Exaltación de la Santa Cruz y la Virgen de los Dolores

María,
Madre de Misericordia,
cuida de todos para que no se haga inútil
la Cruz de Cristo,
para que el hombre
no pierda el camino del bien,
no pierda la conciencia del pecado
y crezca en la esperanza en Dios,
«rico en Misericordia» (Ef 2, 4),
para que haga libremente las buenas obras
que Él le asignó (cf. Ef 2, 10)
y, de esta manera, toda su vida
sea «un himno a su gloria» (Ef 1, 12).
(Veritatis Splendor, 120)

( Extraído para ustedes hermanos, del Camino de María)

El 14 y 15 de septiembre la Iglesia nos presenta dos celebraciones litúrgicas que nos invitan a realizar una peregrinación espiritual hasta el Calvario:  la Exaltación de la Santa Cruz y  la Virgen de los Dolores.   Ambas nos invitan a unirnos a la Virgen María en la contemplación del misterio de laSanta Cruz.

La memoria de la Virgen de los Dolores nos recuerda los dolores que sufrió la Madre de Jesús, sobre todo el día de la Pasión y Muerte de su Hijo, dolores que fueron profetizados por el anciano Simeón, cuando en el templo de Jerusalén dijo a María que una espada le traspasaría el corazón. La piedad popular ha representado a la Virgen Dolorosa con un corazón traspasado por siete espadas que simbolizan otros tantos dolores de María (hasta hace pocos años, esta conmemoración se denominaba “Los siete dolores de la Virgen María”).  El tema de los dolores de la Madre de Jesús ha sido, en el correr de los siglos, fuente de inspiración para el arte cristiano. Pinturas y esculturas, poesías y cánticos tienen como motivo los dolores de la Virgen. Entre ellos sobresale la antífona “Stabat Mater”, que ha inspirado a grandes maestros de la música.
El Papa Francisco explicó, en la homilía de la Santa Misa matutina celebrada en Casa Santa Marta el jueves 12 de septiembre de 2013,  que para ser buen cristiano y hacer aquello que Jesús pide se debe contemplar la Pasión de Cristo e imitar el comportamiento de la Virgen María:
“Necesitamos hoy de la dulzura de la Madre de Dios, para entender estas cosas que Jesús nos pide. Amad a los enemigos; haced el bien; dad sin esperar nada a cambio; a quien te pega en una mejilla, ofrece también la otra; a quien te arrebata el manto, no le niegues también la túnica… Son cosas fuertes, ¿no? Pero todo esto, a su modo, lo ha vivido la Madre de Dios: es la gracia de la mansedumbre, la gracia de la humildad”.

“Pensar sólo en Jesús. Si nuestro corazón, si nuestra mente está con Jesús, el triunfador, aquel que ha vencido a la muerte, al pecado, al demonio, a todo, podremos lograr lo que nos pide el mismo Jesús y el apóstol Pablo: la humildad, la bondad, la ternura, la mansedumbre, la magnanimidad. Si no miramos a Jesús, si no estamos con Jesús, no podremos lograrlo. Es una Gracia: es la Gracia que procede de la contemplación de Jesús”.

“Pensar en su silencio humilde: este será tu esfuerzo. Él hará el resto. El hará todo lo que falta. Pero hay que hacer eso: identificar tu vida en Dios con Cristo. Esto se hace con la contemplación de la humanidad de Jesús, de la humanidad que sufre. No existe otro camino: no existe. Es el único. Para ser buenos cristianos: contemplar la humanidad de Jesús y la humanidad que sufre. Para dar testimonio, para poder dar este testimonio: aquello. Para perdonar: contempla a Jesús que sufre. Para no odiar al prójimo: contempla a Jesús que sufre. Para no murmurar contra el prójimo: contempla a Jesús que sufre. Es el único camino. Identificar tu vida con la de Cristo en Dios: Este es el consejo para ser humildes, mansos y buenos, magnánimos, tiernos”.

La historia de Dios y la historia del hombre se entrecruzan en el Árbol de la Cruz. Una historia esencialmente de amor. Un misterio inmenso, que por nosotros solos no podemos comprender. ¿Cómo “probar esa miel de áloe, esa dulzura amarga del sacrificio de Jesús”? El Papa Francisco indicó el modo en la mañana del sábado 14 de septiembre de 2013, Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, durante la Misa que celebró en la capilla de Santa Marta.

Comentando las lecturas del día, tomadas de la carta a los Filipenses (2, 6-11) y del Evangelio de Juan (3, 13-17), el Santo Padre dijo que es posible comprender “un poquito” el misterio de la Cruz “de rodillas, en la oración”, pero también “con las lágrimas”. Es más, son precisamente las lágrimas las que “nos acercan a este misterio”. En efecto, “sin llorar”, sobre todo “sin llorar en el corazón, jamás entenderemos este misterio”. Es el “llanto del arrepentido, el llanto del hermano y de la hermana que mira tantas miserias humanas y las mira también en Jesús, de rodillas y llorando”. Y, sobre todo, evidenció el Papa, “¡jamás solos!”. Para entrar en este misterio que “no es un laberinto, pero se le parece un poco”, tenemos siempre “necesidad de la Madre, de la mano de la mamá”. Que María -añadió- “nos haga sentir cuán grande y cuán humilde es este misterio, cuán dulce como la miel y cuán amargo como el áloe”.

Los padres de la Iglesia, como recordó el Papa, “comparaban siempre el árbol del Paraíso con el del pecado. El árbol que da el fruto de la ciencia, del bien, del mal, del conocimiento, con el Árbol de la Cruz”. El primer árbol“había hecho mucho mal”, mientras que el Árbol de la Cruz “nos lleva a la salvación, a la salud, perdona aquel mal”. Este es “el itinerario de la historia del hombre”. Un camino que permite “encontrar a Jesucristo Redentor, que da su vida por amor”. Un amor que se manifiesta en la economía de la salvación, como recordó el Santo Padre, según las palabras del evangelista Juan. Dios -dijo el Papa- “no envió al Hijo al mundo para condenar el mundo, sino para que el mundo sea salvado por medio de Él”. ¿Y cómo lo salvó? “Con este Árbol de la Cruz”.

A partir del otro árbol comenzaron “la autosuficiencia, el orgullo y la soberbia de querer conocer todo según nuestra mentalidad, según nuestros criterios, también según la presunción de ser y llegar a ser los únicos jueces del mundo”. Esta -prosiguió- “es la historia del hombre”. En el Árbol de la Cruz, en cambio, está la historia de Dios, quien “quiso asumir nuestra historia y caminar con nosotros”. Es justamente en la primera lectura que el apóstol Pablo “resume en pocas palabras toda la historia de Dios: Jesucristo, aún siendo de la condición de Dios, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”.Sino que -explicó- “se despojó de Sí mismo, asumiendo una condición de siervo, hecho semejante a los hombres”. En efecto Cristo “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz”. Es tal “el itinerario de la historia de Dios”. ¿Y por qué lo hace?, se preguntó Francisco. La respuesta se encuentra en las palabras de Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Dios -concluyó el Papa- “realiza este itinerario por amor; no hay otra explicación”.

                              

                                                  SAN JUAN PABLO II

                           DECIMOPRIMERA ESTACIÓN

JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

“Han taladrado mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos”(Sal 21[22], 17-18).
Se cumplen las palabras del profeta.
Comienza la ejecución. Los golpes de los soldados aplastan contra el madero de la cruz las manos y los pies del condenado. En las muñecas de las manos, los clavos penetran con fuerza. Esos clavos sostendrán al condenado entre los indescriptibles tormentos de la agonía. En su cuerpo y en su espíritu de gran sensibilidad, Cristo sufre lo indecible.

Junto a Él son crucificados dos verdaderos malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Se cumple así la profecía: “con los rebeldes fue contado” (Is 53,12).

Cuando los soldados levanten la cruz, comenzará una agonía que durará tres horas. Es necesario que se cumpla también esta palabra: “Y Yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí” (Jn 12, 32).

¿Qué es lo que “atrae” de este condenado agonizante en la cruz?
Ciertamente, la vista de un sufrimiento tan intenso despierta compasión. Pero la compasión es demasiado poco para mover a unir la propia vida a Aquél que está suspendido en la cruz.

¿Cómo explicar que, generación tras generación, esta terrible visión haya atraído a una multitud incontable de personas, que han hecho de la cruz el distintivo de su fe?
¿De hombres y mujeres que durante siglos han vivido y dado la vida mirando este signo?

Cristo atrae desde la cruz con la fuerza del amor:
Del Amor divino, que ha llegado hasta del don total de sí mismo;
Del Amor infinito, que en la cruz ha levantado de la tierra el peso del cuerpo de Cristo, para contrarrestar el peso de la culpa antigua;
Del Amor ilimitado, que ha colmado toda ausencia de amor y ha permitido que el hombre nuevamente encuentre refugio entre los brazos del Padre misericordioso.

¡Que Cristo elevado en la Cruz nos atraiga también a nosotros, hombres y mujeres del nuevo milenio!

Bajo la sombra de la cruz, “vivimos en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma” (Ef 5,2).

ORACIÓN

Cristo elevado,
Amor crucificado,
llena nuestros corazones de Tu Amor,
para que reconozcamos en Tu Cruz
el signo de nuestra redención
y, atraídos por tus heridas,
vivamos y muramos Contigo,
que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo,
ahora y por los siglos de los siglos.
R./. Amén.


DECIMOSEGUNDA ESTACIÓN

                                     JESÚS MUERE EN LA CRUZ

V/. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R./. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). En el cúlmen de la Pasión, Cristo no olvida al hombre, no olvida en especial a los que son la causa de su sufrimiento. Él sabe que el hombre, más que de cualquier otra cosa, tiene necesidad de amor; tiene necesidad de la misericordia que en este momento se derrama en el mundo.

“Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). Así responde Jesús a la petición del malhechor que estaba a su derecha: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino” (Lc 23,42)  La promesa de una nueva vida. Éste es el primer fruto de la pasión y de la inminente muerte de Cristo. Una palabra de esperanza para el hombre.

A los pies de la Cruz estaba la Madre, y a su lado el discípulo, Juan evangelista. Jesús dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27). “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19,27). Es el testamento para las personas que más amaba. El testamento para la Iglesia.

Jesús al morir quiere que el amor maternal de María abrace a todos por los que Él da la vida, a toda la humanidad.

Poco después, Jesús exclama: “Tengo sed” (Jn 19,28). Palabra que deja ver la sed ardiente que quema todo su cuerpo. Es la única palabra que manifiesta directamente su sufrimiento físico.

Después Jesús añade: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46; cf. Sal 21 [22], 2); son las palabras del Salmo con el que Jesús ora. La frase, no obstante la apariencia, manifiesta su unión profunda con el Padre

En los últimos instantes de su vida terrena, Jesús dirige su pensamiento al Padre. El diálogo se desarrollará ya sólo entre el Hijo que muere y el Padre que acepta su sacrificio de amor.

Cuando llega la hora de nona, Jesús grita: “¡Todo está cumplido!”(Jn 19,30). Ha llevado a cumplimiento la obra de la Redención. La misión, para la que vino a la tierra, ha alcanzado su propósito.

Lo demás pertenece al Padre: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Dicho esto, expiró.

“El velo del Templo se rasgó en dos…” (Mt 27,51). El “santo de los santos” en el templo de Jerusalén se abre en el momento en que entra el Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza.

               

                 (Que mis ojos Señor, nunca se separen de los tuyos)            

ORACIÓN ………Señor Jesucristo,Tú que en el momento de la agonía no has permanecido indiferente a la suerte del hombre y con tu último respiro has confiado con amor a la misericordia del Padre a los hombres y mujeres de todos los tiempos con sus debilidades y pecados, llénanos a nosotros y a las generaciones futuras de tu Espíritu de amor, para que nuestra indiferencia no haga vanos en nosotros los frutos de tu muerte.
A ti, Jesús crucificado, sabiduría y poder de Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos.    R./. Amén.

 

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