EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO: LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES EN LA OFRENDA DE CRISTO

EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO: LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES EN LA OFRENDA DE CRISTO

Tomado de “Jesucristo Ideal del Sacerdote” del Beato Dom Columba Marmion O.S.B

Volvamos de nuevo a la fuente de donde brotan todas nuestras prerrogativas cristianas: el bautismo.

En virtud del carácter bautismal, puede el cristiano tomar una parte activa en el culto de Dios establecido por la Iglesia. No hace falta repetir que este culto es de orden sobrenatural: Cristo es su Pontífice soberano; y la Misa su centro y su núcleo. Esto explica que San Pedro dé a la asamblea de los fieles el título de «sacerdocio real»: regale sacerdotium (I Petr., II, 9). No quiere decir esto que puedan equipararse los efectos del bautismo y los del sacramento del orden, sino que, gracias al carácter bautismal, el hombre se ha hecho capaz de unirse legítimamente al sacerdote para ofrecer, con él y por él, el cuerpo y la sangre de Cristo, y de ofrecerse a sí mismo en unión de la santa víctima.

Es de suma importancia que comprendamos bien esta alta prerrogativa que nos proporciona el bautismo y que instruyamos al pueblo cristiano sobre esta doctrina.

Examinemos ahora más a fondo estas verdades. El misterio por excelencia de la Misa lo constituye, sin duda, la inmolación sacramental de Jesús. Pero la ofrenda que la Iglesia presenta al Padre comprende también, juntamente con la oblación de Jesús, la de todos sus miembros. Lo mismo en el altar que en la cruz, el Salvador es la única víctima, «santa, pura, inmaculada»; pero quiere que a su ofrenda nos asociemos también nosotros, como complemento de la misma.

Después de su Ascensión, Jesucristo no se separa jamás de su Iglesia. En el cielo, Él se presenta al Padre juntamente con su Cuerpo Místico, que ha llegado ya a la perfección: «sin mancha ni arruga»: Non habentem maculam aut rugan (Ephes., V, 27). Todos los elegidos, unidos entre sí y con Cristo, participan en la misma alabanza en la luz del Verbo y en la caridad del Espíritu Santo.

Este misterio de unidad y de glorificación se prepara ya desde aquí abajo siempre que se celebra la Misa. La unión de los miembros con la Cabeza es aún imperfecta, porque está en vías de crecimiento y solamente se obra por la fe; pero, por razón de su oblación en unión con Cristo, los fieles participan realmente de su estado de hostia.

¿Qué significa esta expresión: estado de hostia? Que, al unirse a Cristo al tiempo que se ofrece, se inmola y se entrega como alimento, el cristiano acepta el compromiso de vivir en una constante y total oblación de sí mismo a la gloria del Padre. De esta suerte, Cristo injerta su misma vida en la pobreza de nuestro corazón, haciéndolo semejante al suyo y consagrándolo enteramente a Dios y a las almas.

Entre los fieles que asisten a la Misa hay algunos que se muestran verdaderamente generosos. Seducidos por el ejemplo y por la gracia de Jesús, se deciden a imitarle sin reserva alguna, y así, le ofrecen su vida, sus pensamientos y su actividad y aceptan de buen grado todas las penas, contradicciones y trabajos que la Providencia les quiera imponer.

Pero hay otros que se unen a la oblación de Jesús, aunque diverso en grado y sin llegar nunca a entregarse totalmente. Hay almas que siempre están comerciando. Pero, con todo, el Señor acepta su ofrenda, porque no rechaza jamás a ninguno de sus miembros, por muy enfermos que sean. Por el contrario, cuando se unen a su inmolación, acepta su buena voluntad, les vivifica y les santifica.

Estos son los deseos de la Iglesia. El simbolismo de sus ritos manifiesta de la manera más clara que los fieles son invitados a formar una sola oblación con CristoHostia. El pan y el vino del sacrificio eucarístico representan, como San Agustín gusta de explicar, la unión de los miembros de la Iglesia entre sí y con su Cabeza. «¿Por ventura el pan se hace con un solo grano?, dice el santo Doctor. ¿No es verdad que se amasa con muchos granos de trigo?… Y el vino, de semejante manera, se extrae de muchos racimos…, que, después de haber sido prensados en el lagar, no forman sino una sola bebida, que es la que se contiene en la suavidad del cáliz»… Como consecuencia de esto, «vosotros estáis presentes sobre la mesa del altar y en el cáliz»: Ibi vos estis in mensa, et ibi vos estis in calice [Sermones, 227 y 229, P. L., 38, col. 1100 y 1103]. La realidad que la fe contempla en la Misa es que la Iglesia, por la ofrenda de Cristo inmolado bajo las especies sagradas, «se ofrece a sí misma en Él y con Él»: In ea re quam offert, ipsa offeratur [De civitate Dei, X, 6, P. L., 41, col. 284].

La liturgia actual repite fielmente la misma doctrina: «Suplicámoste, Señor, que concedas propicio a tu Iglesia los dones de la unidad y de la paz, que bajo los dones que ofrecemos están místicamente representados»: Unitatis et pacis propitius dona concede, quæ sub oblatis muneribus mystice designantur [Secreta de la misa de la fiesta del Corpus Christi]. Por eso, cuando el pan y el vino se presentan en el altar, nosotros estamos simbólicamente ocultos en ellos, unidos a Cristo y ofrecidos con Él.

El Concilio de Trento enseña este mismo misterio cuando explica la significación que tiene la mezcla del agua y del vino en el cáliz, que se realiza en el ofertorio. Este rito «expresa la unión mística de Jesús con sus miembros»: Ipsius populi fidelis cum capite Christo unio representatur [Sess. XXII, cap. 7].

Al recitar la oración Suscipe Sancta Trinitas, que sigue a la oblación del cáliz, el sacerdote recuerda que ofrece el sacrificio en honor de la Virgen María, de los apóstoles y de todos los santos de la Iglesia triunfante. A través de toda su liturgia, la Iglesia militante, agobiada por tantas necesidades y miserias, tiene plena conciencia de que está unida, formando un solo cuerpo, bajo una sola cabeza y bajo un único rey, con la Iglesia del cielo. En el curso del Canon, esta misma creencia se reafirma en el Communicantes y en el Nobis quoque peccatoribus.

Después de la consagración, la Iglesia nos hace recitar una oración misteriosa. El sacerdote, inclinado en una actitud de profunda humildad, pronuncia estas palabras: «Rogámoste humildemente, Dios omnipotente, mandes que sean llevados estos dones por las manos de tu santo Ángel a tu sublime altar ante la presencia de tu divina Majestad: para que todos los que participando de este altar recibiéremos el sacrosanto Cuerpo y Sangre de tu Hijo, seamos colmados de todas las bendiciones y gracias celestiales».

Esta oración nos concierne personalmente, ya que somos nosotros los que debemos ser presentados a Dios. Este hæc se refiere a la «oblata», es decir, a los miembros de Cristo, con sus dones, sus deseos y sus plegarias. Precisamente en cuanto están unidos a su Cabeza es como la Iglesia pide que sean llevados «al altar del cielo»: in sublime altare tuum. El Salvador «penetró con perfecto derecho y de una vez para siempre en el santo de los santos»: Introivit semel in sancta (Hebr., IX, 12); pero nosotros, humildemente apoyados en nuestro Mediador, todos los días en la santa misa atravesamos el velo y penetramos en pos de Él en el santuario de la divinidad, «en el seno del Padre»: in sinu Patris.

Me diréis vosotros que Jesús siempre está en la presencia del Padre. Y tenéis razón, porque allí está con su humanidad gloriosa: Semper vivens ad interpellandum pro nobis (Hebr., VII, 25). Pero sin tener que abandonar el cielo, también está en nuestros altares con el fin de elevarnos al cielo donde Él vive. En esta oración litúrgica, expresamos el deseo de ser llevados por Él, para que Dios, en su inmensa caridad, se digne acogernos y envolvernos en la misma mirada de amor con que contempla a su Hijo.

Recordáis, sin duda, lo que la Sagrada Escritura dice a propósito de la dedicación del templo de Salomón: Majestas Dei implevit templum (II Par., VII, 1): «La gloria de Yahvé llenó la casa». Los sacerdotes temían penetrar en el templo, y estaban como fulminados ante la majestad divina. Si esto sucedía en el templo de la Antigua Alianza, ¿qué decir de nuestras iglesias, donde se celebran los divinos misterios? Dios está aquí presente por un prodigio de su misericordia, y Cristo Jesús se inmola a su Padre bajo los velos eucarísticos. Él se ofrece en unión de todos sus miembros, y los dispone de esta suerte para la incesante alabanza del cielo. Este es el pensamiento que la Iglesia expresa en su oración: «Santifica, Señor… la hostia que te ofrecemos, y por ella haz de nosotros mismos un homenaje eterno»: Nosmetipsos Tibi perfice munus æternu

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