NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN

SEXTA PETICIÓN DEL PADRE NUESTRO: NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN

Tomado del “Catecismo Romano” del Conclio de Trento

I. SIGNIFICADO Y VALOR DE ESTA PETICIÓN

6) Es un dato de experiencia espiritual que precisamente cuando los hijos de Dios han conseguido el perdón de sus pecados y, animados de generosos propósitos, se consagran enteramente al servicio de Dios y a la extensión de su reino por la fiel sumisión a su voluntad y providencia amorosa, el enemigo rabia más que nunca contra ellos y trata de combatirles y vencerles con nuevos ardides y más poderosos obstáculos (1).

Y no es infrecuente el caso de quienes, enfriados los primeros fervores, recaen de nuevo en la vida del pecado y aun llegan a peores extremos que antes. San Pedro escribió de ellos: Mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia que, después de conocerlo, abandonar los santos preceptos que les fueron dados (2P 2,21).

Por esto nos mandó Cristo hacer esta nueva petición: No nos dejes caer en la tentación. Para que aprendiéramos a implorar cada día la poderosa y paternal ayuda de Dios, convencidos de que sin el apoyo de su divino auxilio caeremos en los lazos del enemigo de nuestras almas. También en el discurso de la última Cena, refiriéndose a la guarda de la pureza del corazón, recomendaba Cristo a los apóstoles: Velad y orad pava no caer en la tentación (Mt 26,41).

II. SU NECESIDAD

A.) Por la debilidad y miserias que en nosotros dejó el pecado de origen

Plegaria necesaria a todos – y conviene inculcarlo muchísimo a los fieles -, porque la vida de todos se desenvuelve entre continuos y graves peligros.

Una nueva constatación de la necesidad que el hombre tiene de esta divina ayuda es la misma debilidad de nuestra naturaleza, constantemente inclinada al mal; debilidad subrayada por Jesús en aquellas palabras tan profundamente verdaderas: El espíritu está pronto, pero la carne es flaca (Mt 26,41). Ella es precisamente la causa de tantas y tan serias caídas, frecuentemente irreparables.

Un ejemplo bien significativo de esto lo tenemos en los apóstoles, quienes, habiendo afirmado hacía poco que seguirían al Maestro a toda costa, a la primera señal de peligro huyen y le abandonan (2). Pedro había asegurado: Aunque tenga que morir contigo, no te negaré (Mt 26,35); y bien pronto, atemorizado por las palabras de una simple sirvienta, afirmará con juramento que no conoce a Jesús (3).

Si, pues, los mismos santos temblaron y cayeron por la debilidad de la naturaleza humana, en que habían confiado, ¿qué “no seremos capaces de hacer quienes tan lejos nos encontramos de la santidad?

La vida del hombre sobre la tierra es lucha continua y tremenda, porque esta nuestra alma que llevamos en cuerpos frágiles y mortales se ve asediada y asaltada por todas partes por la carne, el mundo y el demonio (4). Cada día experimentamos las punzadas de todos los pecados capitales y apetitos inferiores; cada día sufrimos sus rabiosos ataques y sentimos en nuestras carnes sus mordiscos (5). ¡Qué difícil nos resulta no recibir alguna herida de muerte!

B) Por el poder del demonio

Batalla tanto más difícil cuanto, según testimonio de San Pablo, hemos de combatir no solamente contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires (Ep 6,12).

Las luchas de Satanás y de los demonios contra el hombre unas veces son externas (cuando abiertamente nos asaltan) y otras internas ().

San Pablo llama a los demonios con diversos nombres:

a) Principados, por la excelencia de su naturaleza, que es espiritual y supera en perfección a la de las cosas y a la del mismo hombre;

b) Potestades, porque también su poder supera a las fuerzas del hombre;

c) Dominadores de este mundo tenebroso, porque no habitan y custodian el mundo de la luz-las almas de los justos-, sino el de las tinieblas-los pobres encenagados en una vida de desórdenes y pecados-;

d) Bspíritus malos, porque hay dos clases de males: los del espíritu y los de la carne; éstos proceden del deseo de los bienes sensibles y no paran hasta precipitarnos en la lujuria; aquéllos los constituyen los deseos de las pasiones, que actúan en la parte superior del alma: deseos interiores tanto más innobles y culpables cuanto que la mente y la razón son la más alta nobleza del hombre.

e) Espíritus de los aires, ya por su naturaleza espiritual de ángeles caídos, ya porque pretenden con la malicia de su lucha privarnos de la felicidad celestial.

Por estas palabras del Apóstol podrá fácilmente entenderse de cuan grandes fuerzas disponen los demonios, el odio inmenso que sienten hacia nosotros y la terribilidad de la guerra incesante que promueven sin paz y sin tregua.

Su desmesurada audacia aparece en aquellas palabras de Satanás: Subiré a los cielos; en lo alto, sobre las estrellas de Dios, elevaré mi trono (Is 14,13); y en los asaltos a los primeros padres en el paraíso (6), a los profetas (7), a los apóstoles, queriéndoles cribar como al trigo (Lc 22,31), y aun al mismo Jesucristo (8).

De su insaciable ambición y su incansable actividad nos dice San Pedro: Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quién devorar (1P 5,8).

Frecuentemente, además, no es un sólo demonio, sino muchos y coligados quienes nos acometen para perdernos. Preguntando Cristo a un poseso por su nombre, respondió el demonio: Legión es mi nombre (Lc 8,9). Y en otra ocasión el mismo Señor nos dice que el demonio va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando habitan allí, viniendo a ser las postrimerías de aquel hombre peores que sus principios (Mt 12,45). Muchos hombres, porque no experimentan físicamente estos asaltos del demonio, llegan a dudar de su misma existencia. Quizá no necesiten efectivamente ser asaltados ni tentados, porque son posesión segura del enemigo por su falta de piedad, de caridad y de otras virtudes cristianas (9). No hay en ellos intereses que conquistar y el demonio se guarda muy bien de turbar a quien ya posee y en cuyas almas ha establecido, con voluntario consentimiento de los mismos, su morada permanente. En cambio, se cuida muy bien de acechar, odiar y combatir con los más encarnizados medios a quienes, totalmente entregados a las exigencias de la vida cristiana, procuran vivir en la tierra una vida digna del cielo.

La Sagrada Escritura nos ofrece numerosos y muy significativos ejemplos en Adán, David, Salomón, etc., quienes bien tristemente experimentaron las violencias y astucias del demonio, a quien no es posible resistir con las solas fuerzas humanas (10). ¿Cómo habremos de sentirnos, pues, seguros nosotros?

No nos queda otro remedio que rogar a Dios con pureza de intención y fervor de voluntad para que no permita que seamos tentados sobre nuestras fuerzas, antes disponga con la tentación el éxito para que podamos resistirla (1Co 10,13).

La fe nos asegura que, refugiados en el puerto de la oración, nada podrán contra nosotros las más embravecidas olas de las tentaciones. Satanás, con todo su poder y con todo su odio, no puede tentarnos ni asaltarnos cuanto o cuando quiere, porque su poder, en último término, depende absolutamente del poder y permisión de Dios. Job no pudo ser tentado hasta que el Señor no dio permiso a Satanás: Mira, todo cuanto tiene lo dejo en tus manos (Jb 1,12); como nada pudo hacer contra su persona, por la limitación que Dios puso en su poder: Pero a él no le toques (Jb 1,12). Tan vinculada está la fuerza del demonio, que no puede siquiera disponer de las cosas ni de los animales. Sólo con expreso permiso de Cristo pudieron invadir la manada de cerdos de que nos habla el Evangelio (11).

III. “NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN”

Para llegar a comprender todo el sentido y valor de esta plegaria será necesario primero conocer qué es la tentación y qué es caer en ella.

A) La tentación

1) “Tentar” significa, de una manera general, hacer un experimento (una prueba) para poder conocer lo que ignoramos y deseamos averiguar. Dios no tiene necesidad de tentarnos de esta manera, porque conoce perfectamente todas las cosas: No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia (He 4,13).

2) Más concretamente, la tentación es una prueba que utilizamos para conocer el bien o el mal.

a) El bien: cuando se pone a una persona en situación de ejercitar la virtud para poder premiarla y presentarla como ejemplo. Y este modo de tentar es el único que conviene a Dios en relación con las almas. El Deuteronomio dice: Te prueba Y ave, tu Dios, para saber si amas a Yave, tu Dios (Dt 13,3).

Así nos tienta el Señor con pobreza, enfermedad y otras adversidades para probar nuestra paciencia y fidelidad. Abraham fue tentado de esta manera con la imposición del sacrificio de su hijo, y por su obediencia vino a ser modelo de fe y de sacrificio (12). Y de Tobías dice la Escritura: Por lo mismo que eras acepto a Dios, fue necesario que la tentación te probase ().

b) El mal: cuando una persona es inducida al pecado.

Y ésta es la misión propia del demonio, llamado precisamente en la Escritura el tentador (Mt 4,3). Unas veces se vale para ello de estímulos internos, utilizando como medios los mismos sentimientos y apetitos de las almas; otras veces nos ataca con medios externos, por medio de las riquezas y bienes terrenos, para ensoberbecernos, o por me dio de hombres pecaminosos, de que quiere valerse para desviarnos. Entre estas criaturas, verdaderos emisarios de Satanás, figuran en primera línea los herejes, que, levantados en la cátedra de la pestilencia. (Ps 1,1), difunden el veneno de sus doctrinas erróneas, induciendo a las almas, ya inclinadas al mal o vacilantes e inciertas entre la virtud y el vicio, a errores frecuentemente fatales.

B) La caída

Caemos en la tentación cuando cedemos a ella. Y esto puede suceder de dos maneras:

1) Cuando, removidos de nuestro estado, nos precipitamos en el mal, al que nos empujó la tentación. En este sentido, ninguno puede ser inducido a la tentación por Dios,porque para nadie puede ser causa de pecado el Dios que odia a los obradores de la maldad (Ps 5,6). El apóstol Santiago dice: Nadie en la tentación diga: soy tentado por Dios. Porque Dios ni puede ser tentado al mal ni tienta a nadie (Jc 1,13).

2) Cuando alguno, sin tentarnos él personalmente, no impide-pudiéndolo hacer-que otros nos tienten ni impide que caigamos en la tentación. De esta manera puede permitir el Señor que sean probados los justos, aunque nunca deja de concederles las gracias necesarias para poder vencer.

A veces el Señor, por justos y misteriosos motivos o porque así lo exigen nuestros pecados, nos abandona a nuestras solas fuerzas y caemos.

Dícese también que Dios nos induce a la tentación cuando somos nosotros los que, utilizando para el mal los beneficios que Él nos concede para el bien, cometemos el pecado, como el hijo pródigo, que despilfarró en una vida lujuriosa la herencia recibida del padre (13).

San Pablo dice: Hallé que el precepto que era pava vida, fue para muerte (Rm 7,10).

El profeta Ezequíel aduce un ejemplo histórico. La ciudad de Jerusalén, enriquecida por Dios con tal cantidad de riquezas y dones que hizo exclamar al profeta: Extendióse entre las gentes la fama de tu hermosura, porque era acabada la hermosura que yo puse en ti (Ez 16,14), lejos de agradecérselo al Señor, tan magnífico con ella, y de servirse de los beneficios divinos para el bien y para la salvación eterna, rechazado todo pensamiento de los frutos celestes, se arrojó desordenadamente a los placeres terrenos y pecaminosos. El profeta la reprocha severamente en nombre de Dios y la amenaza con castigos terribles (14).

Caen en la misma nota de ingratitud a Dios quienes ,colmados de beneficios y bienes divinos, se sirven de ellos para una vida viciosa. Ésto, ciertamente, no sucede sin la permisión del Señor. La Sagrada Escritura lo afirma con palabras tan expresivas, que han de interpretarse muy rectamente para no llegar a creer que Dios obra directamente el mal: Yo endureceré el corazón de Faraón (Ex 4,21); Endurece el corazón de ese pueblo, tapa sus oídos (Is 6,10); Los entregó Dios a las pasiones vergonzosas… y a su reprobo sentir (Rm 1,26-28). Expresiones todas que indican no una acción directa de Dios, sino una mera permisión divina del mal voluntario del hombre.

C) Qué no pedimos” y qué pedimos

Supuestas estas premisas doctrinales, no será ya difícil precisar el objeto de esta petición.

1) Es claro que no pedimos en ella vernos absolutamente inmunes de toda posible tentación. Porque la vida del hombre sobre la tierra-ha escrito Job-es milicia (Jb 7,1).

Más aún: la tentación es útil como prueba eficaz de nuestras fuerzas espirituales; por ella nos humillamos bajo la poderosa mano de Dios (1P 5,6) y, luchando con energía, esperamos la corona inmarcesible de la gloria (1P 5,4), porque no será coronado en el estadio sino el que compita legítimamente (2Tm 2,5). Santiago añade: Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque, probado, recibirá la corona de la vida que Dios prometió a los que le aman (Jc 1,12). Y cuando más dura nos resulte la lucha, pensemos que tenemos en nuestro favor un Pontífice que puede compadecerse de nuestras flaquezas, habiendo sido Él mismo tentado antes en todo (He 4,15).

2) Pedimos en esta invocación el socorro divino necesario para no consentir, engañados, en las tentaciones ni ceder a ellas por cansancio; pedimos que nos ayude la divina gracia contra los asaltos del mal y que nos reanime cuando desfallezcan nuestras energías de resistencia.

De aquí la necesidad de una constante súplica del auxilio divino contra las fuerzas del mal, y especialmente cuando se presente de hecho la tentación y nos veamos en peligro de caer. David oraba de esta manera contra la tentación de mentir: No quites jamás de mi boca las palabras de verdad (Ps 118,43); contra las de avaricia: Inclina mi corazón a tus consejos, no a la avaricia (Ps 118,36); y contra la vanidad y los halagos de los apetitos: Aparta mis ojos de la vista de la vanidad (Ps 118,37). Y así hemos de orar nosotros para que no condescendamos con los deseos de la carne, para que no nos cansemos de luchar ni nos apartemos del camino de la virtud (15); para que sepamos conservar siempre sereno en Dios nuestro espíritu, lo mismo en la alegría que en el dolor; para que nunca nos veamos privados de la necesaria ayuda divina; para que sepamos superar y vencer todos los asaltos de Satanás centra nuestra vida espiritual.

D) Confianza en Dios

Contiene, por último, esta petición del Padrenuestro algunos frutos de vida y profunda meditación para nuestras almas.

1) En primer lugar, nos recuerda nuestra inmensa fragilidad y humana debilidad. De esta consideración brotará una profunda desconfianza eri nuestras fuerzas, y una ilimitada confianza en la misericordia de Dios, y una animosa serenidad en los peligros, fruto de la confianza en ese valiosísimo y seguro auxilio divino.

¡Cuántas cosas aleccionadoras nos narra la Sagrada Escritura! José fue librado por Dios de los vergonzosos deseos de aquella mujer impúdica y, por la victoria de la tentación, levantado a la gloria del poder (16); Susana fue defendida de las nefandas acusaciones de aquellos dos viejos procaces porque su corazón estaba lleno de confianza en Dios (Da 13,34); Job pudo triunfar del mundo, del demonio de la carne (17).

2) Pensemos en segundo lugar que es Jesucristo ,nuestro Señor, el divino jefe que nos guía por la lucha a la victoria. Él venció al demonio (18); Él es el más fuerte, que le vencerá, le quitará las armas en que confiaba y repartirá sus despojos (Lc 11,22). Él mismo nos dice por San Juan: Confiad: yo he vencido al mundo (Jn 16,33). Y en el Apocalipsis se le llama el león vencedor… que salió victorioso y para vencer aún (). Y en esta su victoria radica y se funda para todo cristiano la certeza de vencer también con Cristo.

San Pablo, en su Epístola a los Hebreos, enumera las espléndidas victorias de los buenos, que por medio de la fe subyugaron reinos… y obstruyeron la boca de los leones (He 11,33). Y cada día las almas santas, unidas a Cristo por la fe, esperanza y caridad, continúan la serie gloriosa de estos triunfos, internos y externos, sobre el poder de los demonios: triunfos tan espléndidos, que, si nos fuese dado contemplarlos con los ojos del cuerpo, juzgaríamos que el mundo no puede ofrecernos espectáculo más sublime. De estas espirituales victorias escribirá San Juan: Os escribo, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno (Jn 2,14).

3) Las armas de nuestra lucha no son la ociosidad, el sueño, el vino o la lujuria, sino la oración, el trabajo, la vigilancia, la mortificación y la castidad. Velad y orad -nos dice el Señor-para no caer en la tentación (Mt 26,41). Huid al diablo-comenta Santiago-, y huirá de vosotros (Jc 4,7).

4) La fuerza de nuestra victoria está sólo en el poder de Dios. Nadie puede complacerse en los triunfos como si fueran suyos, ni ensoberbecerse con ellos, ni confiar en sus solas fuerzas. No está en nuestro poder la victoria, ni podemos fiarnos para nada de nuestra impotente fragilidad humana. Es Dios quien nos concede las energías para luchar, y es Él quien adiestra nuestras manas para el combate, y nuestros brazos para tender el arco de bronce (Ps 17,36), por cuya virtud rompióse el arco de los poderosos y se ciñeron los débiles de fortaleza (); Él es el que nos entrega su salvador escudo, su diestra la que nos fortalece y su solicitud la que nos engrandece (Ps 17,36); Él es quien adiestra nuestras manos para la guerra y nuestros dedos para el combate (Ps 143,1).

5) De aquí el agradecido reconocimiento que debemos a Dios por la ayuda en la lucha y en la alegría del triunfo. Gracias sean dadas a Dios-escribe San Pablo-, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo (1Co 15,57). Y San Juan en el Apocalipsis: Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo,porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos…,pero ellos le han vencido por la sangre del Cordero (). Y en otro pasaje: Éstos pelearán con el Cordero, y el Cordero leus vencerá ().

E) La esperanza del premio

Una última palabra sobre los premios–“coronas”, en frase de San Pablo-que Dios reserva y concederá a los victoriosos.

El vencedor-recuerda el Apocalipsis-no sufrirá daño de la segunda muerte…; el que venciere, ése se vestirá de vestiduras blancas, jamás fcorraré su nombre del libro de la vida v confesaré su nombre delante de mi Padre u delante de sus ángeles…; al vencedor yo le haré columna en el templo de mi Dios y no saldrá ya jamás fuera de él…; al que venciere le haré sentarse conmigo en mi trono, así como uo también vencí, v me senté con mi Padre en su trono ().

Y, descrita la gloria de los santos y los bienes eternos de que gozarán en el cielo, concluve San Juan: El que venciere, heredará estas cosas, y seré su Dios, y él será mi hijo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s