Los católicos no dan importancia al agua bendita como le daban antes

Los católicos no dan importancia al agua bendita como le daban antes

¿Desconocimiento, indiferencia, pensar que es algo mágico?

En muchas apariciones marianas la Virgen hace aparecer una fuente, quizás la más célebre sea la de Lourdes, que aún hoy tiene un fuerte poder sanador. Pero en la vida de la Iglesia su uso está desvaneciendo, primero fue la sal bendecida, y ahora hasta en algunas iglesias ni siquiera hay pilas de agua bendita a la entrada del templo, o están secas.

monsenor bendicendo una casa cuna

EL AGUA BENDITA EN LOS JUDIOS

La “fe madura”, el “catolicismo racional” ha catalogado a estos sacramentales como algo más o menos mágico, de los que Dios no se necesita valer para actuar. Sin embargo, aún se mantiene como un vínculo con la fe entre los sencillos.

Pero el agua ha tenido y tiene gran importancia en el cristianismo, que lo veremos.

UN SACRAMENTAL

El agua bendita es un sacramental, instituido por la Iglesia, y usada con fe y devoción, purifica a los cristianos de sus faltas veniales.

Las bendiciones de personas y de cosas van acompañadas de algunos signos, y los principales son la imposición de manos, la señal de la cruz, el agua bendita y la incensación (Bendicional 26).

El agua bendita es constituida por la bendición del sacerdote o del diácono (ib. 1224-1225), y como todos los sacramentales,

“tiende como objetivo principal a glorificar a Dios por sus dones, impetrar sus beneficios y alejar del mundo el poder del maligno” (ib.11),

El agua bendita

“gozó siempre de gran veneración en la Iglesia y constituye uno de los signos que con frecuencia se usa para bendecir a los fieles” y también a los objetos. “Evoca en los fieles el recuerdo de Cristo… que se dio a sí mismo el apelativo de “agua viva”, y que instituyó para nosotros el bautismo, sacramento del agua, como signo de bendición salvadora” (ib. 1223).

EL AGUA BENDITA EN LOS JUDÍOS

Los judíos no bendecían el agua, considerándola, a diferencia de otros pueblos, una criatura bendita por sí misma, y le daban un uso religioso como elemento de purificación. Una ablución total es prescrita antes de la unción sacerdotal de Aaron y de sus hijos (Ex 29,4).

Y después de la época de cautividad, el agua se empleaba en Israel como un bautismo de conversión y purificación, semejante al de Juan el Bautista. Los que se convertían, confesaban sus pecados, y mientras oraban, recibían del bautizador el agua purificadora (Mc 1,4.8; Mt 3,6.11; Lc 3,3.16.21).

En Babilonia, en Grecia, en Roma, también se practicaban ritos de purificación mediante el agua. Tertuliano (+220) describe los ritos de purificación de personas, objetos y lugares mediante el agua, que eran usuales entre los romanos (De baptismo V).

El libro de los Números habla de “un agua de expiación”, que era ritualmente preparada y empleada (19,7-9). El libro de los Salmos refleja este uso:

“rocíame con el hisopo, y quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve” (Sal 50,9).

Y el Señor promete:

“derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará; de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar” (Ez 36, 25).

En la tradición bíblica de Israel son muchas las indicaciones de veneración por el agua. El Espíritu divino planea sobre las aguas primordiales, dando vida por ellas a todas las criaturas (Gén 1,2).

Son las aguas en el diluvio universal las que dan muerte al pecado de la humanidad, y vida a los supervivientes, que “se salvaron por el agua”, como dice San Pedro. Ella es una figura del bautismo en Cristo (1 Pe 3,18-21).

Las aguas del Mar Rojo, a las que Moisés dedica un himno, dan muerte a los egipcios y vida a los israelitas, anticipando así también el bautismo cristiano (1Cor 10,2).

Golpeada por Moisés la Roca en el desierto, la convierte en fuente, que da la vida a los que morían ya de sed (Núm 20,1-11); “y la Roca era Cristo” (1Cor 10,4), de cuyo costado salió en la Cruz “sangre y agua” (Jn 19,34).

Agar e Ismael, en el desierto, se salvan por el agua que Dios les da (Gén 21,14), como también Naamán se libra por el agua de su lepra (2Re 5,1ss). El profeta Ezequiel ve que del costado del Templo, al oriente, brota un agua viva que todo lo vivifica a su paso (47,1-12).

En fin, es el agua del Jordán, donde Jesús es bautizado, el comienzo del bautismo cristiano; es el agua, como dice San Cirilo de Alejandría (+444), “el principio del Evangelio”, como antes fue “el principio del mundo” (Catequesis III,5).

Se sirve Dios del agua en k para sanar a los enfermos (Jn 5,1-9). Y enseña Jesús a Nicodemo que los hombres nuevos han de nacer de nuevo “del agua y del Espíritu” (Jn 3,5).

EL AGUA EN EL CRISTIANISMO

Los cristianos, pues, desde el principio veneran siempre el agua, viendo en esa criatura el inicio de la primera creación y el comienzo de la creación nueva. Esta transformación del mundo por la gracia de Cristo es elocuentemente anunciada en Caná, donde el Nuevo Adán convierte el agua en vino (Jn 2,1-11).

En el pozo de Jacob se manifiesta Jesús a la samaritana (Jn 4,6), y después a todo el pueblo, como fuente inagotable de una agua que da la vida eterna: “si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (7,37-39).

San Cirilo de Alejandría considera el agua, en el orden de la naturaleza, como “el más hermoso de los cuatro elementos” que constituyen el mundo (Catequesis III,5). Y en el orden de la gracia, sabemos que Dios elige el agua no sólo como medio de salvación en el Bautismo, sino también como materia imprescindible de la Eucaristía.

Ya a mediados del siglo II, San Justino, al describir la celebración de la Eucaristía, testimonia que se realiza con “pan, vino y agua” (I Apología 67). Tertuliano (+220) refiere el lavatorio de manos en la celebración del sacrificio eucarístico (Apologia 39), rito, por cierto, que sigue vigente en el Novus Ordo de la Misa (n. 24), aunque no pocos sacerdotes lo omiten, rompiendo una tradición de al menos dieciocho siglos.

El sacerdote, a un lado del altar, se lava las manos, diciendo en secreto: Lava me, Domine, ab iniquitate mea, et a peccato meo munda me”.

No obstante la gran devoción de los cristianos hacia agua, criatura excelsa y sacramento de regeneración, la Iglesia en un principio se mostró reacia a establecer el sacramental del agua bendita, precisamente porque eran muchos los ritos paganos –egipcios, romanos, griegos, casi todos los pueblos antiguos, también la India– que usaban el agua lustral profusamente en sus ritos sagrados, casi siempre con un sentido de purificación. En esos ritos era antiquísimo el uso de la sal y de otros elementos que se mezclaban con el agua.

Al principio del siglo II se halla ya, sin embargo, en la Iglesia la primera fórmula conocida de bendición del agua, mezclada con la sal, y está prescrita por el papa San Alejandro (105-115) para aspersión de las habitaciones (A. Gastoué, Dict. Spiritualité IV, 1982).

El agua bendita es, pues, uno de los muchos casos en que la Iglesia, realizando históricamente un misterio deencarnación, cristianiza –asume, purifica y eleva– antiguos ritos paganos, que también usaban el agua y la sal.

Ninguna religión, ciertamente, tiene tantos motivos como el Cristianismo para venerar el agua y para convertirla, con la gracia de Cristo, en uno de sus sacramentales más preciosos. Posteriormente, esta tradición se expresa con relativa plenitud en las Constituciones Apostólicas (380), en las que hallamos preciosas fórmulas de bendición del el agua bautismal (VII,43), y también del agua y el aceite (VIII, 29):

Es el obispo el que bendice el agua o el aceite. Pero si él se encuentra ausente, que lo haga el presbítero, asistido por el diácono. Pero si el obispo se encuentra allí, que el presbítero y el diácono lo asistan. Y que diga así:

Señor del universo, Dios que todo lo puedes, Creador de las aguas y dador del aceite, misericordioso y amigo de los hombres, tú, que das el agua que sirve como bebida y para las purificaciones y “el aceite que alegra el rostro” [Sal 103,15] para nuestro gozo y alegría [Sal 44,8.16], tú mismo, ahora, por Cristo, santifica esta agua y este aceite, en nombre de aquel (o aquella) que los ha traído, y concédeles la fuerza de dar salud, de evitar las enfermedades, de alejar los demonios, de proteger la casa, de apartar de cualquier asechanza. Por Cristo, “nuestra esperanza” [1Tim 1,1], por quien te sean dados gloria, honor y veneración, en el Espíritu Santo, por los siglos. Amén.

El sacramentario gelasiano antiguo (mediados del s. VII) contenía ocho fórmulas de bendición del agua. Alcuino (+804) reunió cinco fórmulas, añadidas al sacramentario gregoriano-adrianeo, que el Papa Adriano envió a Carlomagno (finales del s. VIII). Estas oraciones se mantuvieron en elOrdo ad faciendam aquam benedictam del Ritual romano hasta el ritual De benedictionibus (1984), compuesto por la Congregación del Culto divino y de los Sacramentos, que expongo a continuación.

BENDICIÓN DEL AGUA EN LA MISA

La bendición del agua puede hacerse en la Misa, según indica el Bendicional (1224):

“La bendición y la aspersión del agua se hace normalmente el domingo, según el rito descrito en el [actual] Misal Romano» (apéndice 1: Rito para la bendición del agua y aspersión con el agua bendita). Tras un breve saludo, una de las oraciones que el Misal ofrece, y que expresa los efectos propios del agua bendita, dice así:”

“Dios todopoderoso, fuente y origen de la vida del alma y del cuerpo, bendice esta agua, que vamos a usar con fe para implorar el perdón de nuestros pecados y alcanzar la ayuda de tu gracia contra toda enfermedad y asechanza del enemigo. Concédenos, Señor, por tu misericordia, que las aguas vivas siempre broten salvadoras, para que podamos acercarnos a ti con el corazón limpio y evitemos todo peligro de alma y cuerpo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén”.

Prevé este Rito que donde “la costumbre popular» lo aconseje, se conserve «el rito de mezclar sal en el agua bendita”, bendiciendo previamente la sal. Una vez bendecida el agua, el sacerdote se rocía a sí mismo con el hisopo y puede luego recorrer la iglesia para la aspersión de los fieles. En el Tiempo de Pascua, por su carácter bautismal, este Rito es recomendado especialmente.

FUERA DE LA MISA

La bendición del agua fuera de la celebración de la Misa es dispuesta en el Bendicional según su orden propio: signación trinitaria, saludo, monición, lectura de la Palabra divina, oración de bendición (ofrece dos posibles), aspersión y despedida. Transcribo una de las oraciones de bendición:

“Señor, Padre santo, dirige tu mirada sobre nosotros que, redimidos por tu Hijo, hemos nacido de nuevo del agua y del Espíritu Santo en la fuente bautismal; concédenos, te pedimos [ + ], que todos los que reciban la aspersión de esta agua queden renovados en el cuerpo y en el alma y te sirvan con limpieza de vida. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén”.

Es de notar que en tanto que el Misal Romano bendice la misma agua con fórmula expresa y con el signo de la cruz, la bendición del Bendicional no realiza una bendición directa del agua como criatura, y no lleva el signo de la cruz, [ + ] en cumplimiento del Decreto de 2002 (223). Por eso es más recomendable el uso de la fórmula bendicional que ofrece el Misal Romano del Novus Ordo, más fiel a la tradición.

LAS PILAS DE AGUA BENDITA

Las pilas de agua bendita en las parroquias y las aguabenditeras en los conventos y en las casas de familia han formado parte del mundo cristiano de la gracia durante siglos, pero hoy han desaparecido casi por completo en las Iglesias más o menos descristianizadas.

En ellas la gran mayoría de los bautizados son alejados habituales –concretamente de la Eucaristía y de la Penitencia sacramental–, y si menosprecian los sacramentos, a fortiori ignoran y desprecian los sacramentales.

Son pelagianos, que para seguir “el camino abierto por Jesús” solamente se apoyan en su voluntad, no en los sacramentos, que para ellos vienen a ser ritos mágicos. O son vagamente gnósticos, muy débilmente adictos a las fabulaciones de alguna ideología del Cristianismo, desvinculada completamente de Escritura, Tradición y Magisterio.

Y es frecuente hoy que incluso en el pequeño Resto de practicantes –no pocos de ellos voluntaristas semipelagianos, por falta de formación o por mal adoctrinamiento–, la fe y la devoción por el agua bendita hayan desaparecido.

Ahora bien, debemos reconocer que el pueblo cristiano sencillo permanece normalmente en la fe de la Iglesia, en la fe de siempre – también en los sacramentales y el agua bendita–, aunque viva la fe con mayor o menor fidelidad, si no se la quitan ciertos sacerdotes, teólogos y liturgistas. Actualmente se la han quitado mediante comentarios despectivos o por un silenciamiento sistemático de los sacramentales, que los lleva a desaparecer, pues no creen en ellos.

TENER AGUA BENDITA EN LA CASA

Busque usted un bote o botella de cristal limpio y digno, hágase una estampa con la oración ya citada “Dios todopoderoso, fuente y origen de la vida del alma y del cuerpo, bendice + esta agua”, etc. La perduración de la estampa será más segura si la plastifica.

Y en algún momento oportuno, acérquese con la estampa y el frasco lleno de agua a un sacerdote: “padre, bendígame esta agua, por favor”.

Si consigue su intento, bendiga al Señor y dé gracias al sacerdote. Y si se ve rechazado, bendiga al Señor y no sienta rabia contra el cura, sino una gran compasión, porque la mala doctrina lo ha deformado, y rece por su conversión a la plena fe de la Iglesia.

Fuentes: P. José María Iraburu, Signos de estos Tiempos

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  1. El agua y el aceite u óleo, solo tienen un valor simbólico, pues todo viene de Dios Padre, de ahí atribuirles otros poderes divinos, no lleva a rayar en la idolatría. Mucha gente se lleva a sus casas frascos con agua bendita como algo protector de los malos espíritus, confiando ya no en Dios sino en el frasco con agua. descuidando lo mas importante la oración y la comunión con Dios de dónde vendrá la verdadera protección. la verdadera bendición esta en la que viene del Padre, al momento que el sacerdote esparce esta agua entre los fieles, recordemos el agua sólo es simbólica no tiene ningún poder.
    Son aspectos muy importantes sobre los cuales los sacerdotes deben enseñar y guiar a los fieles.

    • Vilma, yo he tenido esa duda por mucho tiempo, y consultando a un sacerdote (el Padre Arnaldo A. Villalba – Diócesis de Lomas de Zamora) me explicó que cuando me quedara poca agua bendita, podía agregarle mas agua comun y corriente y asi podria seguir teniendo más agua bendita.
      Debes entender que el uso del Agua bendita es un sacramental y no un amuleto. En el punto 1667 del Catecísmo de la Iglesia Católica nos dice:
      “La Santa Madre Iglesia instituyó, además, los sacramentales. Estos son signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida” (SC 60; CIC can 1166; CCEO can 867).
      Tambien en el punto 1670 no explica:
      Los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y disponen a cooperar con a ella. “La liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los acontecimientos de la vida […] sean santificados por la gracia divina que emana del misterio Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, de quien reciben su poder todos los sacramentos y sacramentales, y que todo uso honesto de las cosas materiales pueda estar ordenado a la santificación del hombre y a la alabanza de Dios” (SC 61).
      En tanto a Jorayllon, hermano, trata bien a los demás, no seas descortés, si alguien no entiende explicale pero evitando no tratarlo mal.
      Preguntale a cualquier sacerdote (si es un sacerdote exorcísta mucho mejor) que es lo que hace una persona que está poseída cuando se le esparce Agua bendita.

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