EL VÍA CRUCIS, FUENTE DE COMPUNCIÓN

EL VÍA CRUCIS, FUENTE DE COMPUNCIÓN Escrito por el Beato Columba Marmion de su obra “Jesucristo, Ideal del Sacerdote”

Me consta por una larga experiencia que el Via-Crucis es una de las prácticas más eficaces para mantener en nosotros el espíritu de compunción.

¿De dónde proviene el valor santificador del Via-Crucis? De que en esta devoción Cristo se nos muestra, de una manera particular, como causa ejemplar, meritoria y eficiente de la santidad. En su pasión, Jesús se revela como modelo perfecto de todas las virtudes. En ella, más que en ninguna otra ocasión, nos muestra su amor al Padre y a las almas, su paciencia, su dulzura, su magnanimidad en el perdón. Su obediencia, que es manantial de fortaleza, le sostiene y le impulsa a proseguir su marcha dolorosa hasta el consummatum est.

La meditación de los sufrimientos del Señor nos enseña a compartir su aversión al pecado y a asociarnos a su sacrificio para colmar el abismo de las iniquidades del mundo. Y esto constituye, ya de por sí, una gracia inapreciable.

Jesús no es un modelo que solamente debemos imitar en sus líneas exteriores, sino que debemos llegar a participar de su vida íntima. En cada etapa de su pasión nos ha merecido la gracia de poder reproducir en nosotros mismos la semejanza de las virtudes que en Él admiramos: «Salía de Él una virtud» (Lc., VI, 19). En cierta ocasión, una pobre mujer que estaba enferma le tocó a Jesús e inmediatamente recobró su salud. También nosotros, dice San Agustín, podemos tocar a Jesús con el contacto de la fe en su divinidad: Tangit Christum qui credit in Christum… Vis bene tangere? Intellige Christum ubi est Patri coæternus, et tetigisti. Miremos a Jesús a todo lo largo de la vía dolorosa. Veamos cómo se entrega y cómo sufre por nosotros. Creamos que es Dios y que nos ama. Así abriremos nuestra alma a su acción santificadora.

La sensibilidad no tiene parte alguna en esta comunicación de la gracia. Jamás los movimientos sensibles pueden servir de base, ni de piedra de toque, ni de motivo para nuestra piedad. Pero, cuando nuestra devoción está firmemente apoyada en la fe, pueden ser un medio eficaz para ayudarnos a evitar las distracciones y a concentrar nuestro pensamiento en Dios.

La Iglesia exhorta a todos los cristianos a que mediten en la pasión de Jesucristo; pero esta invitación se la hace especialmente a los sacerdotes. Es su deseo que nos sirvamos de este medio para unirnos a los sufrimientos de nuestro Salvador y nos apropiemos los ejemplos de sus virtudes; y quiere también que de la meditación de estos misterios consigamos una abundantísima aplicación de los méritos divinos tanto para nosotros como para aquellos por quienes rogamos.

Nosotros los sacerdotes somos por excelencia los «dispensadores de los frutos de la pasión»: Dispensatores mysteriorum Dei (I Cor., IV, 1). Si, como dice San Pablo, «la muerte del Señor se anuncia» todos los días sobre nuestros altares, esto se realiza por nuestro ministerio. En el altar estamos en contacto con el mismo manantial de todas las gracias, ya que éstas brotan de la cruz. El sacerdote debe, por consiguiente, aprender más que ningún otro a darse perfecta cuenta del precio de la sangre de Jesucristo y a confiar en sus méritos.

¿Pero qué es lo que sucede a veces? Que vivimos en una miserable pobreza espiritual en medio de estas riquezas y estamos hambrientos en medio de esta abundancia. Para poner remedio a nuestro poco fervor, podemos servirnos eficazmente de la práctica de la devoción del Via-Crucis, que será para nosotros «una fuente que salte hasta la vida eterna» (Jo., IV, 14). En cada una de las catorce estaciones nos unimos amorosamente con el Salvador y refrescamos nuestra alma en la corriente de gracias que brota del costado de Jesús.

Cualquier tiempo es bueno para practicar el Via-Crucis, pero en cuanto sea posible, creo que ninguno es más apto que el de la acción de gracias después de la Misa. Cuando todavía conservamos en nosotros la divina presencia, podemos rehacer este trayecto unidos a Aquel que lo recorrió el primero. El seguir así, paso a paso, el camino del Calvario en unión con Jesús, a quien llevamos dentro de nuestra alma, es una excelente manera de profesar nuestra fe en el imponderable valor de sus sufrimientos, que continúan ofreciéndose incesantemente en el sacrificio del altar.

Para practicar esta devoción no se requiere ninguna oración vocal. Basta con aplicar piadosamente el espíritu y el corazón.

Algunos sacerdotes me han declarado más de una vez: «Nosotros no hacemos meditación, porque se nos hace extremadamente difícil; es que no tenemos vida interior». Y yo les he respondido: «¿Habéis intentado practicar el Vía-Crucis a modo de meditación?»

¿De qué señal nos valdremos para saber a ciencia cierta si existe en nuestro corazón la verdadera compunción? Os voy a dar un medio inefable.
La compunción tiende un velo sobre las faltas de los demás, al tiempo que el alma se siente dominada por el sentimiento de su propia indignidad.

¿Sois, acaso, severos, exigentes y duros con los demás? ¿Sois inclinados a revelar sin miramiento alguno o con ironía los defectos y las faltas del prójimo? ¿Se las echáis en cara sin legítimo motivo? ¿Os escandalizáis fácilmente? Si esto es así, es señal de que vuestro corazón no está afectado ni penetrado de su propia miseria y de las ofensas que Dios os ha perdonado.

Hay una parábola en el Evangelio que ilustra maravillosamente esta verdad. Nos presenta dos personajes: el fariseo y el publicano. Recomponed con vuestra imaginación la escena de su oración en el templo. El primero se fija en las faltas del otro y las ve con los ojos bien abiertos. Observa y juzga con rigor a su prójimo, pero no medita en sus propias culpas. Está completamente ciego para ver su conducta, cuya miseria Dios conoce perfectamente, y sólo ve sus ayunos y sus limosnas. Para nada piensa en sus pecados. Y siente deseos de decir a Dios: «Podéis estar orgullosos de mí». Al hacer su oración se complace en sí mismo. Y cuando dice: «Señor, os doy gracias porque no soy como ese otro», esta acción de gracias, aunque tenga ciertos visos de ser legítima, con todo no le justifica. ¿Por qué? Pues porque su alma no está compungida y le falta la humildad.

El publicano, por el contrario, no se fija en el fariseo. Siente su miseria y no levanta sus ojos para juzgar la del prójimo. Se golpea el pecho y exclama: «Oh Dios, sé propicio conmigo pecador» (Lc., XVIII, 13). El corazón que hace esta oración está ungido de compunción. Y Jesús proclama que la compunción justifica al pecador ante Dios.

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