Vivimos engañados

Vivimos engañados

 by pablofranciscomaurino

Vivimos engañados¡Tantas preocupaciones!, ¡tantos problemas!, ¡tantos sufrimientos! Propios y ajenos: tuyos, de tu familia, de tus amigos, conocidos, vecinos…; en tu ciudad, en tu país, en el mundo…

Vivimos corriendo, angustiados por todo: unos, explotados, procurando conseguir con un trabajo agotador apenas lo necesario para sobrevivir; otros, en esa carrera vertiginosa que impone el mundo moderno y que da dinero suficiente para tener una buena presentación (personal y de la empresa), prestigio, vehículos, viajes, restaurantes…

Y se nos quiere imponer la idea de que “triunfar en la vida”, o “ser alguien”, está casi siempre asociado al tener, al poder, a la fama y al placer, como si estas cosas nos condujeran indefectiblemente a la felicidad auténtica. Las estadísticas muestran, por el contrario, que quienes más las tienen son más infelices, deben manejar más problemas psicológicos y presentan mayor índice de suicidios.

En cuanto a estudios, ahora se requiere de un título universitario, maestría, doctorado y hasta posdoctorado, para poder acceder a empleos “suficientemente” remunerados…

Además, al ser humano moderno se le enseñó a evitar por todos los medios el sufrimiento y a gozar cuanto se pueda, a pesar de que la evidencia histórica ha mostrado que eso es imposible: los sufrimientos físicos, emocionales, afectivos, morales y hasta espirituales nos acompañan toda la vida. Por eso, ricos y pobres, huyen tanto de ellos como de la búsqueda de una explicación del porqué de estos eventos: los primeros buscando ahogar esta incógnita en distracciones costosas; los segundos, en diversiones baratas. Pero siempre huyendo de la realidad…

Así escribió el filósofo Nietzsche: “La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche”, sin pensar ni proyectar en otra forma de vida diferente.

Sin embargo, cuanto más se busca el placer más se encuentra con la tristeza. No le faltaba la razón a Pascal cuando decía que los que más se divierten son precisamente los que más se aburren.

Suponen —contra toda evidencia— que las diversiones llenarán sus vacíos interiores o abrigan la esperanza de que un día algo les dé una luz al respecto, aunque increíblemente no buscan ese algo, porque están muy ocupados en tratar de llenar su vacío con cosas exteriores.

Solo quien nos creó tiene las respuestas a todas nuestras incógnitas. Y ya nos las dio. Hace tiempo. Y muchos no las han escuchado.

 

La vida temporal es apariencia

Efectivamente, en la Biblia encontramos las explicaciones que Dios nos dio: «la apariencia de este mundo pasa» (1Co 7, 31). ¿Quiere decir esto que esta vida es apariencia? Sí: vivimos en una especie de representación teatral, de actuación, en la que Dios nos prueba constantemente: es una especie de video en el que participamos todos, cada uno haciendo su papel… Debemos despertar y ver la realidad: la vida temporal que vivimos es una prueba de fe, una prueba de obediencia y una prueba de amor:

1) Se salvará quien pasa la prueba de creer en Dios: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.» (Mc 16, 16)

2) Pasará la prueba quien obedezca a Dios y a la Iglesia que Jesucristo fundó, pues les aseguró a sus apóstoles que todos debemos obedecerlos: «Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» (Mt 18, 18). Y: «Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19). Además: «si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17).

3) Y los 2 mandamientos principales, por los que serán premiados o castigados quienes los cumplan son de amor: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.» (Mt 22, 37-40).

Por otra parte, es también necesario darnos cuenta de que, por haber cometido el pecado original, estamos en la oscuridad, no en la luz; esta vida es una farsa —como decía santa Teresa de Jesús—, no la realidad.

La realidad no se ve, y por eso a veces creemos que no existe: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, la Santísima Virgen, los 9 coros de ángeles (serafines, querubines, tronos, dominaciones, potestades, virtudes, principados, arcángeles y ángeles), los innumerables demonios, los santos, la lucha entre los ejércitos del bien y los del mal…

En cambio sí vemos el mundo material, en el que estamos inmersos y, en mayor o menor grado, esclavizados, como se dijo al comenzar este escrito. Y experimentamos el estrés, la angustia, la ansiedad, la depresión, los miedos…, todo lo que nos agobia psicológicamente. Y nos movemos en el vaivén de los afectos, mezclando el deseo de ser amados —el egoísmo— con el amor que debemos a los demás…

Por eso, no percibimos el amor de Dios: dudamos de él. Preguntamos: “¿Cómo puede amarnos, si existen el dolor, la enfermedad, la muerte…? Nos olvidamos que estas 3 realidades son consecuencias lógicas del pecado, pues Dios no las creo: había planeado para nosotros una vida temporal feliz, aquí en la tierra, sin enfermedades ni sufrimientos, luego de la cual pasaríamos —sin morir— al encuentro definitivo con Él, con el Amor.

Pero no vemos el amor de Dios, no lo percibimos, porque estamos a oscuras. Las tinieblas en las que quedamos por el pecado no nos permiten verlo.

Pocas personas han logrado —con la gracia de Dios— que su luz les llegue a desvelar ese misterio insondable del amor de Dios.

 

La locura del amor de Dios

Una de ellas, santa Catalina de Siena, penetró como pocos en los abismos de la bondad de Dios, y la describe como cierta locura en el amor de Dios, evidenciada en 4 síntomas:

«¡Oh Trinidad eterna, Trinidad eterna; oh Fuego y Abismo de caridad; oh Loco por tu criatura!… ¡Oh Trinidad eterna, Loco de amor!». La criatura, a la que había hecho a imagen y semejanza suya, lo ha enajenado: «Loco por tu misma hechura».

Un primer síntoma de esa locura es el hecho mismo de la creación del ser humano. Catalina no acaba de admirarse viendo cómo Dios no nos creó por ningún otro motivo que no fuese el fuego gratuito de su caridad. Conocía, por cierto, las iniquidades que íbamos a cometer, pero«Tú hiciste como si no lo vieras, antes fijaste la mirada en la belleza de tu criatura, de la que Tú, como loco y ebrio de amor, te enamoraste, y por amor la sacaste de ti, dándole el ser a imagen y semejanza tuya».

Pero la locura de Dios no se clausura en la creación. He aquí el segundo síntoma de la enajenación de Dios: la Encarnación del Verbo. «¿Cómo has enloquecido de esta manera? Te enamoraste de tu hechura, te complaciste y te deleitaste con ella en ti mismo, y quedaste ebrio de su salud. Ella te huye, y Tú la vas buscando. Ella se aleja, y Tú te acercas. Ya más cerca no podías llegar al vestirte de su humanidad.»

Tenemos un Padre divino que ha perdido la razón. Nada le podíamos añadir a su grandeza, ningún mal le podíamos hacer con nuestro pecado, y, sin embargo, para que no nos perdiéramos, hace justicia sobre el Cuerpo de su propio Hijo. «¡Señor, parece que enloqueces!» El Hijo, por su parte, tan enamorado y loco como su Padre, corrió por el camino de la obediencia, hasta dejarse clavar en la Cruz. Algo increíble. Porque «yo soy el ladrón y Tú eres el ajusticiado en lugar de mí». La Cruz es el tercer síntoma, el acto de la locura total. De ella «está suspenso aquel a quien su amor y no los tres clavos retienen en ella fijo y fuerte, Cristo, il Pazzo d’amore (el Loco de amor)».

«Pero no le bastó esta locura, sino que se quiso quedar, todo él, Dios y hombre, envuelto en la blancura del pan». El cuarto síntoma, la Eucaristía, ¿no es acaso la locura total?

A estos 4 síntomas que presenta santa Catalina podemos añadir uno más: instituir el Sacramento del perdón. Sabía que, por la debilidad en la que nos dejó el pecado, íbamos a seguir cayendo, e inventa un remedio que muestra su infinita locura del amor: la Confesión, que es un tribunal en el que un reo se declara culpable y, a diferencia de lo que ocurre con la justicia humana, ¡el juez nos perdona! ¿Qué más podemos pedir?

 

La luz para salir del engaño

Esta locura de amor es la luz que nos saca de las tinieblas y nos deja ver la realidad.

Cuando oras, te acercas a la luz; cuando meditas la Pasión de Jesús —la muestra de amor más maravillosa de Dios por los hombres—, te brilla la vista y se te ilumina el camino; cuando asistes a misa es la Luz misma la que baja a ti, para que veas la realidad: la vida sobrenatural. Ya no ves únicamente su sombra: la vida temporal, la de aquí, en la tierra. Y cuando comulgas, Él te hace luz.

Y con esa luz puedes ver la realidad: que en esta vida nos están probando, que estamos de paso, que somos ciudadanos del Cielo, que vamos hacia la eternidad, para la que fuimos creados.

Y al observar esta realidad, toda tu mirada cambia:

Ya no pones tu mayor interés en lo material, sino en lo espiritual: en el que encontrarás la razón para la que fuiste creado: ser amado para siempre por el Amor. Sabes que ese placer superará en mucho todos los placeres de esta tierra.

Ya no te preocupan ni te ocupan tanto las cosas temporales, sino las eternas: sabes que haces mejor negocio si te ganas el Cielo, que si ganas mucho dinero.

Y ya no te importa conseguir poder ni fama, pues te ríes de esas tonterías pasajeras, inútiles y vacías.

Empiezas a descubrir que, como Dios es Amor en sí mismo y está loco de amor por ti, todo lo propicia para tu bien, tu auténtico bien: el eterno.

Y la paz llegará a tu corazón: será una paz distinta a la que conocías: una paz profunda, intensa, duradera.

Y comprendes que los sufrimientos que Él te permite son para tu bien, pues “de las manos de Dios sólo pueden salir cosas buenas para sus criaturas”, como decía san Pablo de la Cruz.

Así, te darás cuenta de que, a veces, cuando se te olvida la meta —el Cielo— y te apegas a las cosas temporales, Él tiene que recordártelo; y cuando no haces caso a su llamado de amor, te permite algo de sufrimiento, para que te acuerdes de nuevo que eres su hijo y que te espera allá arriba, para derramar sobre ti el barril eterno de su amor.

Porque, ¿sabes? eso sí que se nos olvida. Y se nos olvida porque andamos a oscuras, sin la luz de la Fe. Por eso, la Fe hay que alimentarla, con la oración y los Sacramentos, y manteniéndose en gracia de Dios.

Así alimentada, la Fe va creciendo y robusteciéndose, hasta hacerte alcanzar el estado de la santa indiferencia, de la que hablaba san Francisco de Asís:

  • ¿Te enfermas? Pones los medios para curarte (consultar y obedecer al médico), y no te preocupas por los resultados del tratamiento: se los dejas a Dios. ¿Te cura?: le das gloria. ¿No te cura?: le ofreces ese mal —unido a los méritos de Jesucristo— para que ayude a otros.
  • ¿Te roban? Dices como Job: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, Bendito sea el Señor.» (Jb 1, 21)
  • ¿Te ofenden, te desprecian, te ignoran, te maltratan, te dan una cachetada? Reprendes, como Jesús mandó (Lc 17, 3), porque el amor te exige que hagas caer en cuenta del error a quien se equivoca para que se arrepienta, pero estás dispuesto a poner la otra mejilla (Lc 6, 29), porque no te importa el mal que te hagan.
  • ¿Te obligan a algo? Si no es pecado, obedeces, como Cristo, que hasta obedeció al César, haciendo que su Madre Santísima, embarazada, fuera al censo en Belén y, además, que pagara lo mandado en la Ley por la supuesta impureza en la que había quedado por el parto.
  • Trabajas para darle gloria a Dios y servir a tus hermanos, los hombres, no solamente para ganar dinero.
  • Después de poner los medios naturales y sobrenaturales ¿no te sale un negocio o no puedes cumplir un deseo o darte un gusto? Eso te deja indiferente, porque sabes que Dios te ama y que, por eso, permitió lo mejor para ti.
  • En cada tragedia verificas la mano amorosa de Dios, que quiere llevarse a todos a gozar de su Amor creciente e infinito, y para conseguirlo —si lo cree necesario— hasta permite que suframos un tiempo aquí, donde las penas son pasajeras. Así lo entendió santa Teresa de Jesús cuando dijo: “Esta vida es apenas una mala noche en una mala posada”.
  • Aceptas en todo, absolutamente en todo, la Voluntad santísima del Amor de los amores, que solo quiere lo mejor para ti y para los tuyos.
  • Y, si te angustias o te asustas ante la inminencia del dolor, repites con Jesús (que estaba angustiado hasta la muerte): “Padre, si quieres, aparta de mí este sufrimiento, pero no se haga mi voluntad sino la tuya.” (Lc 22, 42)
  • Ya no te impresiona descubrir que a los malos —los que Dios sabe que no se salvarán— a veces les va mejor aquí en la tierra que a los buenos. Sabes que esta vida es muy corta y que lo único que importa es ganarse la felicidad eterna en el Cielo, para beber infinitamente del Amor de Dios, junto a nuestros seres queridos.

¿Ves todo lo que cosechas?: La Paz que Dios nos ofrece (no la del mundo, tan chiquitica, que toca escribirla con minúscula), la Alegría —también con mayúscula— de saber que nuestro final será feliz y, finalmente, la Felicidad incambiable de saberte amado por Dios. ¿Querrías algo más?

Yo sí: que ores mucho por quienes todavía viven en la oscuridad y, a aquellos que crees que te va a escuchar, les expliques este modo de entender la vida, que es la enseñanza católica de siempre, para que un día sean iluminados por la gracia divina y lleguen a la verdad.

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