El Señor nos sana, Una mirada a la dimensión interior de la vida espiritual

Una mirada a la dimensión interior de la vida espiritual

La mente humana es un mecanismo bastante complicado. Cada hora recibe y tramita miles de pensamientos, palabras y acciones, y muchas veces sin siquiera saberlo observamos los datos de alguna situación, los guardamos en la memoria y les aplicamos la imaginación, para luego decidir cómo hemos de reaccionar.

En cierta forma, nuestra memoria actúa como el disco duro de una computadora, que almacena todos los datos y experiencias del pasado.

Pero al mismo tiempo, nuestra memoria es mucho más compleja que un disco duro. No sólo almacena datos concretos, sino también deja grabadas nuestras emociones e impresiones, luego les añade imágenes, descripciones y razonamientos hasta construir un caso o experiencia que tiene sentido personal para cada uno. Por eso dos personas pueden ver el mismo acontecimiento e interpretarlos de modos muy diferentes.

A veces, las emociones y los relatos que van unidos a nuestros recuerdos son difíciles de expresar, y tiñen de algún modo lo que pensamos del presente y del futuro. Las heridas que hemos sufrido en la vida influyen en nuestros razonamientos y los temores o resentimientos guardados desde el pasado nos llevan a tener prejuicios en el trato con otras personas.

Pero Jesús quiere curar nuestros recuerdos, y murió para que fuéramos liberados de las cargas de nuestro pasado, porque no quiere que nos relacionemos con nuestros semejantes tratando de lograr propósitos ocultos y engañosos, sino de manera sincera, honesta y sin prejuicios. Tampoco quiere que nuestras amistades estén condicionadas por las heridas del pasado. No, el Señor quiere que nuestras amistades sean sanas y modeladas por los frutos del Espíritu Santo: amor, paz, paciencia, bondad, amabilidad y dominio propio (Gálatas 5, 22-23).

Dios nos sana. La Escritura nos dice que Cristo Jesús realizó una maravillosa acción interior en las mentes y recuerdos de numerosas personas y así rescató a muchos del desánimo, el aislamiento y la esclavitud, y los llenó de consolación, paz y alegría. Pensemos, por ejemplo, en la “mujer pecadora” que entró en la casa de un fariseo y derramó lágrimas de amor y arrepentimiento sobre los pies de Jesús (Lucas 7, 36-50). Esta mujer llegó al punto de poder demostrarle un gran amor al Señor porque había experimentado la misericordia transformadora de Cristo.

Pero el perdón de sus faltas no fue la única bendición que ella recibió; también experimentó una profunda sanación interior. Algunos la consideraban nada más que como un objeto de placer; otros la juzgaban como vil pecadora, y sin duda ella tenía una mala opinión de sí misma. Pero Jesús la vio como hija de Dios.

¡Qué extraordinario ver cómo las palabras y la actitud de Cristo calaron profundo en el alma de esta mujer! La preocupación que él tuvo por ella, su deseo de sacarla del pecado y curarle las heridas deben haberla llenado de ánimo y esperanza. El respeto que el Señor le demostró y la atención que le prodigó deben haberle dado a ella un sentido de dignidad y honor que nunca antes había experimentado en su vida.

También hubo otras ocasiones en las que Jesús trató con espíritus malignos. A María Magdalena la liberó de siete demonios, y expulsó a una “legión” que tenía poseído a un hombre (Lucas 8, 1-3; Marcos 5, 9). Es cierto que estos casos eran extremos, pero el Señor también le dijo a Pedro, que no estaba poseído, que Satanás había pedido “sacudirlos como si fueran trigo” (Lucas 22, 31), y a nosotros nos enseñó a rezar pidiendo: “No nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal.”

Una historia de perdón. ¿Ha oído alguna vez usted la historia de Jacob DeShazer, el piloto de la Segunda Guerra Mundial? Fue uno de los aviadores de la célebre Invasión Doolittle de marzo de 1942, el ataque que Estados Unidos lanzó contra Japón en represalia por el inesperado ataque japonés realizado tres meses antes contra la flota de la Armada estadounidense fondeada en Pearl Harbor. Como sucedió con muchos de los aviones de esta peligrosa misión, el bombardero de Jacob se quedó sin gasolina al regresar del ataque y toda la tripulación tuvo que saltar en paracaídas siendo luego capturada por los japoneses. Jacob pasó más de tres años como prisionero de guerra sufriendo crueles maltratos y desnutrición; allí vio que tres de sus compañeros de tripulación eran ejecutados y otro que murió de hambre. Se pasó el 75 por ciento del tiempo aislado e incomunicado en una celda. Como es de imaginar, Jacob desarrolló un odio profundo contra los japoneses.

Pero hacia el final de su cautiverio, Jacob logró conseguir una Biblia y al leerla empezó a creer que la gracia de Dios era la razón principal por la cual todavía estaba vivo. Allí, en la prisión, tuvo una profunda experiencia de conversión que lo transformó en un cristiano devoto. Así fue que leyendo la Palabra de Dios y haciendo oración, Jacob se sintió movido por el Espíritu Santo a perdonar a sus enemigos y renunciar al odio. Luego, el Señor le pidió dar el paso siguiente y respetar a sus captores, a raíz de lo cual éstos empezaron a tratarlo mejor. En 1948, tres años después de su liberación, Jacob volvió a Japón, esta vez no como prisionero de guerra sino como misionero y permaneció en ese país hasta los últimos años de su vida.

Durante su época de misionero, Jacobo escribió un breve folleto con su testimonio de conversión titulado Yo fui Prisionero en Japón. El capitán japonés Mitsuo Fuchida, que dirigió el ataque aéreo contra Pearl Harbor, leyó el folleto y se sintió profundamente conmovido y finalmente se convirtió en cristiano. Con el tiempo, los dos se reunieron, trabaron amistad y hasta predicaron juntos en diversas ocasiones. Todo esto fue producto de la sanación interior que Dios realizó en el corazón de Jacob DeShazer.

Esta historia real nos enseña que por muy graves y dolorosas que nos parezcan las heridas del pasado, Dios puede curarnos y restaurarnos. También nos enseña que es muy posible que la experiencia que hayamos tenido del amor sanador de Dios nos lleve a perdonar y hasta servir a las mismas personas que nos causaron el daño.

Por eso, hemos de tener fe. Cree, hermano, que el tiempo que pasas haciendo oración y recibiendo los sacramentos le da al Señor la posibilidad de curar tus traumas y heridas; cree que el Señor te puede ayudar a arrepentirte y perdonar a quienes te hayan ofendido o dañado. Cree que Jesús quiere reforzar la dimensión interior de tu vida espiritual.

Beneficios y bendiciones. Una de las mejores maneras en que podemos recibir la acción de sanación interior del Espíritu Santo es practicar el perdón, empezando por cosas pequeñas, como desaires e incomprensiones. Esto se debe a que Dios derrama un torrente de gracia cuando damos un paso concreto para perdonar a alguien que nos haya ofendido.

Ahora hasta los profesionales de la medicina están comenzando a reconocer el valor del perdón. En su sitio web, la afamada Clínica Mayo tiene un artículo titulado Forgiveness: Letting go of grudges and bitterness (El Perdón: Librarse de resentimientos y rencores), en el cual se afirma que el perdón lleva a relaciones personales más sanas, un mayor bienestar espiritual y psicológico, menos estrés y hostilidad, tensión arterial más baja, menos síntomas de depresión, ansiedad y dolores crónicos, y un menor riesgo de consumo de alcohol y drogas.

¡Estos son muchos beneficios! Pero podemos añadir uno más que aventaja a todos los demás: Que Jesús nos ha prometido: “Si ustedes perdonan a otros el mal que les han hecho, su Padre que está en el cielo los perdonará también a ustedes” (Mateo 6, 14).

Territorio positivo. Hermano, trata de imaginarte “una escala de relaciones.” Cuando te has alejado de otra persona y no tienes deseos de perdonar ni pedir perdón, esa relación se encuentra en territorio negativo. Ahora, digamos que tú decides perdonar a esa persona o pedirle perdón. En el momento en que tú le digas: “Me dolió bastante lo que me hiciste, pero quiero perdonarte,” Dios comienza a derramar su gracia. Lo mismo sucede cuando tú dices: “Sé que te causé daño y quiero pedirte que me perdones.”

En ambos casos, la relación sale del “territorio negativo” y se abre la posibilidad de que entre en territorio positivo, tal como sucedió con Jacob DeShazer y el Capitán Fuchida. El perdón abre la puerta a un nuevo comienzo, a la posibilidad de forjar una relación mutuamente constructiva. Dios nos da otra oportunidad de entrar en “territorio positivo” con la otra persona.

¡Piensa en la enorme alegría que estas reconciliaciones le causan al Señor! Él está siempre tratando de ayudarnos a reconciliarnos con los demás, pero nosotros tenemos que cooperar con su gracia para llegar a conocer la paz de la reconciliación. Incluso si la otra persona rechaza tu iniciativa, o si la relación no se logra restaurar completamente, Dios sigue bendiciendo tus esfuerzos y derramando su gracia cada vez que tú perdones o pidas perdón.

Así pues, dedica cierto tiempo en los días siguientes para considerar esta dimensión interior de tu vida espiritual. Pídele al Espíritu Santo que haga brillar su luz en los rincones oscuros de tu vida, allí donde las heridas del pasado tienden a esconderse. Luego, trata de dar el siguiente paso hacia la sanación, el perdón y la reconciliación. Jesús está contigo y él quiere ayudarte en todo lo que pueda. ¿Qué significa esto? Que es cierto que todos podemos llevar una vida pura y santa y disfrutar de relaciones sanas, alegres y amables, aunque tal vez tengamos que tomar la iniciativa nosotros mismos, tengamos o no razón en lo sucedido en el pasado.

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