestra palabra, dé verdaderamente razón de nuestra esperanza (cf. 1 Pe 3, 15). Ofrecida con la modestia y el convencimiento de la vida misma a nuestros hermanos, esa esperanza será la mejor contribución a la construcción de una sociedad cada vez más habitable, más cercana al Reino de Dios que esperamos y por cuya venida oramos siguiendo la enseñanza del Salvador.

Madrid, 26 de noviembre de 1995 Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo

Ricardo Blázquez Pérez,
Obispo de Bilbao,
Presidente de la C.E. para la Doctrina de la Fe

José Manuel Estepa,
Arzobispo Castrense

Antonio Palenzuela,
Obispo emérito de Segovia

Antonio Cañizares,
Obispo de Ávila

Francisco Javier Martínez,
Obispo auxiliar de Madrid

Rafael Palmero,
Obispo auxiliar de Toledo

Juan A. Martínez Camino,
Secretario

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s