Acerca de las periferias existenciales

Acerca de las periferias existenciales

1. Fronteras y periferias

Las fronteras son una realidad ambigua desde el punto de vista antropológico. En cierto sentido, del mismo modo que nuestro cuerpo tiene un límite, que es como una frontera en la que se distingue de los demás y al mismo tiempo les une a ellos, así también las comunidades humanas asentadas en el territorio marcan sus límites y se distinguen de las demás.

Podemos emplear el símil de una casa. Los miembros de la familia necesitan espacios de intimidad personal, ámbitos bien delimitados que protegen la identidad y permiten que la comunión enriquezca a todos y preserve lo propio y característico de cada uno. En una casa deben existir muros exteriores que configuran la unidad y también paredes que delimitan el espacio personal de cada uno de los miembros de la familia.

¿Pero qué pasaría si las paredes se convirtiesen en muros? ¿Y qué pasa si los espacios interiores entre los muros son sólo periferia de los ámbitos personales de cada uno de los habitantes? Viviendo en sus castillos interiores, los miembros de la familia sólo compartirían lo estrictamente necesario, lo justo para servirse de lo que necesitan de los demás. Cada uno estaría preocupado de lo propio, permaneciendo insensible a las necesidades de los demás. Lo que sucede en las ciudades, que tienen sus periferias, puede suceder también en los hogares.

El cardenal Bergoglio pronunció un discurso que conmovió a los Cardenales durante el Cónclave. En él se incluían estas palabras:

“Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria (…/…) Pensando en el próximo Papa: un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayude a ser la madre fecunda que vive de “la dulce y confortadora alegría de la evangelizar”.

En la Iglesia no tendrían que existir las periferias ni las fronteras. Es el Sacramento universal de la comunión. Haremos bien en meditar y reflexionar sobre estas realidades, con las que convivimos todos los días. El corazón se nos endurece y permitimos que quede insensible. La Humanidad es una familia mal avenida. En muchas ocasiones, las naciones convierten las fronteras en muros de separación y de exclusión, que con frecuencia relegan a muchedumbres a la condición de presidiarios. Esos muros son reales en muchos ocasiones, es decir, murallas de piedra o de cemento armado. En otras, las fronteras se constituyen sobre los accidentes geográficos. En todo caso, son muchas las veces que se convierten en símbolos de la división y del pecado de la Humanidad. Os propongo tres películas que tienen que ver con las fronteras.

1. Welcome

Desde muy antiguo el mar es símbolo de la muerte y frontera natural de muchos países. El título de esta magnífica película de Philippe Lioret encierra una irónica paradoja. En los felpudos de las casas se suele escribir esa expresión de gozosa acogida o recibimiento: welcome, bienvenidos. Occidente ha difundido por el mundo ese mensaje al mundo entero, una invitación a vivir en este tierra de promisión. El protagonista es un adolescente kurdo que atraviesa a pie todo el continente europeo hasta llegar al Canal que separa Francia de Inglaterra. Al otro lado del mar se encuentra su novia, con la que quiere encontrarse de nuevo, y también la realización de su sueño: ser jugador del Manchester united. 

Sin embargo, las dificultades que experimenta el pobre Bilal son insuperables. Alrededor de la gesta de este adolescente se desvelan las existencias de muchas personas. Los egoísmos y los heroísmos conviven, a veces en los mismos individuos. En definitiva, esta película no puede dejar a nadie indiferente. En nuestra vida podemos caer en la hipocresía. Aparentemente, nos mostramos abiertos y acogedores con nuestros gestos -como el felpudo de la puerta de casa- pero luego no estamos dispuestos a abrir la puerta de nuestra casa a nadie. Cuando no se trata de la puerta de un domicilio sino de la frontera de un país, las situaciones dramáticas y angustiosas pueden afectar a miles de personas.

2. Frozen river (Río helado)

También los ríos, más que ningún otro accidente geográfico, son las fronteras por excelencia. En Frozen riverse se trata de un río que separa Estados Unidos de Canadá, en una zona que constituye reserva jurisdiccional de losmohawk. En la época invernal el río está helado y constituye un medio fácil para hacer ganancias mediante el contrabando. Los protagonistas de esta historia son dos mujeres, una mohawk y otra estadounidense, que intentan sacar adelante a sus familias desestructuradas.

También en esta ocasión, los dramas humanos son conmovedores. En las mismas personas cohabitan la grandeza del amor y la mezquindad del egoísmo. La miseria empuja a veces a hacer cosas que no son lícitas, sin embargo también puede provocar reacciones positivas y solidarias.

3. Trade. El precio de la inocencia.


Aunque de calidad inferior a las otras dos, Trade también cuenta las vidas de mujeres y niños que son víctimas de la opulenta sociedad occidental en la que el comercio sexual no sólo mueve mucho dinero sino también propicia la creación de mafias que secuestran a esas víctimas para introducirlas ilegalmente en Estados Unidos por la frontera mexicana y luego subastarlas mediante internet a pervertidos que están dispuestos a pagar ingentes sumas de dinero por ellas.

Se trata de una película conmovedora. En este caso, las fronteras tendrían que servir para evitar esta salvaje explotación humana, pero en muchas ocasiones lo impiden la connivencia o la pasividad de las fuerzas del orden.

En todo caso, el problema de las fronteras comienza en tu propia casa, en esas paredes que delimitan tu espacio personal pero que se pueden convertir en un muro de segregación en el que o bien nos encerramos, ajenos a los problemas de los demás, o bien impedimos que nadie pueda entrar en ellos.

2. El poder genera periferias y el servicio las redime

El poder humano genera periferias; el servicio, las redime. No se trata de una regla ni pretende ser un principio universal. Se trata simplemente de una reflexión en voz alta.

El poder humano genera periferias: el servicio, las redime. Una frase que merece una explicación o mejor que pretende ser una explicación de esa idea que está en la mente y en la predicación del Papa Francisco. Porque basta que nos pongamos a pensar en el concepto de “periferias existenciales” y surge una conexión con las nociones de poder y de servicio.

Si entendemos el poder como la capacidad de vincular la voluntad de los demás, ya sea por la fuerza o por otros medios efectivos, es comprensible que los círculos o ámbitos en donde se ejercita sean limitados, también en el espacio. Allí donde no llega el látigo, allí se sienten expulsados a morar los que no reconocen la legitimidad del poder. No es casualidad que sean las periferias de las grandes ciudades lugares en los que abunda la delincuencia. Tampoco lo es que los Estados se configuren con criterios de territorialidad, que establezcan sus fronteras y determinen las leyes que deben ser cumplidos en su circunscripción jurisdiccional. La jurisdicción es precisamente eso: la posibilidad de hacer justicia en un determinado territorio, es decir, de hacer cumplir la ley, de hacer efectivo el poder.

La jurisdicción no es universal. Tiene unos límites. Sólo algunos locos han pretendido levantar imperios universales y tener el mundo bajo su bota. Quien osara establecer una jurisdicción mundial o universal sería tildado de loco o de tirano. Y con razón. El poder de los hombres no es universal, por definición. De hecho, ejerce tal fascinación en quienes gozan de él que la filosofía política debe buscar los medios de limitar su ejercicio. Sólo habría una manera de conseguirlo de manera radical. Consistiría en convertir el poder en servicio. Puede parecer una auténtica utopía y probablemente lo sea. No me imagino un poder humano vivido en clave de servicio. En el estado de naturaleza caída, no es posible.

Sin embargo, es precisamente eso lo que ha planteado el Papa Francisco desde el principio de su pontificado: el poder es servicio. Esa es la vocación de todo poder humano, el sentido de la autoridad conferida por Dios a todos cuantos gozan de algún poder en la Tierra. Y su consecuencia correlativa: el deber de las personas de obedecer a los legítimos gobernantes. Esta obediencia encuentra su fundamento en el hecho de que el poder es por naturaleza un servicio a las personas.

En el ámbito de la sociedad y de su actual configuración política -el Estado- esta afirmación del Papa es realmente utópica, pero debería reconocerse como un principio hermenéutico del poder. Ahora bien, de lo que habla realmente el Papa Francisco es del poder en la Iglesia: en la medida que ésta es el Reino de Dios en la tierra, su ejercicio debe brillar por su naturaleza ministerial, es decir, de servicio.

Lo maravilloso es que los últimos Papas han dado un magnífico ejemplo. Han gobernado la Iglesia con un poder que ha brillado como un servicio efectivo a la Iglesia y al mundo. La diferencia está en que el Papa Francisco ha tomado este aspecto como principal objetivo de su pontificado. Todo poder eclesial debe ser comprendido desde su naturaleza más íntima -el servicio- y así debe de ser ejercido. Es una tarea que nos compete a todos: descubrir aquellos ámbitos en los que el poder es ejercido como dominio y control; advertir cuáles son las periferias existenciales en las que este ejercicio ha recluido a muchos fieles. Yo me siento comprometido en esta tarea.

3. Dios no tiene periferias

Dios es infinito y en Él no hay fronteras. Tampoco tiene periferias. Hay que ver lo confundido que estaba: llevo varios días dándole vueltas a esta idea. Primero escribí este título: las periferias de Dios, en plural; luego, lo puse en singular y finalmente he llegado a la conclusión de que Dios no tiene periferias.

Todo comenzó cuando afirmé hace unos días que “el poder genera periferias; el servicio, en cambio, las redime”. En seguida me vino esta idea a la cabeza: el infierno es la periferia de Dios. ¡Vaya! -pensé- esto es curioso. El Amor de Dios puede también producir ese subproducto infernal. Ahí quedó la cosa. Seguí escribiendo como si nada, desarrollando el esquema inicial, pero con esa inquietud que no me dejaba en paz: parecía que así como  el poder genera periferias, así también la omnipotencia de Dios crea la suya. Así que me puse a desarrollar esa idea que parecía tan sencilla.

Menos mal que, después de varios intentos fallidos, he comprendido que Dios no tiene ni fronteras ni periferias. Él es el Creador y es también Comunión de Personas. Él es Amor y ha llamado a las criaturas racionales y libres a una vida de amor. El infierno –a pesar de lo que dijera Dante en su Divina Comedia, que atribuía su creación a la misericordia de Dios- es la única realidad que no es creación suya. Parece una periferia de Dios, pero en realidad deberíamos más bien decir que sucede justamente al contrario. El infierno ha creado su propia periferia, que es Dios. El infierno no es un lugar, sino un estado, es decir, un espacio espiritual, una intimidad personal que decide expulsar a Dios y marginarlo. El infierno es un poder mediante el que una criatura expulsa al Omnipotente, el cual, oh paradoja, se pliega a tamaña violencia y sale cabizbajo y abatido de esa estancia, dejando en la puerta su omnipotencia. Sí, menos mal que me he dado cuenta de la verdad expresada al principio: el poder que se niega a servir genera sus periferias. Y Dios, que es Amor, se constituye en el primer gran Marginado.

El infierno es en primer lugar una realidad diabólica. Es creación de Lucifer y de sus secuaces.

El mundo de los hombres no es el infierno. Tampoco es el Cielo, claro está. Podría haber sido una periferia de Dios, si Él hubiese permanecido al margen de nuestro destino fatal, es decir, esa existencia miserable que arrastran los hijos de Adán desde que éste –junto con su compañera- se dejaron seducir por la serpiente infernal. Ciertamente el mundo desde entonces ha estado sometido al Príncipe de la Mentira. El poder diabólico sigue su lógica metódica: Dios debe de ser expulsado y no puede haber sitio para Él, quien se convierte tantas veces en la periferia de la vida de los hombres.

Si hubiese habido una posibilidad de redención del infierno, Él la habría encontrado. El infierno no admite redención. El mundo de los hombres no es una periferia de Dios porque Él ha tomado una decisión drástica y definitiva: se ha encarnado para morir en la Cruz y redimirnos. El Dios cristiano es un Dios con nosotros.  La salvación está en acto en todos cuantos creen, puesto que “tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo unigénito para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3, 16). El Hijo del hombre no ha venido a juzgar al mundo sino a salvarlo. El único condenado es el príncipe de este mundo. Qué luminosas son las palabras de Cristo en la Última Cena: “El Espíritu debe convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, porque no han creído en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me veréis; de juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Jn 16, 8-11).

¿Qué pasa entonces con el infierno de los hombres? ¿Acaso no existe? Claro que existe. Es una realidad tremenda y nada despreciable. Pero quienes concretamente son condenados es algo que permanece en el Misterio de Dios. Mientras hay vida hay esperanza y a todos se nos invita a confiar en la Misericordia de Dios, por grandes que sean nuestros pecados. Ahora bien, conviene recordar que el pecado más grave que puede existir en la Tierra es precisamente el que Jesús calificó de blasfemia contra el Espíritu Santo. Este pecado no puede ser perdonado ni en este siglo ni en el venidero. ¿Por qué? Porque quien lo comete se configura en la actitud diabólica, se niega a reconocer su pecado y desprecia el perdón de Dios. Repite en su carne –nunca mejor dicho- la rebelión de los diablos.

Mediante la Encarnación, el Verbo ha asumido nuestra entera existencia, nuestra biografía. Quiere darnos su carne para que podamos vivir una vida como la suya. “A cuantos le recibieron les dio poder de ser hijos de Dios” (Jn 1, 12).

El diablo se empeña en mostrarnos a Dios como el verdadero enemigo. Incluso la idea de que el infierno sea el justo castigo por nuestros pecados podría llegar a pensarse que sea diabólica: así sería verdad que Dios habría creado una periferia, la prisión eterna en la que encerraría a los disidentes y pecadores. De hecho, es palpable el efecto pernicioso que ha tenido en la cultura occidental esa visión de Dios como justiciero: sediento de justicia, su sed sólo se habría saciado con la sangre de su Hijo. Esa idea de Dios ha conducido a la cultura occidental a la “muerte de Dios” y a los pensadores de la sospecha. El infierno de los hombres tampoco es creación de Dios. Es obra de la criatura que se cierra a la gracia y se llena de sí misma, no dejando espacio en su intimidad ni a Dios ni a los demás. Es ese poder –¡desdichado poder!- el que genera las periferias del mundo.

Si Dios no tiene periferias, tampoco la Iglesia debería tenerlas. Quizá reconocer cuáles son esas periferias sea el primer paso para eliminarlas. Es imposible que no tengamos enemigos, pero es necesario que nosotros no los consideremos como tales, si queremos ser dignos discípulos de Cristo.

 

http://www.nupciasdedios.org/

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