LA ORACIÓN Y LOS ATAQUES DEL DEMONIO

LA ORACIÓN Y LOS ATAQUES DEL DEMONIO

Tomado del “Diario Espiritual” de San Pablo de la Cruz

23 de diciembre, lunes:

En la oración de la noche estuve con gran paz, suavidad y lágrimas, y también con altísimo conocimiento de las infinitas perfecciones, en especial de la infinita Bondad. El resto del día lo he pasado sepultado en la desolación, e inquietado exteriormente por pensamientos referentes a cosas futuras, causados por el demonio. Esto exteriormente aplicado a los pensamientos, es algo así como cuando el agua del mar está tempestuosa, y en grandes oleadas, hinchada por el viento, embiste contra los escollos, los golpea, de forma que parece quererlos abatir y deshacer; pero en vano. Las rocas quedan impenetrables, no se deshacen, puede que se descascarillen un poquito, pero para la solidez de la roca no hay peligro de que puedan nada las olas, por más fuertes que sean. Pues algo así pasa con el alma, cuando está en oración; en estos momentos es como la roca. Dios la tiene envuelta en un océano de caridad, y puede decirse que está como roca firmísima, sostenida por la fortaleza del Sumo Bien.

El demonio, envidioso de este estado del alma en oración, viendo que no puede arrebatarla de las manos poderosas del Altísimo, trata por lo menos de perturbarla asaltándola ora con tentaciones, ora con imaginaciones, ora con variedad de pensamientos, ora con otras tretas de infames ficciones, ordenadas todas a robarle la atención de Dios. Pero inútilmente, porque en medio de este tempestuoso oleaje que levanta el demonio, el alma permanece firme como una roca, está siempre fija en su amado Bien.

Esta ondonada de pensamientos no sirven para otra cosa que para arañarla un poquito, de manera que quede algún momento sin ese singular y altísimo don de la vista de Dios, pero aun esto no me parece del todo verdad, no se da ese momento. Lo digo así porque no sé explicarme mejor, pero de hecho el alma sigue como estaba, resistiendo a los asaltos, y por eso le parece a la pobrecita que pierde algo de atención amorosa y que no está en brazos de su querido Esposo. Dios, empero, me hace entender que está allí presente, complaciéndose en verla combatir, y esto la sirve de mayor provecho, porque en virtud de ese padecer que le causa la pelea se purifica como la roca, que si antes de la borrasca estaba algo enlodada, pasada la tempestad queda limpia, porque el movimiento de las olas la ha lavado.

Conviene, sin embargo, estar advertidos, para que cuando venga esta balumba de pensamientos e inquietudes uno permanezca fijo en Dios sin hacer mucho caso de ellos, porque viendo el enemigo que no le damos importancia, se va avergonzado, pues nota que con la ayuda de Dios no se le teme.

Cuando me encuentro en esta borrasca de pensamientos y otras inquietudes, me vuelvo hacia mi Dios diciendo: Bien mío, mirad cómo se encuentra esta pobre alma mía; y luego le pido que, si es ésa su divina voluntad, me libre de estos peligros; y sigo como estaba. Pero no dejo de confesar que me dan mucho fastidio. Mas sea todo por amor del Sumo Bien, a quien sea honra y gloria por todos los siglos de los siglos. Amén.

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