MADRE DEL VERBO ENCARNADO

MADRE DEL VERBO ENCARNADO:

LUGAR QUE OCUPA LA DEVOCIÓN A MARÍA EN NUESTRA VIDA ESPIRITUAL: EL DISCÍPULO DE CRISTO DEBE, COMO JESÚS, SER HIJO DE MARÍA

Escrito por el Beato Columba Marmion de su obra “Jesucristo, Vida del Alma”

En el curso de estas conferencias os he dicho a menudo que toda nuestra santidad se reduce a imitar a Jesús; consiste en la conformidad de nuestro ser entero con el Hijo de Dios, y en nuestra participación de su filiación divina. Ser por gracia lo que Jesús es por naturaleza, es el fin de nuestra predestinación y la norma de nuestra santidad: «A los que previó y predestinó hacerlos conformes a la imagen de su Hijo» (Rm 8,29).

Pues bien; en Nuestro Señor hay rasgos esenciales y rasgos contingentes, accidentales. Cristo nació en Belén, huyó a Egipto, pasó su niñez en Nazaret, murió bajo Poncio Pilato; esas circunstancias diversas de tiempo y de lugar no son, en la vida de Cristo, más que rasgos accidentales.- Otros hay que le son de tal modo esenciales, que, sin ellos, Cristo no sería Cristo. Cristo es Dios y Hombre, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, verdadero Dios y verdadero Hombre; estos títulos le corresponden por naturaleza; son intangibles.

Hay en las Escrituras una frase extraña aplicada a la eterna Sabiduria, al Verbo de Dios., «Mis delicias son estar con los hijos de los hombres» (Prov 8,31). ¿Quién lo hubiera pensado? El Verbo es Dios; en el seno del Padre vive en una luz infinita; posee todas las riquezas de las perfecciones divinas; goza de la plenitud de toda vida y de toda bienaventuranza. Y, sin embargo de ello, declara, por boca del escritor sagrado, que sus delicias son vivir entre los hombres.

Esta maravilla se ha realizado, pues «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». El Verbo deseaba ser uno de nosotros; realizó de un modo inefable ese deseo divino; y esa realización parece, por decirlo así, que colmó sus anhelos. Al leer el Evangelio, vemos, en efecto, que Cristo afirma a menudo que es Dios, como cuando habla de sus relaciones con su Eterno Padre: «Mi Padre y Yo somos uno» (Jn 10,30), o cuando confirma la profesión de fe de sus oyentes: «Bienaventurado eres, Simón -decía a Pedro, que acababa de confesar la divinidad de su Maestro-· bienaventurado eres, porque te ha revelado eso mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). Esto no obstante, no vemos que El mismo se haya dado de una manera explícita el título de «Hijo de Dios».

¡Cuántas veces, por el contrario le oímos llamarse el «Hijo del hombre»! Diríase que Cristo está ufano de ese título y se ha encariñado con él. Pero cuida muy bien de no separarle nunca de no separarle nunca de su filiación divina o de los privilegios de su divinidad. Dícenos que «el Hijo del hombre tiene el poder, privativo de solo Dios, de perdonar los pecados» (Mc 2,10), y vemos que tan pronto sus discípulos le proclaman el Cristo, Hijo de Dios, El les anuncia que ese Cristo, «Hijo del hombre», ha de padecer, «será condenado a muerte, pero que resucitará al tercer día» (ib. 8,31).

En ninguna parte, quizá, unió el divino Salvador con más precisión y energía su condición de hombre a la de Dios, que en los días de su sagrada pasión. Miradlo ante el tribunal del sumo sacerdote judío Caifás. Este, en medio de la junta, pone a Cristo en el trance de declarar si es el Hijo de Dios. «Tú lo has dicho, responde Jesús, yo soy y además te digo que veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Todopoderoso y venir en las nubes del cielo» (Mt 26,64. +Jn 1,51; 3,13). Notad que Jesús no dice -como pudiéramos esperar puesto que se trata sólo de su divinidad-: «Veréis al Hijo de Dios venir como juez etenno y soberano sobre las nubes del cielo»; sino «veréis al Hijo del hombre». En presencia del Tribunal supremo, une ese título de hombre al de Dios: para El, ambos son inseparables, como están indisolublemente unidas y son inseparables las dos naturalezas en que están fundados. Lo mismo se peca rechazando la humanidad de Cristo, que negando su divinidad.

Pues bien: si Cristo Jesús es Hijo de Dios por su nacimiento inefable y eterno nen el seno de su Padre: «Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado» (Hch 13,33. +Sal 2,7), es el Hijo del hombre por su nacimiento temporal en el seno de una mujer: «Envió Dios a su Hijo, formado de una mujer» (Gál 4,4). Esa mujer es María, pero ésta es también Virgen. De ella y sólo de ella tiene Cristo su naturaleza humana; a ella debe el ser Hijo del hombre; ella es verdaderamente Madre de Dios. María ocupa, pues, de hecho, en el Cristianismo un lugar único, trascendental, esencial. Así como en Cristo la cualidad de «Hijo del hombre» no puede separarse de la de «Hijo de Dios», así también María está unida a Jesús: de hecho, la Santísima Virgen entra en el misterio de la Encarnacion en virtud de un título que es de la esencia misma del misterio.

Por eso hemos de pararnos unos momentos a considerar esa maravilla de una simple criatura, asociada por tan estrechos lazos, a la economía del misterio fundamental del Cristianismo, y, por consiguiente, a nuestra vida sobrenatural, a esa vida divina que nos viene de Cristo, Dios y Hombre, y que Cristo nos da en cuanto Dios, pero sirviéndose, como ya os dije, de su humanidad. Debemos ser como Jesús, «Hijo de Dios e Hijo de María El es lo uno y lo otro con toda verdad; si, pues, queremos copiar en nosotros su imagen, hemos de estar adornados de esa doble cualidad.

No sería verdaderamente cristiana la piedad de un alma si no comprendiese a la Madre del Dios hecho hombre. La devoción a la Virgen María es, no sólo importante, sino necesaria, si queremos beber con abundancia en la fuente de vida. Separar a Cristo de su Madre en nuestra devoción es dividir a Cristo, es perder de vista el papel esencial de su humanidad en la dispensación de la divina gracia. Cuando se deja a la Madre, ya no se comprende al Hijo. ¿No es eso lo que ha sucedido a las naciones protestantes? Por haber rechazado la devoción a María, a pretexto de no menoscabar la dignidad de un mediador único, ¿no han terminado por perder hasta la fe en el mismo Jesucristo? Si Jesucristo es nuestro Salvador, nuestro mediador, nuestro hermano mayor, por haberse revestido de la naturaleza humana, ¿cómo le amaremos de veras, cómo parecernos de veras a El sin tener una devoción especialísima a aquella de quien tomó esa naturaleza humana?

Pero esa devoción ha de ser ilustrada. Digamos, pues en pocas palabras lo que María ha dado a Jesús; y lo que Jesús ha hecho por su Madre; veremos entonces lo que la Santísima Virgen ha de ser para nosotros, y, por fin, la fecundidad sobrenatural que posee nuestra devoción a la Madre del Salvador.

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