HUMILDAD Y OBEDIENCIA DE JESÚS

 

HUMILDAD Y OBEDIENCIA DE JESÚS
Escrito por el BeatoColumbaMarmion de su obra “Jesucristo Ideal del Sacerdote”
En Jesús, la humildad constituye una actitud fundamental. Su alma, iluminada por la luz de la gloria, se da perfecta cuenta de que es una criatura; pero una criatura que ha sido prodigiosamente asumida en la unidad de la persona del Verbo. Esta consideración producía en el alma de Jesús una humillación total y una aceptación perfecta de su dependencia, tanto respecto de la persona del Verbo cuanto respecto de su misión redentora. Esta profunda humildad para con su Padre, daba origen en el alma de Jesús a un espléndido conjunto de virtudes, como la dulzura en las relaciones con el prójimo, la paciencia y el perdón de las injurias, y sobre todo la obediencia filial a la voluntad de lo alto. Estas cualidades eran la manifestación más auténtica de la profunda actitud de sumisión, de la que el alma de nuestro bendito Salvador nunca se apartaba.Cada una de las páginas del Evangelio nos revela claramente esta mansedumbre del Señor y Él quiere que nosotros imitemos su ejemplo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt., XI, 29).¿Para qué ha venido Jesús a este mundo? «No para ser servido, sino para servir», para ser de todos y de cada uno, hasta el punto de «dar su vida en rescate por ellos» (Mc., X, 45). Semejante entrega de sí mismo es la prueba más palpable de la humildad más absoluta. Y Cristo desea que todos los cristianos, y señaladamente los sacerdotes, abriguen este mismo ideal: «El que de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos» (Ibid., 44).

En la última Cena, el Salvador lavó los pies de sus apóstoles, con lo que realizó un acto de sincera humildad, invitándonos a seguir su ejemplo: «Si Yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies los unos a los otros. Porque Yo os he dado el ejemplo» (Jo., XIII, 14-15).

Este gesto está de perfecto acuerdo con toda la predicación de Jesús. En efecto, las «Bienaventuranzas», que son su más acabado compendio, forman el más admirable cuerpo de doctrina, que está en abierta oposición con todas las sugestiones del orgullo humano. «Bienaventurados los pobres…, los mansos…, los pacíficos…, los misericordiosos…, los que padecen persecución…» (Mt., V, 3-12).

Una escena escogida de entre otras muchas nos permite descubrir la humildad que se ocultaba en el santuario del alma del divino Maestro. En cierta ocasión en que, dirigiéndose a Jerusalén, atravesaba la Samaría en compañía de sus apóstoles, los habitantes de una aldea se negaron a darles albergue. Indignados por esta conducta, Santiago y Juan pidieron en represalia que bajase fuego del cielo y consumiese a los samaritanos. Pero Jesús pensaba de muy distinta manera. La respuesta que les dio manifiesta hasta dónde llega la condescendencia y la mansedumbre del Redentor del mundo: «No sabéis a qué espíritu pertenecéis. El Hijo del hombre no ha venido para perder a los hombres, sino para salvarlos» (Lc., IX, 55-56).

Pero contemplad, sobre todo, la dulzura que muestra el Señor en su pasión: Saturabitur opprobriis: «Será saturado de oprobios» (Jer., III, 30). Estas palabras significan que Cristo quería tributar a su Padre el homenaje de sus humillaciones para reparar nuestro orgullo. Él es el Verbo digno de todas las adoraciones y, no obstante, aparece como un reo que se presenta ante sus jueces. ¡Y qué jueces! Caifás, Pilato y Herodes. Este último, un miserable voluptuoso, le colmó de desprecios: Sprevit illum (Lc., XXIII, 11). ¿Este profeta, decía Herodes a sus cortesanos, pretende que le colmemos de honores? Pues nada más natural. Ponedle el vestido blanco, que es insignia de la realeza, y tomadlo con vosotros para divertiros con Él.

¿Cuál fue la actitud que en aquella ocasión adoptó Jesús? Todo lo aceptó con mansedumbre. ¿Quién hubiera podido imaginarse semejante humillación? ¡Él, la Sabiduría infinita, tratado como un loco! Y todo este proceso estaba previsto y dispuesto con anticipación en los designios eternos. Luego, el Señor fue parangonado con Barrabás y entregado a la furia de los soldados romanos, gente sin entrañas, que se entretuvo en divertirse a costa de un condenado a muerte, ciñéndole a la frente una corona de espinas, poniéndole en la mano un cetro real y burlándose de Él: Illudebant ei dicentes: Ave, Rex Judæorum (Mt., XXVII, 29), ridiculizándole como a un impostor digno del más soberano de los desprecios. Si algún hombre ha sido humillado, este ha sido Jesucristo, porque quiso anonadarse hasta la muerte de cruz.

¿No es justo que el sacerdote, que perpetúa en el altar el sacrificio del Calvario, participe también de los mismos sentimientos de humildad de Jesús? Nada ofende tanto al pueblo cristiano como ver a un sacerdote orgulloso que para nada se acuerda de las humillaciones del Salvador que se conmemoran en los misterios divinos. ¡Qué contraste más enorme entre este hombre presuntuoso, arrogante, impaciente, que no sabe ser condescendiente con sus prójimos, y la bondad y la mansedumbre de Cristo!

Seamos cautos para que el orgullo no entre en nuestras almas, ni aún bajo la disimulada apariencia de una vana complacencia.

La humildad exterior le es necesaria al sacerdote incluso por la autoridad que ejerce, porque es un personaje de relieve «puesto sobre el candelabro»: positus super candelabrum (Mt., V, 15). Se observan todos sus gestos, sus actitudes, sus palabras. Y si dan motivo a la crítica y a la murmuración, si dejan traslucir mezquinas preocupaciones del amor propio, producen una lamentable decepción en los fieles que desean encontrar en el sacerdote, junto a la perfecta dignidad que le corresponde como ministro del Señor, algún rasgo de la profunda humildad del divino Maestro.

La humildad que animaba a Jesús bajo la acción constante de la divinidad le impulsaba a acatar la voluntad del Padre con una obediencia perfecta. Así nos lo revela San Pablo: «Se humilló hecho obediente hasta la muerte» (Philip., II, 8). Jesús afirmó repetidas veces que su sumisión a la voluntad divina resume y explica toda su conducta: «Porque yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió… Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió» (Jo., VI, 38 y IV, 34).

Desde el momento mismo de su encarnación, aceptó plenamente todos los decretos del Padre, entregándose enteramente al más exacto cumplimiento de su voluntad. Ecce venio… ut faciam, Deus, voluntatem tuam: «Heme aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Hebr., X, 7). De un solo golpe de vista se dio cuenta de toda la serie de sacrificios, sufrimientos e inmolaciones que habían de constituir toda la trama de su vida, y los abrazó todos, poniéndolos en la entraña misma de su corazón: In medio cordis mei (Ps., 39, 9). Se puede afirmar que el pensamiento dominante de toda la vida de nuestro Salvador fue el exacto cumplimiento de «lo que está escrito de Él: Ut impleatur Scripturæ (Mc., XIV, 49).

A pesar de ser tan condescendiente con los apóstoles, con todo, Jesús no toleraba la menor duda respecto de este punto. En cierta ocasión en que les anunciaba su pasión y muerte futuras, San Pedro, dejándose llevar de su natural impetuosidad, exclamó: «No quiera Dios, Señor, que esto suceda»: Absit a te, Domine; non erit tibi hoc! A lo que le respondió Jesús: «Retírate de mí, Satanás; tú me sirves de escándalo, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres» (Mt., XVI, 22-23). Severo apóstrofe que entristeció al Apóstol. Pero Cristo, que había venido al mundo por voluntad del Padre, no podía permitir que los suyos ignoraran que el desarrollo de todos los actos de su vida no era sino la realización del programa que le había sido trazado desde lo alto.

Por eso, en la noche de su pasión, cuando Pedro quiso acudir en su defensa en el momento en que sus enemigos se apoderaban del Él, le dijo estas palabras: «¿El cáliz que me dio mi Padre no lo he de beber? (Jo., XVIII, 11). Este cáliz estaba ya preparado con anticipación. El Padre sabía que podía contar con que su Hijo lo bebería hasta las heces. En el cielo veremos claramente cómo todos los sufrimientos, angustias y humillaciones que experimentó Jesús habían sido previstos por los decretos divinos. Y Jesús se sometió a ellos con una perfecta obediencia.

¿No es digno de atención el hecho de que, cuando San Pablo nos habla del sacrificio de la redención, se complace en recordarnos que su nota característica es la obediencia?: «Como por la trasgresión de uno sólo reinó la muerte, así también por la justicia de uno sólo llega a todos la justificación de la vida» (Rom., V, 19). Este paralelismo sorprendente fue planeado por la Sabiduría divina. A pesar de haber sido desde el punto mismo de su creación elevado al orden sobrenatural, Adán faltó al deber primordial que le imponía su condición de hijo, y se negó a obedecer a su Padre. Para reparar esta injuria, Jesús acató plenamente la voluntad del Padre: Non mea voluntas, sed tua fiat (Lc., XXII, 62). «Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre y que, según el mandato que me dio el Padre, así hago» (Jo., XIV, 31). Este es el sublime ejemplo de obediencia filial que nos da Jesús. Y esta sumisión no solamente ha reparado la trasgresión de Adán, sino que ha hecho que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia»: Ubi abundavit delictum, superabundavit gratia (Rom., V, 20).

¿Cómo ve el Apóstol a Jesucristo en el momento en que da remate a su obra redentora desde lo alto de la cruz? Como aniquilado por su obediencia, inmolándose con una sumisión que «le hace obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Philip., II, 8). La más terrible de las órdenes que Cristo pudo recibir de su Padre fue, sin duda, la de morir en la cruz. Y esto porque, según enseña San Juan, la expresión acabada de la obediencia es el aceptar «el ser maldito para salvar a los otros de la maldición»: Quia scriptum est: Maledictus qui pendet in ligno (Gal., III, 13).

Mientras estaba colgado del madero de la cruz, Jesús tenía su mirada fija en el rostro del Padre: este era el secreto de su fortaleza. Todo el tiempo de su dolorosa agonía permaneció en una suprema adhesión de amor, abandonándose enteramente a la obediencia más sumisa hasta que pronunció su última y definitiva palabra: Consummatum est (Jo., XIX, 30).

Siempre que celebramos el santo sacrificio, reproducimos sacramentalmente, en presencia del Padre, esta muerte obediente de su Hijo y volvemos a poner ante nuestros ojos este modelo sublime de humildad y de amor que es Jesús: Quotiescumque… mortem Domini annuntiabitis (I Cor., XI, 26). Al presentar la hostia en el ofertorio, ofrezcamos junto con ella toda nuestra existencia. De esta suerte, nuestra vida, unida a la oblación de Cristo, será también «un sacrificio» de sumisión y de amor «agradable a Dios»: Hostiam… Deo placentem (Rom., XII, 1)

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