EL JUICIO DE ESTE MUNDO

EL JUICIO DE ESTE MUNDO

Señor, lo que me encanta y lo que asusta en ti es que eres inevitable; más que inevitable, definitivo. Cuando hayas acabado de pasar a través de los hombres, quedará eternamente establecido que los unos se encontrarán a tu derecha y los otros a tu izquierda. Después no habrá más cuestiones. Cada uno quedará fijado para siempre. Tu obra no puede ser continuada por nadie, ni habrá otro redentor que salve a los que te hayan desconocido.

Tú eres inevitable. La luz ha penetrado en las tinieblas; la noche que se ha mostrado dispuesta a recibir esta luz, se ha convertido en claridad, y toda su primitiva negrura ha desaparecido; pero la noche que se ha negado a dejarse penetrar por esa luz, esa noche no ha permanecido simplemente lo que era; es ahora una noche voluntaria, una noche que ha despreciado la luz, y su obscuridad natural es ya una obscuridad culpable. El que no quiere ser de Dios se hace peor que un hombre, se hace un precito, es decir, hombre que se condenará. 

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Y este juicio del mundo ha comenzado ya. Aunque los hombres lo quieran o no, Tú estás en medio de ellos. Pueden obrar como si te desconocieran, pero aparentar que se desconoce la piedra angular, no impide estrellarse en ella. Tú estás instalado en nuestro universo, y nos juzgas a todos, permaneceremos eternamente fijados en la actitud que hayamos adoptado para contigo. Cuando pienso en esto se apodera de mi alma un ligero estremecimiento de espanto. No me gusta lo definitivo… 

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Hace siglos que la raza humana se ha acostumbrado a andar con rodeos y a volver a empezar las cosas, y el punto final siempre nos asusta. Tú eres el punto final, la última letra del alfabeto; eres la misteriosa OMEGA, después de la cual nada hay que esperar. Por tanto, contigo es con quien debemos arreglarnos, contigo es con quien debemos contar como última esperanza.

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Recordarte cuando pasas, saber quién eres, confesarlo sin fingimientos, recibir así en vida tu VERDAD, es el único medio de escapar a la muerte del alma. Tú estás presente, y sin embargo los que no quieren verte, no te ven. Hablas sin cesar, y no obstante los sordos voluntarios en verdad no oyen ninguna de tus palabras, y nos toman por locos cuando escuchamos tu voz, la cual llena la inmensidad de tu obra. El único negocio necesario es tomarte cuando pasas y conozco algunos que han pasado toda su vida sentados a la vera del camino por el que caminabas y que han dicho no haberte encontrado nunca. 

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Tú estás en medio de nosotros; tu mirada nos interroga, tu verdad nos juzga, y muchos van y vienen, ríen y lloran; duermen y piensan sin haberse sentido jamás cohibidos por tu presencia, ni haberse rozado contigo en su trabajo. Y sin embargo, a todos esos ya los has juzgado, todos los que quieren desconocerte y organizar su vida lejos de ti, podrán organizar sus deseos y se creerán librados de tu presencia. Tú eres terrible y bueno, terrible como el que se siente fuerte y no se doblega; terrible como la VERDAD, que con nada se empaña; como la justicia a quien nada puede corromper. Haz que tu gracia me preserve de la ceguera voluntaria. Los ciegos culpables no mienten cuando dicen que a pesar de tener los ojos bien abiertos no ven tu presencia. Su pecado es un mal sutil y su infidelidad muy profunda. Se han puesto fuera de la posibilidad de verte, como los judíos a quienes su odio los había obscurecido de tal modo que creyeron hacer un obsequio a Dios matando al HIJO DE DIOS. Nuestra pereza inveterada, o la vanidad brutal, las cobardías lamentables o el orgullo sarcástico; el afán de riquezas o la dureza de corazón, consentidos voluntariamente, es lo que constituye en nosotros EL PODER DE LAS TINIEBLAS.

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Y el decir que no veo, no es siempre una excusa valedera. Mejor dicho, nunca lo es. Con todo, ¡Si yo estuviera dispuesto a obedecerte! ¡Si estuviera dispuesto a no andar con rodeos, a entregarme sin reservas a tu único dominio y a recibir de Ti toda mi vida!… porque todo lo que conservo para mí está perdido, condenado, juzgado como inútil, destinado a la muerte; y todo lo que Tú tomas, todo lo que te entrego, todo está curado, divinizado, inmortal. Todo entra en la casa del PADRE. Mis días están desprovistos de valor si no son tuyos, y mis mayores esfuerzos no hacen mas que caer en el vacío si no están informados en tu gracia.

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¡Oh, Juez mío! Tómalo todo no quiero que este título de juez enfríe mi corazón. En realidad si te amo es porque eres definitivo. Si tu juicio pudiera ser deformado, sería débil, y ¿qué ventaja encontraría mi debilidad al apoyarse en lo caduco? Pero lo que Tú habrás dicho de mí, nadie podrá desmentirlo; lo que hayas escrito nadie podrá enmendarlo, y el día en que hayas proclamado lo que soy, mirándome bien a los ojos, me dirás que soy de los “tuyos”, y que mi tiempo de pruebaha concluido; ese día sin crepúsculo te bendeciré con todas mis fuerzas, porque eres el que no cambia. Tú me has impuesto la obligación de esperar ese inefable plazo, y de esperar en Ti, Juez mío, la vida eterna.

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P. Charles

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