SAN FRANCISCO DE ASÍS – BREVE VIDA –

SAN FRANCISCO DE ASÍS

– BREVE VIDA –

Pedro Sembrador

SECRETARIA DEL ARZOBISPADO DE MÉXICO

México, 17 de febrero de 1948.

“IMPRIMATUR”

Lo decretó el Excmo. y Rvdmo. Sr. Arzobispo.

Doy Fe. Pbro. Luis F. Garibay

El acontecimiento más maravilloso quizá de la historia del Catolicismo en la Edad Media, es la aparición en el mundo, del Seráfico Patriarca San Francisco de Asís, pues de cuantos Santos se dieron a la Vida Perfecta, ninguno como él llegó tanto a la perfección del cristianismo primitivo.

El conocimiento de la vida de San Francisco nos es de gran valor pues despierta en nosotros el deseo de copiarla tanto como podamos, ya que él fue en su juventud, como nosotros, dado a las cosas terrenales; buscó después una vida más elevada como tantos de nosotros por la Gracia de Dios la buscamos y llegó por fin a vivir plenamente la Vida Perfecta. Su vida así puede dividirse en 3 períodos.

Los 3 períodos de la vida de San Francisco.

El primer período de la vida de San Francisco, es el de su vida mundana; duró hasta los 20 años; en ellos más que pensar como debe hacerlo todo cristiano, en acercarse a Dios, en servirlo, se dedica a disfrutar de los múltiples atractivos que el mundo proporciona a todo aquel que tiene dinero para pagados.

Después de este primer período, viene un segundo que dura 7 largos años en los que Francisco habiendo comprendido que el fin del hombre es algo más elevado que buscar y disfrutar los placeres mundanos, anhela una vida superior y después de buscar equivocadamente varias veces su camino, ya en la carrera de las armas, ya cuidando a los leprosos, ya reconstruyendo materialmente las iglesias de San Damián, de San Pedro y de la Porciúncula, acaba por darse cuenta de que Dios lo llama para dar al Mundo ejemplo de vida cristiana, principalmente de la virtud de la pobreza y apartarlo así del deseo desordenado de riquezas y placeres que tanto lo alejan de Dios.

Y viene, en fin, el tercer período de la vida de san Francisco; período que dura 18 años, en los que, dedicado por completo al servicio de Dios, emprende la gigantesca obra de renovar la sociedad, para lo que funda las 3 Ordenes que deben revolucionar al mundo, conservando el espíritu cristiano en medio de la corrupción general y dando ejemplo de las virtudes cristianas.

EL PRIMER PERIODO DE LA VIDA DE SAN FRANCISCO.

20 años de vida mundana.

Nació San Francisco de Asís el día 26 de septiembre de 1182. Fueron sus padres el rico y ostentoso comerciante en telas Pedro Bernardone, apegado con exceso a la riqueza, y la virtuosa Picca.

El nuevo niño recibió en la pila bautismal el nombre de Giovanni (Juan) estando ausente su padre, pero cuando volvió, le dio el sobrenombre de “el Francés”, en italiano Francesco, y Francisco en español, nombre que desde entonces conservó.

Pasó Francisco sus primeros años al lado de Picca quien lo educó con toda la piadosa solicitud de una madre cristiana que prepara un alma para el cielo. Ya mayorcito, confiaron sus padres su educación a los piadosos sacerdotes que dirigían la escuela de San Jorge.

Pero apenas llegado a los quince años, su padre lo asoció a sus negocios. Rodeado de riquezas, Francisco vestía suntuosamente, tenía dinero para derrochar y nunca faltaba a las ruidosas fiestas y opíparos banquetes que solían organizar los hijos de los comerciantes y hacendados de Asís.

Apenas tenía 18 años, cuando su esplendidez y prodigalidad unidas a su talento, arrojo y simpatía, hicieron que fuera el rey de las fiestas, de tal modo que entusiasmados los habitantes, de Asís lo proclamaron “Rey de la Juventud”.

Dos años duró este triste reinado de Francisco. ¿Hasta dónde influyó en su alma esta vida de disolución? es cosa que no podemos precisar. Pero sí es un hecho que Francisco nunca llegó a apartarse completamente de Dios. Que a pesar de que a tan temprana edad llegó a lograr tantos honores, tanta riqueza, tantos placeres como sólo el hijo de un rey podría tener, él ni se ensoberbeció con ello ni se encenagó en el vicio. Esa vida de disipación que hubiera colmado las ambiciones del joven más poderoso y más ambicioso, nunca satisfizo los anhelos de su alma que, sin él saberlo, estaba sedienta. Sedienta de Dios.

EL SEGUNDO PERIODO DE LA VIDA DE SAN FRANCISCO

Siete años de dolorosa incertidumbre, en los que en una obscuridad angustiosa busca a Dios.

Pero la vida de placer que llevó Francisco hasta los 20 años, no satisfacía los anhelos de su corazón; su alma noble, delicada y cristiana, anhelaba algo más elevado, una vida superior.

¿En dónde la encontraría? ¿Cuál sería esa vida que satisfaría con creces todos sus anhelos? Francisco no imaginaba que tal vida sólo la encontrarla en Dios y no tuvo, como nosotros, la fortuna de que alguien se la anunciara. Fue así que en la más angustiosa obscuridad intelectual, busca durante siete años esa vida superior, hasta que al cabo de ellos encuentra resueltamente su camino a Dios.

Estos 7 años fueron de dolorosísimas equivocaciones, primero:

a) busca Francisco la vida anhelada en la vida de las armas, cayendo prisionero en el primer encuentro;

b) dura cautivo un año;

c)apenas de regreso en Asís se enferma, medita; cree deber insistir en la vida de las armas… no se le ocurre otra cosa.

d) parte a alistarse de nuevo al ejército, pero una vez llegado a Espoleto una voz misteriosa desaprueba su conducta y vuelve desconcertado a Asís.

e) emprende un viaje a Roma solicitando ayuda divina y ahí empieza a ver que Dios lo llama a servirlo, dando al mundo ejemplo de pobreza.

Orando en el Templo de San Damián, oye la misma voz de Espoleto que le dice: “reconstruye mi Iglesia, ¿no ves que se derrumba?”. Francisco toma estas palabras en sentido material;

f) cree que debe emprender la reconstrucción del Templo de San Damián que está en ruinas; para ello se arbitra fondos vendiendo telas, lo que acarrea las iras de su padre que hace que renuncie a su herencia.

Ya en la mayor pobreza:

g) se dedica a cuidar a los leprosos;

h) se aplica a reconstruir él mismo 3 Iglesias;

i) pero no es sino hasta el cabo de 7 años de dolorosa búsqueda cuando se da cuenta de que las palabras oídas debe entenderlas en el sentido espiritual; que él sólo encontrará la vida a que Dios lo llama, emprendiendo la reconstrucción espiritual de la Iglesia en el mundo entero, dedicándose al apostolado del Santo Evangelio; dando ejemplo de pobreza extrema y encausando a otros a que den igual ejemplo.

Meditando en todo lo que sufrió tan grande Santo para encontrar su camino a Dios, nos damos cuenta de que nunca sabremos agradecer bastante a Dios el que a nosotros, miserables pecadores, nos haya proporcionado en la bendita Tercera Orden, un camino tan fácil y tan excelente para servirlo, para satisfacer plenamente nuestros anhelos de adelanto espiritual.

Es conociendo todo lo que San Francisco sufrió para encontrar la vida a que lo llamaba Dios, como estimaremos debidamente el haber tenido la suerte de encontrar esta bendita Asociación; y es por esto que vamos a exponer, aunque lo más brevemente posible, algunos pasos del largo calvario que durante 7 años tuvo que recorrer San Francisco.

Francisco busca una vida superior en la vida de las armas.

Acabamos de decir que la vida de placer que llevó Francisco hasta los 20 años, distaba mucho de satisfacer los anhelos de su corazón; él deseaba vivir una vida superior. Natural era que, influenciado por los cantos guerreros de los trovadores provenzales, lo primero que al pensamiento le viniera fuera buscarla en la vida de las armas, y así lo hizo.

Aún no cumplía Francisco los 20 años, cuando la ciudad de Asís entró en guerra con Perusa, cuyo triunfo parecía asegurado de antemano, por haber logrado aliarse con una docena de grandes feudatarios.

Si Francisco hubiera sido un ambicioso vulgar, seguramente que hubiera abrazado el partido de dichos feudatarios, pero sin oír más voz que la de la justicia y el derecho del oprimido, se alistó con los suyos.

No fue larga su jornada. En 1201 los milicianos de Asís, más arrojados que prudentes, salieron con banderas desplegadas al encuentro del enemigo. Tras un combate encarnizado y sangriento en Ponte San Giovanni, llevaron los perusianos la victoria. Francisco, sorprendido con varios de sus compatriotas, cayó con ellos en poder de los contrarios y fueron llevados a Perusa, donde fueron encerrados y donde permanecieron en cautiverio durante todo un año.

Francisco dura cautivo un año y de regreso a Asís, enferma y medita.

Aunque tanto la derrota como el cautiverio fueron incidentes bastante diferentes de las aventuras caballerescas que su imaginación había forjado, Francisco nunca perdió su buen humor; fue él quien durante todo ese tiempo consoló y animó a sus compañeros que no comprendían cómo, estando en la cárcel, podía estar tan contento.

Recobró su libertad al cabo de un año; pero el largo encierro y la forzada inactividad habían minado su salud, que apenas de regreso en la casa paterna enfermó, poniéndolo una fiebre violenta, en peligro de terminar sin gloria su carrera mortal.

Aquella enfermedad, sin embargo, señaló el principio de su verdadera vida; porque en aquellas largas semanas que yació en el lecho del dolor, empezó a entrever, no sin angustia de su espíritu, la posibilidad de una vida harto diferente de la que hasta entonces concibiera, consagrándose a Dios y a la consecución de los bienes eternos. Era como el lejano rumor de las olas para el que nunca ha contemplado la inmensidad de los mares.

El espíritu de Francisco quedó desde entonces turbado y esta turbación no había de dejarlo hasta el momento en que encontrara resueltamente su camino a Dios.

Parte Francisco de nuevo a la guerra.

Restablecidas al fin sus fuerzas, no tardó en sentir de nuevo la necesidad de actuar. Pronto se le ofreció una ocasión propicia: la guerra empeñada entre el Papa Inocencio III y el emperador de Alemania por la regencia de las dos Sicilias.

Francisco, ardiendo de entusiasmo, piensa en armarse caballero y alistarse en los ejércitos de S.S. el Papa; una vez resuelto, se equipa magníficamente, de manera digna de sus ambiciones.

Llegado el día de la partida, complacíase sobremanera en el esplendor inusitado de su porte, cuando vino a descubrir un caballero, cuyo vestido raído, indicaba una gran pobreza. Parecióle entonces ignominioso que un hombre de tan alta condición vistiera de Modo tan miserable y resueltamente se despojó de su manto, de su túnica suntuosa y de todos sus costosos atavíos y los entregó a aquel caballero desconocido.

Aquella noche tuvo Francisco un sueño dulcísimo: soñó que se encontraba en un hermoso palacio adornado de armas caballerescas en el cual moraba una bellísima desposada y oyó una voz que le decía: “Todo esto es para ti y para los que te sigan”.

Francisco ve que ha errado su camino y vuelve a Asís.

Alentado por aquel sueño, toma Francisco el camino de Espoleto, a donde pernocta; y estando ya adormecido, oye otra vez la misteriosa voz que le dice: “Francisco, ¿a quién es mejor servir, al Amo o al criado?” y como él contestase: “Sin duda es mejor al Amo”, prosigue la voz: “¿Por qué, pues, conviertes al Amo en criado?“, con lo que se iluminó su alma y dijo humildemente: “Señor, ¿qué quieres que haga?” -“Vuelve al lugar de tu nacimiento”,ordenó la voz, “y ahí se te dirá lo que debes hacer porque te conviene dar diferente significación a este sueño”.

Despierto del todo, Francisco, considerando estas palabras, renuncia a sus sueños de ambición humana, se levanta con el alba, monta a caballo y regresa a Asís a esperar se le aclare el enigma de su porvenir.

Francisco comienza a pensar en “su Dama la Pobreza”

En espera de la orden prometida, volvió Francisco a ocuparse en los negocios de su padre, aunque no con el mismo entusiasmo; halló otra vez su lugar entre los jóvenes de la ciudad cuyos banquetes volvió a presidir y después de los cuales empuñaba el bastón de mando y salían por las calles de la ciudad cantando estrepitosamente. Pero él ya no participaba de tales regocijos con el corazón como en los tiempos pasados.

Una noche, como cayese en silenciosa meditación, le dijeron sus amigos: “¿Amor tenemos, Francisco? ¿Has descubierto por fin la doncella que ha de ser tu esposa y pasas la noche y el día pensando en su belleza y en sus encantos?” Francisco, volviendo en sí, repuso con gravedad inesperada: “Sí, en verdad, estoy pensando en tomar por esposa la doncella más noble y más rica que jamás habéis visto”; él se refería ya a la que más tarde llamaría “su Dama la Pobreza”.

A partir de ese día se vuelve Francisco más pensativo y poco comunicativo; buscaba consuelo en la oración e iba a socorrer ocultamente a los pobres. Era presa de las mayores angustias que le producía el sentir nuevos deseos y verse incapaz de darse cuenta de ellos y no poder así realizarlos, exhalaba con frecuencia fuertes gemidos.

Entre los múltiples pensamientos que en él fermentaban había uno que si bien como a través de una niebla que siguiera obscureciendo su inteligencia, iba tomando forma gradualmente: era preciso renunciar al bienestar y a la ostentación y a todo proyecto ambicioso.

En busca de luz Francisco resuelve Ir a Roma y ahí mendiga por primera vez.

En su perplejidad Francisco resuelve ir en calidad de peregrino a Roma, como tantos peregrinos que pasaban por Asís llevando consigo sus deseos, sus temores, sus penas, para confiarlos a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo cuyos cuerpos descansaban en la Colina Vaticana.

Se acercó así a ellos no dudando que los Santo Apóstoles habían de darle luz y consuelo. Llevaba consigo valiosas ofrendas para depositarlas en el santuario apostólico como pensaba acostumbrarían hacer los peregrinos; pero grandes fueron su sorpresa y disgusto, al observar con cuanta parsimonia se hacían las ofrendas. Hastiado de los avaros peregrinos se apartó de ellos y puso en manos de los pordioseros inoportunos que se agolpaban en las puertas de la Basílica, cuanto llevaba.

Se apoderó entonces de él un deseo de compartir con los pobres sus sufrimientos y de saber por experiencia propia cual era su vida; y sin titubear cambió sus ricos trajes por los harapos de un pobre y vestido con ellos pasó todo el día a la puerta de San Pedro pidiendo limosna a los que entraban y salían.

El beso al leproso.

Cuando Francisco volvió de su viaje a Roma, traía un gran deseo de compartir con los pobres sus sufrimientos y de saber por experiencia propia cuál era su vida. Entre los más desgraciados de ellos, se distinguían los leprosos.

Cierto día que Francisco regresaba a Asís a caballo, le pidió una limosna uno de ellos. En otro tiempo le hubiera arrojado un puñado de monedas y espoleado su caballo; pero esta vez desmontó, puso su limosna en las manos de aquel miserable y tomándolas entre las suyas, imprimió un beso en ellas.

Desde aquel momento quedó sellado el pacto de una nueva vida. Francisco se creyó llamado especialmente a cuidar leprosos, cuyas chozas desde entonces frecuentó no ya secretamente, pues en aquella época en Asís era mal visto dar limosna a los pobres, sino que lo hacía a plena luz del día y nunca olvidaba besarles la mano al entregarles su ofrenda.

Repara mi Iglesia, ¿no ves que se derrumba?

Cierto día que Francisco oraba en el templo de San Damián, oyó una voz que parecía venir del Crucifijo y que decía: “Repara mi Iglesia, ¿no ves que se derrumba?”, Creyendo que ésta era la orden que se le había anunciado en Espoleto y tomándola al pie de la letra, se dirige a su casa, toma varias piezas de riquísimas telas y montando a caballo camina hasta Foligno donde vende sus mercancías y su cabalgadura y vuelve a entregar al Cura de San Damián el producto de aquella venta, para costear las obras de la iglesia, pidiendo al mismo tiempo licencia para vivir ahí con él. El señor Cura, que conocía bien a Pedro Bernardone, temiendo algún disgusto, no aceptó la limosna, que entonces Francisco dejó en una ventana; pero sí le permitió viviera con él.

Al enterarse Pedro Bernardone cuando regresó de su viaje de la conducta de Francisco, se llenó de cólera e indignación, resolvió poner término cuanto antes a tanta locura y acompañado de algunos amigos fue a la iglesia de San Damián.

Francisco, temiendo la cólera de su padre y sobre todo su maldición, corrió a esconderse a una cueva en la que permaneció durante un mes, en la más completa soledad, constantemente en comunión con Dios. Ahí aprendió que era indigno de la grandeza del Señor a quien servía, andar oculto por miedo a los hombres, y así se resolvió, poniéndose en las manos de Dios, a salir de la cueva e ir a Asís.

Tan pronto cuanto lo vio su padre, descargó su furia en denuestos, lo arrastró a la casa y ya en ella le dio durísimos azotes y lo encerró en una habitación obscura, pensando así acabaría con las extravagancias de Francisco, que ponían en descrédito el nombre de Bernardone; y cuando algunos días después tuvo que ausentarse por sus negocios, quiso asegurarse poniéndole esposas en manos y pies.

Francisco se desposa con su”Dama Pobreza”

Pero viendo Picca que era en vano tratar de hacer desistir a Francisco de lo que él creía era la voluntad del Altísimo, lo puso en libertad.

Cuando volvió Bernardone reprendió duramente a su esposa y cegado por la rabia, salió en busca de su hijo esperando todavía reducirlo a la obediencia. ¡Mas cuál no sería su asombro al ver que Francisco salía a su encuentro sin revelar temor ni desconfianza! Pedro lo increpó duramente y aún llegó a golpearlo, pero convencido al fin de que no lo dominaría, se retiró furioso.

Entonces se le ocurrió exigir de Francisco que renunciara a la herencia a la que las leyes de entonces le daban derecho.

Al efecto, citó a Francisco primero ante los tribunales civiles, después ante el Obispo Guido. Compareció Francisco ante él y una vez enterado de lo que exigía de él su padre, dijo al Obispo: “Señor, todo lo entregaré a mi padre, hasta mis vestidos” y despojándose de ellos, agregó: “escuchad todos; hasta ahora he llamado padre a Pedro Bernardone; mas siendo ahora mi intención servir a Dios, le devuelvo su dinero así como los vestidos que de él recibí, porque de hoy en adelante quiero decir ¡Padre nuestro que estás en los Cielos! y no padre mío Bernardone”.

Pasaba esto en uno de los primeros días del mes de abril de 1207. Ese día marcó un paso gigantesco más de Francisco hacia Dios. Ese día de abril fue un día de paz. Francisco se había desposado con la novia que con fidelidad tan constante había buscado por tanto tiempo. i Francisco se había desposado con su Dama la Pobreza!

Francisco vive con los leprosos, hace su primer milagro y reconstruye 3 iglesias.

Pero Francisco no había hallado aún plenamente su camino, le faltaba otro paso más: dar su verdadero significado a las palabras “reconstruye mi iglesia”. Dos años más de sacrificios e incertidumbres, fueron necesarios para que pudiera lograrlo.

En estos dos años, primero se alejó de Asís hasta más allá del Monte Subasio, Llegó a Gubbio en donde visitó las leproserías e hizo sus delicias habitar con los leprosos, a quienes cuidaba lleno de caridad limpiando sus llagas y consolando sus almas en sus profundas melancolías.

Fue entonces cuando Francisco hizo su primer milagro, que consistió en que quedó curado instantáneamente un hombre que padecía un cáncer espantoso que le había comido la boca y parte de las mejillas, tan pronto como San Francisco, lleno de conmiseración hacia él, lo abrazó y le besó en el rostro.

Pero pronto Francisco tuvo que abandonar la leprosería de Gubbio, pues las palabras “Ve y repara mi Iglesia” continuamente resonaban en sus oídos. Todavía no pensaba que ellas se referían a la Iglesia de las almas vivientes, la que debía ayudar a restaurar en todo su esplendor y su belleza; y tomándolas todavía en sentido material, resolvió volver a Asís a restaurar, no como en otra ocasión, con su dinero, sino con sus propias manos, la iglesia de San Damián.

Y una vez reconstruida esta iglesia, emprendió la reconstrucción de dos iglesias más que estaban también a las puertas de Asís: una Capilla dedicada a San Pedro que ya no existe en nuestros días y después otra Capilla antiquísima, edificada en el año 352 por unos hermanos legos de Palestina.

Se llamaba esta Capilla en un principio, Santa María de Josafat. Después se le llamó la Porciúncula a causa de que, cuando San Benito la hizo restaurar, pidió una pequeña porción de tierra (porciúncula en italiano) a su alrededor, donde construyó unas celdas; después, en fin, se le llamó de Nuestra Señora de los Angeles, en memoria de las apariciones celestiales que ahí ocurrieron.

Francisco encuentra al fin su camino a Dios.

Los comentadores de la Vida de San Francisco, ven en la reedificación de las 3 iglesias simbolizada la restauración de la Iglesia por medio de las 3 Ordenes que había de establecer San Francisco.

Terminada la reconstrucción de la Porciúncula, Francisco vuelve a su perplejidad esperando las órdenes del Señor que al fin llegaron inesperadamente.

Esto fue el último día de febrero de 1209. Se celebraba la Santa Misa en la Capilla de la Porciúncula. Francisco la ayudaba. Al llegar al Evangelio, el Sacerdote leyó estas palabras: Id y predicad diciendo: ya se acerca el reino de los cielos… no lleváis oro ni plata, ni dinero alguno en vuestros bolsillos, ni alforja para el viaje, ni más de un vestido, ni calzado de repuesto, ni tampoco báculo…

Francisco escuchó como siempre atentamente la lectura del Evangelio y esta vez el texto sagrado descorrió el último velo que nublaba su inteligencia y al punto exclamó sin titubear: “he aquí lo que yo buscaba; he aquí lo que anhelaba mi corazón”; y con su natural espontaneidad, arrojó el bastón; se quitó el calzado, se desnudó y por parecerse a su maestro crucificado, se cortó un hábito en forma de cruz; en vez de una tira de cuero, se ciñó a la cintura una cuerda y se sintió así armado caballero, Caballero de Cristo.

Desde aquel momento sus sueños de aventuras caballerescas se tornarón realidades; cree firmemente que no puede existir Orden de Caballería más noble que la suya, que tiene por enseña a Cristo y a la pobreza por Dama de sus pensamientos. .

En el futuro, recorrerá el mundo en busca de almas que deseen ser socorridas. Los poderes del mal que siembra enemistades entre Dios y los hombres y entre hombre y hombre, serán los malandrines contra los cuales combatirá. En todo lugar proclamará el reino de Dios y de su paz y en su amor a los pobres hallará fuerza y valor para seguir a Cristo.

TERCER PERIODO DE LA VIDA DE SAN FRANCISCO

18 años de servicio a Dios, de incomprensiones y desilusiones.

Los hechos más notables de este tercer período de la Vida de San Francisco.

Fueron de tal actividad los 18 años del tercer período de la vida de San Francisco, que querer describirlos siquiera brevemente, nos llevaría fuera de los límites asignados a esta breve relación.

Ninguna vida de ningún Santo fue de tanta actividad, de tanta variedad como la suya; pero seguramente que de todas sus actividades, las más importantes fueron la fundación de sus 3 Ordenes religiosas. Vamos a referirnos brevemente a ellas y mencionaremos también con la mayor brevedad posible: sus misiones apostólicas, sus sacrificios, sus enfermedades, sus sufrimientos, principalmente a causa de las incomprensiones y desilusiones que encontró en su obra y finalmente hablaremos de su gloriosa muerte.

FUNDACIÓN DE LA PRIMERA ORDEN

Pocos días después de aquella memorable lectura del Evangelio, comenzó Francisco a ir todos los días a la ciudad.

La inspiración divina le inflamaba y aguijoneaba. A los que encontraba a su paso los saludaba afectuosamente con estas palabras: “Hermanos, el Señor os de paz” y se acercaba a muchos de ellos y les hablaba con sencillez, fervorosamente, sobre el Reino de Cristo, sin predicarles propiamente sermones.

Fue así como fueron adhiriéndose a él algunos discípulos. Tocó en suerte ser el primero a Bernardo de Quintaval, varón riquísimo y principal; le siguieron después Pedro de Catania, Canónigo de Asís; Egidio, conocido por Fray Gil, hijo de un propietario de la ciudad, etc. Francisco no les impuso largas prácticas; le bastaba una prueba para recibirlos: que renunciaran a todos sus bienes y que se decidieran a ir a pedir su sustento de puerta en puerta.

Francisco no esperó tener muchos discípulos para dar principio a su campaña apostólica; tan pronto como reunió algunos de ellos, empezó a enviarlos a misionar de dos en dos por los valles del Apenino y los llanos de Umbría de las Marcas y de Toscana.

Su punto de reunión era la Porciúncula. Cuando llegaron a 12, consideró Francisco que era llegado el momento de constituir formalmente su familia religiosa y al efecto escribió una Regla compuesta de algunas sentencias del Evangelio en la que además de los 3 votos ordinarios de pobreza, obediencia y castidad, se prescribía la renuncia de toda posesión aún en común.

En cuanto la hubo terminado, lo que fue durante el mes de mayo de 1209, partieron todos para Roma buscando la aprobación de Su Santidad el Papa Inocencio III.

Los Cardenales pusieron para ello muchas dificultades y el Papa, a pesar de su buena voluntad, sólo dio a Francisco esperanzas de que algún día sería aprobada; pero Dios vino en ayuda de Francisco inspirando al Santo Padre un sueño, en el que vio que la Basílica de Letrán, madre y cabeza de todas las Iglesias, amenazaba gran ruina y se venía ya al suelo, cuando un pobrecito, vestido de tosco sayal, descalzo y ceñido por recia cuerda, ponía sus hombros debajo de las paredes de la Iglesia y la enderezaba de tal manera, que parecía luego más recta y sólida que nunca.

Otra vez fue el Santo al Palacio de Letrán y expuso al Papa su demanda y viendo Inocencio III la humildad, pureza y fervor de Francisco y acordándose de la visión que había tenido, conmovido lo abrazó, lo bendijo así corra, a todos sus frailes, confirmó su Regla y les mandó que predicasen la penitencia. La Primera Orden había quedado formal y solemnemente fundada. Esto ocurría en el año de 1209.

Después de la aprobación de la Regia, no volvieron los frailes inmediatamente a la Porciúncula, sino que se establecieron no lejos de Asís, en una choza abandonada al borde de un famoso torrente que se llama Rivo Torto.

Unos pocos meses después, la Comunidad Franciscana volvió a la Porciúncula. Francisco rogó a los Benedictinos del Monte Subasio le dieran asilo para él y sus compañeros. Estos, gustosísimos, le cedieron la Capilla de Nuestra Señora de los Angeles, la casa contigua y algunas parcelas de terreno, a condición de que considerasen aquel convento como cuna de la Orden de Frailes Menores.

Poco tiempo después Francisco comenzó a predicar no sólo en las plazas de la ciudad, sino también en los templos; sus pláticas hacían tanto bien a quienes las escuchaban, que los mismos Canónigos le invitaron a que predicase en la propia Catedral los domingos.

FUNDACIÓN DE LA SEGUNDA ORDEN

Fue predicando en el Templo de San Jorge, en la Cuaresma de 1212, cuando una joven de la nobilísima familia de los Scefi llamada Clara, conoció a San Francisco. Al verle y oírle, se sintió llena de admiración y deseó tomarlo por Director Espiritual. Francisco supo despertar en Clara ansias y resoluciones de darse a la perfección. Al terminar la Cuaresma, ardiendo ya en impaciencia por entregarse a Dios, convino con él en que este acto se verificaría el domingo de Ramos, 19 de marzo de 1212, en la Capilla de la Porciúncula.

Y en efecto: mientras toda la ciudad dormía, Clara salió de la casa paterna, vestida como una novia en día de sus bodas y acompañada de su tía, se dirigió presurosa a Nuestra Señora de los Angeles. Francisco le cortó ahí el cabello en señal de que renunciaba a las vanidades del mundo, le puso una vestidura muy burda, de color de ceniza, le ciñó una cuerda a la cintura y le cubrió la cabeza con un velo espesísimo. Clara entonces, jurando fidelidad a Cristo, lo tomó por esposo, prometiéndole seguirlo por el áspero Sendero de la penitencia.

Terminada la ceremonia, Francisco la condujo al Monasterio de San Pablo de los Monjes Benedictinos; pero a causa de dificultades tenidas con los padres de Clara, la hizo trasladar al convento del Santo Angel del Panzo, también de Benedictinos, edificado cerca de Asís.

Pronto daría Dios a Clara una compañera ideal: su hermana Inés; una jovencita de 14 años, pura como un lirio, mansa como una oveja.

Después de poner el velo a Inés, el Santo fundador dio por habitación a las dos hermanas, la casa inmediata a la Iglesia de San Damián. Clara fue en ella la primera Abadesa Franciscana y pronto vio congregarse a rededor de su Callado, una falange de almas seráficas, entre las cuales merecen mencionarse a Hortulana, su propia madre, ya viuda, otra hermana suya, llamada Beatriz y aquella tía que tanto la acompañó para hallar su camino.

Así quedó fundada en el año 1212, la Segunda Orden de San Francisco para Religiosas enclaustradas, que entonces se llamó de las Dueñas Pobres y que con el tiempo se llamó de Clarisas.

Francisco les dio por Superiora a Clara, por Director a Fray Felipe Longo; quiso desde un principio que esta nueva familia, como la que ya tenía fundada, tuviera como piedra angular la más absoluta pobreza y en 1224 le redactó la Regla definitiva, que es una obra acabada de inspiración divina.

Actividades de San Francisco hasta la fundación de la Tercera Orden.

Las ambiciones apostólicas y el ardiente amor de San Francisco a los prójimos, lo empujaban incesantemente a procurar nuevas conquistas. Así, en el otoño del año de 1212, se embarcó en Ancona con ánimo de predicara los musulmanes. Una tempestad lo arrojó a las costas de Dalmacia de donde volvió penosamente a Italia.

En 1214, se propuso predicar en Marruecos. Partió a pie de Italia, atravesó Francia y llegó a España, pero ahí le sobrevino una gravísima enfermedad que le obligó a volver a Italia.

En 1215, celebró nuestra Santa Iglesia el IV Concilio de Letrán; Francisco, deseoso de asistir a él, pues precisamente uno de los puntos que el Concilio debía discutir, era el reconocimiento de nuevas Ordenes, hizo el viaje a Roma. S.S. Inocencio III renovó la aprobación de la Orden de los Menores como empezaban a llamarlos. Fue en esta ocasión cuando San Francisco conoció a Santo Domingo, el fundador de la orden de los Frailes Predicadores.

En 1219, habiendo repartido sus discípulos entre las provincias extranjeras que quería evangelizar, no se contentó con enviar sus amigos a Mauritania, Túnez, Egipto y Siria, sino que otra vez se embarcó él mismo para Palestina. Llegado ahí intentó convertir al Sultán de Egipto, llamado Melek el Kamel, el cual lo recibió muy cortésmente y aún lo escuchó con agrado, pero no consintió en mudar de Religión. Con esto se volvió Francisco a Italia después de haber tenido la fortuna de visitar los Santos Lugares.

Indulgencia de la Porciúncula.

En el año de 1216, contribuyó el Cielo con un favor extraordinario,a consolidar la 0bra humildemente comenzada en la Porciúncula, pues una noche que Francisco se hallaba orando en este templo, se le apareció Nuestro Señor Jesucristo en compañía de la Virgen María y le inspiró que fuera a ver al Papa Honorio III a Perusa, y le pidiera Indulgencia Plenaria para cuantos contritos y confesados, visitaran aquella Iglesia.

No obstante la oposición de los Cardenales, el Papa otorgó la Indulgencia, pero sólo para un día del año, el 2 de agosto, día de San Pedro Advíncula. Esta indulgencia fue después concedida por otros Santos Padres a todas las Iglesias Franciscanas y en nuestros días se ha hecho extensiva a otros muchos templos privilegiados.

Dificultades y decepciones.

Nos engañaríamos lamentablemente si creyéramos que todo en la vida de San Francisco fue fácil, que todo fue triunfos. Si su vida está llena de gracias y favores celestiales, también encontró en ella muchas desilusiones además de los sufrimientos físicos originados principalmente por las excesivas austeridades a que se entregaba.

Tuvo San Francisco muchas dificultades para encausar la Segunda Orden, principalmente a causa de que las autoridades eclesiásticas queriendo proteger su convento contra las necesidades de esta vida, no eran partidarias de la extrema pobreza de la que Clara, a semejanza de Francisco, quería hacer e hizo el carácter distintivo de sus Instituciones.

También algunos de sus discípulos de la Primera Orden dieron a San Francisco amargos sinsabores. Cada vez que volvía a Italia de alguno de sus viajes de misión, se encontraba con muy desagradables innovaciones, que iban contra el espíritu de extrema pobreza, de la que quería dieran ejemplo los Frailes Menores.

El quería que los frailes vivieran en chozas de adobes, que partieran para las misiones predicando penitencia y conversión, sin darse a estudios teológicos, que para orar, se recogieran en cuevas, en fin, que observaran puntualmente la pobreza evangélica.

Para aquellos discípulos del Santo, que estaban animados del genuino espíritu de su fundador, esta manera de vida les hacía realmente santos. Pero para los que no tenían ese espíritu, era motivo de rebelión.

Se hizo así necesario introducir un género de vida más estable, así como los estudios necesarios para poder predicar la moral a los hombres. A todo ello alentó a los Frailes Menores el Cardenal Hugolino, declarado “protector de la Orden” por el Papa Honorio III. Francisco, dando una vez más ejemplo de humildad, tuvo que admitir que había exigido demasiado a la naturaleza humana y accedió gustoso a las indicaciones del ilustre Cardenal.

FUNDACIÓN DE LA TERCERA ORDEN.

La predicación y ejemplo de San Francisco y de sus Frailes, había levantado radiante despertar de vida cristiana en Italia y en Europa entera. A más de tantos millares de almas fervorosas que habían abrazado la Regla de los Frailes Menores o de las Clarisas, miles y miles de personas que por estar ya casadas o tener una familia que sostener, no podían ingresar a los conventos, pedían a San Francisco que les ayudara a poder vivir la Vida Cristiana en toda su plenitud, a vivir la Vida Perfecta.

Mucho tiempo estuvo San Francisco meditando cómo podría lograrse esto; pero viendo que la vida en comunidad no era indispensable para la perfección, compuso, por inspiración divina, como él mismo nos lo dice, una Regla de Vida, para que los que desearan vivir más intensamente la Vida Cristiana, pudieran lograrlo, y aún ser religiosos, sin abandonar su familia ni sus negocios, para que pudieran vivir la Vida Perfecta.

Para llevar a la práctica la idea que había concebido, fundó una Asociación de Vida Perfecta, a la que dio el nombre de Tercera Orden. A los que entraban a ella no les exigía como a los Frailes Menores, que “vendieran todo cuanto tenían y lo dieran a los pobres” para hacer vida de pobreza material, pues eso no es compatible con la obligación de sostener y educar una familia; pero sí les exigía que fueran pobres de espíritu, es decir, que no desearan desordenadamente las riquezas, y que practicaran las principales virtudes de Nuestro Señor Jesucristo, especialmente la humildad, la penitencia y la castidad.

Además, les prescribió todas las obras que en honor de Dios, en bien propio y en provecho del prójimo son indispensables para vivir la Vida Cristiana en toda su plenitud, para vivir la Vida Perfecta.

En el año 1221, entraron los primeros cristianos a la Tercera Orden; éstos fueron el rico comerciante Luquesio y su esposa Bonna Donna, los que llegaron a tal perfección, que han merecido ser beatificados por nuestra Santa Iglesia.

Francisco imponía a los Terciarios, un Hábito igual al de los Frailes Menores. Andando el tiempo se les suprimió la Capilla o Capucha para que se distinguieran unos de otros. Después por motivos de comodidad, se acortó hasta la rodilla para los hombres; actualmente, a raíz del Concilio Vaticano II se llama Orden Franciscana Seglar y solo usan un escapulario grande y una cuerda.

El número de los Terciarios, ha ido por la gracia de Dios en aumento constante. Son más de 3 millones los que actualmente hay sobre la tierra y todos ellos tienen para su imitación, además de la vida de nuestro Seráfico Padre, el ejemplo de más de 100 Terciarios de todas clases y condiciones, que han sido canonizados o beatificados por nuestra Santa Iglesia.

Los primeros “Nacimientos”

En el mes de diciembre de 1223, San Francisco, que desde el año de 1219 había renunciado al gobierno de la Orden, sin por eso desentenderse de ella, vivía recogido haciendo vida contemplativa en una ermita del Valle de Rieti.

Fue ahí donde con licencia de S.S. el Papa celebró la fiesta de Navidad en una cueva en la que hizo poner una imagen del Divino Niño en un pesebre con paja, un buey y un jumento. En el mismo pesebre, hizo decir Misa con gran solemnidad de música y luces,

Este fue el primer nacimiento que se puso en la fiesta de Navidad. Desde entonces, fue tradicional en las Iglesias Franciscanas el representar en esta fiesta la cueva de Belén, hermosísima costumbre que después rápidamente se extendió en los hogares cristianos.

Los estigmas.

En el verano de 1224, dejó Francisco el Valle de Rieti y se recogió en una cueva del Monte Alvernia en medio de rocas rodeadas de espesos bosques.

Cierto día meditando como acostumbraba sobre la pasión del Salvador vio que bajaba del cielo y volaba sobre aquellas rocas, un ángel resplandeciente con 6 alas extendidas; 2 se levantaban sobre la cabeza del crucifijo que aparecía entre ellas,otras 2 se extendían como para volar, y las 2 restantes cubrían todo el cuerpo del crucificado. Oyó entonces una voz que le decía que el fuego del amor divino le transformaría en la imagen de Jesús crucificado. Al mismo tiempo sintió agudísimos dolores en sus miembros; unos clavos negros atravesaban sus manos y pies y de una llaga abierta en su costado derecho empezó a manar abundante sangre. Dios mismo se había dignado dar testimonio de la santidad de Francisco grabando en su carne las llagas del Redentor.

Ultimos días de San Francisco. Su gloriosa muerte.

En 1226, pasada la fiesta de San Miguel, que él tanto veneraba, Francisco se despidió del Monte Alvernia. Montado en un jumentillo, pues no podía ya caminar, se llegó poquito a poco a la Porciúncula, sembrando milagros por donde quiera que pasaba.

En la Porciúncula tuvo otra vez recias y dolorosas enfermedades. Consumido por los ayunos y abstinencias, abatido por frecuentes hemorragias, atormentado por una tenaz oftalmía, que trajo ya de Egipto y que lo dejó casi ciego, consintió que lo llevasen a descansar a una choza que para él levantó Santa Clara en el huertecillo de San Damián.

Ahí en medio de las tinieblas de la ceguera, acostado en pobrísimo camastro, hostigado por sin número de ratones, compuso aquel divino trovador el “Canto del Sol” o “Canto de las Criaturas”.

Lo visitaron afamados médicos, pero empeoró el mal. Sintiendo que se acercaba su fin, se hizo llevar a Asís. Al avisarle el facultativo que ya le quedaban pocos días de vida, Francisco añadió al “Canto del Sol” una estrofa en la que alababa al Señor por nuestra hermana la muerte corporal.

A instancias del Santo, los magistrados dieron licencia para llevarle a Nuestra Señora de los Angeles, donde deseaba morir. Le llevaron en unas angarillas. Al pasar frente a Asís, se incorporó y la bendijo sollozando.

Ya en la Porciúncula, al sentirse morir, como verdadero amador de la pobreza y por ser semejante a Cristo, se desnudó y así se postró en tierra. Su guardián le dio un hábito que el Santo recibió como de limosna y prestado.

Todos los Frailes lloraban. Francisco los exhortó al amor de Dios, de la Santa Pobreza de la paciencia. Cruzados ya los brazos, dijo: “quedaos, hijos míos, en el temor del Señor y permaneced siempre en él. Dichosos serán los que perseveraron en el bien comenzado. Yo voy aprisa al Señor a cuya gracia os encomiendo”. Y aguardó a la “Hermana Muerte” que ocurrió el 4 de octubre de 1226.

Al día siguiente, ya al clarear el alba, una comitiva a la vez dolorosa y triunfal, salía hacia Asís. Las muchedumbres acudían presurosas, para escoltar el sagrado cuerpo del Santo. El séquito se desvió con el fin de pasar por San Damián para que Santa Clara y sus monjas, tocasen y besasen las llagas del seráfico Patriarca. Sus reliquias fueron depositadas en la Iglesia de San Jorge.

Gloriflcación de San Francisco.

Tantos y tan estupendos milagros obró el Señor por intercesión del glorioso San Francisco, que ya a los dos años de su muerte, el Cardenal Hugolino, a la sazón Papa con el nombre de Gregorio IX, fue personalmente a la ciudad de Asís y con gran solemnidad lo canonizó y puso en el catálogo de los Santos.

Dos años después, en 1230, en el Capítulo General de Asís, trasladaron su sagrado cuerpo con solemnísimas fiestas a la suntuosa iglesia de su nombre recién edificada para recibirlo.

¡PAZ Y BIEN¡

Loado seas, mí Señor, por los que perdonan y aguantan por tu amor los males corporales y la tribulacíón: ¡felices los que sufren en paz con el dolor porque les llega el tiempo de la coronación!

 

0 R A C I ÓN

Señor, Haz de mí un instrumento de tu Paz:

Que donde haya odio, ponga yo Amor;

donde haya injuria, ponga yo Perdón;

donde haya duda, ponga yo Fe;

donde haya desesperación, ponga yo Esperanza;

donde haya tinieblas, ponga yo Luz;

donde haya tristeza, ponga yo Alegría.

Concédeme, Divino Maestro,

que no me empeñe tanto

en ser consolado, sino en consolar;

en ser comprendido, sino en comprender;

en ser amado, sino en amar.

Porque es dando, como recibimos;

es perdonando, como somos perdonados;

es muriendo en Ti, como nacemos a la Verdadera Vida.

SAN FRANCISCO DE ASÍS.

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