Dime qué lees…

Dime qué lees…

P. Gustavo Lombardo, IVE

En realidad, quizás hubiera sido mejor este título “dime si lees… y te diré quién eres”. La vida moderna con su avasallante y casi incontrolable tecnología, al agilizar y facilitar algunas cosas, parecería que nos tendría que dejar más tiempo para el “sano ocio”, tan apreciado en la antigüedad y solo alcanzable para quienes no tenían que dedicarse a otras actividades, por ej. al comercio (de ahí la palabra “neg-ocio”, como “negación del ocio”). Pero en realidad, en la gran mayoría de los casos, ésta, prácticamente “tecnocracia” (el hombre dominado por la tecnología), es un enemigo acérrimo del “sano ocio”, de la vida intelectual, del mundo interior. Hace más de 50 años atrás decía Hugo Wast:

“La facilidad de las diversiones en las ciudades hace imposible el cultivo del hombre interior”[1].

¡Qué diría ahora!… Un estudio muestra que la gente no soporta 15 minutos en silencio a solas; se ha perdido la capacidad de pensar; se habla incluso de “miedo a pensar” –‘fronemofobia’–, y me parece que no poco influye en esto el haber perdido también la capacidad de pasar un buen rato con un libro en la mano, leyendo, pensando y meditando lo que se lee.

Virgen libro

Más que nunca entonces, con voluntad de tercer binario[2], habrá que tomar la distancia suficiente de todo aquello que nos impida tener algunos momentos al menos, para poder dedicarnos al fascinante mundo interior:

“El mundo interior es incomparablemente más interesante que el exterior. Pero ¡cuán difícil es penetrar y quedarse en el propio mundo interior![3]”. (Hugo Wast)

Santo Tomás, de 16 consejos que da al estudiante, dedica siete al resguardo de la vida interior tanto por la relación con los demás por el amor al silencio y al retiro[4]. Por tanto:

“Hay que entregar al mundo la cara y reservarse el espíritu. Aquel que vive atento a toda exterior minucia descuida su hombre interior, que es el que verdaderamente interesa[5]”. (Hugo Wast)

Para cultivar ese “hombre interior”, no poco ayudan los libros. Disculpen si exagero, pero no se me ocurre un católico comprometido con su fe, sin un libro “entre cejas” donde, terminar uno, significaría comenzar otro… y así…

Tomemos una resolución semejante a la de Don Bosco:

Como una gimnasia para robustecer al hombre interior, contrapeso del hombre exterior, se fija [Don Bosco] en su programa aquella obligación: ‘Además de las prácticas ordinarias de piedad, no omitiré nunca el hacer cada día un poco de lectura espiritual’[6].

Habiendo hecho ese tiempo de lectura, quizás al principio con cierta heroicidad, poniendo la debida atención y amor a lo que hacemos –recordemos aquel “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”[7] de San Juan de la Cruz–, no será difícil que esto se transforme en un buen hábito, es decir, en una virtud, y ya no sea una carga, sino un descanso; como decía Menéndez y Pelayo, que algún que otro libro habrá leído en su vida… “¡Qué lástima! ¡Tener que morirme con tanto como me falta por leer!”. No sé si hace falta llegar a decir algo así… pero sí es necesario tener un gran amor por la lectura.

Decía Monseñor De Ségur: Un buen libro es un buen misionero, y a menudo se logra convertir al que lo lleva consigo”[8]. “Convertir” o acercar más a Dios que, en definitiva, es la misma cosa, ya que vivimos convirtiéndonos. Prueba de esto son estas líneas que recibí días atrás, luego de los envíos de libros que estamos haciendo a los ejercitantes virtuales[9]:

“¡Qué libro más maravilloso e ilustrador! Después de tantos años de saber que la vida eterna consiste en conocer a Dios y a su enviado Jesucristo. Hoy con la lectura de este libro “vi” a Nuestro Señor Jesús con otros ojos: verdadero Hombre y verdadero Dios. No sabría explicar lo que este maravilloso libro ha hecho en mi alma (le veía tan lejano). Gracias, que Dios le pague el estar enviando este grandioso material. Mil gracias, ¡que Dios le bendiga inmensamente!”.

Varios son los santos que recibieron la gracia de la conversión por medio de una buena lectura. Un día, cuando San Agustín estaba en el jardín orando a Dios para que lo ayudara con la pureza, escuchó la voz de un niño cantándole:“Toma y lee; toma y lee” (Confesiones, Capítulo 8). Con ello, él se sintió inspirado a abrir su Biblia y lo que leyó[10] le cambió su vida guardando castidad hasta su muerte.

Edith Stein era una atea hasta que un buen día leyó la autobiografía de Santa Teresa de Ávila. Comenzó a leer a las siete de la tarde y a las siete de la mañana siguiente dijo “Voy a convertirme en una católica romana”. Y se convirtió en un ejemplo de católica, cuyo nombre de religiosa fue “Santa” Teresa Benedicta de la Cruz.

El mismísimo San Ignacio, convaleciente, por pías lecturas fue que recibió la gracia de la conversión; así lo relata él mismo, en tercera persona, en su autobiografía:

Ignacio

“Y porque, dice, era muy dado a leer libros mundanos y falsos que suelen llamar de caballerías, sintiéndose bueno, pidió que le diesen algunos de ellos para pasar el tiempo; aquella casa no se halló ninguno de los que él solía así le dieron un Vita Christi, y un libro de la vida Santos en romance. (…) Porque, leyendo la vida de nuestro Señor y de los santos, se paraba a pensar, razonando consigo: ¿qué sería, si yo hiciese esto que hizo San Francisco, y esto que hizo Santo Domingo? (…) Mas todo su discurso era decir consigo: Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo de hacer”[11].

Y si algunos santos se convirtieron por la lectura de un libro, me animo a decir que todos han progresado en su vida espiritual gracias a las buenas lecturas. Solo por poner un par de ejemplos: a San Juan Pablo II le ayudó muchísimo en su devoción mariana, como ya lo hemos hecho notar[12], el ‘Tratado de la Verdadera Devoción’ de San Luis María, y para transitar los caminos del espíritu, San Juan de la Cruz fue su guía predilecto. San Alberto Hurtado, a los 15 años le escribe a un amigo contándole lo que ha estado leyendo en vacaciones: son 21 títulos leídos y termina con un “y algunos otros libros que se me olvidan”[13]. El elenco que da el joven santo no es estrictamente de materia espiritual, pero, como dirá en las vacaciones del año siguiente: “pienso seguir leyendo dramas clásicos españoles para formarme un estilo[14], parece que buscaba explotar sus talentos al máximo. Cinco años después, escribirá –siempre al mismo amigo y también en vacaciones: “Me levanto relativamente temprano, hago una media hora o tres cuartos de hora de lectura espiritual, que me sirve de meditación (por ahora, Historia de Cristo de Papini, con la que estoy encantado)”[15].

Con esta última frase pasamos a una de las tantas propiedades que tiene la lectura espiritual, y es el hecho de que está muy unida a la oración: “Buscad leyendo, y hallaréis meditando”[16], dirá San Juan de la Cruz. Quien no tenga lectura espiritual, será difícil que pueda evitar los pensamientos rastreros, y también, sin los contactos con el mundo del espíritu que nos proporciona la lectura, la misma oración se vuelve árida, como quien ignora la mayor parte del día a la persona con la cual vive: en lo poco que hable con ella, sería descarado esperar una confianza y una gran fluidez de palabras.

Eugene Boyland, monje cisterciense, en su excelente libro “Dificultades en la oración mental” habla de un mínimo de tres horas semanales de lectura espiritual:

“Siempre que haya tiempo suficiente a disposición de una persona, se puede decir que reducir el tiempo de la lectura espiritual, sin la debida causa, a menos de tres horas semanales, es alimentar insuficientemente el alma, con las consecuencias que dicha insuficiencia lleva consigo”[17].

Es tal la influencia que tienen nuestras lecturas en nosotros, que casi podríamos decir que “pensamos lo que leemos”, aunque no seamos totalmente consientes de eso; ¿y si no leemos? Pensamos lo que está de moda… lo que dice el “mundo” (cf. Sgo 4,4) .

Santo Tomás ha dicho que cualquier verdad que se diga, proviene del Espíritu Santo[18]; por eso cito aquí un párrafo de un libro que poco tiene que ver con los temas de nuestra fe, pero que refiere algo que me parece verdadero:

“La mayoría de nosotros ha escuchado el dicho ‘Usted es lo que come’. Yo tengo una versión diferente del mismo dicho. Yo digo ‘usted se convierte en aquello que estudia’. En otras palabras, sea cuidados con lo que usted estudia y aprende, porque su mente es tan poderosa que usted se convertirá en aquello que introduzca en su cabeza[19]”.

El joven P. karol Wojtyla leyendo

El joven P. Karol Wojtyla leyendo en sus salidas campestres

Por esto, no solamente habrá que leer sino saber elegir muy bien lo que se lee; digamos un par de cosas al respecto:

Sagrada Escritura, sin duda, en primerísimo lugar. San Lorenzo de Brindisi decía: “múltiples riquezas encierra la Palabra de Dios, ya que es como el tesoro en donde se encuentran todos los bienes”[20]. Y San Ambrosio: “la lectura de las Sagradas Letras es la vida del alma”[21]. Leyéndola encontraremos “la paz de las Escrituras”[22], como dice San Agustín y, no haciéndolo, sencillamente, desconoceremos a Jesucristo, según inmortal frase del patrono de los estudios bíblicos, San Jerónimo: “desconocer las Escrituras es desconocer al mismo Cristo”[23].

Libro de formación y espiritualidad excelente y, por su género magisterial, más que seguro doctrinalmente, será el Catecismo de la Iglesia Católica. Al publicarlo, San Juan Pablo II dijo que se trataba de “uno de los mayores acontecimientos de la historia reciente de la Iglesia”“un don verídico”“un don que presenta la verdad revelada por Dios en Cristo y confiada por él a su Iglesia”, “un compendio de la fe y de la moral católica”[24].

Hay que leer vidas de santos, libros de formación, de espiritualidad, sobre las virtudes, sobre los sacramentos (¡cuánto desconocemos sobre la Santa Misa!), acerca de la vocación que cada uno lleva adelante, leer los clásicos, etc. etc. Cada uno según el lugar que ocupe en el mundo y en la Iglesia –y qué mejor si está bien aconsejado– debería hacerse una especie de “plan de lecturas” o “plan de formación”, para mantener el Espíritu alimentado con verdadero manjar.

Y con respecto a títulos y autores (debajo damos algunas recomendaciones más puntuales), hay que saber discernir muy bien…

“En el siglo complicado en que vivimos hay demasiadas cosas urgentes que atender, que ver, que leer, para malgastar el poco tiempo disponible en leer libros sospechosos de interesar[25]” (Hugo Wast)

Y no solo hay libros “sospechosos de interesar” sino que realmente pueden ser perjudiciales para nuestra vida interior. Por eso no hay que leer lo primero que se nos pone delante, y no es seguridad que el autor sea “católico” (sacerdote, religioso…), ni que el libro sea vendido en una librería “católica”, ni que la editorial o el autor sean muy conocidos.

En estas cosas pasa algo análogo a lo que acontece con libros “profanos”: un El código Da Vinci vende (o vendía…),justamente porquea pesar de que miente de cabo a rabo, es lo que la gente quiere escuchar… cambiando lo que haya que cambiar, sucede igual con libros de espiritualidad o formación, no pocas veces son más conocidos y vendidos los que dicen cosas más “light”, más “a la moda”… Y para que no piensen que exagero, los dejo con San Juan Pablo II, que luego de alabar a Pablo VI por su firmeza al publicar la Humanae Vitae, habla a las claras de lo que estamos mencionando:

“Se dio perfectamente cuenta el papa Pablo VI, que sabía que Su deber era luchar contra ese relativismo frente a lo que es el bien esencial del hombre. Con su Encíclica Humanae vitae puso en práctica la exhortación del apóstol Pablo, que escribía a su discípulo Timoteo: «Anuncia la palabra, insiste en toda ocasión oportuna y no oportuna… Vendrá un día en que no se soportará la sana doctrina» (2 Timoteo 4,2-3).

¿No parecen censurar estas palabras del apóstol esta situación contemporánea?

Los medios de comunicación han acostumbrado a ciertos sectores sociales a escuchar lo que «halaga los oídos» (cfr. 2 Timoteo 4,3). Peor es la situación cuando los teólogos, y especialmente los moralistas, se alían con los medios de comunicación que, como es obvio, dan una amplia resonancia a cuanto éstos dicen y escriben contra la «sana doctrina». Cuando la verdadera doctrina es impopular, no es lícito buscar una fácil popularidad. La Iglesia debe dar una respuesta sincera a la pregunta; «¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?» (Mateo 19,16). Cristo nos previno, nos advirtió de que la vía de la salvación no es ancha y cómoda, sino estrecha y angosta (cfr. Mateo 7,1314). No tenemos derecho a abandonar esta perspectiva ni a cambiarla. Éste es el aviso del Magisterio, éste es también el deber de los teólogos-sobre todo de los moralistas-, los cuales, como colaboradores de la Iglesia docente, tienen en esto una parte esencial”[26]

Despertemos en nosotros, con la gracia de Dios, esa búsqueda de la Verdad, para lo cual no poca ayuda son los buenos libros. Como escribía un alma “recorvertida” y que poco había leído en su vida: Luego comencé a recibir un montón de libros que me ayudaron a afianzar y alimentar mi fe convirtiéndome en una apasionada lectora, eso no es otra cosa que “pasión por la verdad”, y como “la” Verdad es Jesucristo, y Él es “el” Santo (cf. Lc 1,35), no se trata sino de un verdadero deseo de santidad. Por eso, si tenemos muy poco gusto por la buena lectura, temamos que nuestro deseo de la perfección esté un poco somnoliento.

A la Santísima Virgen se la recuerda –y así la presenta por lo general la iconografía sagrada– leyendo la Sagradas Escrituras en el momento de la Anunciación. A Ella, que también supo “leer” en la Palabra Encarnada, su Hijo, encomendemos este ámbito no poco importante de nuestra vida interior, pidámosle que tanto buscar a su Hijo en los buenos libros, nuestros nombres sean escritos en el libro de la vida (cf. Apoc 21,27).

Oración a Nuestra Señora del Libro

Nuestra Señora del Libro, Santísima Virgen María,
Sede de la Sabiduría,
que, aceptando humildemente
la gracia de la maternidad divina,
has concebido a la Palabra increada,
para que fuese Verbo encarnado,
pide para nosotros
el don de la aceptación de la Verdad
comunicada en la Revelación;
pide que sepamos
obedecer al Magisterio de la Iglesia,
a fin de compartir con nuestros hermanos
la caridad de la Santísima Trinidad,
revelada en los Libros Sagrados.

Inspira a los escritores para que sus obras contengan
mensajes de verdad, de paz y de justicia.

Atiende las necesidades de los lectores,
y pide para ellos
que siempre participen en el pan de la Palabra.
Estimula la generosidad de los editores
para que nunca nos falten los buenos libros.

Que el Niño Jesús, a quien acaricias entre tus brazos,
nos aliente en las dificultades, especialmente intelectuales,
y que su mirada amorosa, que observa tu virginal rostro,
nos ilumine el camino del crecimiento espiritual,
para que, abandonando nuestro antiguo egoísmo,
aceptemos sin condiciones cuanto la Gracia
sugiera a nuestras mentes.
Amén[27].

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