¿QUÉ NECESITO PARA PERDONAR?

¿QUÉ NECESITO PARA PERDONAR?

Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón se te perdonarán tus pecados. Si un hombre le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor? (Eclesiástico 28, 2-3)

Inevitablemente la vida está llena de fallos y errores humanos. Para no vernos continuamente aplastados por su peso necesitamos perdonarnos unos a otros, es decir romper decididamente y para siempre con la lógica de la venganza, las cadenas del odio, prisión del rencor y de la ira. Pero, siendo el perdón un rasgo fundamental del actuar de Dios también tiene repercusión en el actuar del hombre.

El odio y el rencor, como lo dice el libro del Eclesiástico, producen daños graves. El perdón no sólo es algo bueno para la relación sana entre nosotros, sino un deber para el cristiano. Perdonar tiene un valor tan grande que no tiene comparación con ningún otro proceso terapéutico o psicológico para la salud integral del ser humano, y puesto que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que viva, por esto perdonar debe ser la norma del comportamiento del creyente.

Es indiscutible notar, hoy por hoy, una cultura que promueve la indiferencia, la individualidad, el egoísmo, la violencia, donde cada vez más las promesas de paz, de justicia, se alejan de la realidad, y también de nuestras relaciones cotidianas y comunitarias. Es aquí donde la única forma de salir del círculo del rencor y la venganza, es perdonando sinceramente de corazón al otro. Pero,
¿Qué es perdonar de corazón? En un primer momento, perdonar de corazón no es decir “ya perdoné, aunque él no quiera cambiar”, o bien “te perdono de corazón, pero no lo vuelvas a hacer”, perdonar no es un negocio de afecto.

Perdonar, ante todo, es una experiencia de encuentro personal donde dos o más comparten un mismo dolor (sea del rencor, del daño, del mal). Pero este encuentro cura, alivia, devuelve la salud. Perdonar, es una experiencia que alivia, donde dos espaldas cargan el peso de una; comparten y por eso parten el dolor, pero no sólo eso, sino que, además el perdón busca soluciones al dolor.

Pero, ¿qué se necesita entonces para perdonar?, ¿por qué a veces yo no perdono o no me perdonan? Esta pregunta se hace cada vez más urgente y estimulante en un mundo en el que no se sabe perdonar. ¿Por qué no puedo perdonar? Porque no sabemos escuchar: no nos escuchamos, no nos entendemos. Escuchar es abandonar todo lo que somos para estar pendiente de los labios de otro. Estar pendiente es ser dependiente, es estar colgado, es renunciar a mi propia libertad, es afirmar al “otro” con aniquilación de mi “yo”, mientras que el “otro” tenga algo que decir. Sólo desde ahí brota la compasión y el entendimiento hacia quien me ofendió o de quien ofendí.

Pero yo no puedo escuchar al otro si tengo muchas otras cosas en mi cabeza, o si estoy prejuiciado hacia el otro. Por eso perdonar, no es tan simple. Escuchar es una actividad muy fuerte, incluso agotadora, no lo hacen muchos. “Para escuchar tenemos que entender, y para entender, hay que atender al otro”. Esto es que, con mis cinco sentidos yo me desplazo hacia la fuente de los estímulos que quiero percibir del que está frente a mí, incluso si tengo un dolor de muelas o pocas horas de descanso, incluso si hay mucha gente o poca a mi alrededor; mi objetivo es el otro y nada más. Sin atención no es posible el cuidado. Es muy difícil.

En una cultura como la nuestra que está tan rota, donde está tan automatizada la vida de cada ser, es urgente aprender el arte de escuchar para perdonar, pero no sólo eso. Recordemos que perdonar es una gracia, y por esto, siguiendo el consejo de Jesús “cuando te pongas de pie para orar, perdona si tienes algo contra alguno, para que también vuestro Padre celestial, os perdone vuestras ofensas” (Mc 11, 25), esto es, necesitamos orar a Dios para perdonar de corazón. Si orar es abrazarnos nuevamente a la confianza en el Otro con mayúscula, cuanto más no lo necesitamos para abrazarnos nuevamente a la confianza con el otro.

Y más en la Iglesia es urgente ser escuela del perdón. Somos comunidad de creyentes, que estamos sometidos al error y la debilidad propia y ajena, y desde esta realidad, nuestro Dios, quiere que nos veamos como hermanos que busquen lo verdadero y noble. De ahí que Jack Kornfield afirme: “la comunidad se crea no cuando la gente se une en nombre de la religión, sino cuando se une con honestidad, respeto y amabilidad para fomentar el despertar de lo sagrado”.

Dios nos invita a romper con el vicio del rencor, con la ira, la venganza, cortemos pues ese cordón umbilical que nos ata a la violencia del mundo por medio de la actitud generosa de escuchar, atender, y entender a los semejantes.

Pbro. Vicente Díaz Aldaco

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