El Exilio de Israel: enseñanza para tiempos de crisis

El Antiguo Testamento no es un libro de cuentos y novelas ni una simple colección de vidas de santos, es un libro de la historia de un pueblo con todas sus virtudes y miserias, pero esa historia está reescrita de forma que sirva no para nuestra información, sino para nuestra formación, nuestro crecimiento espiritual, para que aprendamos, y esa reescritura tuvo lugar principalmente durante el Exilio en Babilonia.

La lección bíblica más magistral sobre el sentido del sufrimiento la encontramos, no en el libro de Job, sino en el exilio babilónico, donde aparece en el marco de la crisis, crisis de un pueblo que sirve también de modelo a la crisis personal.

Tras la muerte de Salomón su reino fue dividido en dos: al sur el Reino de Judá, formado por las tribus de Judá y Benjamín (los judíos), y al norte el Reino de Israel, formado por el resto de las tribus. Con el tiempo el pueblo cayó una y otra vez en la idolatría, hasta que Yahvé, no pudiéndolo soportar más, decide castigarles como única manera de ayudarles.

En torno al año 722 a.C., los asirios del rey Sargón conquistan el reino de Israel y todo el pueblo es deportado a Asiria. El reino de Judá aguanta  unos 50 años más, pero finalmente cae en manos de los babilonios, quienes también los deportan y arrasan Jerusalén y el Templo. Ya todo el Pueblo Elegido está en el exilio, pero si tenemos dos exilios diferentes, también tenemos dos maneras diferentes de reaccionar ante un mismo hecho: una lleva a la destrucción, la otra a la redención.

Los antiguos hebreos consideraban que sólo en el Templo de Jerusalén se podía adorar a Dios. Allí, los sacerdotes eran los encargados del culto, el pueblo no podía relacionarse directamente con Dios y se limitaba a entregar a los sacerdotes las ofrendas para que ellos hicieran el sacrificio. Era una religión alejada del pueblo. Y al perder el Templo, se quedaron sin la posibilidad de relacionarse con Dios, ni siquiera indirectamente.

Es necesario imaginar lo que para los hebreos supuso la destrucción del Templo: en cierto modo supuso la pérdida de su Dios, o al menos de su relación con él. Esta desesperación se refleja muy bien en el Salmo 137, donde los hebreos, llorando la pérdida del Templo a orillas del río en Babilonia, cuelgan sus cítaras de los árboles y se niegan a cantar canciones a Dios en tierra extraña. Así pues, se han quedado sin Dios, que era lo que daba sentido a toda su historia como individuos y como nación. Tras el terrible dolor inicial se producen, como dijimos, dos reacciones diferentes que nos enseñan una gran lección:

REACCIÓN DE ISRAEL: Los exiliados de Israel en Asiria caen en la desesperación, la alienación y por tanto su gradual pérdida de identidad. Sin el Dios que les define como pueblo, sintiéndose abandonados e incluso traicionados, acaban asimilándose a las poblaciones en las que se encuentran. Pierden su fe y con ella su identidad, y las tribus que formaban el reino de Israel desaparecerán de la historia. Son las llamadas “tribus perdidas de Israel”.

REACCIÓN DE JUDÁ: Los exiliados de Judá en Babilonia, tras la desesperación inicial, terminan encontrando un sentido a lo que ha ocurrido. Consideran que su situación es un justo castigo por la idolatría que repetidamente se adueñó de su reino y que su exilio, lejos de ser el final de Judá, es un necesario período de purificación. Surgen así profetas que animan al pueblo, que dan sentido a su dolor, que prometen un fin a sus tribulaciones y refuerzan las creencias en un futuro Mesías libertador. Estas esperanzas, y el hecho de encontrar sentido a su situación, hace que no se sientan abandonados por Dios, sino en sus manos. Con este nuevo vigor, los exiliados de Judá, en lugar de abandonar su fe y asimilarse, la renuevan y fortalecen más aún de lo que era antes del exilio. Los profetas dan un cuerpo de mayor moralidad al judaísmo y surge algo que tendrá importancia decisiva hasta hoy en día: la sinagoga.

La sinagoga no es un templo, porque en ella no se hacen sacrificios (sólo en Jerusalén podrían hacerlos). Es sólo una habitación donde los fieles se reúnen para leer textos de la Biblia y alabar a Dios (nuestras iglesias se basan en el Templo pero también en la sinagoga). A partir de este momento surge un fenómeno nuevo: el pueblo participa activamente del culto. Ya no se limitan a ver lo que hacen los sacerdotes, sino que ellos mismos participan de la relación con Dios. Cuando finalice el exilio y reconstruyan el Templo de Jerusalén, el antiguo culto será restaurado, pero la Sinagoga sigue funcionando. Así, cuando en el año 70 Roma destruya de nuevo el Templo y los judíos sean definitivamente deportados (hasta el siglo XX), el pueblo judío no tiene que temer ya por su disolución, pues gracias al concepto de Sinagoga, a la creencia en el Mesías y a la lección aprendida en Babilonia, son capaces de mantener su fe y mantener su identidad de nación incluso lejos de su tierra y de su Templo… durante 2000 años, aunque siempre con la esperanza de que algún día podrían regresar y reconstruir su amado Templo una vez más (cosa que ha sido imposible).

Esto nos enseña una cosa: cuando somos capaces de ver nuestra historia como individuo y como humanidad de manera que le encontramos un significado, como siguiendo un plan de Dios, tendremos la suficiente fuerza para seguir adelante con ánimo y fe. Cuando no le damos a la historia ningún significado, entonces todo parece absurdo y un golpe fuerte puede hacernos perder la fe en Dios, en la vida y en nosotros mismos, cayendo en el vacío y en la desesperación fácilmente. Si cada cosa que nos sucede en la vida la vemos como una oportunidad que nos envía Dios para ayudarnos en nuestro crecimiento espiritual, en lugar de caer en la desesperación la aceptaremos con agradecimiento e intentaremos reaccionar de la mejor forma posible y aprender la lección que encierra. De esa forma, además, en lugar de ver nuestra vida como un camino lleno de piedras seremos capaces de abrir más los ojos y descubrir que cada una de esas piedras son, en realidad, diamantes puestos allí para enriquecernos. Corresponde a nosotros la elección de usarlos en nuestro provecho o, simplemente, tropezar con ellos y caer heridos. Estamos en esta vida para aprender y crecer, no de vacaciones, y Dios actúa como un buen maestro: a veces nos explica la teoría (revelación), pero sobre todo nos proporciona la práctica necesaria para aprender bien por nosotros mismos (la única manera realmente eficaz). Los hebreos pensaban que todo proviene de Dios, y nada de lo que Él envía puede ser malo.

Sucesos como el Holocausto judío han sido capaces de hacer perder la fe a muchos judíos e incluso cristianos. Si hay un Dios ¿Cómo puede permitir tal atrocidad? Lo mismo ocurre cuando pasamos por una gran tragedia personal, nos planteamos la misma pregunta. Pero ante situaciones semejantes (y la Biblia muestra muchas de ellas) los israelitas se preguntaron ¿POR QUÉ?, y cayeron en la desesperación. Los judíos se preguntaron ¿PARA QUÉ?, y encontraron una razón para seguir adelante. Esa es la gran diferencia. Sin Holocausto, el pueblo judío jamás podría haber recuperado su tierra nunca más; sin el sufrimiento, jamás tendríamos fuerzas para crecer y romper nuestras ataduras. Si algo nos enseña el “Dios terrible” del Antiguo Testamento es que la vida no es un lecho de rosas, es más, no puede serlo. El viejo adagio español de “quien bien te quiere te hará llorar” tiene así su pleno sentido si lo aplicamos a Dios; no en vano, el Dios del Antiguo Testamento es al mismo tiempo la fuente de todo bien y de todo mal, pues de Él provienen tanto las bendiciones como las desgracias (“¿No salen de la boca del Altísimo los males y los bienes?”* Lamentaciones 3, 38). Un mundo perfecto produciría personas inmaduras, caprichosas, superficiales, débiles, vacías, aburridas, deprimidas, hastiadas. Los momentos de felicidad nos traen placer, los momentos de sufrimiento nos permiten crecer; más vale que nunca nos falte de ambas cosas en la vida.

Sin duda esta lección bíblica puede ayudarnos a ver bajo una nueva luz y esperanza nuestras crisis personales, pero también la crisis de nuestra sociedad e incluso la actual crisis de la Iglesia. Muchos dicen que la Iglesia actual se halla en el Exilio de Babilonia, ahora sabes a lo que se refieren.

*Esta visión judía no quiere decir que Dios nos mande muertes, terremotos y dictadores para que aprendamos, hablamos de ver la botella medio llena ante asuntos inevitables, no la vergonzosa sumisión ante el tirano o la pasividad ante la injusticia.

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  1. Muy bien explicado el tema del Exilio de verdad bastante enriquecedor,y verdadero para aplicarlo a la vida espiritual de uno,y a los acontecimientos q nos pasa y q a veces no entendemos.Gracias

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