“PA’L CASO… ¿ES LO MISMO?”

“PA’L CASO… ¿ES LO MISMO?”

Foto: “PA’L CASO... ¿ES LO MISMO?” </p><br />
<p>En nuestra, así llamada, “era global”, las fronteras geográficas, culturales y religiosas tienden a desvanecerse bajo el universal dominio de los modernos medios de transporte y las nuevas tecnologías de comunicación. “Global” es un adjetivo que se puede aplicar a todo, lo mismo a la política que a la economía, por ejemplo, ya que los puentes que avecinan hoy a las naciones del mundo facilitan un ágil y rápido tráfico comercial. Mientras que, en la época de Marco Polo o Crsitóbal Colón, explorar el planeta exigía desafiar, durante meses, los océanos y cabalgar por kilómetros atravesando paisajes de todo terreno, hoy basta sentarse, por unas cuantas horas, en un nave marítima o aérea para llegar hasta lugares apartados e inhóspitos. </p><br />
<p>Hoy en día, nuestro mundo se ha convertido en una pequeña aldea en la que el intercambio mercantil, no sólo implica la migración de productos, sino también el ir y venir de personas que llevan a cuestas su cultura. Tanto las personas como sus artefactos son vehículos que transportan consigo ideas, valores y costumbres.</p><br />
<p>En la moderna aldea global no es raro el matrimonio de un bieloruso con una africana, la venta de tortillas en China, los conciertos de Mozart en Filipinas o algún perdido anuncio comercial de Cocacola en la Plaza roja de Moscú. Las razas y las culturas de la tierra conviven, codo a codo, con sus distintas lenguas, ropajes y artesanías, pero también con sus distintos credos. Por ello, en esta sociedad marcada por la diversidad y la pluralidad, tampoco es extraña la pregunta por la propia confesión religiosa. Se trata de una pregunta a la que conviene responder, especialmente, en este año dedicado a la fe.</p><br />
<p>Cuando alguien nos pregunta ¿en qué crees? no se puede simplemente responder diciendo “creo en Dios”, porque ello sería tan ambiguo como decir “soy extranjero” en cualquier otra parte que no fuera la propia patria. Hay muchos que creen en Dios, pero el cristiano no cree sencillamente en Dios, sino más propia y específicamente, cree en Jesucristo, Hijo de Dios y salvador nuestro. Semejante confesión cristiana supone la imagen de un Dios que sin dejar de ser uno solo, es sin embargo, una comunidad de personas distintas. Creer en Dios, o crer en Dios trino y uno no es simplemente lo mismo.</p><br />
<p>Sucedió, por ejemplo, en algún lugar del mundo que, frente a una imagen de la Divina Providencia, una persona, de avanzada edad, oraba de esta manera: “Nuestro Padre Jesús que nunca nos falte casa, comida y sustento...”. Su nietecito, aprendiz de catecismo, que alcanzó a escuchar la susurrante oración, se atrevió a corregir a su abuelita: “Pero abue... Jesús no es nuestro Padre, sino el Hijo de Dios Padre.” “Ay mijito, pa’l caso es lo mismo, a fin de cuentas como quiera es Diosito,” respondió la señora.</p><br />
<p>“Cuentos de este estilo” no sólo reflejan la creencia de algunas personas con escasa formación religiosa porque, por ejemplo, en el siglo XVIII, uno de los más grandes personajes de la época moderna, el filósofo alemán Emmanuel Kant se expresaba con estas palabras del misterio del Dios trino: “Al alumno no le cuesta nada aceptar que en la divinidad adoramos tres o diez personas. Para él es lo mismo una cosa que otra, ya que no tiene ninguna idea sobre Dios en varias personas. Más aún porque de esta distinción no se deriva absolutamente ninguna pauta para su conducta. De la doctrina de la Trinidad no se saca definitivamente nada importante para la práctica, incluso cuando se pretende entenderla, mucho menos todavía cuando alguien se convence de que supera absolutamente todos nuestros conceptos.”</p><br />
<p>Si entendemos a Dios solamente como un “Alguien Todopoderoso” con el que conviene quedar bien para poder gozar de sus beneficios, entonces nuestra oración no será otra cosa que la cantaleta de un “pedinche”, y como dijo la viejecita: “pal caso es lo mismo”, finalmente lo que importa es que seamos complacidos en nuestras demandas. Si por otro lado, lo poco o mucho que sabemos de Dios lo consideramos tan sólo como un conjunto de verdades que medio entendemos, pero que, a la hora de la hora, no nos sirven para nada, entonces, la doctrina trinitaria “es algo con lo cual y sin lo cual nos quedamos tal cual”. </p><br />
<p>Lo mismo da comer arroz con palillos que con cuchara o con la mano, lo importante es comer, lo demás sobra y da lo mismo. Por lo tanto, muchos pensarán, tal vez, que es prácticamente irrelevante confesar a Dios como un misterio de tres personas; si fueran cuatro, más o menos, eso no pasaría de ser una sofisticada doctrina que no afectaría en nada nuestro deseo de que Dios cumpla nuestras súplicas y,  pa’l caso... es lo mismo.</p><br />
<p>Por la fe, nosotros creemos que Jesús de Nazareth nos ha revelado quién es Dios y qué quiere que seamos nosotros para él, de modo que las verdades de nuestra fe no son meras curiosidades intelectuales que, a fin de cuentas, salen sobrando. Dios nos ha revelado que Jesús es su Hijo para que así conozcamos su entrañable amor de Padre por nosotros. Si en Jesús, Dios se nos ha revelado como nuestro Padre es para que libremente y con la fuerza de su Espíritu Santo nos decidamos, cada día, a vivir como hijos suyos en la obediencia dócil de su divina voluntad. </p><br />
<p>Si de veras queremos rezar Padre nuestro, hay que esforzarnos, como Jesús, el Hijo amado, en escuchar lo que Dios nos pide que hagamos, antes de pedirle lo que queremos que él haga por nosotros, y pa’l caso.... ya no es lo mismo invocar a Jesús como Padre que invocarlo como Hijo porque en esa invocación está una invitación a “hacernos hijos del Padre”(cf. Mt. 5,48) del mismo modo como lo fue Jesús en sus días sobre este mundo: en escucha y obediencia (cf. Hebr. 5, 7- 10).</p><br />
<p>Pbro. Dr. Alberto Anguiano García<br /><br />
Seminario de Monterrey

En nuestra, así llamada, “era global”, las fronteras geográficas, culturales y religiosas tienden a desvanecerse bajo el universal dominio de los modernos medios de transporte y las nuevas tecnologías de comunicación. “Global” es un adjetivo que se puede aplicar a todo, lo mismo a la política que a la economía, por ejemplo, ya que los puentes que avecinan hoy a las naciones del mundo facilitan un ágil y rápido tráfico comercial. Mientras que, en la época de Marco Polo o Crsitóbal Colón, explorar el planeta exigía desafiar, durante meses, los océanos y cabalgar por kilómetros atravesando paisajes de todo terreno, hoy basta sentarse, por unas cuantas horas, en un nave marítima o aérea para llegar hasta lugares apartados e inhóspitos.

Hoy en día, nuestro mundo se ha convertido en una pequeña aldea en la que el intercambio mercantil, no sólo implica la migración de productos, sino también el ir y venir de personas que llevan a cuestas su cultura. Tanto las personas como sus artefactos son vehículos que transportan consigo ideas, valores y costumbres.

En la moderna aldea global no es raro el matrimonio de un bieloruso con una africana, la venta de tortillas en China, los conciertos de Mozart en Filipinas o algún perdido anuncio comercial de Cocacola en la Plaza roja de Moscú. Las razas y las culturas de la tierra conviven, codo a codo, con sus distintas lenguas, ropajes y artesanías, pero también con sus distintos credos. Por ello, en esta sociedad marcada por la diversidad y la pluralidad, tampoco es extraña la pregunta por la propia confesión religiosa. Se trata de una pregunta a la que conviene responder.

Cuando alguien nos pregunta ¿en qué crees? no se puede simplemente responder diciendo “creo en Dios”, porque ello sería tan ambiguo como decir “soy extranjero” en cualquier otra parte que no fuera la propia patria. Hay muchos que creen en Dios, pero el cristiano no cree sencillamente en Dios, sino más propia y específicamente, cree en Jesucristo, Hijo de Dios y salvador nuestro. Semejante confesión cristiana supone la imagen de un Dios que sin dejar de ser uno solo, es sin embargo, una comunidad de personas distintas. Creer en Dios, o crer en Dios trino y uno no es simplemente lo mismo.

Sucedió, por ejemplo, en algún lugar del mundo que, frente a una imagen de la Divina Providencia, una persona, de avanzada edad, oraba de esta manera: “Nuestro Padre Jesús que nunca nos falte casa, comida y sustento…”. Su nietecito, aprendiz de catecismo, que alcanzó a escuchar la susurrante oración, se atrevió a corregir a su abuelita: “Pero abue… Jesús no es nuestro Padre, sino el Hijo de Dios Padre.” “Ay mijito, pa’l caso es lo mismo, a fin de cuentas como quiera es Diosito,” respondió la señora.

“Cuentos de este estilo” no sólo reflejan la creencia de algunas personas con escasa formación religiosa porque, por ejemplo, en el siglo XVIII, uno de los más grandes personajes de la época moderna, el filósofo alemán Emmanuel Kant se expresaba con estas palabras del misterio del Dios trino: “Al alumno no le cuesta nada aceptar que en la divinidad adoramos tres o diez personas. Para él es lo mismo una cosa que otra, ya que no tiene ninguna idea sobre Dios en varias personas. Más aún porque de esta distinción no se deriva absolutamente ninguna pauta para su conducta. De la doctrina de la Trinidad no se saca definitivamente nada importante para la práctica, incluso cuando se pretende entenderla, mucho menos todavía cuando alguien se convence de que supera absolutamente todos nuestros conceptos.”

Si entendemos a Dios solamente como un “Alguien Todopoderoso” con el que conviene quedar bien para poder gozar de sus beneficios, entonces nuestra oración no será otra cosa que la cantaleta de un “pedinche”, y como dijo la viejecita: “pal caso es lo mismo”, finalmente lo que importa es que seamos complacidos en nuestras demandas. Si por otro lado, lo poco o mucho que sabemos de Dios lo consideramos tan sólo como un conjunto de verdades que medio entendemos, pero que, a la hora de la hora, no nos sirven para nada, entonces, la doctrina trinitaria “es algo con lo cual y sin lo cual nos quedamos tal cual”.

Lo mismo da comer arroz con palillos que con cuchara o con la mano, lo importante es comer, lo demás sobra y da lo mismo. Por lo tanto, muchos pensarán, tal vez, que es prácticamente irrelevante confesar a Dios como un misterio de tres personas; si fueran cuatro, más o menos, eso no pasaría de ser una sofisticada doctrina que no afectaría en nada nuestro deseo de que Dios cumpla nuestras súplicas y, pa’l caso… es lo mismo.

Por la fe, nosotros creemos que Jesús de Nazareth nos ha revelado quién es Dios y qué quiere que seamos nosotros para él, de modo que las verdades de nuestra fe no son meras curiosidades intelectuales que, a fin de cuentas, salen sobrando. Dios nos ha revelado que Jesús es su Hijo para que así conozcamos su entrañable amor de Padre por nosotros. Si en Jesús, Dios se nos ha revelado como nuestro Padre es para que libremente y con la fuerza de su Espíritu Santo nos decidamos, cada día, a vivir como hijos suyos en la obediencia dócil de su divina voluntad.

Si de veras queremos rezar Padre nuestro, hay que esforzarnos, como Jesús, el Hijo amado, en escuchar lo que Dios nos pide que hagamos, antes de pedirle lo que queremos que él haga por nosotros, y pa’l caso…. ya no es lo mismo invocar a Jesús como Padre que invocarlo como Hijo porque en esa invocación está una invitación a “hacernos hijos del Padre”(cf. Mt. 5,48) del mismo modo como lo fue Jesús en sus días sobre este mundo: en escucha y obediencia (cf. Hebr. 5, 7- 10).

Pbro. Dr. Alberto Anguiano García
Seminario de Monterrey

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