El dolor humano

El dolor humano

Por Mauricio Rubiano Carreño

Para sacarle mucho jugo a un limón es necesario arrancarlo de la rama, magullarlo, cortarlo y exprimirlo, y entre más se exprima, más jugo se le saca. El limón, en el árbol, se veía hermoso, pero no servía para nada. Tuvo que ser destruido para ser útil.

Una cebra en la estepa también se ve bella; pero, aparte de abonar la tierra con sus excrementos, no sirve para nada. Se hará verdaderamente útil en el momento en que es triturada por las dentelladas de las leonas, sirviéndoles de alimento.

Un ser humano puede vivir sólo unos pocos días bebiendo únicamente agua mineral: pero es necesario que mate seres vivos —vegetales y/o animales— para alimentarse. Ellos deben morir para que otros vivan. Así son los seres vivos: la muerte al servicio de la vida.

Hoy, el ser humano ya no sirve de alimento a las fieras sino en muy contadas ocasiones. En cambio, todos los logros le exigen un poco de dolor: con contadas excepciones, las madres paren con dolor y ¡qué alegría tan grande la que sienten!; los muchachos tienen que pasar por el jardín infantil, el colegio y la universidad para ser profesionales y, ¡cuántos sacrificios hacen en esos 19 años!, si es que no hacen posgrado; los grandes científicos logran sus anhelados avances tras noches y noches de trabajo e insomnio… en fin, los ideales no se logran sin sacrificios.

Y, ¿por qué en la naturaleza existe esa ley?

Es que cada acto de amor a otro extirpa de mí un poco de mi egoísmo o, por lo menos, de mi egocentrismo. Esta pequeña violencia que me hago al olvidar mi satisfacción personal por darle gusto a un ser querido hace morir un poco mi egoísmo, y no me importa, puesto que estoy enamorado.

Ese “morir un poco mi egoísmo” es la señal más clara del amor verdadero: pienso más en quien amo que en mí, más en su bienestar que en el mío, más en su felicidad que en la mía… Y —¡qué paradoja!— así me hago feliz.

En la medida en que tenga más amor, más deseos de servir al otro, más deseos de su felicidad, me sacrifico más por él. Basta ver el amor de una madre, y hacer memoria de la cantidad ingente de sacrificios que hace por un hijo.

Pero le tenemos miedo al dolor, huimos de él… como en una fuga de lo natural.

Es necesario que nos expriman (como al limón) para que produzcamos fruto: el científico que no se trasnocha, que no se “quema las pestañas” frente a un microscopio y a sus estadísticas no descubre las vacunas que han salvado tantas vidas, el atleta que no entrena hasta el dolor muscular no llega a la “final”…

Es necesario que trituren (como a la cebra) nuestro yo, para que aparezca el : si cada esposo va tras la felicidad del otro, fácilmente se olvidará de sí, de su egoísmo y hasta de sus metas nobles… ¡Y será feliz! Y enseñará a amar: sus hijos verán ese ejemplo de vida y se sentirán impulsados a seguirlo.

Es el dolor de cada día la que nos enseña providencialmente en qué podemos mejorar.

Es el dolor de cada día el que nos muestra, a veces, nuestros errores, para que rectifiquemos el camino.

Es el dolor de cada día el que nos agranda el corazón para comprender mejor a los demás.

Es el dolor de cada día el que hace que en los que ven nuestro sufrimiento se despierten sentimientos de compasión que, de otro modo, nunca se desarrollarían.

Si supiéramos qué tan bueno es el dolor, se irían de nuestro lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etcétera.

Todo, aun lo que parece negativo, es para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría: que los padres, a veces, deben permitir que sus hijos sufran para que aprendan a vivir.

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