Autoestima

Autoestima

by pablofranciscomaurino

Al referirse a las siete peticiones del Padre Nuestro, el Catecismo (2.804) dice: “El primer grupo de peticiones nos lleva hacia Él, para Él: ¡tu nombre, tu reino, tuvoluntad! Lo propio del amor es pensar primeramente en aquel que amamos. En cada una de estas tres peticiones, nosotros no “nos” nombramos, sino que lo que nos mueve es el “deseo ardiente”, el “ansia” del Hijo amado por la Gloria de su Padre.”

Aunque de este punto todo es subrayable, vale la pena detenernos en dos aspectos:

Primero, el amor de una madre, que todo lo da sin esperar nada a cambio, es utilizado como ejemplo supremo de amor entre los hombres; y también el Señor lo usa para mostrarnos sus sentimientos, cuando dice que aunque la madre se olvide del fruto de sus entrañas, Él no se olvidará (Is 49, 15).

En este contexto, la frase “Lo propio del amor es pensar primeramente en aquél que amamos” nos introduce en la idea de que imitar al Creador es ponerse siempre en segundo lugar. Y sabemos que quien nos creó conoce mucho mejor nuestra psicología que nosotros mismos.

En segundo lugar, ese “deseo ardiente”, el “ansia” por la gloria de Dios describen y especifican el espíritu que debe mover a los que aman a Dios.

Es por eso que todo debe comenzar con un “tu”: ¡tunombre, tu reino, tu voluntad! Y, de esos posesivos, terminar en un “tú” con tilde, un “tú” personal: Dios.

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Sin embargo, a la psicología moderna le parece que es preciso comenzar por un “yo”: se escribe y se dice en conferencias que es necesario valorarse a sí mismo, que hay que quererse mucho, que hay que saberse perdonar antes de perdonar a los demás, que para dar hay que tener, que nadie da lo que no tiene, etc.

Basados en esa premisa, muchos psicólogos se han dado a la tarea de estimular la autoestima por incontables medios y técnicas de psicoterapia, siempre centralizados en un “yo”, según ellos primordial para un desarrollo emocional y afectivo normal.

Quizá sea menester recordar lo que ya somos: hijos de Dios y, como tales, destinatarios de la dilección del Corazón que ama con el amor más tierno y más ardiente, cual ningún otro corazón es capaz de amarnos; hombres de Esperanza de vida eterna (Cf Tt 3, 6-7), Esperanza que nos hace vivir en la alegría constante del viajero que se acerca a la meta…

Estas palabras son terapia para la autoestima, pero bien se diferencian del tradicional “tú vales”, tú puedes”, “llegarás lejos”, “ten ánimo”…

Y se distancia de estas terapias especialmente porque la fuerza viene de fuera, de Dios, no de sí mismo; así no se estaría favoreciendo —-sin querer— lo que los medios de comunicación, en general, promocionan: el egoísmo, el egocentrismo, el ostracismo indiferente a las necesidades de los demás, la soberbia; sino que impulsaría a amar con ese don de Dios que todo ser humano tiene en sí mismo: la capacidad de amar.

Además, quien hace algo por cualquier ser humano deja de subvalorarse: el niño que en la escuela recibe el encargo de ayudar a otro en un área donde sea superior descubre que ya tenía algo que aportar, que ya era valioso; y sucede el milagro: sin necesidad de decirle frontalmente que haga un esfuerzo por comprender la autoestima, el hecho de dar se lo expresa tácitamente,“¡pude!”, “¡puedo!” y… “¡podré!”. Así, directamente, sin complicaciones, todos podemos encontrar la razón de nuestra vida: conformarnos con Dios, que es el amor mismo.

Por eso se puede afirmar que nadie vino a esta tierra a amarse a sí mismo para poder dar, sino a dar —a amar— para poder ser.

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