LA VOCACIÓN DE LOS NIÑOS A LA SANTIDAD:

LA VOCACIÓN DE LOS NIÑOS A LA SANTIDAD:
CÓMO SON LOS NIÑOS EDUCADOS EN LA FE CATÓLICA VERDADERA
Escrito por una monja deScholaVeritatisNotre Dame de Fontgombault, 9 de Marzo de 2010

Es conocido aquél pasaje del Evangelios en el que se relata como los discípulos reñían a unos niños que intentaban acercarse a Nuestro Señor. «Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él».

Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos» (Mc 10, 13-15).

Una de las tantas cosas que me ha impresionado durante mis meses en esta gran Abadía de Notre-Dame de Fontgombault, es el constatar que los niños pueden, quieren y deben ser educados en un camino de santidad desde sus más tiernos años. Si Jesús abrazó y bendijo a los niños que a Él se acercaban, es porque ellos son también llamados a sumergirse en las profundidades de su Sagrado Corazón. Para más de alguno esto sonará evidente, pero muchas veces lo evidente es olvidado. En lo personal, hasta ahora nunca en mi vida había conocido niños educados en la fe, en la reverencia a lo sagrado, en el amor a la oración, en la obediencia y buenas costumbres. Siempre vi a mi alrededor niños inquietos, irrespetuosos, irreverentes y desobedientes, sin que nadie les haya inculcado deseos más nobles que el de los dulces y los juguetes. Y cuando en ellos se despierta la natural pregunta acerca de Dios, esta es por lo general sofocada en poco tiempo por el contexto de una vida -teórica o prácticamente- agnóstica.
De una infancia sin Dios, de una niñez destrozada por la televisión, los videojuegos y tantas otras dañinas entretenciones, se cosecharán adolescentes sin integridad interior, sin belleza, sin virtud, sin paz ni felicidad. Para esto basta constatar el acelerado y aterrador incremento del número de suicidios en los más jóvenes, sobre todo en los países más descristianizados. Por el contrario, de niños educados en un ambiente de sana doctrina católica, de piedad y santidad, nacerán de un modo casi natural, almas que serán luz de la Iglesia y del mundo. ¿Pero es esto realmente posible?

Hasta antes de conocer las familias y los grupos de Scout que he conocido en esta Abadía de Francia, habría abrigado alguna duda. Pero lo he visto y lo veo cada día con mis propios ojos. Veo niños de 5, 6, 7 o 10 años mirando a los monjes durante la Liturgia con mayor brillo en los ojos que otros harían con sus ídolos del fútbol o de la televisión. También los veo acolitar diariamente en las Misas a las 7 de la mañana, en una Iglesia heladísima, con profundo silencio, concentración y sincera piedad. A veces asisten a la larga Misa conventual (toda en latín y con largos espacios de silencio), siguiendo la ceremonias con sus misales de niños, sin hablar ni distraerse. Vi una niña de 5 o 6 años recibir por primera vez a Jesús Sacramentado, vestida toda de blanco y preparada de un modo conmovedoramente esmerado por sus padres. Es cierto que los niños son niños. Pero cuando la televisión y el Internet están prohibidos del ambiente familiar, ellos aprenden a entretenerse en el contacto con la naturaleza, corriendo por los parques, subiéndose a un tractor, cargando ramas, etc. Y cuando la familia es numerosa, se divierten entre ellos, se educan unos a otros y más de una vez pelean y se reconcilian.

Para finalizar, se me viene a la memoria otra frase del Apóstol San Pablo que pienso puede ser esclarecedora en torno a este tema. «No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente». También el libro del Éxodo dice: «no seguirás en el mal a la mayoría». Los padres cristianos, hoy más que nunca deben enterarse de que no pueden educar a sus hijos como gente mundana, no deben amoldarse al proceder de la mayoría y al de una falsa «normalidad». Esto, lamentablemente, ocurre hoy en la mayoría de las familias católicas. Los padres deben saber aprovechar, con la fuerza del Espíritu Santo, la docilidad interior de los primero años de vida para grabar en las almas de sus hijos aquellas profundas enseñanzas que serán decisivas para su futuro. Sin duda que esto conlleva dificultades: una ardua y prolongada lucha contra el mundo, el demonio y la carne. Sin embargo, la gracia de Dios es más fuerte, y en esta gracia, no en nuestras fuerzas, nos apoyamos todos para contribuir todos, desde la propia vocación, a la santidad de la Iglesia. «El mundo os odiará, pero no temáis, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

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