SIGNIFICADO DE “JESÚS” Y “CRISTO”

EN JESUCRISTO: SIGNIFICADO DE “JESÚS” Y “CRISTO”

Tomado del “Catecismo Romano” del Concilio de Trento

A) El nombre de “Jesús”

Jesús significa Salvador, y es nombre propio de Aquel que es Dios y hombre. Le fue impuesto no casualmente, ni por voluntad o determinación de los hombres, sino por consejo y mandato de Dios. Así lo anunció el ángel a su madre María: Y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús (Lc 1,31). Y más tarde, a su esposo José repite el mandato de llamar al Niño con este nombre, y le explica su significado: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,20-21).

Son muchos los personajes que – según testimonio de la Sagrada Escritura -tuvieron este mismo nombre. Entre otros Josué, el hijo de Nave, que sucedió a Moisés e introdujo en la tierra prometida al pueblo liberado de la esclavitud de Egipto, gracia que no le fue concedida al mismo Moisés, el liberador (24). Con el mismo nombre fue llamado también el hijo del gran sacerdote Josedech (25).

Pero a ninguno conviene tan propiamente este nombre como a nuestro Salvador, que salvó, liberó e iluminó no a un solo pueblo, sino a la humanidad de todos los tiempos, no oprimida por el hambre o la tiranía de Egipto y Babilonia, sino sumida en inmensas tinieblas de muerte y aherrojada con las fuertes cadenas del pecado y del diablo. Jesús nos consiguió a todos el derecho a la herencia del reino de los cielos y nos reconcilió con Dios Padre. En aquellos personajes antiguos vemos figuras simbólicas de nuestro Señor, por quien fue enriquecida la humanidad con el inmenso cúmulo de bienes referido.

Todos los demás nombres que, según las profecías y por divina disposición, habían de imponerse al Hijo de Dios (26), se reducen al de Jesús. Aquéllos – cada uno desde un punto de vista especial – significan aspectos aislados de la salvación, que Él había de traernos; éste sintetiza admirablemente toda la realidad, razón y eficacia de su obra salvadora.

B) “Cristo”: Profeta, Rey y Sacerdote

Al nombre de Jesús se añadió también el de Cristo, que significa Ungido. Es nombre de honor y de ministerio, y no de una particular atribución, sino común a muchos.

Los antiguos llamaban cristos a los sacerdotes y a los reyes, a quienes Dios mandaba ungir por la dignidad de su oficio (27).

Los sacerdotes eran, en efecto, quienes constantemente oraban por el pueblo, ofrecían a Dios sacrificios e imploraban gracias para la humanidad.

A los reyes estaba encomendado el gobierno de los pueblos, y a ellos competía velar por el cumplimiento de las leyes, defender al inocente y castigar al malvado.

Y, puesto que cada una de estas funciones refleja la autoridad de Dios en la tierra, pareció natural que los elegidos para desempeñar la dignidad real o sacerdotal fueran ungidos con el óleo (28).

También fue costumbre antigua el ungir a los profetas, intérpretes del Dios inmortal, heraldos entre los hombres de los arcanos divinos, videntes del futuro y predicadores eficaces de la virtud con santas exhortaciones (29).

Jesucristo, nuestro Salvador, en el instante mismo de su encarnación asumió el tríplice oficio de profeta, sacerdote y rey. Y por esto fue llamado Cristo, y fue ungido para el desempeño de este triple ministerio, no por manos de hombre, sino por el poder del Padre, y no con ungüento material, sino con el óleo espiritual. Y el Espíritu Santo derramó

sobre su alma santísima tal plenitud de gracia y de dones, que supera la capacidad de cualquier otra naturaleza creada, como escribía el profeta: Amas la justicia y aborreces la iniquidad; por eso tu Dias te ha ungido con el óleo de la alegría más que a tus compañeros (Ps 44,8 He 1,9). E Isaías de una manera aún más clara: El Espíritu del Señor, Y ave, descansa sobre mí, pues Y ave me ha ungido y me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos (Is 61,1).

Y así fue Cristo el Profeta y Maestro por excelencia, que nos manifestó la voluntad divina y por cuyo mensaje el mundo conoció al Padre celestial.

Conviénele este titulo con toda justicia y preferencia, ya que todos los demás llamados profetas fueron, en definitiva, discípulos suyos y enviados para anunciarle a Él, el gran Profeta que había de venir para salvarnos a todos (30).

Y fue Sacerdote. Pero no según el orden levítico de la antigua ley, sino como cantó el profeta David: Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec (Ps 109,4).

El concepto exacto de este nuevo sacerdocio está explicado y desarrollado maravillosamente en la Epístola de San Pablo a los Hebreos (31).

Por último, Cristo es Rey. Y no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre y partícipe de nuestra condición humana. De Él dijo el ángel: Y reinará en la casa de Jacob, por los siglos y su reino no tendrá fin (Lc 1,33).

El reino de Jesucristo es espiritual y eterno: se inicia en la tierra y se completa en el cielo. Con admirable providencia desempeña los oficios de rey en su Iglesia: ía gobierna y la defiende de las acometidas y asechanzas de sus enemigos, la impone leyes, la confiere santidad y justicia y la comunica fuerza y vigor suficientes para perseverar con firmeza.

Aunque este reino de Cristo abarca a los buenos y a los malos, y todos los hombres por derecho pertenecen a él, sin embargo, sólo aquellos que, fieles a sus preceptos, llevan una vida íntegra e inmaculada, experimentan la gran bondad y largueza del Rey.

Y no fue Cristo rey por derecho humano o hereditario (); lo fue porque Dios acumuló sobre Él, en cuanto hombre, todo el poder, grandeza y dignidad que puede poseer una naturaleza humana: Le ha sido dado todo poder y señorío en el cielo y en la tierra (Mt 28,18). Y en el día del juicio veremos sometérsele total y perfectamente todos los seres, como ya ha comenzado a realizarse en esta vida (33).

Foto de Michael Ledesma.
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