¡No entristezcáis al Espíritu!

Entristecer a Dios… Hermoso antropomorfismo el de San Pablo (Ef 4,30), aplicado a lo que nosotros, misteriosamente, podemos producir en el Espíritu Santo de Dios, usando mal nuestra libertad.

Espíritu Santo¿Cómo evitamos ese “entristecer”, “apagar” o “extinguir”[1] el Espíritu? En primerísimo lugar evitando el pecado, que es lo más contrario a Dios y a nosotros que ha existido, existe y existirá. Hablando del Espíritu Santo, enseñaba San Cirilo de Jerusalén: “Y te ha de dar los dones de toda clase de gracias, si no le contristas por el pecado. Pues está escrito: «No entristezcáis al Espíritu Santo…”[2].

Este “evitar el pecado” como lo primero para no contristar al Espíritu, se deduce fácilmente de los versículos que rodean la cita de Efesios ya mencionada, donde el Apóstol de los gentiles pide que desaparezca la irala blasfemia junto con toda malicia (v.31); que ya no roben (v.28), etc. Pero a la par de este abandonar la antigua conducta del hombre viejo (v.22), pide también actos más propios de un hombre nuevo (v.24) y habla de justicia y santidad verdadera (v.24), de ayudar al necesitado (v.28), de ser benévolos unos con otros, compasivos, perdonándoos mutuamente como Dios os perdonó en Cristo (v.32), etc.

No creo exagerar entonces si afirmo que entristecemos, extinguimos y apagamos el Espíritu, cuando no somos fieles a sus mociones, ya que a una persona querida la entristezco no sólo cuando hago algo en contra de ella, sino también cuando no accedo a lo que me pide o sugiere (cuánto más si esa persona –papá, mamá, superior/a– tiene autoridad sobre mí y lo que me aconseja es para mi bien); asimismo, a un fuego no sólo lo apago si le hecho agua encima, sino también si no le sigo agregando aquello por lo cual está haciendo combustión (ramas, etc.).

Y como el Espíritu Santo “trabaja” en nuestro interior, una de las maneras para serle fieles, es seguir los dictámenes de la conciencia, que es “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre”[3], como decía Juan Pablo II en la Encíclica sobre el Espíritu Santo. En ese mismo documento, luego de afirmar la importancia de no olvidar el sentido verdadero del pecado como ofensa a Dios, afirmaba:

“La Iglesia, por consiguiente, no cesa de implorar a Dios la gracia de que no disminuya la rectitud en las conciencias humanas, que no se atenúe su sana sensibilidad ante el bien y el mal. Esta rectitud y sensibilidad están profundamente unidas a la acción íntima del Espíritu de la verdad. Con esta luz adquieren un significado particular las exhortaciones del Apóstol: “No extingáis el Espíritu”, “no entristezcáis al Espíritu Santo”[4].

Esa “rectitud” y “sensibilidad ante el bien y el mal”, dadas por la acción del Espíritu Santo, nos evocan aquellas fuertes palabras de Isaías ¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! (Is 5,20) Cuánta necesidad hay de distinguir lo bueno de lo malo en un mundo que no pocas veces llamas las cosas exactamente al revés; cuánta necesidad de iluminar con la luz de la razón, a un mundo que vive solo de y para lo sensible; cuánta urgencia hay de que la lumbrera de la fe y de lo eterno penetren las tinieblas y caducidad de lo puramente temporal…; cuánto necesitamos, en definitiva, que los rayos del Espíritu Santo sigan resplandeciendo en este tiempo de “eclipse de la conciencia”[5] (Juan Pablo II).

Somos, los católicos, 1.229 millones en el mundo, pero ¿cuántos vivimos realmente lo que profesamos? Hicieron falta 12 personas convencidas de su fe (la Virgen y los 11 apóstoles) para convertir a todo el mundo, y ahora, siendo tantos… ¿tenemos esa fuerza? Es cierto, obviamente, que los 12 nombrados eran especialísimos y con una misión, en varios aspectos, única e irrepetible; pero también es cierto que si hoy en día nosotros viviésemos más perfectamente nuestra fe, habría muchas más conversiones. Hablando de nuestro “gremio”, decía San Felipe Neri “Dadme diez sacerdotes animados por el Espíritu de Dios y yo respondo por la conversión del mundo entero”[6].

Y en esto que venimos diciendo me parece importantísimo, fundamental, esencial, determinante, urgente, del todo relevante y miles de etcéteras más, el hecho de que el católico tiene que ser distinto a los demás, su fe tiene que notarse, verse, percibirse, mostrarse, manifestarse, irradiarse… tiene que salirle por los poros… Quienes no tienen fe, tendrían que vernos tan distintos a ellos, como percibía a los primeros cristianos el autor de la Carta a Diogneto[7]. Nuestra fe tendría que enorgullecernos mucho más de lo que enorgullece a un hombre simpatizar con tal o cual equipo de fútbol, o decir que estudiamos en tal o cual universidad, o que trabajamos en tal o cual empresa, o que somos de tal o cual familia… (o cualquier otra cosa que pudiese ser causa de mayor “orgullo”).

Por supuesto que estamos hablando de un “orgullo humilde” si se me permite la aparente contradicción, porque sabemos que es un don dado de lo alto, del cual no somos dignos y que nos pone al servicio de los demás hasta el punto de estar dispuesto a ser esclavos[8] o dar la vida por ellos[9]. Y nos referimos también a un “orgullo crucificado” ya que todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones. (2Tim 3,12).

Para esto, en primer lugar hay que creer, es decir adherirse intelectualmente a todo el Evangelio (no a una parte), y a todo el Magisterio, de lo contrario seríamos de los que pretenden “alternativas”, como predicó hace unos días el Papa en Santa Marta:

“Yo entro en la Iglesia, pero con esta idea, con esta ideología. Y así su pertenencia a la Iglesia es parcial. También éstostienen un pie fuera de la Iglesia. También para éstos la Iglesia no es su casa, no es propia. En un determinado momento alquilan la Iglesia. (…) ‘Somos… sí, sí… somos católicos, pero con estas ideas’. Una alternativa. No comparten ese sentir propio de la Iglesia”.

Y, en segundo lugar, hay que ser coherentes con lo que se cree, porque la fe, si no tiene obras, es de suyo muerta(Sant 2,17); como decía el beato Cardenal Newman: “Las obras de la fe son precisamente aquellas que yo no haría si no tuviese fe”. Pensemos un poco, ¿cuáles son las obras que hacemos porque tenemos fe? ¡Dios quiera que sean muchas!

La fe que obra por la caridad (Gal 5,6), debe informar toda nuestra vida; san Pablo afirma en más de una de sus cartas que el justo (o sea el santo) vivirá por la fe (Rom 1,17)[10]Se habla bastante hoy en día de la autonomía que debe tener el obrar del hombre en ciertos ámbitos, y aunque no niego que eso sea así, sin embargo me parece que es muy fácil entenderlo mal y, entonces, permitirnos que haya “aspectos”, “lugares”, situaciones o actividades en nuestra vida, donde la fe quede al margen, y con ella, por supuesto el Espíritu Santo también sea marginado (o discriminado…).

Lo que dice Hugo Wast del escritor de novelas, habría que extenderlo a cualquier actividad humana:

“Si bien no se trate de asuntos relacionados con la religión, siendo toda novela representación de algún aspecto de la vida, pintura de almas y de caracteres, no tiene derecho un cristiano de escribirla tan pobre de espíritu que no se descubra en ninguna de sus páginas que Cristo ha pasado por la tierra”[11].

La fe debe iluminar todo lo que hacemos, como la levadura que fermenta toda la masa (cfr. Mt 13,33); de este modo seremos fieles al Paráclito, ya que en todas estas “iluminaciones” Él está presente y operante, puesto que nadie puede decir ‘Jesús es el Señor’ sino es movido por el Espíritu Santo (1Cor 12,3).

Hasta la manera de saludar (y a quién saludar: ¡a todos!) de un católico, ya debería mostrar que tiene y vive su fe, ya que si creemos que el Señor está presente en todos nuestros hermanos (cfr. Mt 25,40), no es mucho pedir una sonrisa y un gesto amable para cada uno de ellos. Y de ahí… a todo lo demás: su fidelidad matrimonial; el milagro de ser co-creadores con Dios por la cantidad de hijos que va a traer al mundo[12]; el modo en que llevará adelante su empresa o cómo será su actuar en el trabajo con su jefe y sus compañeros; cómo llevará adelante la casa, si es mujer, y cómo le ayudará a su esposa en lo que pueda, si es hombre; como usará de su dinero; cómo ocupará su tiempo; cómo y cuánto usará los medios de comunicación; cuáles serán sus recreaciones, sus amistades, su forma de vestir, de hablar, de pensar, etc. etc…. Ni qué decir de su capacidad de perdonar, de su vida de piedad, de su amor a los sacramentos… En todo podemos alegrar al Espíritu Santo o entristecerlo… y no hay puntos neutrales, como decir: “ni lo entristezco ni lo pongo contento, lo dejo ahí nomás”… ya que El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (Mt 12,30).

En cuanto al modo de juzgar las cosas, la escritora francesa del siglo pasado, Simone Weil, tiene un hermoso texto que cito a continuación:

“El objeto de mi investigación no es lo sobrenatural, sino este mundo. Lo sobrenatural es la luz. No debemos atrevernos a hacer de ella un objeto; de lo contrario, la degradamos (…) No es por la forma en que un hombre habla de Dios, sino por la forma en que habla de las cosas terrenas, como se puede discernir mejor si su alma ha permanecido en el fuego del amor a Dios. Ahí no es posible ningún engaño. Hay falsas imitaciones del amor a Dios, pero no de la transformación que él realiza en el alma, porque la persona no puede tener ninguna idea de esta transformación más que si ella misma pasa por ella (…) Según la concepción de la vida humana expresada en los actos y las palabras de un hombre, sé (quiero decir que sabría, si tuviera discernimiento para ello) si ve esta vida desde un punto de vista situado en este mundo o desde lo alto del cielo. Por el contrario, cuando habla de Dios, no puedo discernir (aunque a veces sí puedo…) si habla desde dentro o desde fuera. (…) El Valor de una forma de vida religiosa, o más generalmente, de una forma de vida espiritual, se aprecia por la intensidad de la luz proyectada sobre las cosas de este mundo. (…) Las cosas carnales son el criterio de las cosas espirituales. Esto es lo que generalmente no queremos reconocer, porque tenemos miedo a un criterio. La virtud de una cosa cualquiera se manifiesta fuera de ella”[13].

Busquemos no contristar al Espíritu Santo, o sea busquemos, aunque suene raro “hacer feliz a Dios”:

“Conozco personalmente a un sacerdote que me decía que él se había hecho sacerdote para hacer feliz a Dios. Un día estaba paseando frente a la iglesia parroquial, cuando vio a un joven que recogía papeles y botellas de la basura que dejaban los vecinos en la puerta de sus casas. Y para entrar en conversación con él, se acercó a saludarlo y le invitó a un pastel que había comprado minutos antes. En ese preciso momento, como un relámpago, tuvo la intuición clara de que Dios le sonreía y se sentía feliz por aquella acción. Comprendió, con una luz sobrenatural especial, que valía la pena vivir para hacer feliz a Dios.

Desde entonces, procura vivir su sacerdocio haciendo feliz a Dios, haciendo felices a los demás. Y, por otra parte, celebra cada día la misa por amor a Dios y para gloria de Dios, y se ofrece con Jesús por la salvación del mundo. Ahora comprende que ser sacerdote es algo tan grande y hermoso que vale la pena renunciar al mundo entero con tal de hacer feliz a Dios y, a la vez, hacer el bien a todo el universo y a la humanidad entera. Para él, ser sacerdote es hacer feliz a Dios. Y Dios, que no se deja ganar en generosidad, lo hace un sacerdote feliz. ¿Estás tú dispuesto a hacer feliz a tu Dios y Señor?”[14].

Hagamos esto, y nuestra vida no será lo mismo: “que alguno haga la prueba, durante tres meses, de no rehusar absolutamente nada a Dios, y verá qué profundo cambio experimentará en su vida”[15].

Con peligro de alargarme, termino con un par de citas de lo que entiendo ser el secreto de la docilidad al Santo Espíritu de Dios, o sea el mejor modo para hacerlo verdaderamente “feliz”:

Hablando de la Virgen María, afirma el santo de Montfort:

Virgen María Espíritu Santo “Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por Ella, y le dice: echad, mi bienamada y mi Esposa, las raíces de todas vuestras virtudes en mis elegidos, a fin de que crezcan de virtudes en virtudes y de gracia en gracia. Tanta complacencia he tenido en Vos, cuando vivíais en la tierra en la práctica de las más sublimes virtudes, que deseo todavía encontraros en la tierra, sin cesar de estar en el cielo. Reproducíos, para este efecto, en mis elegidos: que vea en ellos con complacencia las raíces de vuestra fe invencible, de vuestra humildad profunda, de vuestra mortificación universal, de vuestra oración sublime., de vuestra caridad ardiente, de vuestra esperanza firme y de todas vuestras virtudes. (n. 34)

“Cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la ha encontrado en un alma, vuela allí, entra en ella plenamente, se comunica a esa alma tan abundantemente cuanto ella da lugar a su Esposa; y una de las grandes razones por que el Espíritu Santo no hace ahora maravillas ostensibles en las almas, es porque no encuentra en ellas una bastante grande unión con su fiel e indisoluble Esposa (n. 36)

“¿Cuándo llegará aquel tiempo feliz, en que la divina María sea reconocida Señora y soberana de todos los corazones…? Cosas maravillosas acaecerán entonces en esta tierra miserable, en que el Espíritu Santo, encontrando a su Esposa como reproducida en las almas, vendrá a ellas con la abundancia de sus dones y las colmará de ellos, particularmente del don de sabiduría, para obrar maravillas de la gracia” (n. 217)[16].

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