CRISTO, FUENTE VIVA DE SANTIDAD

CRISTO, FUENTE VIVA DE SANTIDAD
Escrito por el Beato Columba Marmion de su obra “Jesucristo, Ideal del Sacerdote”
Cristo, modelo trascendente, si bien accesible de santidad, nos confiere una participación activa de ésta, mediante su gracia omnipotente.Hay almas que, más o menos inconscientemente, se imaginan que pueden llegar a asemejarse a Cristo a fuerza de imitar sus virtudes con su propio esfuerzo. Y esto es una vana ilusión.

En Inglaterra se suele dar a veces el caso de personas de refinada cultura que muestran una desmedida admiración por tal o cual personaje, y tratan de imitarle a toda costa, leyendo únicamente sus libros, penetrándose de sus dichos y de sus hechos y tratando de copiarle y aún remedarle en todo. A los tales se les conoce allí con el nombre de «worshippers». Entre éstos pueden contarse los «gladstonianos» y los «newmanianos». La moda de imitar a Newman estuvo muy en boga durante cierto tiempo.

Si, para unirse a Cristo y conformarse a su imagen, se sirviera alguno de estos medios exteriores y ficticios, se equivocaría de medio a medio. Aunque consumiese su vida entera practicando estos esfuerzos, su adhesión no pasaría de ser un afecto puramente humano. A los ojos del Padre este trabajo sería completamente vano, y el que lo hiciera, más se asemejaría a un bastardo que a un hijo nacido de su gracia.

Cristo es, en efecto, el modelo de toda santidad; pero esta causa ejemplar es divina y obra divinamente. El es quien imprime en el alma su propia semejanza.
Cristo nos ha revelado cómo se obra esta maravilla de la gracia, al decirnos: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jo., XIV, 6).

«Yo soy el camino».

Entre Dios y las criaturas media una distancia infinita. Si prescindimos de su elevación sobrenatural, los mismos ángeles están a una distancia inconmensurable de la divinidad. Sólo Dios, en virtud de su naturaleza, se ve a sí mismo tal como es. El solamente puede alcanzar con su mirada los abismos de sus perfecciones. Los hombres no conocen a Dios sino por medio de sus obras: «Hay en torno de Él nube y calígine» (Ps., 96,2). Mas he aquí que hemos sido llamados para ver a Dios como Él se ve, a amarle como Él se ama, y a vivir la misma vida divina. Tal es nuestro destino sobrenatural.

Entre esta elevación y la capacidad de nuestra naturaleza media un abismo infranqueable. Pero Cristo, Dios y hombre, y la gracia de la adopción nos permiten salvar esta sima. Cristo es el puente que une los extremos de este insondable abismo. Su santa humanidad es el camino que nos facilita el acceso a la Trinidad. Él nos lo dijo claramente: «Nadie viene al Padre sino por mí» (Jo., XIV, 6).

Este camino no tiene pérdida y el que lo sigue llegará infaliblemente a su término; «tendrá luz de vida». Qui sequitur me, non ambulat in tenebris sed habebit lumen vitæ (Jo., VIII, 12). Jesús, en cuanto Verbo, es una misma cosa con el Padre y, por eso, su humanidad nos hace alcanzar la divinidad. Cuando nos inserta en su Cuerpo Místico, nos toma realmente en sí mismo, para que podamos estar donde Él está, es decir, unidos al Verbo y al Espíritu Santo en el seno del Padre: «De nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros» (Jo., XIV, 3).

Apoyaos, pues, siempre en los méritos de nuestro amado Salvador. Vuestra esperanza de llegar a la unión con la divinidad no puede descansar en la pobreza de vuestros méritos personales, sino en la inmensidad de los suyos. Cuanto más convencidos estéis de que toda vuestra riqueza está en Él, tanto más bendecirá Dios vuestra ascensión hacia Él, y tanto más fecundo será vuestro apostolado. Prescindid de vuestra propia persona, sustituyéndola por la de Cristo y uniéndoos íntimamente a Él, como lo hacía San Pablo: «Cuanto a mí no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gal., VI, 14). Y en otro lugar: «Y todo lo tengo por estiércol, con tal de gozar a Cristo (Philip., III, 8)

«Yo soy la verdad».

Por nuestra condición natural, marchamos en este mundo por un camino de tinieblas: In tenebris et in umbra mortis (Lc., I, 79). Para elevarnos hacia Dios, precisamos ser sobrenaturalmente iluminados.

Cristo es el único que revela la verdad de la religión: «Yo soy la luz del mundo»: Ego sum lux mundi (Jo., VIII, 12). Aún sin llegar a levantar completamente el velo de la oscuridad, sus enseñanzas nos permiten reconocer en Él al enviado del Padre, y mostrarle nuestra adhesión como a Verdad suprema e infalible: «Dios es mi luz» (Ps., 26, 1).

El Evangelio descubre al mundo todas las grandes verdades religiosas: la Trinidad, la encarnación, las sanciones de ultratumba. Como descubre también el misterio de la paternidad divina. Cuando Jesús nos habla de Dios, nos lo presenta siempre como nuestro Padre: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre» (Jo., XX, 17). Una de las notas características del Nuevo Testamento es la de habernos enseñado a llamar a Dios Padre nuestro, y a conducirnos con Él como hijos suyos: Pater noster, qui es in cœlis (Mat., VI, 9). «El Espíritu mismo da testimonio a nuestra alma de que somos hijos de Dios» (Rom., VIII, 6). Juntamente con la paternidad divina, Jesús nos descubre el hecho de nuestra adopción, nuestro destino bienaventurado en el cielo, y todas las formas de caridad y de virtud que son propias del cristiano.

Recibamos estas enseñanzas de sus labios benditos, comprendiendo que emanan de la fuente misma de la Verdad y adhiriéndonos a ellas con una fe inquebrantable.

Cristo, además, comunica la verdad a nuestra alma mediante una gracia iluminativa, que nos es enteramente personal.

Esta iluminación propia de cada uno es esencial para el incremento de la vida de Cristo en nosotros. Gracias a ella, el sacerdote entra en los caminos divinos de la santificación. Él «camina en la verdad»: Ambulare in veritate (II Jo., I, 4), como dice San Juan.

Debemos, por consiguiente, considerar los caminos de esta vida a la luz de nuestra fe en Cristo. Pongámoslo como una antorcha divina en el centro de nuestro corazón. Depositemos a los pies de Jesús nuestras ideas, nuestros juicios y nuestros deseos, para que contemplemos el mundo, las personas y los acontecimientos como si los mirásemos a través de sus ojos. Entonces tendremos un concepto cabal de las cosas del tiempo y de la eternidad.

«Yo soy la vida».

Para llegar al fin propuesto, no basta con tomar el verdadero camino, ni con tener luz durante la marcha; es necesario, además disponer de fuerza vital, porque es lo único que nos permite avanzar. En la obra de la santificación Jesús es, además la vida: «Yo soy la resurrección y la vida… Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jo., XI, 25; X, 10).

Él es la causa eficiente y universal de todas las gracias, tanto por su misma virtud divina como por la donación que nos hace del Espíritu Santo. Su humanidad es el instrumento de la divinidad, que realiza en las almas este aumento de la vida sobrenatural que las transforma de suerte que, a los ojos del Padre celestial, se asemejan realmente a su Hijo encarnado. Cristo obra por medio de los sacramentos y también independientemente de ellos; la oración, la contemplación de sus misterios, la humildad y el amor en todas sus formas disponen al alma para su acción.

Nos enseña la doctrina de la Iglesia que el Espíritu Santo –don por excelencia del Padre y del Hijo– graba en la entraña del alma esta semejanza auténtica con el Hijo de Dios. El es el «dedo de la diestra del Padre»: Dextræ Dei tu digitus [Himno Veni Creator (Breviario monástico)]. ¿Cómo realiza en el alma la obra de nuestra adopción? «Haciéndonos exclamar: Abba, Padre» (Gal., IV, 6). Como veis, la acción del Espíritu Santo, lo mismo que la del Verbo encarnado, nos conduce al Padre. Todo procede de esta primera Bondad, y todo retorna a ella en una sublime resaca. Así es como nos asociamos a las divinas personas e imitamos su movimiento de amor eterno.

El mismo Jesús ha querido iluminar nuestra fe en su acción santificadora sirviéndose de una comparación: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jo., XV, 5). Los sarmientos tienen vida, pero no por sí mismos; toda su vitalidad la extraen de la savia que constantemente les llega del tronco de la cepa. Esta se elabora fuera e independientemente de ellos y los vivifica cuando circula por sus venas. Lo mismo sucede con los miembros de Cristo. Les pertenecen sus buenas obras, la práctica de las virtudes, su progreso espiritual y su santidad; pero lo que en realidad obra en ellos estas maravillas no es otra cosa que la savia de la gracia de Cristo: «Como el sarmiento no puede dar fruto de sí mismo, si no permaneciera en la vid, tampoco vosotros, si no permaneciereis en mi» (Jo., XV, 4).

Todo irradia vida en Jesucristo: sus palabras, sus acciones, sus mismos estados. Todos sus misterios, lo mismo los de su infancia que los de su muerte, los de su resurrección y los de su gloria, tienen un poder de santificación que siempre es eficaz. Su pasado nunca queda abolido: «Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre Él» (Rom., VI, 9). «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos» (Hebr., XIII, 8). Incesantemente nos está comunicando la vida sobrenatural.

Pero sucede con demasiada frecuencia que nuestra falta de atención o de fe impide su acción en nuestras almas. Vivir de la vida divina no viene a ser para nosotros otra cosa que poseer la gracia santificante y hacer que todos nuestros pensamientos, todos nuestros afectos y toda nuestra actividad procedan de Cristo, mediante una adhesión íntima de fe y de amor.

Si alguno de vosotros dijera que no puede tender a semejante elevación del alma, porque está en manifiesta desproporción con su debilidad, yo reconozco que habría de responderle lealmente: Sí; esto os es completamente imposible, si no contáis más que con vuestras fuerzas naturales y no dais tiempo al tiempo. Pero tened en cuenta que es tan poderosa la acción de Cristo, tan santificadora la influencia de la Misa bien celebrada, de la comunión, de la atmósfera de oración y de noble generosidad en que normalmente se mueve la vida del sacerdote, que es necesario abrir el corazón a una esperanza sin límites. Basta que le guardéis un poco de fidelidad, para que Cristo os eleve con su gracia.

Aunque vuestra vida sacerdotal parezca vulgar a los ojos de algunos –así suele juzgarla frecuentemente el mundo–, estad seguros de que a los ojos de Dios es grande y agradable al Señor, porque el Padre ve que en ella se refleja la imagen de la vida de su Hijo: «Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col., III, 3).

 

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