El Cielo

El Cielo

 El Cielo, ese lugar inaccesible para el hombre, si no fuera por Dios, por Jesús, que es Dios, y que es el ÚNICO camino para ir al Cielo

Jesús, que es Dios, vino del Cielo, de este lugar al que el hombre no puede acudir sin la ayuda de Dios; de allí vino Jesús, y entró en el vientre de la Virgen María, para tener carne humana, para ser un hombre como tú, y poder así vivir en la tierra, en este lugar material que no es como el Cielo, que es un lugar espiritual, sin el elemento físico; y aunque Jesús y la Virgen María están en el Cielo, viven en el Cielo, su cuerpo, por obra de Dios, se transformó y adoptó la forma de vida celestial, que es espiritual y que, aún teniendo cuerpo, éste es glorioso, es decir, da gloria a Dios constantemente, y por lo cual, nada material, ni la digestión, lo aparta de su acción constante de adoración y constante comunión con Dios.

Cuando tú vayas al Cielo, después de morir y de conocer la gran misericordia de Jesús, Dios, que te ama tanto que murió por ti, y por eso tú lo has aceptado como el centro de tu vida en la tierra, como el camino en el que andas, soportando bien y mal, y que resistes toda mala tentación, dando siempre el bien, por amor a Dios, entonces, primero irás con tu alma espiritual, y luego, después de la segunda venida de Cristo a la tierra, que recogerá a los buenos y se los llevará con Él al Cielo, entonces, también tu cuerpo terreno se unirá a tu alma espiritual, y en esta unión celestial, tu cuerpo glorioso, será uno con tu alma, y todo tú bendecirás a Dios por toda la eternidad, viviendo feliz en el Cielo, junto a Dios y a los santos y ángeles, y habrá dicha universal, porque los sollozos de los que viven en la tierra y son injustamente tratados, se habrán terminado; y los que han sido malos, estos que se han portado injustamente con el pobre, con el que sufre, con todo ser humano que, semejante a él, en vez de amarlo, lo ha aborrecido, y de tal manera, que ha vivido odiando al semejante e imponiéndose a su vida, por y para vivir él una vida egoísta; éste, éstos, los egoístas, los soberbios, los faltos de humildad, estos que no aceptan ni aceptarán la misericordia de Dios, y que libremente, por sus hechos y palabras, se encaminan a su destino eterno en el Infierno, éstos ya no estarán ante la faz de Dios; y por vivir tú en comunión con Dios en el Cielo, no los tendrás en cuenta, pero existirán, vivirán eternamente en el Infierno de fuego y azufre, azotados por constantes daños que los demonios les hacen y les harán, porque como bien sabes, no puede vivir el bien con el mal en la eternidad, sólo puede vivir el bien con el mal en este tiempo de prueba terrenal que cada alma tiene, para dar de sí lo mejor y decidir libremente qué desea ser: bueno o malo.

Tú, qué quieres ser, ¿bueno-a o malo-a?

No puedes ser dos cosas opuestas a la vez, porque quien es bueno no puede ser malo y quien es malo no puede ser bueno, y aunque todos los hombres son pecadores, si se duelen de sus pecados y van a confesarlos, ante un sacerdote católico, este acto de bondad, que Jesús, Dios, quiere de ti, esto te hace bueno. Y el pedir perdón a Dios, en confesión ante un sacerdote católico, esto te hace bueno, por el bien de hacer lo que Dios quiere, que es que te confieses y que recibas su perdón que es misericordioso, y siempre lo tienes, hayas hecho lo que hayas hecho; y por tu dolor de haber pecado, por tu decisión y voluntad de NO VOLVER A PECAR, esto te hace libre de tu pecado cometido y te une al perdón que Dios te da, siempre que te confiesas de todo corazón, y no como rutina, sino por tu anhelo de ser bueno, de vivir sin pecar, dando siempre lo mejor de ti, que Dios quiere, y que Jesús, Hijo de Dios, viviendo en cuerpo humano, hizo; vivió haciendo el bien siempre, y con su buen ejemplo y con su ayuda, por los sacramentos, tú, tú puedes ser bueno, aun cuando peques, que pecarás, y por esto Dios dispuso el sacramento de la confesión, para restablecer tu dolor y darte la alegría del que es perdonado.

La Comunión, que vas a recibir del sacerdote católico, que te entrega a Jesús, en cuerpo y alma, y en la forma de Hostia consagrada, esta unión con Dios, te alimenta para no pecar, para ser mejor de día en día, porque el bien necesita del alimento de la Eucaristía; sólo es bueno el que come el cuerpo de Cristo con verdadera fe. Dios quiere darte y te da, el alimento para vivir otro día en el Cielo; tómalo siempre en gracia de Dios, porque si sientes odio o rencor, o celos o envidia, o has calumniado o mentido o injuriado, o has hecho acciones impuras, o has robado o no has honrado a tus padres, o has dejado de amar a Dios sobre todas las cosas y personas, sobre ti mismo, en algún momento, entonces, si has cometido algún pecado, entonces no eres digno de comer el cuerpo de Cristo, y si no te confiesas, si comulgas en pecado, entonces, haces sacrilegio, y eres más malo que bueno, y tu naturaleza se corrompe, creyendo que engañas a Dios, y nadie puede engañar a Dios.

¡Vete a Confesar!

Da lo mejor de ti.

Sé bueno, confiésate, que confesarse es un acto de bondad.

El Cielo es para los buenos.

El Cielo es para los que pecan y se arrepienten y se confiesan con dolor de haber pecado y con propósito firme de no volver a pecar.

A Dios no le engaña nadie, ni tú.

Sé bueno de verdad, por no querer pecar, y por confesar tus pecados.

 PJesús

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