El origen del mal y el sentido del sufrimiento

Dies se preocupa más por nuestro carácter

ARGUMENTO: ¿Cómo podemos creer en un Dios omnipotente e infinitamente bueno que nos ama tanto, y al mismo tiempo observar que existe el sufrimiento y el mal en el mundo? O bien Dios no quiere erradicar el mal y el sufrimiento (y por tanto ni es tan bueno ni nos ama tanto) o bien Dios no puede (y por tanto no es omnipotente). CONCLUSIÓN: En cualquiera de los dos casos, nuestra idea de Dios sería falsa, probablemente porque ni siquiera existe.

APOLOGÍA:

Esto es lo que tradicionalmente se llama “(Dios y) el problema del mal”, y sin duda es una de las dificultades que a lo largo de los siglos más crisis y pérdidas de fe han causado.

El mal es fruto de la imperfección del hombre (pecado) y de la naturaleza (catástrofes naturales, muerte, etc.). Dios, que es perfecto, ha creado un universo imperfecto y coloca allí al hombre para que pase el principio de su existencia. Así pues lo que llamamos mal es simplemente el producto de la imperfección pero ¿por qué no creó Dios un universo perfecto? y ¿por qué debe el hombre vivir en un mundo imperfecto y estar así sometido al mal? El alma nace ingenua, que no santa. La esencia humana se basa en el libre albedrío, si Dios nos hubiese creado perfectos seríamos seres alienados, prefabricados. El hombre es creado como potencialidad, y a base de ir eligiendo su propio camino continuamente, se va haciendo a sí mismo. Este proceso de evolución, cambio, maduración, sólo es posible en un mundo imperfecto, con margen para el cambio y la elección, la perfección no admite cambios. Sólo viviendo en un mundo imperfecto puede el hombre elegir, acertar, equivocarse y aprender. En eso consiste el madurar. Santidad, sabiduría y madurez son una misma cosa, porque santo es el que ha aprendido a elegir lo correcto, y eso sólo se consigue con la sabiduría que nos va trayendo una verdadera madurez.

Los males de este mundo no son enviados ni deseados por Dios, son simplemente la consecuencia inevitable de un universo imperfecto y de un alma libre para elegir el bien o el mal. Pero es justamente gracias al mal (propio y ajeno) como el hombre puede aprender y madurar. Sólo equivocándonos podemos comprender cuál es la elección correcta (por eso dice el pueblo que “en cabeza ajena no se aprende”). Sólo afrontando el mal y el sufrimiento desarrollamos la compasión, comprendemos el verdadero valor de las cosas y nos purificamos. En un mundo perfecto el alma crecería insoportablemente superficial, porque sólo el sufrimiento nos hace verdaderamente humanos, sólo el sufrimiento tiene la fuerza necesaria para obligarnos a enfrentarnos a nosotros mismos y buscar o desarrollar los recursos necesarios para afrontarlo y superarlo. Por eso los imperios que llegan a su éxtasis se precipitan en la decadencia, y en las peores épocas es donde aparecen los valores más nobles. Occidente es ahora víctima de su propio éxito, como antaño lo fue Roma, Egipto o Babilonia, la decadencia no es una desgracia, sino una válvula de corrección. Para la felicidad perfecta tendremos toda una eternidad, para madurar y formarnos tenemos este breve momento terrenal donde se mezclan el placer y el sufrimiento. No podría ser de otra forma. Desde este punto de vista, también el universo es perfecto (para su función).

Pero en este estado de cosas, lo crucial es de qué manera se enfrenta el hombre al sufrimiento. Si pensamos que vivimos en “un valle de lágrimas” donde simplemente tenemos que soportar todo el dolor que nos caiga hasta lograr por fin ganarnos el cielo (supuestamente gracias a haber sufrido tanto), el sufrimiento será algo que nos destruye en lugar de salvarnos. Si consideramos el sufrimiento como una oportunidad para crecer (en lugar de lamentarnos narcisistamente o enojarnos) entonces aprenderemos a sentirnos agradecidos por nuestros males porque comprenderemos que nos ayudan a hacernos mejores, y por eso mismo, paradójicamente, a liberarnos de ese mismo sufrimiento. Al aceptar así el sufrimiento sin resistirnos (aunque luchando por superarlo) logramos aprender y logramos también dejar de sufrir, al igual que quien desea un cuerpo musculoso no sufre angustia en el gimnasio, sino placer, porque el dolor físico que produce el entrenamiento es para él la medicina que está modelando su cuerpo deseado. Ese mismo esfuerzo realizado en un trabajo forzado sería vivido con angustia y desesperación y produce desgracia en lugar de alegría. También la gente puede elegir entre ver sus desgracias como el esfuerzo del entrenamiento del gimnasio (que desarrollan nuestra alma) o como la angustia de un trabajo forzado que hay que soportar y odiar (el valle de lágrimas). La segunda actitud es estéril y es la que hace que el hombre se pregunte perplejo y angustiado: ¿por qué existe el sufrimiento? ¿por qué me pasa esto a mí? La primera actitud es productiva y es la única capaz de integrar el dolor junto al placer como bienes necesarios por los que hay que sentirse agradecidos.

¿Pero merece la pena tanto dolor y sufrimiento? ¿No sería mejor que Dios sencillamente nos impidiera hacer el mal a los demás? Ahí chocaríamos con el libre albedrío. Si el hombre fuera creado incapaz de elegir el mal, seríamos maravillosos, pero incapaces de un verdadero amor a nadie, incluido a Dios. Dios, que es amor, nos ha creado para amar, para darnos su amor y para recibir el nuestro, por tanto sin libre albedrío no seríamos dignos de su amor ni capaces de devolverlo. Incluso los ángeles pudieron elegir amarle o rebelarse. Dios tampoco quiere el mal ni desea nuestro sufrimiento, pero sabe que necesitamos este mundo imperfecto para aprender y desarrollarnos. Si el sufrimiento fuera innecesario, nos habría creado directamente en el cielo y se habría ahorrado crear este universo material.

El universo es imperfecto porque sólo así nos sirve para madurar y aprender. Tras la muerte, abandonamos este universo físico y nos adentramos en otra dimensión espiritual en la que el cambio, la maduración, ya no son posibles, por eso lo que hayamos logrado en esta vida se convierte en elección irreversible durante toda la eternidad.

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