RESUELVE, DE UNA BUENA VEZ, TU PASADO PARA RESOLVER, TAMBIÉN, TU FUTURO

RESUELVE, DE UNA BUENA VEZ, TU PASADO PARA RESOLVER, TAMBIÉN, TU FUTURO

El problema de tu pasado sólo se resuelve con la Confesión. La confesión es un sacramento necesario a los pecadores, muy conveniente a todos, muy divino y muy humano.
Su principal provecho es quitar los pecados mortales y veniales cometidos después del bautismo.
El pecado mortal es el mayor mal que hay y puede haber, porque es ofensa de Dios, nos hace enemigos de Dios, nos priva de la gracia santificante, nos hace perder la gloria, nos condena al infierno, nos causa remordimiento y a veces, sobre todo repetido, nos trae muchos males en esta vida.
El pecado venial, aunque es mucho menor mal que el mortal, es peor que cualquier mal de esta vida; porque si bien no nos condena al infierno, nos enfría en el amor de Dios, nos dispone al pecado mortal y nos condena al purgatorio o a otras penas.
El pecado mortal es muerte del alma.
El pecado venial es enfermedad del alma.
El pecado mortal se quita con la confesión.
También se quita por un acto de perfecta contrición (por amor a Dios, nos duele haber pecado y haberlo ofendido por ser Él quien es), pero con propósito de confesarse.
El pecado venial se quita principalmente con la confesión; también la comunión, los actos de arrepentimiento y otras obras buenas ayudan a borrarlo del alma.
La confesión es una institución que, además de perdonarse en ella los pecados, tiene muchas ventajas.
En el confesor nos ha dado Jesucristo: Un consultor gratuito, imparcial y secreto. Un educador constante que nos guíe al bien. Un padre bondadoso que nos anime y corrija. Un médico que cure nuestros vicios y defectos. Un amigo íntimo, fiel, reservado, compasivo. Un juez bondadoso que nos absuelva siempre. Mejor que sea hombre que no ángel, porque así entenderá mejor lo que es mi corazón por el suyo. Los que se confiesan frecuentemente, difícilmente se harán malos, y si lo son se harán buenos. Los que son malos y quieren serlo no se confiesan, se confían en ellos mismos y dejan de confesarse. No resisten la confesión.
Para confesarse bien se necesita: a. Examinarse antes (analizar cuáles y cuántos pecados hemos cometido, que mandamientos hemos violado). b. Dolerse de los pecados cometidos. c. Proponer enmendarse de ellos. d. Confesar al Sacerdote los pecados mortales. e. Cumplir la penitencia que te diga el confesor.
El examen debe hacerse con serenidad, no con apuros ni congojas de modo que resulte un tormento.
No hay obligación de confesar mas que los pecados mortales. Los veniales hay libertad de confesarlos o no.
Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: a. Que la materia (ya sea de pensamiento, deseo, palabra, obra u omisión) sea alguna cosa grave, o que uno la conciba como grave al tiempo de cometer el pecado. b. Que haya conocimiento y advertencia plenos, es decir, que se de uno cuenta de que lo que va a hacer es gravemente malo, por ejemplo, no ir a Misa en domingo, sabiendo que es domingo. c. Que haya libertad completa, de hacerlo o no hacerlo. Sin libertad no hay pecado. Sin querer nunca se peca. Si no puedo ir a Misa, no peco por no oírla. Si falta alguna de estas tres, el pecado no es mortal.


Todo lo que se hace sin querer, por violencia o por fuerza, sin pleno consentimiento, sin plena advertencia, sin caer en la cuente, por simple descuido, en sueños o medio en sueños, o en un arrebato imprevisto e inevitable, no es pecado mortal.
Los pensamientos, por malos que te parezcan; las pasiones, por fuertes que sean; las tentaciones, por más violencia que te hagan, nunca son pecados mientras tú, a sabiendas, no las admitas o apruebes.


Se puede pecar de pensamiento, de deseo, de palabra, de obra o de omisión.


Pecar es querer lo que presenta el pensamiento pecaminoso, y consentir con la voluntad en aquello malo que te sugiere la tentación o inclinación.

Peca el que desea robar, hacer daño, etc., aunque no realice su deseo en obras exteriores. Pero es necesario, para que haya pecado, ese querer verdadero de aquello que sabes esta prohibido por Dios; y sin esa voluntad libre nunca se peca.


Si sólo después de hecha una acción y no antes, has caído en la cuenta de que aquello era pecado, no has cometido pecado, ni estas obligado a confesarlo.
Una cosa que ordinariamente sólo es pecado venial puede llegar a ser pecado mortal: • por razón de la malicia o de la intención perversa, • o si se ha cometido en desprecio de Dios y de su Ley, • o por acumulación, como en ciertos hurtos pequeños, • o bien creyendo, al cometerlo, que aquello era pecado mortal.
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NOTA y RESUMEN: El problema de tu pasado sólo se resuelve con la Confesión, como ya hemos dicho. Pero no sólo resuelve tu pasado, sino también tu futuro, pues depende de este sacramento que recobres la gracia santificante y puedas alcanzar, en ese estado, la bienaventuranza eterna. Sólo un inconsciente vive en constante estado de pecado mortal, arriesgando su destino eterno. ¿De qué te sirve ganar todo el mundo si pierdes tu alma eternamente? ¿Estás consciente del riesgo que te juegas? Confiésate cada vez que tengas la debilidad de pecar mortalmente. ¡Cuantas veces sea necesario! Se puede perder una batalla, pero el católico, finalmente, debe ganar la guerra. La confesión frecuente lleva a ese triunfo final.
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Autor: Tiro Arellano S.J.
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