LA FE EN CRISTO, VERBO ENCARNADO

LA FE EN CRISTO, VERBO ENCARNADO
Escrito por el Beato Columba Marmion de su obra “Jesucristo Ideal del Sacerdote”.

 

Dios se presenta a nosotros como objeto de fe, principalmente en la persona de Jesucristo. Quiere que creamos firmemente que el hijo de María, el obrero de Nazaret, el Maestro que se enfrentaba a los fariseos, el crucificado del Calvario es verdaderamente su Hijo, enteramente igual a Él, y que como a tal le adoremos. «La gran obra que Dios se ha propuesto en la economía de la salvación, consiste en establecer entre los hombres la fe en el Verbo encarnado»: Hoc est opus Dei ut credatis in eum quem misit ille (Jo., VI, 29).

Nada hay que pueda reemplazar a esta fe en Jesucristo, verdadero Dios, consustancial al Padre y enviado suyo. Ella es la síntesis de todas nuestras creencias, porque Cristo es la síntesis de toda la revelación.

Si esto es verdad para todos los cristianos, lo es especialmente para el sacerdote. Porque la razón de ser del sacerdocio consiste en traer al mundo la salud de Cristo, Hijo de Dios, encarnado por amor. Toda la vida del gran apóstol se resume en estas palabras: «Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí»: In fide vivo Filii Dei qui dilexit me et tradidit semetipsum pro me (Gal., II, 20), y toda nuestra vida sacerdotal debe ser un testimonio de esta misma poderosa convicción.

La vida de la Iglesia es una adoración constante y universal de su divino Esposo. Ella no se cansa de repetir con San Pedro a la misma cara de un mundo que le niega y le desconoce: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo»: Tu es Christus, Filius Dei vivi (Mt., XVI, 16).

Esta poderosa visión de la fe, que atraviesa los velos de la humanidad de Jesús y se abisma en las profundidades de su divinidad, es la que falta a muchas almas. Ellas ven a Jesús, le tocan, pero, lo mismo que las multitudes de Galilea, con una mirada puramente exterior y superficial, que no llega a transformarlas.

Para otros, por el contrario, Jesús aparece transfigurado, porque la gracia ilumina la fe que tienen en su divinidad. Para ellos, Jesús es el sol de justicia, que sobrepasa todas las bellezas de la tierra. Y de tal manera arrebata sus corazones la contemplación de Jesús, que «ninguna otra es capaz de separarles de su amor», pudiendo decir con San Pablo: «Estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida… ni ninguna otra criatura podrán arrancarnos al amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom., VIII, 38).

Una fe como esta hace que Jesucristo quede firmemente fijo en nuestros corazones. Porque no es una simple adhesión de nuestro espíritu, sino que comprende el amor, la esperanza y, en una palabra, la consagración total de sí mismo a Cristo para vivir de su vida, participar de sus misterios e imitar sus virtudes.

Se dan cristianos y aún sacerdotes que no han hecho de Jesús la fuente de su vida espiritual. Creen que es Dios, pero sin un convencimiento íntimo y vital, y esta fe no llega a constituir la raíz y el fundamento de toda su vida religiosa. Ellos ignoran prácticamente aquella frase tan reveladora de San Pablo: «Cuanto al fundamento, nadie puede poner otro sino el que está puesto, que es Jesucristo»: Fundamentum aliud nemo ponere potest, præter id quod positum est, Jesus Christus (I Cor., III, 11). Por eso sus esfuerzos resultan muchas veces estériles.

Debemos, pues, arrojarnos de buen grado a los pies de Jesucristo y rendirle el homenaje de una fe acendrada: «Oh Cristo, aún sin veros en toda la gloria de vuestra divinidad, confieso que sois el Hijo de Dios vivo: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero»: Deum de Deo, lumen de lumine, Deum verum de Deo vero. Es de una importancia capital en la vida espiritual que nuestro impulso hacia Dios se apoye sobre esta base de la fe en el Verbo encarnado.

Pero no basta con formar un decidido propósito, sino que es menester que nuestras fuerzas se rehagan y nuestra generosidad se reavive todos los días en esta fe. Cuanto más perfecta sea, más participaremos con Cristo de su condición de Hijo de Dios. Esta cualidad es lo mejor que tiene Jesús y nos hace donación de la misma.

Toda la grandeza de esta doctrina se deriva de este elevado pensamiento: creer, es participar del conocimiento que Dios tiene de sí mismo y de todas las cosas en sí mismo. Por el ejercicio de esta virtud, nuestra vida viene a ser un reflejo de la suya. Cuando el alma está saturada de fe, ella ve, por así decirlo, por los ojos de Dios. ¿Y qué es lo que el Padre contempla eternamente? A su Hijo. Él le conoce y ama a todas las cosas en Él. Esta mirada y este amor pertenecen a su misma esencia. ¿Qué es lo que está mirando en este mismo momento en que os estoy hablando? Al Verbo que, siendo igual a Él, se ha hecho hombre por amor.

El Padre ama a su Hijo infinitamente, divinamente, como Él solamente puede hacerlo. Por eso le está dedicado enteramente y todo cuanto hace lo ordena a su gloria: «Le he glorificado, y le glorificaré»: Et clarificavi et iterum clarificabo (Jo., XII, 28). Tiene empeño en que su Hijo sea reconocido por las criaturas racionales con la reverencia que le es debida a su divinidad. Al introducirle en el mundo, ha querido que «todos los ángeles le adoren»: Et adorent eum omnes angeli Dei (Hebr., I, 6). Y reclama de los hombres el mismo homenaje. El Padre quiere «que todos honren al Hijo como honran al Padre»: Ut omnes honorificent Filium sicut honorificant Patrem (Jo., V, 23). ¿No exigió, acaso, en el Tabor que todos creyesen en las palabras de Jesús, porque eran palabras del Hijo de su amor? Hic est Filius… Ipsum audite (Mt., XVII, 5).

Si miráramos a Cristo como le mira el Padre, sería ilimitado el premio que reportaríamos de la dignidad de su persona, de la magnitud de sus méritos y del poder de su gracia. Por muchas que sean nuestras faltas y por grande que sea nuestra indigencia, tenemos en Cristo un suplemento de misericordia inagotable. Por grande que sea nuestra miseria, somos ricos en Cristo: In omnibus divites facti estis in illo (I Cor., I, 5). La sobreabundancia de los méritos de un Dios resulta, para la Iglesia que los atesora, una fuente perenne de gratitud, de alabanza, de paz y de júbilo indecible.

Esta fe en su divinidad nos obliga por un título especialísimo a nosotros los sacerdotes, que vivimos en contacto tan frecuente con la Eucaristía, a guardar el más profundo respeto a Cristo: Veneremur cernui. Si Jesús oculta su esplendor, nosotros adoraremos con mayor veneración aún la incomprensible realidad de su presencia. Este mysterium fidei «lo amaremos tanto más cuanto más vivamos de él»: Cœleste munus diligere quod frequentant [Oratio super populum, jueves de la 1ª semana de cuaresma]. El Señor es tan condescendiente, que oculta su gloria a nuestros ojos, para que nuestra flaqueza no tema acercarse a Él. Con el estímulo de esta bondad nuestra fe deberá atravesar el velo y sumirnos en adoración a los pies del Hijo de Dios.

Estos deben ser nuestros pensamientos cuando doblamos la rodilla ante el sagrario, en el último evangelio, o cuando decimos Filius Patris en el Gloria, Incarnatus est en el Credo, y tantos textos de la Escritura o de la Liturgia. Con los ojos puestos en Jesucristo, digámosle de corazón: «En el niño del establo, en el obrero de Nazaret, en el leño de la cruz, bajo las apariencias del pan y del vino, yo os adoro, oh Cristo, como a mi Dios; os amo, y os acepto con todo lo que sois y con todo lo que queráis imponerme»

 

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