PRERROGATIVA ÚNICA DEL SACERDOCIO DE CRISTO: SACERDOTE Y VÍCTIMA

PRERROGATIVA ÚNICA DEL SACERDOCIO DE CRISTO: SACERDOTE Y VÍCTIMA

Escrito por el Beato Columba Marmion de su obra “Jesucristo, Ideal del Sacerdote

En el Antiguo Testamento, como ya lo sabéis, el sacerdote y la víctima eran distintos. En los sacrificios de expiación, por ejemplo, el sacrificador inmolaba un ser viviente en sustitución del pueblo. El extendía las manos sobre la ofrenda, cargando sobre ella, en virtud de este gesto, los pecados del pueblo. Uno era el sacerdote, y otra la víctima inmolada a Dios.

Pero no sucede lo mismo en el sacrificio ofrecido por Jesús.

Por una sorprendente y admirable prerrogativa de su sacerdocio, lo mismo en el Calvario que sobre nuestros altares, su sacrificio es divino, tanto por la dignidad del Pontífice cuanto por la excelencia de la hostia inmolada. Sacrificador y víctima están unidos en una misma persona, y este sacrificio constituye el homenaje perfecto que glorifica a Dios, hace al Señor propicio a los hombres y obtiene para ellos todas las gracias de la vida eterna.

El Consummatum pronunciado por Cristo al morir era, a un tiempo, el último suspiro de amor de la víctima que lo expió todo y la solemne atestación del Pontífice al consumar el acto supremo de su sacerdocio.

Meditemos por unos momentos en el misterio de las disposiciones interiores de Jesús en su calidad de sacerdote y de víctima.

La actitud de Cristo, Sumo Sacerdote, era de total reverencia y de adoración profunda. Y la causa de esta actitud era la visión que Jesús tenía de la «inmensa majestad de su Padre», Patrem inmensæ majestatis [Himno Te Deum]. El le conocía como nunca le podrá conocer criatura alguna: «Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te conocí» (Jo., XVII, 25).

El abismo de las divinas perfecciones se abría claramente a su mirada: la santidad consumada del Padre, su soberana justicia, su infinita bondad. Esta contemplación le llenaba de aquel temor reverencial y de aquel espíritu de religión que deben animar al sacrificador.

¿Cuál fue la actitud íntima de Jesús como víctima? Fue también la de adoración, que aquí se traduce en la aceptación del aniquilamiento y de la muerte. Jesús sabía que estaba destinado a la cruz para alcanzar la remisión de los pecados del mundo. Ante la justicia divina, se sentía cargado con el peso aplastante de todos los pecados y aceptaba plenamente el oficio de víctima. No experimentaba, sin embargo, la contrición como un penitente que llora sus propias faltas. Pero, frecuentemente, experimentaba una tristeza mortal, al verse abrumado por el peso de tantas iniquidades. ¿No exclamó, acaso, en el huerto de los olivos: «Triste está mi alma hasta la muerte»?

Como veis, la actitud de la víctima se corresponde perfectamente con la del sacerdote.

No debemos contemplar los designios eternos según el limitado alcance de nuestras miradas humanas. Examinémoslos más bien tal y como Dios los ha concebido y revelado. No investiguemos lo que el Señor pudo haber realizado con su infinito poder. Veamos lo que, en realidad, ha querido realizar. El pudo haber perdonado todos los pecados sin exigir una expiación proporcionada a la magnitud de la ofensa; pero su sabiduría le indujo a decretar la salvación del mundo mediante la muerte de Cristo. «No hay remisión sin efusión de sangre»: Sine sanguinis effusione non fit remissio (Hebr., IX, 22).

Por eso, al entrar en este mundo, el Hijo de Dios ha tomado un «cuerpo de víctima», apto para soportar el sufrimiento y la muerte. Pertenecía realmente a nuestra raza y fue precisamente en nombre de sus hermanos como Él se ofreció en calidad de víctima para reconciliarnos con su Padre celestial.

Tertuliano ha escrito esta luminosa frase: «Nadie es tan Padre como Dios, y nadie se le puede comparar en bondad»: Tam Pater nemo, tam pius nemo [De pœnitentia, 8. P. L. 1, col. 1353]. Nosotros podemos añadir: «Nadie es tan hermano como Jesús»: Nemo ita frater ac ille. San Pablo nos dice que, en los planes de la predestinación eterna, Cristo es «el primogénito entre mucho hermanos» (Rom., 8, 29), y añade que «no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Hebr., II, 11). ¿Qué dijo, en efecto, el mismo Cristo a la Magdalena después de su resurrección? «Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre» (Jo., XX, 17). ¡Y qué hermano fue Jesús! Es un Dios que quiere compartir nuestras enfermedades, tristezas y dolores. Por experiencia propia aprendió a conmoverse de nuestras penas. «No es nuestro Pontífice tal que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, antes fue tentado en todo a semejanza nuestra, fuera del pecado» (Hebr., IV, 15).

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