¿Cuánto tenemos que ver con la muerte de Cristo?

¿Cuánto tenemos que ver con la muerte de Cristo?

Cristo murió por nuestros pecados

“Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras”

(1Cor 15, 3)

Y así fue; así es.

Es bien cierto, podría pensarse así porque así parecen las cosas que entonces sucedieron, que Jesús fue apresado (mediando traición por parte de Judas), juzgado (eso sí, de manera ilegal), azotado (de forma y manera excesiva e innecesaria), escupido (con abuso de autoridad), obligado a cargar con el madero de la cruz y, al fin, clavado en tal madero donde exhaló el espíritu donde murió.

Ciertamente, eso fue así, eso pasó (a grandes rasgos) de tal manera.

Pero las cosas, en materias de espíritu, alma y todo ello relacionado con Dios, no son siempre como parece sino que, cosa propia del Creador, tienen un calado más profundo que la mayoría de las veces nosotros, simples seres humanos demasiado mundanos, no alcanzamos a comprender y, mucho menos, a conocer.

El caso es que Jesús, Aquel que fue enviado por Dios al mundo para dar su vida (fue enviado para eso, no lo debemos olvidar) lo fue, precisamente, para tratar de paliar el terrible foso de separación que se había establecido entre el hombre, creación del Todopoderoso, y quien, como Señor de todo, había pensado que su criatura había sido creada más que bien. Y tal foso no fue ampliándose por algún fenómeno natural (o de la naturaleza) sino que se agrandó por culpa, exclusivamente, de quien, teniendo la parte correspondiente de relación divina, creyó que poco importaba pecar. Pecó y, por tanto, cada vez que pecó, se separó un tanto así (digamos poquito) de Dios. Y fueron tantos los pecados cometidos que sólo pudieron limpiarse con la entrega del Hijo de Dios.

Eso lo dice muy bien el apóstol San Juan en su evangelio. En concreto entre los versículos 16 al 21 del capítulo 3 del mismo dice que

“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios”.

¿Qué pasado desde entonces?

¿Acaso el ser humano ha dejado de pecar?

La respuesta es sencilla: no.

Por tanto, nosotros seguimos “alimentando” la Cruz de Cristo y aumentado sus sufrimientos.

Esto nos lo dice más que bien nuestro Catecismo cuando titula, precisamente, “Todos los pecadores fueron los autores de la Pasión de Cristo” para añadir esto que sigue:

”598 La Iglesia, en el magisterio de su fe y en el testimonio de sus santos, no ha olvidado jamás que ‘los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor’ (Catecismo Romano, 1, 5, 11; cf. Hb 12, 3). Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo (cf. Mt 25, 45; Hch 9, 4-5), la Iglesia no duda en imputar a los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús, responsabilidad con la que ellos con demasiada frecuencia, han abrumado únicamente a los judíos:

‘Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal ‘crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia’ (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es mayor que el de los judíos. Porque según el testimonio del apóstol, ‘de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria’ (1 Co 2, 8). Nosotros, en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de Él con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre Él nuestras manos criminales’ (Catecismo Romano, 1, 5, 11).

‘Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados (S. Francisco de Asís, Admonitio, 5, 3)”.

Todo, pues, anda según hemos querido y queremos los hermanos de Cristo. Ciegos, las más de las veces, ante el sufrimiento del Hijo de Dios e incapaces, las más de las veces, de rectificar unos errores tan grandes y que tanto pesan en nuestro corazón o, al menos, que tanto debían pesar.

Viernes, pues, éste, también de Dolores (por más que no sea el día en el que tal día se recuerda y celebra) pues es mucho el dolor que hemos causado y mucho el que nos hemos callado por cobardía o egoísmo.

Pidamos, pues, perdón a Dios no sólo por el mal hecho a Jesucristo sino, esto es más que probable, por el que podamos seguir haciéndole. Y, si es posible (para el Creador nada hay imposible) que nuestro corazón no atesore más traiciones.

Oremos, pues, al Creador, para que, otra vez, nos perdone pues Cristo murió un Viernes, llamado Santo porque el Único Santo murió entonces, y lo hizo por nuestros pecados. Por ellos y, por cierto, para que quedasen limpios y fuera posible nuestra salvación eterna.

Y es que Dios no tiene igual, tampoco, en cuanto a Misericordia.

Eleuterio Fernández Guzmán

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