Las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Teresa de Jesús

Las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Teresa de Jesús
Una experiencia mística propia del Renacimiento
Santa Teresa de Ávila, 1515 – 1582, o Santa Teresa de Jesús – como es más conocida – , Doctora de la Iglesia y reformadora del Carmelo con San Juan de la Cruz, cuya fiesta se celebra el 15 de octubre, tuvo numerosas apariciones de Jesús, la Virgen María, Angeles…

 

El-extasis-de-Santa-Teresa por Bernini

 

Ella misma nos cuenta cuando se apareció en Sagrado Corazón de Jesús:

 Estando un día en oración, quiso el Señor mostrarme solas las manos con tan grandísima hermosura que no lo podría yo encarecer.… Desde a pocos días, vi también aquel divino rostro, que del todo me parece me dejó absorta. No podía yo entender por qué el Señor se mostraba así poco a poco, pues después me había de hacer merced de que yo le viese del todo, hasta después que he entendido que me iba Su Majestad llevando conforme a mi flaqueza natural. ¡Sea bendito por siempre!, porque tanta gloria junta, tan bajo y ruin sujeto no la pudiera sufrir. Y como quien esto sabía, iba el piadoso Señor disponiendo … 

Sonlo tanto los cuerpos glorificados, que la gloria que traen consigo ver cosa tan sobrenatural hermosa desatina … Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó toda esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad … Sólo digo que, cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo, Señor nuestro, aun acá que se muestra Su Majestad conforme a lo que puede sufrir nuestra miseria; ¿qué será adonde del todo se goza tal bien?” (V 28, 1-3).

JESUCRISTO SE LE DESCUBRE DE A POCO

El “encuentro” de Teresa con Cristo resucitado es un camino en el que poco a poca va descubriendo la Gloria de Dios. Es una realidad que le desborda y que le llena de inmensa felicidad y gozo.

Teresa de Jesús ve en primer lugar solamente las manos. Esas manos que años más tarde le van a entregar un clavo que se convierte es signo del matrimonio espiritual de Teresa con Cristo. Son las manos con las que Cristo acaricia, cura y consuela a Teresa.

No queda todo en las manos, sino que pocos días después ve el divino rostro de Cristo que le marca en su interior profundamente. Ese rostro que ha contemplado tantas veces en la Pasión sudando sangre, escupido, abofeteado, coronado de espinas y al final caído sobre el propio pecho lo ve ahora glorificado. Ya no es un rostro doloroso y sufriente, sino que es un rostro glorificado, iluminado y radiante de una potente luz que proviene de la resurrección.

La Santa de Ávila se pregunta por qué Cristo se le va mostrando poco a poco y no lo hace de una vez. Se da cuenta de que no se halla preparada, de que su persona no se encuentra en condiciones de contemplar tanta belleza y hermosura junta en la persona de Cristo resucitado.

Cuando reconoce y asume esta debilidad, llega el momento en que toda la Humanidad  de Cristo se le muestra. Cristo resucitado se le manifiesta ya en su plenitud, igual que a la Magdalena en la mañana de Pascua. El mismo Dios hecho carne y resucitado de entre los muertos se le aparece a Teresa y le transforma totalmente.

Es una experiencia que va a convertirse en un jalón clave de su vida espiritual. Es algo que nunca olvidará y que va a cambiar por completo la vida de Teresa de Jesús hasta tal punto que nos dirá que “no hay poderlo olvidar… queda el alma otra, siempre embebida”, pero esto lo dejamos para otro día.

QUIERE QUE COMPRENDAMOS LO QUE ELLA SINTIÓ

Teresa de Jesús no se conforma con describir su encuentro con el Resucitado. Quiere que lleguemos a comprender, quiere que la entendamos para poder compartir con ella la alegría de la Resurrección. Nos dice que 

“esta visión, aunque es imaginaria, nunca la vi con los ojos corporales, ni ninguna, sino con los ojos del alma”.

Es una realidad que “ciega” a Teresa, y le llena de la presencia de su Esposo

no es resplandor que deslumbre, sino una blancura suave y el resplandor infuso, que da deleite grandísimo a la vista y no la cansa, ni la claridad que se ve para ver esta hermosura tan divina. Es una luz tan diferente de las de acá, que parece una cosa tan deslustrada la claridad del sol que vemos, en comparación de aquella claridad y luz que se representa a la vista, que no se querrían abrir los ojos después. Es como ver un agua clara, que corre sobre cristal y reverbera en ello el sol, a una muy turbia y con gran nublado y corre por encima de la tierra. No porque se representa sol, ni la luz es como la del sol; parece, en fin, luz natural y estotra cosa artificial. Es luz que no tiene noche, sino que, como siempre es luz, no la turba nada. En fin, es de suerte que, por gran entendimiento que una persona tuviese, en todos los días de su vida podría imaginar cómo es. Y pónela Dios delante tan presto, que aun no hubiera lugar para abrir los ojos, si fuera menester abrirlos; mas no hace más estar abiertos que cerrados, cuando el Señor quiere; que, aunque no queramos, se ve.

La Santa de Ávila habla siempre por experiencia, todo lo que nos relata antes lo ha vivido y quiere transmitírnoslo con sus propias palabras:

diré, pues, lo que he visto por experiencia. Bien me parecía en algunas cosas que era imagen lo que veía, mas por otras muchas no, sino que era el mismo Cristo, conforme a la claridad con que era servido mostrárseme. Unas veces era tan en confuso, que me parecía imagen, no como los dibujos de acá, por muy perfectos que sean, que hartos he visto buenos; es disparate pensar que tiene semejanza lo uno con lo otro en ninguna manera, no más ni menos que la tiene una persona viva a su retrato, que por bien que esté sacado no puede ser tan al natural, que, en fin, se ve es cosa muerta. No digo que es comparación, que nunca son tan cabales, sino verdad, que hay la diferencia que de lo vivo a lo pintado, no más ni menos. Porque si es imagen, es imagen viva; no hombre muerto, sino Cristo vivo; y da a entender que es hombre y Dios; no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado; y viene a veces con tan grande majestad, que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. Represéntase tan señor de aquella posada, que parece toda deshecha el alma se ve consumir en Cristo”.

UN CAMBIO RADICAL

Esta visión de Teresa provoca en ella un cambio radical, “queda el alma otra, siempre embebida”, Teresa de Jesús es transformada por el encuentro con Cristo resucitado y

tan imprimida queda aquella majestad y hermosura, que no hay poderlo olvidar, si no es cuando quiere el Señor que padezca el alma una sequedad y soledad grande, que aun entonces de Dios parece se olvida.

Además “viendo” a Cristo resucitado descubre su Humanidad y la omnipotencia y amor de Dios que todo lo llena

porque con los ojos del alma vese la excelencia y hermosura y gloria de la santísima Humanidad y se nos da a entender cómo es Dios y poderoso y que todo lo puede y todo lo manda y todo lo gobierna y todo lo hinche su amor.

No pensemos que este tipo de visiones pueden ser engaños del demonio o producto de la psicología. Esta visión es muy diferente a todo eso y para la Santa de Ávila

ser imaginación esto, es imposible de toda imposibilidad. Ningún camino lleva, porque sola la hermosura y blancura de una mano es sobre toda nuestra imaginación: pues sin acordarnos de ello ni haberlo jamás pensado, ver en un punto presentes cosas que en gran tiempo no pudieran concertarse con la imaginación, porque va muy más alto ­como ya he dicho­ de lo que acá podemos comprender; así que esto es imposible. (V 28, 4-11)

Teresa de Jesús no puede acallar sus impulsos ante esta experiencia que ha vivido y brota de lo más profundo de su corazón una bella oración a Cristo resucitado, pero para que podamos saborear con calma estas palabras con las que nos comenta cómo ha sido esta visión preferimos esperar un poco para conocer cómo Teresa ora ante el Resucitado.

Santa Teresa de Jesús es maestra de oración y por ello podemos encontrarnos con sus oraciones que va intercalando a lo largo de sus escritos. Teresa escribe, pero no se niega a orar mientras escribe y quiere hacernos partícipes de su oración, quiere que oremos con ella a su querido Esposo:

“¡Oh Jesús mío!, ¡quién pudiese dar a entender la majestad con que os mostráis! Y cuán Señor de todo el mundo y de los cielos y de otros mil mundos y sin cuento mundos y cielos que Vos crearais, entiende el alma, según con la majestad que os representáis, que no es nada para ser Vos señor de ello.

Aquí se ve claro, Jesús mío, el poco poder de todos los demonios en comparación del vuestro, y cómo quien os tuviere contento puede repisar el infierno todo. Aquí ve la razón que tuvieron los demonios de temer cuando bajasteis al limbo, y tuvieran de desear otros mil infiernos más bajos para huir de tan gran majestad, y veo que queréis dar a entender al alma cuán grande es, y el poder que tiene esta sacratísima Humanidad junto con la Divinidad. Aquí se representa bien qué será el día del juicio ver esta majestad de este Rey, y verle con rigor para los malos. Aquí es la verdadera humildad que deja en el alma, de ver su miseria, que no la puede ignorar. Aquí la confusión y verdadero arrepentimiento de los pecados, que aun con verle que muestra amor, no sabe adonde se meter, y así se deshace toda (V 28,8-9).

PERO ES DIFÍCIL DE EXPLICAR

La Santa de Ávila se queda obnubilada ante la visión del Resucitado que ya nos ha relatado. Es una majestad difícil de explicar, hay que “verla” para comprenderla. Ahora, ante esta visión, Teresa ora al Señor del mundo y de los cielos.

Cristo Resucitado es Señor del universo, es Cristo Rey. Su poder se encuentra por encima de cualquier poder y por ello “los demonios temieron cuando bajó a los infiernos.

Su poder es inmenso, es Humanidad y Divinidad unidas, Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Cristo se “muestra” a Teresa en su Humanidad y Divinidad y le hace comprender su grandeza y  poder.La luz de la Resurrección llena a Teresa y le introduce en la Divina Majestad de Cristo Resucitado.

El resultado de esta visión es que deja una gran humildad en el alma, Teresa de Jesús al ver al Resucitado ora y descubre su miseria. Ante el Resucitado todo queda al descubierto, todo es iluminado por la clara y transformante luz de la Resurrección. Teresa nos invita a reconocer y a arrepentirnos de nuestros propios pecados, no se puede hacer nada mejor ante esta Divina Majestad.

Fuentes: Fray Rafael Pascual Elías (Monasterio de las Batuecas)

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