Que sea un hombre

Que sea un hombre

P. Gustavo Lombardo, IVE

Hay un principio teológico importantísimo en el cual se apoya todo el edificio doctrinal de Santo Tomás de Aquino[1], que reza así: “la gracia no destruye la naturaleza sino que la perfecciona”; o dicho de otro modo “la gracia supone la naturaleza”.

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Aplicado puntualmente esto a la santidad, podemos citar a Chesterton: “todo santo es hombre antes que santo, y santo puede llegar a serlo cualquier hombre”, y también al P. Hurtado, quien titula estos párrafos sobre la santidad con un “Que sea un hombre”:

“Un santo es imposible si no es un hombre; no digo un genio, pero un hombre completo dentro de sus propias dimensiones. Hay tan pocos hombres completos. Los profesores nos preocupamos tan poco de formarlos; y pocos toman en serio el llegar a serlo.

Entre los funcionarios, los maestros, los eclesiásticos… hay tan pocos que me dan la idea de ‘un hombre’. Más los hay entre la gente sencilla, obreros, campesinos; también entre los ingenieros, dirigentes de sindicato…”[2].

Si aspiramos a la santidad, por tanto, deberemos tender a poseer ciertas características propias de un hombre (cuando hablamos de “hombre”, por supuesto que estamos entendiendo un ser humano, ya varón, ya mujer); ciertas características que hacen del hombre una persona “normal” y que el P. Hurtado llama “completo”.

Con esta base, muy libremente, voy a dar algunas características sobre la santidad, que pueden ayudarnos a tener una idea más acabada de aquello a lo que estamos aspirando.

– Digamos primero que así como no se puede correr sin primero aprender a caminar, para aspirar a los altos grados de la vida espiritual, hay que procurar con ahínco que no se falle en las cosas –podríamos decir, más “básicas”–  como la caridad que es la reina de todas las virtudes.

Pongamos un ejemplo: es imposible tender a la unión con Dios si no hago todo lo que esté de mi parte –aunque cueste– para tratar con caridad a los demás: caridad que incluye el buen trato, la misericordia en los juicios, la no-murmuración, etc., etc., cosas tan básicas como necesarias.

En definitiva: quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve (1Jn 4,20). Este conocido versículo es un buen termómetro como para saber con mucha precisión si de hecho, estamos amando a Dios.

La caridad, que siempre va unida a la humildad, no puede suplirse con nada, ni siquiera –por más importancia que tenga– con la oración:

“Piensan con engañado juicio, que quien más dulcedumbre y más horas de oración tiene, aquél es más santo;como en la verdad aquel lo sea, que con profundo desprecio de sí, tiene mayor caridad, en la cual consiste la perfección de la vida cristiana y el cumplimiento de toda la Ley”[3]. (San Juan de Ávila)

 – La irresponsabilidad o falta de seriedad en los asuntos que nos atañen, hablan a las claras de la falta de seriedad de nuestra vida espiritual. Como padres, madres, esposos/as, trabajadores, estudiantes, miembros de un grupo parroquial, sacerdotes, párrocos, religiosos/as, etc., todos tenemos responsabilidades muy claras que cumplir, sin las cuales no podemos santificarnos. Incluso, al menos en algunos momentos de la vida, podría venirnos bien tomar la misma existencia como un deber; como decía una escritora austríaca: “Si consideramos la existencia un deber, conseguiremos soportarla”[4].

Antiguamente, para probar la heroicidad de las virtudes de una persona en orden a elevarla al honor de los altares, se las recorría una por una mostrando hechos apropiados de su vida. Trabajo laborioso y difícil. Actualmente el procedimiento ha progresado y consiste en demostrar que esa persona cumplió su deber cotidiano con perfección y constancia, y que, de esta manera conformó plenamente su voluntad con la voluntad divina, en lo cual consiste la genuina santidad.

 Santifícate ahí: Dios no te arranca de tu ambiente, no te remueve del mundo, ni de tu estado, ni de tus ambiciones humanas nobles, ni de tu trabajo profesional… pero, ahí, ¡te quiere santo![5]” (San José M. Escrivá de Balaguer)

Por eso, Cobrad ánimos y cumplid exatamente vuestros deberes, que el Señor os colmará de bienes (2Cro 19,11). Sabiendo incluso que a veces el deber de estado puede hasta quitar el tiempo de oración, pero con el activismo reinante, hay que que tener cuidado de entender bien esto:

“Y también conviene avisar, que hay algunas personas tan ocupadas en cosas exteriores, que no se pueden dar, a lo menos con espacio, a ejercicios interiores, por lo cual reciben desconsolación y desabrimiento. Los cuales, si no pueden lícitamente dejar las tales ocupaciones, deben contentarse con el estado que el Señor les dio, y con diligencia y alegría cumplir con su obligación, y esforzarse lo que pudieren a tener presente a nuestro Señor, por cuyo amor hagan sus obras[6]. (San Juan de Ávila)

– Si conocemos a una persona que aparenta tener una vida completamente ordenada salvo en un solo aspecto, en una sola virtud, tengamos mucho cuidado –sobre todo si se trata de hacer negocios o entablar relaciones de confianza– porque, como reza la ética, la virtud de la prudencia unifica todo el mundo moral a tal punto que, si alguien falla ordinaria y voluntariamente en alguna cosa, también lo hará en otra/s. Lo mismo se diga de nuestra vida interior, de nuestras virtudes.

Si dejamos un espacio de nuestra mundo interior/exterior sin que se acomode a lo que nos dicta la conciencia, sin duda que influirá eso en otras acciones de nuestra vida y frenará, por tanto, el progreso hacia Dios. Dicho en positivo: las virtudes crecen como los dedos de la mano, si crece un, crecen también las demás; de ahí la importancia de focalizar nuestros esfuerzos en una sola materia, lo que puede realizarse de excelente manera con el examen de conciencia particular.

– Un hombre completo no es ni un imitador, ni un copista, sino alguien que tiene la personalidad suficiente como para, aun guiándose por los ejemplos de los “grandes”, mantener la originalidad propia de quien sabe que Dios, luego de haberlo creado, rompió el molde. Esa originalidad lo hace también libre y capaz de actuar coherentemente, más allá de que lo miren, lo acepten, lo obliguen…

 “El hombre tiene dentro de sí su luz y su fuerza. No es el eco de un libro, el doble de otro, el esclavo de un grupo. Juzga las cosas mismas; quiere espontáneamente, no por fuerza, se somete sin esfuerzo a lo real, al objeto, y nadie es más libre que él”. (San Alberto Hurtado)

 – “Plus est in vobis” (“eres capaz de más”) reza un adagio latino. La psicología moderna, con Adler a la cabeza, enfatiza la importancia de la existencia en el hombre de un “instinto de superación”. Ese instinto, sobrenaturalizado por la gracia, no es otra cosa que el deseo de santidad. San Pablo lo decía así: No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús (Fil 3,12). Y mi tátara-tátara tío abuelo, Pedro Lombardo, lo comentaba de este modo:

 “Ningún fiel, por mucho que haya aprovechado, diga: ‘me basto’. Quien eso dice se sale del camino antes de llegar a término”[7].

Tenemos en la parroquia una viejita de esas que nunca faltan, rezadora como pocas y que rebosa santidad. Justamente por eso es muy humilde, de lo cual habla esta pequeña anécdota. Un día a la salida de Misa, luego de saludarla, le dije, a propósito, que rezaba para que fuese más santa de lo que era. A su estilo –muy auténtico porque habla de lo que tiene dentro–, haciendo ademanes y diciendo frases como “no, padre…”, terminó con esta frase: “voy a morir empezando”… todo un programa de vida…

– Quien alardea de sus dones se hace odioso a su prójimo y cae mal en cualquier ambiente; la humildad, aun como virtud natural (sin la gracia), puede muy bien llamarse virtud social, y habla también de cierta ubicación espacio-temporal de la persona; ubicación que llevó a decir, a un sabio de la talla de Sócrates, aquel famoso “solo sé que no se nada”.

Llevado esto al plano de lo sobrenatural, digamos que es sencillamente imposible que una persona sea santa sin ser humilde. Visitando un santo un convento de religiosas con la misión de confirmar la fama de santidad de una de ellas, estando todas reunidas preguntó “Me han dicho que hay una hermana de este convento que tiene fama de santidad… ¿quién es?”. A lo cual respondió una de ellas, con voz finita y trémula, levantando tímidamente su mano: “yo”. De más está decir que esto bastó al santo para darse cuenta que no lo era…

“Cuanto mejores nos volvemos, menos conscientes somos de nuestra bondad. Si alguien admite ser un santo, está cerca de ser un demonio. Jean Jacques Rousseau creía que de todos los hombres, él era el más perfecto, pero tenía tantas grietas en su alma que abandonó a sus hijos después de su nacimiento. Cuantos más santos nos volvemos, menos conscientes somos de ser santos. Un niño es simpático, siempre y cuando él no sepa que es simpático. Tan pronto como cree que lo es, se convierte en un niño engreído. La verdadera bondad es inconsciente”. (Fulton J. Sheen)

– Cualquier persona que va realizar una empresa importante, tendrá bien presente que no se logra el éxito de un día para el otro. Lo mismo pasa con la santidad:

“No se hace la santidad de un día para el otro y santo Bernardo: ‘El camino de la perfección no se ha de volar, sino pasear’[8]”. (San Juan de Avila)

Creo que puede aplicarse al camino a la santidad lo que Hugo Wast decía del escritor y de su obra:

 “Desconfiemos de nuestra voluntad indecisa, que inventará los más sutiles pretextos para interrumpir la obra. Pensemos, al comenzarla, que hay en nosotros dos personas: el señor y el siervo. El señor ha reflexionado y sabe que su siervo es capaz de hacer ese libro y ha resuelto que lo haga. Y el siervo lo comenzará con excesivo ardor y luego pretenderá demorarse y abandonarlo, con cien rezones especiosas. El señor debe estar alerta y no permitir ni el indiscreto celo del principio, y la hipócrita pereza que sobrevendrá después. La pluma debe correr con la misma velocidad al principio que al fin.

El antiguo precepto ‘nulla dies sine linea’, ningún día sin escribir algo, aunque sea una línea, es de una eficacia increíble, por insignificante que sea la tarea prefijada[9]”.

 – Por último, el santo no es un “aparato”, ni “cuadriculado”, ni “triste”… sino que en muchas cosas pasa “como uno más”, y en lo que aparece un tanto fuera de la norma, es el amor el que lo impulsa a tanto, ya que cuando es excesivo tiene ciertas características que quien no ama no conoce ni entiende.

Acerca de esa normalidad, decía el P. Castellani que “el santo es el que reza con los ojos abiertos”, es decir, que es capaz de vivir una intensa vida interior, sin que nadie lo note. Por eso, de los primeros cristianos –con esa intensa vida de fe quizás no repetida nuevamente en la historia– dice la Carta a Diogneto:

“Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su país, ni por la lengua, ni por el vestido. No habitan en ciudades que sean exclusivas de ellos, no se sirven de ningún dialecto extraordinario, su régimen de vida no tiene nada de particular. Están repartidos por las ciudades griegas y bárbaras, según le ha tocado en la vida a cada uno; se adaptan a las costumbres locales en cuanto a la forma de vestir, a los alimentos y al estilo de vida, al mismo tiempo que manifiestan las leyes extraordinarias y paradójicas de su manera de vivir”.

Normalidad, decíamos, que sin dejar de ser tal, es llevada a los extremos por la intensidad del amor:

“Hay, en el mundo moderno, hambre de posiciones definidas… [Hambre de] Santos, santos, hombres chiflados por su ideal, para los cuales Cristo sea una realidad viviente, su Evangelio un código siempre actual, sus normas algo perfectamente aplicable a mi vida, y que trata de vivirlo… hombres que se esfuercen en amar y servir a sus hermanos, como Cristo los serviría: esos son los conquistadores del mundo. Menos proselitismo y más santidad; menos palabras y más testimonio de vida[10]”. (San Alberto Hurado)

Normalidad que los hace felices y así se presentan ante los demás:

“Teresa de Jesús, reformadora del Carmelo y famosa también ella por su rigor monástico, rezaba diciendo:‘Líbra­me, Señor, de las devociones tontas y de los santos con expresión amarga. A pesar de su austeridad, era impetuosa, y son célebres sus ocurrencias, así como su costumbre de poner nombres simpáticos a todos. Tanto es así, que sus monjas le pedían siempre que participara en sus veladas recreativas, aunque esto pudiera suponer algún afectuoso regaño[11]”. (Lía Carini Alimandi)

Normalidad, amor exuberante, felicidad… pero también iniciativa y originalidad… así fueron (y son), según Benedicto XVI, los santos, y por eso, hacia esto tiene que apuntar la Iglesia:

“Le pregunto [dice Messori]: ¿habría preferido una Iglesia con centro no en Italia, sino en Alemania? ¡Qué ocurrencia! (contesta riéndose el cardenal Ratzinger). Tendríamos una iglesia demasiado organizada. Imagínese que solamente en mi arzobispa­do había 400 funcionarios y empleados, todos bien retribuidos. Ahora bien, sabemos que cada oficio tiene que justificar su propia existencia produciendo documentos, planificando nuevas estructuras, organizando asambleas. Sin duda, todos tienen la mejor intención. Pero con harta frecuencia ocurría que, con tantas ‘ayudas’, los párrocos se sentían más cargados que aliviados (…). Es preferible el espíritu italiano que, al no organizar demasiado, deja espacio para los in­dividuos, para las iniciativas, para las ideas originales (…). Todos los santos fueron hombres de imaginación, no funcionarios del aparato; fueron personajes que parecían quizás hasta ‘extravagantes’, aunque profundamente obedientes, y al mismo tiempo hombres de gran originalidad e independencia personal. Y la Iglesia –no me canso de repetirlo– tiene más necesidad de santos que de funcionarios. (…) La estructura tiene sus exigencias, pero éstas no deben sofocar a la persona”[12].

Y todo esto hace del santo “signo de contradicción”:

“El santo es una medicina, porque es un antídoto. A la verdad, esa es la razón de por qué el santo es de ordinario un mártir; se le toma por veneno porque es un antídoto. Sucede de ordinario que él vuelve al mundo a sus cabales exagerando lo que el mundo olvida, que no es siempre el mismo elemento en todas las edades. Sin embargo, cada generación busca su santo por instinto, y él no es lo que la gente quiere sino lo que la gente necesita (…) “la paradoja de la historia consiste en que a cada generación la convierte el Santo que más la contradice[13]”. (Chesterton)

Por eso no nos sorprendamos si en nuestra vida, a pesar de lo nada que somos, si tenemos el firme propósito de llegar a ser santos –con la gracia de Dios, por supuesto– nuestro ser y nuestro hacer, moleste un poco; es algo revelado: Y todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones (2Tm 3, 12). Temamos más bien cuando todo y todos, sistemáticamente y siempre, nos sonrían, ya que siguiendo las reglas de la lógica, podemos poner en negativo la sentencia, sin que pierda verdad, y sería así: “los que no sufren persecuciones, no aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús”.

“La santidad, en efecto, jamás pierde su fuerza atractiva, no cae en el olvido, nunca pasa de moda; es más, con el tiempo resplandece cada vez con mayor luminosidad, expresando la perenne tensión del hombre hacia Dios”[14]. (Benedicto XVI)

Ninguna vida fue a la vez tan ordinaria y tan extraordinaria, tan envuelta en la sencillez de una madre, de una familia, de un pueblito, y a la vez tan entrelazada con la obra más trascendente y misteriosa de la historia. Madre nuestra, ¡enséñanos a buscar la santidad en la sencillez de nuestro diario vivir!

 

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Lectura recomendada

–        San Alberto Hurtado, Nuestra imitación de Cristo.

[1]“Todo el edificio doctrinal del Aquinate se apoya en el áureo principio, enunciado por él ya en las primeras páginas de la Summa Theologiae, según el cual la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona, y por su parte la naturaleza se subordina a la gracia, la razón a la fe y el amor humano a la caridad”. Pablo VI, Carta Lumen Ecclessiae, en el VII centenario de la muerte de Santo Tomás de Aquino, n. 8

[2]San Alberto Hurtado, La búsqueda de Dios, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 20052, p. 42.

[3]San Juan de Ávila, Audi Filia, cap. 76.

[4]Marie von Ebner-Eschenbach, citado por Elisabeth Lukas; Ganar y perder, La logoterapia y los vínculos emocionales, Paidós, Barcelona3, p. 12.

[5]San José M. Escrivá de Balaguer), Forja n. 362

[6]San Juan de Ávila, Audi Filia, cap. 81

[7] Citado en Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II 24, 7, sed contra.

[8]San Juan de Ávila, Audi Filia, cap. 25.

[9]Hugo Wast, Vocación de Escritor,Biblioteca Dictio, Buenos Aires, 19767, p. 169.

[10]San Alberto Hurtado, La búsqueda de Dios, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 20052, p. 139.

[11]Lía Carini Alimandi, ¿De qué se ríen los santos?

[12]Extractado de J. Ratzinger y V. Messori, Informe sobre la fe, pp. 75-76.

[13]Chesterton, Biografía de Santo Tomás.

[14]Homilía del Santo Padre Benedicto XVI en Plaza Garibaldi – Sulmona, domingo 4 de julio de 2010.

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Un comentario

  1. Verdaderamente me gusta este artículo; pero me pregunto: si estamos entendiendo que al decir “hombre” estamos diciendo “ser humano” sea hombre o mujer, ¿ POR QUE NO DECIR SIMPLEMENTE “SER HUMANO”? ¡¡¡NO SIGAMOS DISCRIMINANDO A LA MUJER, POR FAVOR!!!!!!

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