EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

Cada empresa, cada grupo humano y en la misma Iglesia, el Papa, los Obispos, tienen un distintivo que, en sentido amplio, se suele llamar “logotipo”.

Por ejemplo, vemos un corazón rojo, dividido por una cruz blanca en la pequeña pantalla y decimos: “es Pax televisión”.

Cuando hablamos de Dios podemos decir que también hay un logotipo que lo define:

Es el Corazón de Jesús.

Para nosotros el corazón es el signo de la entrega, de la generosidad, del servicio, en una palabra: del amor.

Sabemos que en la Biblia Dios se define como amor: “Dios es amor”, nos dice Juan en su carta.

Parece que la Santísima Trinidad, queriendo acercarse a nosotros, hizo que su Verbo se encarnara para tener un corazón, como cualquiera de nosotros y demostrarnos, de una manera palpable, que realmente nos quiere.

Si examinamos la vida de Jesús vemos que toda ella es, en efecto, una continua entrega desinteresada y total, corazón a corazón.

En el seno de Santa María se formó un corazón que creció hasta el tamaño normal de todo hombre.

A lo largo de su vida fue derrochando amor y cercanía, lo cual se manifiesta, ante todo, con el sacrificio. Recordemos:

Nace en una simple cueva fuera de la ciudad; es el máximo desprendimiento.

Huyendo en plena noche, vive el destierro durante su infancia.

Permanece al calor de la familia toda su juventud, sin más horizonte que Nazareth.

Los tres últimos años de su vida son una continua actitud de servicio:

– Enseñanzas que se centran en la conversión y en el Reino.

– Sanaciones que curan los cuerpos para salvar las almas y llevarlas al Padre.

– Defensa de los humildes, para lo cual no teme afrontar la hipocresía de los fariseos.

– Sacrificio total de sí mismo que le hizo pasar por los azotes, la corona de espinas, las peores calumnias, los insultos, hasta llegar a la crucifixión.

En el Calvario abrieron su cuerpo en las manos, en los pies y, sobre todo, en el costado, demostrando que no le quedaba ningún secreto. Así lo había dicho en la última cena: “Ustedes son mis amigos porque yo les he contado todo lo que sabía del Padre”.

El signo fuerte, último, de este Corazón en el que nos ama la Trinidad, es doble:

Uno externo: por la lanzada nos abre, de par en par, su costado, para que brote el agua y la sangre, signos del Bautismo y de la Eucaristía.

Otro es interno y espiritual: nos entrega su Espíritu Santo, antes de inclinar la cabeza y expirar.

No acabó ahí la entrega de Dios a través del Corazón de Jesús. Resucitó victorioso y Él mismo nos explicó para qué:

“Voy a prepararles un lugar para que donde yo esté, estén también ustedes”.

Jesús en el cielo nos espera, sentado a la derecha del Padre pero, al mismo tiempo Él, que es todopoderoso, se ha hecho Eucaristía; continuo compañero y alimento para el camino, cumpliendo así la gran promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Por todo esto la Iglesia nos ofrece la Fiesta del “Sagrado Corazón de Jesús” que celebramos, precisamente, en estos días, paseando la imagen de Jesús con el corazón fuera del pecho, dando a entender que su amor es más grande que su cuerpo bendito.

La ciencia nos enseña que los sentimientos están físicamente en el cerebro. Pero, la sabiduría popular, que ve cómo se acelera el corazón cuando ama, sigue diciendo: te amo con todo mi corazón.

Por eso decimos que el Corazón de Jesús es el logotipo del amor trinitario.

Ojalá aprendamos de Jesús cómo se ama.

José Ignacio Alemany Grau, Obispo

 

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