DEL PACTO A LA ALIANZA

DEL PACTO A LA ALIANZA

…nos hemos ido convirtiendo más en cristianos del pacto que de la Alianza. Hacemos un pacto con Dios: «mira, yo te doy mi voto, voy a la Eucaristía, soy catequista, toco la guitarra, hago el camino de Santiago o voy a Taizé cada verano…, y tú te estás tranquilito, sin darme sobresaltos». Nos acostumbramos a Dios y hacemos nuestros planes al margen de Él, esperando que venga a rubricar nuestras opciones en el último momento. Dicho de otra manera, nosotros rellenamos todos los apartados del contrato y, una vez controlados todos los flecos, le presentamos el contrato de nuestra vida a Dios para que lo firme. Aquí empieza y acaba el protagonismo que le damos a Dios: Él es el big boss que nos protege y firma los cheques; el resto es cosa nuestra.

Pero vivir en clave vocacional es otro asunto. Para empezar, consiste en presentarle a Dios el contrato de nuestra vida, por nuestra parte casi en blanco. Un contrato que hemos recibido de Él y que lleva ya escritas algunas de sus cláusulas más importantes. Para, a partir de ahí, ir escribiendo con Él las concreciones e ir definiendo las opciones que nos acercan más a nuestra felicidad, vista esta no tanto con nuestros ojos, sino con los suyos, que son los definitivos. Y en ese contrato el apartado de la vocación consagrada es uno de los que aparecen primero: «te lo ofrezco antes que cualquier otra posibilidad; si tú quieres, no se hable más». Esa sería, a mi parecer, la actitud que deberíamos promover en nuestras comunidades si queremos recuperar la vitalidad apostólica y vocacional; actitud, por otro lado, que propone Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales.

De lo contrario, ¡con qué facilidad caemos en ese cristianismo pactista del «no hace falta»…!: «no hace falta ser sacerdote para poder animar una comunidad; no hace falta ser religioso para vivir la entrega a la misión con exclusividad; no hace falta consagrarse para poder vivir la vocación con radicalidad; no hace falta…». Pero ¿qué esconde esta postura? Una desconfianza de los carismas que el Espíritu ha ido suscitando en la Iglesia; una dejación de responsabilidad respecto de nuestra tradición y su continuidad; un falso idealismo que busca siempre la novedad como una huida hacia adelante; un falso espíritu de fundador que al final siempre queda en un grupito que no sobrevive a sí mismo; una ingenuidad simplona que piensa que los carismas se pueden vivir sin institución y que la institución, lejos de protegerlos, acaba siempre matándolos….

 Marc Vilarassau Alsina, sj

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